Un profesor se la juega ante lo ‘políticamente correcto’ y propone, con Deaton, no demonizar al capitalismo

No sé qué pasa pero estoy encontrando este fin de año varios artículos muy buenos en La Nación. Ahora quiero destacar uno de Lori Zanatta, profesor de la Universidad de Bologna, titulado “Reducir la desigualdad sin demonizar al capitalismo”: http://www.lanacion.com.ar/1969015-reducir-la-desigualdad-sin-demonizar-el-capitalismo

Como siempre, uno puede discutir algún argumento, pero es interesante que el profesor se anime a una opinión tan “políticamente incorrecta” en estos tiempos. Comenta en el artículo el trabajo de Angus Deaton, premio Nobel en Economía en 2015, a quien también he comentado y citado varias veces en este blog. He aquí algunos párrafos de este artículo:

“Se habla mucho, por milésima vez en la historia, de la decadencia de Occidente y de su “modelo”, pero la economía capitalista reina hoy donde fue aborrecida: desde Rusia hasta China, pasando por ese Tercer Mundo que tanto la combatió creyendo así emanciparse. De hecho, aquellos que tanto denostaron la civilización occidental, de ella tomaron precisamente el mercado, rechazando lo que en Occidente suele templar sus efectos y garantizar las libertades: la filosofía liberal, la democracia política. La pregunta es: ¿por qué esta conversión, inimaginable en la época de Stalin, Mao, Ho Chi Minh? La respuesta es cruda: porque sus ideologías igualitarias no tuvieron éxito; y no sólo en crear bienestar. Tampoco aseguraron igualdad. Pensemos en Cuba: en los 60, Fidel Castro apostó a que el socialismo transformaría Cuba en el país más rico e igualitario del mundo; consta en sus discursos. Llegado a La Habana en 1970, Ernesto Cardenal quedó encantado: aquí son todos pobres, ¡reina el evangelio! Pobres sí, padre, y mucho -le confiaron los jóvenes católicos- pero no todos; los dirigentes eran ya una nueva clase de mandarines.”

Por todas estas razones, me pregunté por qué había tenido tan poco eco, en comparación con el auge de Picketty, la concesión del Nobel de Economía en 2015 a Angus Deaton, estudioso de ese mismo tema: la desigualdad en el mundo. Así que decidí estudiarlo y terminé leyendo a varios autores. Por ejemplo, al llegar al final de un brillante estudio sobre la dramática desigualdad en la distribución mundial de la riqueza escrito años atrás por Branko Milanovic, economista del Banco Mundial, caí en un pasaje atrevido: era motivo de esperanza, se leía, la subida al poder de líderes como Kirchner y Chávez, prueba que América latina, concluía, era “la única región del mundo que experimenta políticas nuevas y alternativas”. Sobre ese juicio yace una lápida y sería de mal gusto ironizar. Pero pensé: qué buenos son ciertos economistas para captar los problemas, y qué ingenuos para entender sus causas y soluciones.

No es el caso de Angus Deaton. Tras preguntarse por qué el nivel medio de vida entre países ricos y pobres no converge como ciertas teorías dicen que debería, contestó: “La mejor respuesta es que los países pobres carecen de instituciones apropiadas, de burocracia capaz, de una justicia que funcione, de un sistema tributario eficiente, de protección efectiva de los derechos de propiedad y de una tradición de confianza mutua”. Más que económico, es un problema político e institucional, lo que hace más complejo, no más simple, el problema de la desigualdad. De ser así, y no dudo que lo sea, los relatos redentivos que alimentan el victimismo de los países pobres al descargar sobre los países ricos la culpa de su pobreza, pierden mucho de su sentido. Los ricos tienen sus responsabilidades, pero esto no exime a los países pobres de las suyas.

En su crudeza, Deaton echa también por tierra muchos mitos apocalípticos en boga hoy en día: por regla general, observa, el hombre no nace rico y se convierte en pobre porque alguien le roba, sino que nace pobre y sólo en los últimos siglos ha empezado a liberarse de la pobreza, la enfermedad, la inseguridad. Nos afligen la pobreza y las enfermedades en el mundo; pero no hay que olvidar los enormes progresos que se han realizado desde que la economía de mercado se ha difundido. No por casualidad Deaton habla del gran escape de la pobreza; un gran escape que, como el de la famosa película, no tiene éxito para todos al mismo modo y al mismo tiempo. El progreso y la desigualdad son dos caras de la misma moneda, fenómenos que se persiguen y alimentan entre ellos. Reducir las desigualdades es un deber; demonizarlas es inútil, incluso perjudicial si del mito de la igualdad se sirvieran, como muchas veces se sirven, regímenes políticos que perpetúan las malas instituciones y, por tanto, la pobreza.

Invitado al Vaticano, Deaton desafió la impopularidad: respecto al pasado, dijo, “estamos más sanos y ricos, los derechos de la mujer están más protegidos, las minorías son menos discriminadas, las democracias son más generalizadas, la vida media es más larga, la mortalidad infantil ha caído en picada”. Esto sin importar lo que pensemos de la globalización y el capitalismo. Es cierto, agregó, “hay guerras, migraciones” y hay que enfrentarlas; pero sin “destruir lo que hemos logrado”, cerrar lo que hemos abierto. Una cosa, suele decir, es no retirar la escalera para que otros puedan subirse a ella en el gran escape de la pobreza; para esto sirven instituciones eficientes e incluyentes. Otra cosa muy distinta es unirse al coro anticapitalista que se eleva una vez más en el mundo: no gracias, dice Deaton renunciando así al papel de estrella mundial que merecería más que otros.”

Angus Deaton: “la desigualdad es parte de un Sistema que eleva los estándares de vida de todos”

El premio Nobel en Economía analiza la desigualdad de ingresos en su libro “The Great Escape”, con un enfoque bien diferente al de Piketty. Por ejemplo:

“Si bien la desigualdad no es particularmente bienvenida por sí misma, es parte de un sistema que eleva los estándares de vida de todos”.

Deaton

Y presenta este ejemplo:

“Una buena analogía es cuando los padres se cansan de los cuartos permanentemente desordenados de los hijos y deciden recompensar el orden vinculando su ‘mensualidad’ al estado de sus dormitorios. Estos esquemas típicamente logran que la casa sea más habitable, que los padres estén menos irritables y los hijos más al tanto de los placeres de un cuarto ordenado. Sin embargo, también hay peligros. Si un hijo responde más a los incentivos que los otros, o uno es naturalmente más ordenado sin importar los incentivos, las mensualidades que inicialmente eran iguales serán pronto bien desiguales. En una familia ideal, todos los hijos mantendrían sus dormitorios perfectamente limpios y recibirían sus mensualidades completas. En familias reales, como en economías reales, incentivos más profundos significan más desigualdad. Algunos padres pueden pensar que esto no es un problema; cada hijo, después de todo, tiene una perfecta igualdad de oportunidades y debe aprender a vivir con las consecuencias de sus decisiones. Otros padres pueden simpatizar más, entender que cada hijo tiene distintas habilidades para ser ordenado y que todos cometen errores de tanto en tanto; y pueden compartir la idea de sus hijos que la nueva desigualdad es injusta. La igualdad de oportunidades no garantiza resultados que sean transparentemente justos.

Si el esquema de incentivos familiares se mantiene por cierto tiempo, la desigualdad puede aumentar aún más si los hijos ahorran parte de sus mensualidades. Incluso si todos los hijos ahorran la misma proporción de sus mensualidades, alguno está agregando más a su riqueza que los otros, y será más rico que los demás. El ahorro va a enfatizar la desigualdad en las mensualidades, y la desigualdad en la riqueza pronto superará por mucho a la desigualdad en los ingresos. Esta profundización de la desigualdad será aún mayor si los hijos que estén naturalmente inclinados a ser ordenados son también los que están naturalmente inclinados a ahorrar para el futuro. En la sociedad esas mismas fuerzas funcionan si aquellos que están más orientados al futuro y tienen más auto-control son los mismos que se benefician de una mayor educación y es más probable que acumulen riqueza a partir de sus ingresos basados en esa educación. Existe un profundo conflicto entre incentivos y desigualdad, en las familias y en los países.”

Deaton: la Mano Invisible y la Revolución Industrial explican cómo se duplicó la esperanza de vida

En su libro The Great Escape, el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton, explica como algunas sociedades escaparon a la pobreza, aunque esto incrementara inicialmente la desigualdad, y aquí como el crecimiento económico desatado por la Revolución Industrial fue clave para duplicar la esperanza de vida:

“¿Qué pasó en Inglaterra? ¿Qué hizo que la expectativa de vida se duplicara, de 40 a casi 80 años, en un siglo y medio? Dada la larga historia de miles de años de esperanza de vida estable o incluso cayendo, este es sin duda uno de los cambios más favorables, rápidos y dramáticos en la historia de la humanidad. No solamente casi todos los recién nacidos vivirán para ser adultos, sino que cada joven adulto tendrá más tiempo para desarrollar sus capacidades, pasiones y vida, un incremento enorme en la posibilidades y el potencial para el bienestar.”

Life expectancy

El cuadro que se presenta muestra la evolución de la esperanza de vida al nacer y a los 15 años. A principios de 1900 la esperanza de vida a los 15 años, o adulta, era mayor que al nacer; el cambio se explica por la caída de la mortalidad infantil. Deaton cita al fundador de la medicina social, Thomas McKeown, quien enfatiza que el crecimiento económico ha sido más importante para eso que las nuevas medicinas.

“McKeown, quien era médico, concluyó que la medicina no había sido muy útil (incluso sostuvo que cuanto más alto el estatus del médico, probablemente más inútil) y concluyó que las raíces de la mejora sanitaria se encontraban en el progreso económico y social, especialmente en una mejor nutrición y condiciones de vida. McKeown fue el primero de una larga lista de médicos que llegaron a sentir que  sus propios esfuerzos profesionales poco podían hacer para mejorar la salud pública, y se concentraron en enfermedades sociales más generales, como la pobreza y la destitución, a las que vieron como las causas fundamentales de la pobre salud. McKeown pensaba que una mejora gradual de las condiciones materiales de vida, tales como mejor alimentación y vivienda, eran mucho más importantes que el cuidado médico, e incluso que las medidas de salud pública. Las opiniones de McKeown, actualizadas a nuestras circunstancias, son todavía importantes en el debate entre quienes piensan que la salud es determinada principalmente por los descubrimientos médicos y el tratamiento y quienes miran al trasfondo de las condiciones sociales de vida.

La nutrición fue, claramente, parte de la historia del comienzo de la reducción de la mortalidad. La población de Inglaterra en los siglos XVIII y XIX consumía menos calorías de las necesarias para que los niños crezcan en todo su potencial y para que los adultos mantuvieran un funcionamiento corporal saludable para realizar un trabajo productivo y remunerativo. La gente era flaca y muy baja, tal vez tan petisa como en cualquier momento anterior. A través de la historia, la gente se adaptó a la falta de calorías creciendo poco y siendo pequeños. No solamente es una asombrosa consecuencia de no tener suficiente para comer, especialmente en la infancia, pero cuerpos más pequeños requieren menos calorías básicas para subsistir, y hacen posible trabajar con menos alimento de lo que necesitaría una persona más grande. Un trabajador de dos metros de altura y más de cien kilos de peso hubiera sobrevivido en el siglo XVIII como un astronauta en la Luna sin su traje espacial; en promedio simplemente no había suficiente alimentación para sostener una población con las dimensiones físicas de hoy.”

Deaton, el Iluminismo y la salud: primero se beneficiaron los que podían pagar, luego llegó a todos

Angus Deaton, el ultimo premio Nobel en Economía, comenta sobre el impacto de las ideas en el progreso y la calidad de vida en su libro “The Great Escape”. EN el gráfico siguiente pueden verse las estimaciones de expectativa de vida de la población general en Inglaterra desde mediados del siglo XVI a mediados del siglo XIX. Hay bruscas fluctuaciones ocasionadas por plagas, viruela, peste bubónica, gripe, pero no parece haber una tendencia definida. Sí la hay en los puntos redondos que reflejan la expectativa de vida de la aristocracia. Lo que muestra es que éstos no tenían mejores expectativas de vida que la población general hasta un cierto punto en que se abre una gran brecha. ¿Qué ocurrió? EN sus palabras

Deaton

“No sabemos con seguridad porqué se abrió la brecha, pero hay muchas buenas suposiciones. Fue la época del Iluminismo Inglés, reseñado por el historiador Roy Porter como el momento en que la gente dejó de preguntarse ‘¿cómo puedo salvarme?’; una pregunta que había traído algo menos que caos en al siglo anterior, incluyendo una guerra civil, y pasó a preguntarse ¿cómo puedo ser feliz?’ La gente comenzó a buscar el logro personal, más que la virtud por la obediencia a la iglesia y a cumplir con los deberes apropiados para su lugar en la sociedad’. Se podía ahora perseguir la felicidad utilizando a la razón para desafiar la forma tradicional de hacer las cosas, y encontrando formas de mejorar la propia vida, incluyendo las posesiones materiales y la salud. Immanuel Kant definió al Iluminismo con la frase ‘Anímate a saber! Ten el coraje de utilizar tu propio entendimiento!. Durante el Iluminismo, la gente se arriesgó a desafiar el dogma aceptado y fueron más dispuestos a experimentar nuevas técnicas para hacer las cosas. Una de las formas en que la gente comenzó a utilizar su propio entendimiento fue en la medicina y en la lucha contra las enfermedades, probando nuevos tratamientos. Muchas de estas innovaciones –en esta temprana era de la globalización- llegaron desde otros países. Las nuevas medicinas y tratamientos eran, a menudo, difíciles de obtener y caros por lo que, al principio, pocos los podían pagar.”

“No hay forma de cuantificar los efectos de estas innovaciones en la mortalidad, y algunas incluso son controversiales. Sin embargo, hay una fuerte presunción de que estas innovaciones –todas el resultado de mejor conocimiento científico, y resultado de la nueva apertura a la prueba y el error- fueron responsables de una mejor salud para los nobles y la familia real hacia fines del siglo XVII. AL principio, como eran caras y no muy apreciadas, se reducían a aquellos que eran ricos o bien informados, por lo que surgieron nuevas desigualdades en la salid. Pero esas desigualdades también guiaron a las mejoras generales que estaban por llegar, a medida que las medicinas y los métodos se abarataban, y llevaron a nuevas innovaciones relacionadas que pudieron ahora cubrir a toda la población, como la vacuna contra la viruela luego de 1799 o el movimiento sanitario para limpiar las ciudades.”

Angus Deaton: ¿si un país es más rico su gente no es más feliz? Falso: importan mejoras relativas

En su libro “El Gran Escape”, el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton habla sobre la desigualdad y el progreso y presenta un punto bien interesante sobre la relación que existe entre el ingreso per cápita y la felicidad.

Veamos el primer gráfico:

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Comenta Deaton al respecto:

“Si observamos la esquina de la izquierda y abajo, donde están los países pobres, vemos que la evaluación sobre la calidad de vida crece con el ingreso nacional muy rápidamente. Luego que pasamos China y la India, yendo de la izquierda abajo hacia la derecha arriba, el aumento en la evaluación de vida es menos pronunciado, y una vez que llegamos a Brasil y México los resultados son cercanos a 7 sobre 10, tan solo un punto menos que los países realmente ricos de arriba/derecha. El ingreso es más importante entre los muy pobres que entre los muy ricos. Por cierto, resulta tentador mirar al cuadro y concluir que una vez que el PIB per cápita alcanza unos 10.000 dólares por año, más dinero no mejora la vida de la gente, y muchos así lo han afirmado. Sin embargo, esta afirmación es falsa”.

El argumento de Deaton es que no importa la mejora absoluta sino la porcentual. Pone este ejemplo: uno que gana $200.000 recibe un aumento del 1% ($2.000); esto es más que uno que gana $50.000 y recibe un aumento del 2% ($1.000). Este último va a estimar que obtuvo mejor resultado, y el primero se verá frustrado.

Deaton reconfigura los mismos datos del primer cuadro en niveles que cuadruplican el ingreso; esto es, comenzando con 250 dólares (Zimbabue, Congo, luego 1.000 (Tanzania, Kenia), otro nivel de 4.000 (China e India), 16.000 (México y Brasil) y los países ricos con $64.000. En ese caso la figura es la siguiente:

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Lo que dice este gráfico es que diferencias porcentuales iguales en ingresos producen cambios absolutos iguales en la evaluación sobre la calidad de vida. En promedio, si nos movemos de un país a otro cuyo ingreso per cápita es cuatro veces superior, avanzaríamos un punto en calidad de vida.

“El Gráfico 2 es importante porque muestra que centrar nuestra visión en el ingreso es muy engañoso. Los países más ricos tienen mayores niveles de evaluación de vida, aun entre los más ricos del planeta”.

Angus Deaton, último premio Nobel: todo proceso humano de progreso ha generado desigualdad

En su libro “El Gran Escape”, el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton habla sobre la desigualdad y el progreso:

Deaton

“Buena parte de los grandes episodios de progreso humano, incluyendo aquellos que usualmente se describen como totalmente positivos, han dejado tras de sí un legado de desigualdad. La Revolución Industrial, que comenzara en Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX, dio comienzo al crecimiento económico que ha sido responsable de sacar a millones de personas de la privación material. El otro lado de esta misma Revolución Industrial es lo que los historiadores llaman la “Gran Divergencia”, cuando Gran Bretaña, seguida después por el noroeste de Europa y América del Norte, se separaron del resto del mundo, creando una enorme brecha entre Occidente y el resto, que no se ha cerrado hasta nuestros días. La desigualdad global actual fue, en gran medida, creada por el éxito del crecimiento económico moderno.

No debemos pensar que, antes de la Revolución Industrial, el resto del mundo había sido siempre atrasado y pobre. Décadas antes de Colón, China fue suficientemente avanzada y rica como para enviar una flota en enormes barcos bajo el comando del Almirante Sheng He –portaviones en comparación con los botes de remo de Colón- para explorar el Océano Índico. Trescientos años antes de esto, la ciudad de Kaifeng era una metrópolis humeante de un millón de almas cuyas sucias fábricas no hubieras desencajado en Lancashire ocho siglos después. Los impresores producían millones de libros que eran suficientemente baratos para ser leídos por gente de ingresos modestos. Sin embargo esas épocas, en China y otros lugares, no se sostuvieron, y menos aún fueron puntos de partida de una siempre creciente prosperidad. En 1127, Kaifeng cayó ante una invasión de tribus de Manchuria, que habían sido reclutadas rápidamente para ayudarla en la guerra. Si vas a enlistar aliados peligrosos, tienes que asegurarte que estén bien pagos.

El crecimiento económico en Asia arrancaba y era frenado, por gobernantes rapaces, guerras o ambos. Es solamente en los últimos 250 años que un crecimiento sostenido y a largo plazo en algunas partes del mundo – pero no en otras- ha llevado a una brecha persistente entre países. El crecimiento económico ha sido el motor de la desigualdad internacional de ingresos.

La Revolución Industrial y la Gran Divergencia están entre los escapes más benignos de la historia. Hay muchas ocasiones en que el progreso en un país se realizó a expensas de otro. La Era del Imperio en el siglo XVI, que precedió a la Revolución Industrial y ayudó a originarla, benefició principalmente a Inglaterra y Holanda, los dos países que mejor hicieron en el desorden. Para 1750, trabajadores en Londres y Amsterdam habían visto crecer sus ingresos en relación a los de Delhi, Beijing, Valencia y Florencia; los trabajadores ingleses podían permitirse algunos lujos, como el azúcar y el té. Pero aquellos que fueron conquistados y saqueados en Asia, América Latina y el Caribe, no solamente fueron dañados entonces, sino en muchos casos cargados con instituciones políticas y económicas que los condenaron a vivir siglos de continua pobreza y desigualdad.

La globalización actual, como las anteriores, ha visto creciente prosperidad junto a creciente desigualdad. Países que eran pobres hace poco, como China, India, Corea y Taiwán, la han aprovechado y han crecido rápido, mucho más rápido que los países ricos. Al mismo tiempo, se han separado de los países pobres, la mayoría de ellos en África, creando nuevas desigualdades. A medida que unos escapan, otros quedan atrás. La globalización y nuevas formas de hacer las cosas han llevado a incrementos continuos en la prosperidad de los países ricos, aunque las tasas de crecimiento han sido menores a las de los países pobres de rápido crecimiento y a las que ellos mismos solían tener. A medida que ese crecimiento se ha frenado,”