El monopolio estatal de la emisión de moneda se convirtió en una calamidad con los billetes de papel

En su libro “Desnacionalización del dinero” Hayek trata el tema de la política monetaria y realiza una propuesta de “competencia de monedas”, cuya discusión es apropiada en todo país. Antes, analiza las consecuencias del monopolio estatal de la moneda. El libro fue publicado en inglés por el Institute of Economic Affairs de Londres.

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La aparición del papel moneda

La prerrogativa del gobierno, que originariamente se refería sólo a la emisión de monedas puesto que eran el único tipo de dinero utilizado, se extendió rápidamente a otros tipos de dinero diferentes cuando aparecieron en escena. Surgieron en el momento en que el gobierno necesitó más cantidad de dinero, que intentó recaudar a través de préstamos forzosos y obligando a la gente a aceptar como dinero los recibos que daba a cambio. El significado de la aparición gradual del papel moneda y poco después de los billetes de banco es, a nuestros efectos, complicado, ya que durante mucho tiempo el problema no fue la aparición de nuevos tipos de dinero con diferentes denominaciones, sino la utilización como dinero de los pagarés por cantidades del metálico emitido por el monopolio gubernamental.

Probablemente, es imposible que un pedazo de papel u otro material sin ningún valor de mercado por sí llegue a ser gradualmente aceptado por las gentes y considerado dinero a no ser que represente un título sobre algún objeto valioso. Para ser aceptado como tal, tiene que derivar su valor de otra fuente, como por ejemplo su convertibilidad en otro tipo de dinero. Consecuentemente, el oro y la plata, o los títulos que los representaban, fueron durante mucho tiempo las únicas clases de dinero entre las que podía haber competencia, e incluso la plata, desde su gran descenso de valor en el siglo XIX, dejó de ser una competidora seria para el oro. (Las posibilidades del bimetalismo no son relevantes para nuestros problemas.)

Posibilidades políticas y técnicas de controlar el papel moneda

La situación es distinta desde el momento en que el papel moneda se ha establecido en todas partes. El monopolio estatal de emisión de moneda ya era bastante pernicioso mientras predominaba el dinero metálico. Ahora bien, se convirtió en una terrible calamidad cuando el papel moneda (u otro tipo de signo monetario), que puede proporcionar el mejor o el peor dinero, estuvo bajo control estatal. El mejor sistema podría ser que una entidad, cuyo propio interés le obligara a satisfacer los deseos de los usuarios, controlara deliberadamente la oferta de dinero. En cambio, una moneda que se controla para satisfacer las demandas de los intereses de grupo será irremisiblemente el peor posible (sección XVIII).

Obviamente, el valor del papel moneda se puede regular de acuerdo con diversos principios —siendo más que dudoso que ningún gobierno democrático con poderes ilimitados pueda hacerlo satisfactoriamente—. Aunque la experiencia histórica parece en principio justificar la creencia de que sólo el oro puede proporcionar una moneda estable y que todo papel moneda se depreciará más pronto o más tarde, nuestra profundización en los procesos de determinación del valor del dinero nos muestra que este prejuicio, aunque comprensible, es infundado. La imposibilidad política de que los gobiernos lo consigan no significa que sea técnicamente imposible controlar la cantidad de cualquier tipo de signo monetario de forma que su valor se comporte de la manera deseada y que por esta razón mantenga su aceptabilidad y su valor. Por tanto, sería ahora posible, si estuviera permitida, la existencia de una variedad de divisas esencialmente diferentes. Podrían representar no meramente diferentes cantidades del mismo metal, sino también distintas unidades abstractas que fluctuaran relativamente entre sí en cuanto a su valor. De la misma manera, podríamos tener monedas concurrentes en muchos países, entre las cuales la gente tendría la posibilidad de elegir. Ello no se ha considerado seriamente hasta hace muy poco.

Incluso los defensores más radicales de la economía libre como el filósofo Herbert Spencer o el economista francés Joseph Garnier parecen abogar sólo por la acuñación privada, mientras el movimiento de libertad bancaria de mediados del siglo XIX se pronunciaba sólo por el derecho de emitir billetes denominados en unidades de la moneda standard.”

Alguna vez el monopolio estatal de la moneda fue útil… Alguna vez…, y hace mucho tiempo que no

La publicación de un par de posts sobre la competencia de monedas desató una discusión en el blog que también tenemos con Adrián Ravier, Nicolás Cachanosky y Gabriel Zanotti sobre la conveniencia o no de tener una sola moneda, lo cual facilitaría la comparación de todos los precios.

En su libro “Desnacionalización del dinero” Hayek trata este tema y señala que no es cuestión de pensar solamente en las ventajas de una moneda única, hay que tomar en cuenta también sus costos. Al principio los beneficios pueden haber sido superiores, pero luego…, en fin, hemos visto ya los costos del monopolio estatal. El libro fue publicado en inglés por el Institute of Economic Affairs de Londres.

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Ventajas iniciales del monopolio estatal del dinero

“Quizás cuando la economía monetaria se extendía lentamente a todas las regiones y uno de los principales problemas era enseñar a la gente a calcular en dinero (y de esto no hace tanto tiempo) se pudiera considerar conveniente tener un solo tipo de moneda fácilmente reconocible. Se puede argüir que dicho tipo uniforme y su uso exclusivo fue de gran utilidad para la comparación de precios y por tanto al objeto de ampliar la competencia y el mercado. Asimismo, cuando para determinar la autenticidad del dinero metálico era necesario emplear un difícil proceso de aquilatamiento y los particulares no tenían ni los medios ni la capacidad para hacerlo, pudo haber sido de utilidad (al objeto de garantizar la ley de las monedas) el sello de una autoridad generalmente reconocida que, fuera de los grandes centros comerciales, sólo podía ser el Estado.

Pero hoy en día estas ventajas iniciales, que pudieron servir de excusa para la apropiación por el Estado del derecho exclusivo de emitir dinero en metálico, no compensan las desventajas del sistema. Tiene los mismos defectos que todos los monopolios: es forzoso utilizar su producto aunque no sea satisfactorio, y, sobre todo, impiden el descubrimiento de métodos mejores de satisfacer necesidades, métodos que el monopolista no tiene ningún interés en buscar.

Si el público comprendiera el precio que paga en inflación periódica e inestabilidad por la conveniencia de utilizar un solo tipo de moneda en las transacciones normales y contemplara las ventajas de emplear varios, seguramente encontraría el precio excesivo. Tal comodidad es mucho menos importante que la de utilizar una moneda fidedigna que no trastorne periódicamente el flujo normal de la economía —oportunidad de la que el público ha sido privado por el monopolio gubernamental. Ahora bien, la gente nunca ha tenido ocasión de descubrir la alternativa. Los gobiernos siempre han alegado poderosos motivos para convencer a las gentes que el derecho de emitir moneda debía pertenecerles en exclusiva. A todos los efectos, mientras se trataba de la emisión de monedas de oro, cobre o plata, no importaba tanto como hoy en día, cuando conocemos la existencia de todo tipo de posibles monedas, incluido el papel, que el gobernante cada vez suministra peor y de las que puede abusar más que del dinero metálico.”