Alberdi en Sistema Económico y Rentístico: cuando trata el tema de la población, lo vincula con la Aduana

Con los alumnos de la UBA Derecho, leemos a Juan Bautista Alberdi en Sistema Económico y Rentístico. Cuando trata el tema de la población, lo vincula con el de la Aduana. Citando a Flores Estrada, dice:

“Los Españoles (nos dice el mismo autor) no conocían las aduanas. En los siglos XII, XIII y XIV el comercio que se hacía en toda la península, y particularmente en las provincias de la corona de Aragón, era inmenso. Hasta entonces toda la renta de los reyes se componía de las propiedades de la corona, de algunas obvenciones extraordinarias y de los únicos impuestos de la alcabala y de los cientos, contribución sobre toda mercancía, que primero fue de un cinco por ciento y después de un diez.. Desde fines del siglo XIV hasta mediados del XV, a medida que avanzaban las conquistas de los españoles y cedían el campo sus antiguos vencedores, se hacía sensible la decadencia de España. A Carlos I, el primer monarca de España que organizó metódicamente el despotismo, se debe el bárbaro reglamento de aduanas, estableciendo en 1529, y con él la ruina de la Nación, dice el brillante y sabio economista español.

El hecho es que por resultado de ese sistema aduanero y de otras instituciones económicas, o mejor, anti-económicas de su jaez, sin incluir la pérdida de los dos millones de Arabes expulsados por Felipe III, el resto de la población se halló disminuida en más de una mitad, pues en 1715, según aparece de un censo practicado entonces, no excedía la población de seis millones, al paso que en 1688 todavía constaba de doce millonesb.

El economista español, que acabo de citar, mencionado por Blanqui, del Instituto de Francia, en su Historia de la economía política, como uno de los primeros tratadistas de Europa en ese ramo, Flóres Estrada, opinaba en su libro citado por la abolición absoluta de las aduanas, y aun sin retribución o reciprocidad de otras naciones.

Si tal sistema fuese admisible en la hipótesis de la ciencia, por hoy fuera inaplicable a la República Argentina, que coloca por el art. 4 de su Constitución el producto de derechos de importación y exportación de las aduanas en el número de las fuentes de su Tesoro nacional. – Por su art. 64 da al Congreso el poder de legislar sobre las aduanas exteriores y establecer los derechos de importación y exportación que han de satisfacerse en ellas.

La aduana entra, pues, en el número de los males inevitables de la República Argentina, como figura en las rentas de los países más libres de la tierra. Es un legado doloroso de los errores de otros siglos.

Sin embargo, al legislador le incumbe reducirlo a sus menores dimensiones, dándole el carácter preciso que tiene por la Constitución, y poniéndolo en armonía, como interés fiscal, con los propósitos económicos, que la Constitución coloca primero y más alto que los intereses del fisco.”

El presidente Macri, por la radio, propone cambios en los valores y las ideas. Correcto, pero está sólo.

El presidente Macri dio una entrevista esta mañana por la radio bien extensa, donde se trataron muchos temas. Apenas terminada, los medios periodísticos comenzaron a buscar qué claves o datos políticos podrían sacarse de lo dicho. No niego que pueda haber señales políticas cuando habla un presidente, pero en este caso, como en otros antes, Macri habla más bien de “valores e ideas”, a punto que parece más un monje que un político.

En definitiva, creo que su actitud refleja una preocupación que ya he comentado antes en este blog: que el destino de una sociedad, en última instancia, depende de los valores e ideas que predominan en ella. En otras palabras, Macri está diciendo que si la gente, si los argentinos, no abandonamos las ideas populistas de las últimas décadas, y en particular, el populismo con esteroides de los últimos años, no hay mucho futuro. Porque no va a mejorar la calidad institucional más allá de haber puesto algo de orden y haber moderado las formas y si eso no cambia no habrá inversiones que lleguen, ni mucho crecimiento económico, ni mejorarán las oportunidades que tenga la gente.

Entiendo ese punto, Macri ha asumido una tarea apostólica, y tal vez titánica, de convencer a los argentinos que abandonen las promesas cortoplacistas del populismo que ya muchas veces nos han dejado en la ruina. Entre otras, esas ideas típicamente son: que los derechos se defienden en la calle, haciendo piquetes, y no en la justicia; que obtener una mayoría circunstancial habilita a ejercer el poder sin ningún tipo de límites; que la política se maneja con dinero y por eso hay que extraer lo máximo posible del estado; que la división de poderes es un invento para eludir a la voluntad popular; que la inflación la genera la avaricia de los comerciantes y empresarios; que es mucho mejor una empresa estatal, con déficit, que varias en competencia que brinden mejores servicios y más baratos; que todos tenemos el derecho a nuestro propio privilegio y que nadie se atreva a tocarlo (ya sea abriendo algún mercado o el comercio internacional o desregulando) porque entonces volvemos al comienzo de esta lista, y así sucesivamente.

Los políticos hacen su propio juego, no es de extrañar. Sus principios se miden por los votos que pueden generarle, no hay que esperar de ellos otra cosa si los votantes están finalmente dispuestos a avalarlos.

Pero si la intención de Macri es la que he esbozado, hay algo que está débil, y es que nadie más en su propio gobierno se preocupa por las ideas y los valores. Se trata de un gobierno de gerentes, tal vez buenos gerentes, que se dedican frenéticamente a su gestión sin sacar a la luz los principios que están en juego. Entonces ninguno de ellos termina contribuyendo a la competencia de ideas en la que se ha involucrado su presidente.

Por ejemplo, en estos días, se discutió en una audiencia pública la posibilidad de abrir el mercado aeronáutico a nuevas empresas aéreas que quieran ingresar o ampliar sus servicios. ¿Alguno de los funcionarios pregonó acaso los beneficios de la competencia para los consumidores, no para las empresas? ¿Alguno mencionó los exitosos procesos de apertura que ocurrieron en Estados Unidos y en Europa? ¿Alguno fue acaso tan osado como para plantear que, como individuos, deberíamos tener el derecho a elegir viajar como se nos dé la gana? ¿No dice el artículo 14 de la Constitución que tenemos derecho a trasladarnos libremente dentro del territorio? Nada de eso, entonces los sindicatos, y la empresa estatal, que viven de los privilegios, presenta esa tibia apertura como un negocio para empresarios. ¿Cuánto cambiaron entonces las ideas populistas? Nada.

En fin, en este campo de los valores y las ideas se juega el destino de esta sociedad. Más sobre el tema en estos posts anteriores:

http://bazar.ufm.edu/wp-admin/post.php?post=713&action=edit

http://bazar.ufm.edu/wp-admin/post.php?post=217&action=edit

http://bazar.ufm.edu/wp-admin/post.php?post=175&action=edit

¿Qué deberían hacer los economistas? ¿Estudiar la asignación de recursos o intercambios e instituciones?

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I, Económicas UBA, vemos a James Buchanan, premio Nobel en Economía 1986, en un tema fundamental para ellos: ¿QUÉ DEBERÍAN HACER LOS ECONOMISTAS?:

Buchanan

Propongo examinar “el deambular de la mente de los hombres que ocupan el sillón de Adam Smith”, aquellos que tratan de mantenerse dentro del “estricto campo de la ciencia” y formulan las siguientes preguntas: ¿qué están haciendo los economistas? ¿qué “deberían” estar haciendo? En mi empeño por seguir el consejo de Lord Acton, me opongo firmemente a la opinión de un economista moderno cuyas ideas considero con respeto, George Stigler. Nos dice que es insensato preocuparse por la metodología antes de los sesenta y cinco años. Como juicio de valor, la advertencia de Stigler es difícilmente discutible, pero como hipótesis podría ser refutada, al menos por analogía con un mapa de rutas corriente. Uno de mis defectos conocidos es no mirar a tiempo los mapas de rutas, esperando siempre que algún instinto intuitivo del sentido de la dirección me impida alejarme del esquema planificado de mi viaje. Hace muchos años aprendí que el comportamiento “óptimo” consiste en detenerse inmediatamente después de que uno se ha “perdido”, cuando se llega a la duda más allá de un límite razonable, y consultar un mapa correctamente trazado. Parece haber una gran analogía con la metodología científica. A menos que, por alguna razón, podamos aceptar las actividades siempre cambiantes de los economistas como parte de la necesaria evolución de la disciplina a través del tiempo, tal como ocurre “en la ruta”, es esencial que, en ocasiones, miremos el mapa o modelo de progreso científico que cada uno de nosotros lleva en su mente, consciente o inconscientemente.

Cuando propongo examinar con espíritu crítico que es lo que hacen los economistas estoy rechazando también, como ustedes podrán notar, la propuesta familiar de Jacob Viner, para quien “la economía es lo que hacen los economistas”, propuesta a la que Frank Knight dio una naturaleza totalmente circular al agregar que “los economistas son los que hacen economía”. Esta definición funcional de nuestra disciplina da por sentada la misma pregunta que deseo formular y, de ser posible, contestar aquí. Creo que los economistas deberían asumir su responsabilidad básica; deberían, al menos, tratar de conocer el tema que manejan.

Me gustaría que consideráramos ahora un principio casi olvidado, enunciado por Adam Smith. En el capítulo 2 de The Wealth of Nations, afirma que el principio que da lugar a la división del trabajo, del que provienen tantas ventajas, “no es originalmente el efecto de alguna sabiduría humana, que prevé y tiene por objeto esa opulencia general a la cual da lugar. Es la necesaria, aunque muy lenta y gradual, consecuencia de una cierta propensión de la naturaleza humana que no tiene en vista una utilidad tan extensiva; la propensión a permutar, trocar e intercambiar una cosa por otra”. Me parece sorprendente que la importancia y la significación de esta “propensión a permutar, trocar e intercambiar” haya sido pasada por alto en la mayoría de los trabajos exegéticos de la obra de Smith. Pero seguramente es aquí donde se halla su respuesta a lo que es la economía o la economía política.

Los economistas deberían concentrar su atención en una forma particular de actividad humana y en los diferentes ordenamientos institucionales que surgen como resultado de esta forma de actividad. El comportamiento del hombre en la relación de mercado que refleja su propensión a la permuta y al trueque y las múltiples variaciones de estructura que esta relación puede adoptar constituyen los temas apropiados de estudio para el economista. Al decir esto, formula, por supuesto, un juicio de valor que ustedes pueden apoyar o no. Pueden considerar este trabajo, si así lo desean, como un “ensayo persuasivo”.

El enfoque básico y elemental que sugiero coloca en el centro de la escena la “teoría de los mercados” y no la “teoría de la asignación de recursos”. Hago un alegato en favor de la adopción de una sofisticada “cataláctica”, un enfoque de nuestra disciplina que había sido introducido mucho antes por el arzobispo Whately y la escuela de Dublin, por H. D. Macleod, por el estadounidense Arthur Latham Perry, por Alfred Ammon y algunos otros.(No es mi objetivo en este trabajo, ni tampoco me compete, analizar las razones por las cuales estos hombres no pudieron convencer a sus colegas y sucesores. Lo que deseo hacer notar es que la idea que introdujeron y que no estuvo nunca totalmente ausente de la corriente principal de pensamiento  requiere, quizá, mayor énfasis ahora que en la época en la que ellos trabajaron.”

Con los alumnos de Económicas vemos a quien fuera, tal vez, el gran ‘clásico’ argentino: Alberdi

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I de Económicas, UBA, luego de leer a distintos clásicos leemos al que sea, tal vez, el gran “clásico” argentino, Juan Bautista Alberdi, explicando las distintas escuelas económicas y a cuál pertenece (¿o pertenecía?) la que él mismo inspiró:

Alberdi 3

“Veamos, ahora, cómo ha sido resuelta esta cuestión por las cuatro principales escuelas en que se divide la economía política.

La escuela mercantil, representada por Colbert, ministro de Luis XIV, que sólo veía la riqueza en el dinero y no admitía otros medios de adquirirla que las manufacturas y el comercio, seguía naturalmente el sistema protector y restrictivo. Colbert formuló y codificó el sistema económico introducido en Europa por Carlos V y Felipe II. Esa escuela, perteneciente a la infancia de la economía, contemporánea del mayor despotismo político en los países de su origen galo-español. representa la intervención limitada y despótica de la ley en el ejercicio de la industria.

A esta escuela se aproxima la economía socialista de nuestros días, que ha enseñado y pedido la intervención del Estado en la organización de la industria, sobre bases de un nuevo orden social más favorable a la condición del mayor número. Por motivos y con fines diversos, ellas se dan la mano en su tendencia a limitar la libertad del individuo en la producción, posesión y distribución de la riqueza.

Estas dos escuelas son opuestas a la doctrina económica en que descansa la Constitución argentina.

Enfrente de estas dos escuelas y al lado de la libertad, se halla la escuela llamada physiocrática, representada por Quesnay, y la grande escuela industrial de Adam Smith.

La filosofía europea del siglo XVIII, tan ligada con los orígenes de nuestra revolución de América, dió a la luz la escuela physiocrática o de los economistas, que flaqueó por no conocer más fuente de riqueza que la tierra, pero que tuvo el mérito de profesar la libertad por principio de su política económica, reaccionando contra los monopolios de toda especie. A ella pertenece la fórmula que aconseja a los gobiernos: – dejar hacer, dejar pasar, por toda intervención en la industria.

En medio del ruido de la independencia de América, y en vísperas de la revolución francesa de 1789, Adam Smith proclamó la omnipotencia y la dignidad del trabajo; del trabajo libre, del trabajo en todas sus aplicaciones -agricultura, comercio, fábricas- como el principio esencial de toda riqueza. “Inspirado por la nueva era social, que se abría para ambos mundos (sin sospechado él tal vez, dice Rossi), dando al trabajo su carta de ciudadanía y sus títulos de nobleza, establecía el principio fundamental de la ciencia.” Esta escuela, tan íntima, como se ve, con la revolución de América, por su bandera y por la época de su nacimiento, que a los sesenta años ha tenido por neófito a Roberto Peel en los últimos días de su gloriosa vida, conserva hasta hoy el señorío de la ciencia y el respeto de los más grandes economistas. Su apóstol más lúcido, su expositor más brillante es el famoso Juan Bautista Say, cuyos escritos conservan esa frescura imperecedera que acompaña a los productos del genio.

A esta escuela de libertad pertenece la doctrina económica de la Constitución Argentina, y fuera de ella no se deben buscar comentarios ni medios auxiliares para la sanción del derecho orgánico de esa Constitución.

La Constitución es, en materia económica, lo que en todos los ramos del derecho público: la expresión de una revolución de libertad, la consagración de la revolución social de América.”

 

Otro premio Nobel de Economía que redescubre la rueda: antes fue Stiglitz, ahora es Akerlof…

¡Plaga entre los premios Nobel de economía neoclásicos/neokeynesianos!

Hace algo más de un mes comenté un artículo del premio Nobel en Economía, Joseph Stiglitz, quien, criticando el supuesto del ‘homo economicus’, descubría ahora el papel que cumplen las ideas y valores en la acción humana. Ahora le toca el turno a otro, George Akerlof, quien publica un artículo titulado “Bread and bullets”, en conjunto con Dennis J. Snower (Kiel Paper 2022): http://econstor.eu/bitstream/10419/125938/1/846070693.pdf

Dicen los autores en el resumen: “La economía estándar omite el papel que cumplen las narrativas (las historias que la gente se cuenta a sí mismas y a otros) cuando toman todo tipo de decisiones. Las narrativas cumplen un papel en comprender el entorno, focalizando la atención, prediciendo eventos, motivando la acción, asignando roles sociales e identidades, definiendo relaciones de poder, y estableciendo y transmitiendo normas sociales.”

Y en las conclusiones:

“Este marco de análisis tiene las siguientes implicancias, que entran en conflicto con el análisis económico tradicional: los objetivos de un individuo no son únicos, ya que el individuo puede inspirarse en múltiples motivaciones, asociadas con objetivos diferentes. Los objetivos de un individuo no necesitan ser internamente coherentes entre los distintos motivos. Los objetivos de un individuo no son dependientes del contexto, ya que los contextos cumplen un papel en activar las motivaciones. Y no son exclusivamente en interés propio ya que le preocupan sus relaciones con los demás, formadas por sus identidades. Los objetivos de un individuo no necesitan ser estables temporalmente, pueden cambiar rápidamente en el tiempo. Su entorno es generalmente indeterminado, ya que tiene acceso a múltiples interpretaciones de ese entorno. Tampoco es éste objetivamente observable, ya que el individuo es actor en su construcción. Los individuos no son racionales con los medios y fines ya que utilizan solamente fines y medios a los que prestan atención.”

Al respecto, le daba la bienvenida a este campo, cubierto por Mises mucho tiempo atrás, en su obra La Acción Humana

“Las teorías que dirigen la acción son a menudo imperfectas e insatisfactorias. Pueden ser contradictorias y no apropiadas para construir un sistema coherente y comprehensivo. Si consideramos todos los teoremas y las teorías que guían la conducta de ciertos individuos y grupos como un complejo coherente y tratamos de organizarlas, tanto como sea posible, en un sistema, un sistema comprehensivo de conocimiento, podemos considerarlo una visión del mundo. Esta es, como teoría, una interpretación de todas las cosas, y como un precepto para la acción, una opinión relacionada con los mejores medios para remover la insatisfacción cuanto sea posible. Una visión del mundo es, así, por un lado una explicación de todos los fenómenos, y por otro, una tecnología, tomando estos dos términos en su sentido más amplio. La religión, la metafísica y la filosofía buscan proveernos una visión del mundo. Interpretan el universo y aconsejan al hombre cómo actuar.”

En fin, algo parece estar pasando entre estos economistas. Faltaría ahora que avanzaran relacionando esto con la subjetividad del valor y la imposibilidad de presentar un criterio de eficiencia (Kaldor-Hicks) que no involucre comparaciones interpersonales de utilidad para promover políticas públicas que responden a las valoraciones de quienes las proponen, y no de un cálculo de beneficios y costos que es imposible.

Camioneros, carteros y los sobres de los bancos: abajo los celulares, el correo electrónico, y los blogs!

Dicen que durante una visita de Milton Friedman a China fue llevado a visitar una obra donde un gran número de trabajadores excavaban un canal con palas y transportaban la tierra en bolsas. Asombrado por esa circunstancia, Friedman preguntó por qué no utilizaban máquinas excavadoras y camiones. La respuesta fue que de esta forma se generaban más empleos, a lo cual Friedman sugirió que en lugar de palas le dieran cucharas a los trabajadores. Que de esa forma se generarían muchos más.

Carteros

En verdad, lo que hacían los funcionarios chinos tenía sentido, ya que seguramente el trabajo era el recurso más barato, y juntar a, digamos, diez mil trabajadores podría ser más barato que contratar una excavadora, dada la miseria de salario que cobraban. De todas formas, como no había precios de mercado era imposible realizar el cálculo económico que permitiera determinar si convenía un método u otro.

Pero dejemos eso de lado y vayamos al punto anterior, que una tecnología más antigua genera más puestos de trabajo que una más moderna. Este tema resurgió en la Argentina cuando el Banco Central, en un ataque de ambientalismo dirigista resolvió que de ahora en adelante todos los estados de cuentas de los bancos serían distribuidos electrónicamente, y no en papel, para ahorrar vaya a saber cuántos árboles talados. El sindicato de camioneros salió a la calle inmediatamente para oponerse a tal medida, argumentando que esos envíos con ahora casi un tercio de todos los que se realizan por correo y que prohibirlos determinaría una clara pérdida de empleos para el sector.

Detengámonos a considerar la lógica de este argumento. El dirigente sindicalista, reclamaba esta medida mientras atendía a las radios por su celular y enviaba correos electrónicos por doquier, al igual que todos los manifestantes que los acompañaban. Al hacerlo, no se daban cuenta que era algo similar a boicotearse a sí mismos, pues cada llamada telefónica y cada mail contribuían a la desaparición de puestos de trabajo entre sus mismos afiliados.

Imaginemos cuál sería la situación si no hubiera celulares y correos electrónicos. El sindicalista hubiera tenido que invitar a la marcha por carta, o por afiches en las calles. También por ese medio tendría que haber enviado sus opiniones a los medios. Todo esto hubiera necesitado del trabajo de muchos obreros en imprentas, muchos carteros en el correo y camioneros para llevar la gran cantidad de cartas. Es más, podríamos ir un poco más atrás, y si esas cartas se enviaran a pie o en carros a caballo hubieran sido necesarios muchos más carteros, más muchos más caballos con los consiguientes servicios para atenderlos e incluso para limpiar las calles a su paso.

La tecnología del camión, y ni que hablar la del celular y el correo electrónico, todas ellas utilizadas por los compañeros camioneros, ha desplazado a otras tantas tecnologías y ha dejado en la calle a una gran cantidad de gente, por la que habría que hacer algo. ¿Qué culpa tienen los caballos? ¿Y qué ha pasado con las familias de los criadores y dueños de carros? ¿Dónde está su sindicato peleando por sus puestos de trabajo?

Volvamos ahora a la resolución del Banco Central. ¿Ha de ser decidido esto de esa forma? Pues, tal vez, lo correcto hubiera sido que cada cliente decida si quiere su resumen de cuenta en papel o electrónico, y que todo el que lo quiera en papel, pague tanto el material, como su impresión y su entrega. Y que el sindicato, en todo caso, vaya a quejarse a los mismos consumidores, de los que ellos también forman parte. En ese mismo acto debería repudiar los celulares y borrar sus cuentas de mail y proponernos a todos que abandonemos eso para volver a las cartas escritas. Y nada de blogs, por supuesto.

Juliana Awada, Macri y El Manantial, de Ayn Rand: libertad personal y responsabilidad individual

La revista La Nación publica este domingo una entrevista con la mujer del nuevo presidente argentino, Juliana Awada. En un momento de la conversación, la periodista le pregunta:

“¿Un libro?

El Manantial, el primer libro que me regaló Mauricio, que es su favorito.”

http://www.lanacion.com.ar/1853052-juliana-awada-una-no-imagina-estas-cosas-pero-suceden-es-el-destino

manantial

No hay ningún comentario sobre el libro de Ayn Rand, tal vez porque la periodista no lo conociera, pero para quienes sí, sabemos que se trata de un libro con alto contenido ético-político.

Está claro que el libro puede leerse y gustarle al lector simplemente como una novela, por la trama, por el desarrollo de las acciones. Quien lo alaba puede no estar diciendo nada sobre su contenido. O también puede ser que destaque ciertos valores básicos que allí aparecen, tales como la idea de la libertad personal asociada con la responsabilidad individual sobre su propio destino. También se puede interpretar como un ‘manifiesto’ para una cierta visión del mundo, como lo hacen muchos randianos. No creo que sea ésta la interpretación que han hecho tanto el presidente como su mujer sino la anterior, aunque nada se puede sacar de una pregunta escueta y una respuesta simple.

Ha dicho, por ejemplo, Mario Vargas Llosa: “El Manantial es una de esas raras muestras de la buena novela liberal. Es una historia en la que el protagonista, Howard Roark, un arquitecto brillante, está dispuesto a arriesgarlo todo por defender su libertad individual. De alguna manera, se trata de un alter ego de Ayn Rand, quien dedicó su intensa y fecunda vida intelectual a combatir el colectivismo en cualquiera de sus múltiples variantes. Ya no suelen escribirse novelas dotadas de un fuerte contenido ético. Esta es una de las mejores que conozco”.

Algunas frases del texto que, tal vez, concuerden con algunos conceptos expresados por el presidente:

Iniciativa individual y empresarialidad: “A través de los siglos hubo hombres que dieron los primeros pasos por nuevos caminos armados tan solo con su propia visión. Sus objetivos eran diferentes, pero todos tenían esto en común: El paso era el primero, el camino nuevo, la visión original, y la respuesta que recibieron: Odio….[]…Pero los hombres de visión original siguieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron su precio. Pero ganaron.”

Prioridad en la producción: “Nada se le regala al hombre en la tierra. Todo lo que necesita ha de ser producido. Y aquí el hombre se enfrenta a su alternativa básica: Puede sobrevivir sólo de una de las dos maneras siguientes: Por el trabajo independiente de su propia mente o como un parásito alimentado por las mentes de otros. El creador origina. El parásito toma prestado. El creador se enfrenta a la naturaleza sólo. El parásito se enfrenta a la naturaleza mediante un intermediario. La preocupación del creador es la conquista de la naturaleza. La preocupación del parásito es la conquista de otros hombres.”

Llamado a la felicidad: “Estaba pensando en la gente que dice que la felicidad es imposible en la tierra… Mire cuán duramente tratan todos de encontrar alegría en la vida. Mire como luchan por eso. ¿Por que tienen que existir seres humanos con dolor? ¿Puede alguien pretender que un ser humano exista para otra cosa que no sea para su propia alegría? Todos la quieren, pero nunca la encuentran. Me pregunto el porqué. Ellos se quejan y dicen que no comprenden el significado de la vida. Hay una clase especial de gente a la cual desprecio. A la que busca un propósito más alto o un fin universal; a la que no sabe para qué vive, que gime buscándose a sí misma. Usted lo oye en torno nuestro. Esto parece ser el lugar común oficial de nuestro siglo. Lo encuentra en cada libro que abre, en cada babeante confesión. Parece que fuera una cosa noble y digna de ser confesada. Yo creo que es la más vergonzosa.”

En fin, no sé si serán estas ideas, u otras, pero digamos que en el texto hay muchas buenas ideas como para inspirar la acción.

Los kibutz en Israel: de la distribución social colectivista al principio de distribución del capitalismo

El gobierno que se va en Argentina produjo una utopía más, aunque tal vez de corta duración. Y como tantas otras utopías, o el “modelo”, como lo llamaran, terminó mal.

Muchas utopías, comenzando con la de Platón, no han llegado a intentar implementarse, y otras que efectivamente lo hicieron, terminaron en el fracaso.

Un interesante artículo de Hinde Pomerianec hoy en La Nación, comenta la situación actual de los kibutz en Israel, otra utopía que atrapara la fantasía colectivista hace unas décadas. El título de la nota dice mucho: “Postales de capitalismo y guerra en el kibutz”: http://www.lanacion.com.ar/1852005-postales-de-capitalismo-y-guerra-en-el-kibutz

Dice Pomerianec:

“Las últimas casas que se construyeron son mucho más modernas y definitivamente menos rústicas. Son pocas y pertenecen a los nietos de los que aquí llaman los “veteranos”, pioneros que llegaron a Israel en 1948, año de la creación del Estado de Israel y también de la primera guerra contra los países árabes. Los veteranos del kibutz Gaash vinieron mayoritariamente de América del Sur tras el sueño del sionismo socialista, una utopía que durante años tuvo un rostro colectivista en esta tierra que mira al Mediterráneo, al norte de Tel Aviv. Luego de décadas de vivir del campo, el kibutz -fundado en 1951- se vio obligado a adaptarse al espíritu de los tiempos para sobrevivir. Hoy, la comunidad de poco más de 400 personas sigue viviendo de la producción agrícola, aunque los mayores ingresos provienen de una fábrica de sofisticados artefactos de luz, tecnología de punta en soluciones para ciegos y también del turismo: cuando años atrás descubrieron que por debajo de las semillas sembradas hervía un tesoro, los ingenieros de la economía colectiva diseñaron un complejo de spas y aguas termales que en sus fines de semana más felices puede convocar a unas 1500 personas. Hay, también, locales de venta de trajes de baño y productos de perfumería en ese paraíso del ocio, pero están tercerizados porque los miembros de Gaash fracasaron en su explotación. Paradójicamente, la revolución económica del kibutz se llamó capitalismo.”

Curiosamente, un mundo libertario o capitalista no excluiría la posibilidad de organizar comunidades utópicas. De hecho, cualquiera podría organizarse como quisiera. En la práctica, ese tipo de comunidades ya existen, tales como los cuáqueros o los menonitas. También están las EcoVillages: http://gen.ecovillage.org/

Y si se trata de organizaciones grupales tendríamos que sumar a otras que no llamaríamos “utópicas” porque han tenido éxito: cooperativas, sociedades comerciales, clubes. En un mundo libre nada impide que las personas se organicen como deseen; lo que no garantiza que eso tenga éxito.

La experiencia de los kibutz pareciera mostrar que ese tipo de comunidades colectivistas apenas puede sostenerse en tanto y en cuanto sus participantes tengan fuerte valores comunes que sostengan un tipo de organización económica donde el principio de distribución sea aquél utópico planteado por Marx para la etapa final del socialismo: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”.

Algunas comunidades pequeñas (y no es de extrañar que sean religiosas) han logrado mantener esos principios con mayor o menor grado de pureza, y a bajos niveles de riqueza económica. Está claro que no podrían sostener una sociedad extendida como la actual y mucho menos a la cantidad de seres humanos existentes en el presente. El principio del capitalismo, que luego descubrieran los kibutz para sobrevivir ha sido así expuesto por Robert Nozick: “de cada cual según su elección, a cada cual según sea elegido”.

Es decir, tenemos libertad para elegir entre las oportunidades que se nos presenten (y hay sociedades, hoy ‘ricas’ institucionalmente, que ofrecen muchas más), y recibiremos tanto como los demás valoren el resultado de nuestra capacidad y esfuerzo. Los kibutz han aprendido que este principio es muy superior.

Algo menor, pero importante, que podría hacer el nuevo Banco Central: curso legal al Bitcoin

En su libro “Desnacionalización del dinero” Hayek trata el tema de la política monetaria y realiza una propuesta de “competencia de monedas”, cuya discusión es apropiada en todo país, como Argentina, que tiene dos monedas al menos, el peso y el dólar. Se suele pensar que la provisión de dinero es un ‘bien público’, una función indelegable del Estado. El libro fue publicado en inglés por el Institute of Economic Affairs de Londres.

Hayek5

“LA MÍSTICA DE LA MONEDA DE CURSO LEGAL

El primer error de concepto es el que concierne a lo que se denomina “curso legal”. Para nuestro propósito, no es muy importante, pero sirve generalmente para explicar o justificar el monopolio gubernamental de emisión de moneda. Ante nuestra propuesta, la primera atónita réplica es: “Pero ¡tiene que haber una moneda de curso legal!”, como si esta idea justificara la necesidad de una única moneda gubernamental indispensable para la negociación diaria.

En sentido jurídico estricto, moneda de curso legal significa un tipo de moneda que un acreedor no puede rechazar como pago de una deuda, haya sido ésta contraída o no en dinero emitido por los poderes públicos. Aún así, es significativo que el término no tenga ninguna definición autorizada en el derecho estatutario inglés. En otros países indica simplemente el medio con el que puede saldarse una deuda, ya porque haya sido contraída en dinero gubernamental, ya porque un tribunal ordena el pago de esa forma. En la medida en que el poder público tiene el monopolio de la emisión de dinero y lo utiliza para establecer un solo tipo de dinero, debe tener también el poder de fijar los objetos con los que se pueden pagar las deudas expresadas en esta moneda. Ahora bien, ello no significa que todo el dinero deba ser de curso legal, ni tampoco que todos los objetos que la ley considera de curso legal tengan que ser necesariamente dinero. (En algunos casos, los tribunales han obligado a los acreedores a aceptar, como pago de sus deudas, bienes que difícilmente podrían calificarse de dinero; por ejemplo, el tabaco.)

La generación espontánea de dinero destruye la superstición

El término “curso legal” se ha rodeado en la imaginación popular de una penumbra de vagas ideas acerca de la necesidad de que el Estado suministre el dinero. Es la supervivencia de la idea medieval según la cual el Estado confiere de alguna forma al dinero un valor que de otra manera no tendría. Esto, a su vez, es cierto sólo en la medida en que el gobierno puede obligarnos a aceptar cualquier cosa que determine en lugar de la contratada; en este sentido, puede dar al sustituto el mismo valor para el deudor que el objeto original del contrato. Pero la superstición de que el gobierno (normalmente llamado “Estado” para que suene mejor) tiene que definir lo que es dinero, como si lo hubiera creado y éste no pudiera existir al margen de los poderes públicos, se originó en la ingenua creencia de que el dinero debió ser “inventado” por alguien y que un inventor original nos lo proporcionó. Esta creencia ha sido totalmente desplazada por el conocimiento de la generación de semejantes instituciones involuntarias a través de un proceso de evolución social del que el dinero es principal paradigma (siendo otros ejemplos destacados el derecho, el lenguaje y la moral). Cuando el renombrado profesor alemán Knapp resucitó, en este siglo, la doctrina medieval del valor impositus, se abrió el camino para una política que en 1923 condujo al marco alemán a un valor de 1 partido por 1.000.000.000.000.”

¿Cómo escribir un paper o un ensayo (¿o un post?) sin morir en el intento? El síndrome del taxista

Los alumnos de UCEMA tienen que escribir un “paper” para completar la evaluación final de la materia y se enfrentan, por supuesto, a la dificultad de hacerlo sin saber bien cómo investigar y menos aún cómo escribir un trabajo “académico”. Como material de lectura utilizamos un texto de Ignacio Labaqui, profesor de la UCA con el interesante título de “Cómo escribir un paper y no morir en el intento”. En algún momento me lo envió y aún lo estoy usando con los alumnos. Se lo encuentra en la web.

Si bien Ignacio es profesor de Ciencias Políticas y sus ejemplos se refieren a esa disciplina, se aplican sin problemas a todas las ciencias sociales. Al comienzo, plantea un tema que cualquiera que lea los comentarios de los alumnos en este blog encontrará acertado:

“Muchas veces se observa cierta dificultad para tratar un tema de modo analítico, y no meramente descriptivo. También hay una tendencia excesiva a hacer juicios de valor, que además la mayoría de las veces carecen de todo tipo de fundamento. Por razones que desde la cátedra ignoramos, hay una propensión a prejuzgar u opinar superficialmente sobre temas complejos, sin tener un conocimiento acabado del estado de la cuestión.”

En fin, esto tal vez tiene que ver con cierta idiosincrasia nacional, o el “síndrome del taxista”. Esto es, te subís a un taxi en Buenos Aires y le preguntás algo sobre la teoría de la relatividad de Einstein y el taxista algo te va a responder. Es muy difícil que digamos, simplemente: no sé.

Es importante entonces, aprender algo sobre cómo analizar los temas, cómo investigar y cómo escribir un trabajo académico. Labaqui plantea la diferencia entre un “paper” y un ensayo, luego describe los componentes de un paper.

Tal vez la enseñanza más simple para los que se inician en la escritura de este tipo sea: ¿qué pregunta quiero contestar? Pero no todas las preguntas son aptas para este tipo de trabajo. Dice Labaqui:

“Es claro que preguntas del tipo “¿Es la deuda externa ilegítima?”; “¿Debe Argentina abandonar el MERCOSUR?”; “¿Es justa la intervención norteamericana en Irak?” (sólo por mencionar algunos ejemplos) no son precisamente buenos puntos de partida ya que inevitablemente conducen a juicios de valor que no son empíricamente verificables.

No hay nada de malo en que uno formule juicios de valor. De hecho es algo muy bueno tener una opinión formada sobre un cierto hecho o fenómeno. Simplemente, el problema es que no es algo que tenga carácter científico, y lo que justamente se busca como resultado es lograr como producto un artículo de ciencia social.”

En relación a esto, más adelante aconseja:

“Aunque sea repetitivo, no está de más insistir sobre algunas cosas. Un paper o una tesina pueden servir de base para una recomendación sobre un curso de acción de política pública, pero no es esa su finalidad. En tal sentido, las frases del estilo “el MERCOSUR debe…” o “a la Argentina le conviene apoyar a Estados Unidos en Irak” o “el gobierno debe…”, son totalmente inapropiadas.”

En definitiva, una buena guía para lanzarse a escribir. ¿Y porqué es bueno escribir? Al margen de que otros lo lean por cierto que escribir nos ayuda a poner en orden nuestras propias ideas. Escribiendo, ordenamos la estantería, al menos en parte.

En cuanto a los posts, como éste lo muestra no hace falta cumplir con pautas tan rigurosas, menos aun en Twitter, pero también nos obligan a ordenarnos si es que pretendemos que, al menos, nos entiendan.