Nunca hubo un ‘estado de naturaleza’, las normas de conducta existieron ya antes que el ser humano

Con los alumnos de Economía e Instituciones de OMMA Madrid, vemos el primer capítulo de El Foro y el Bazar. Aquí, sobre el origen de las nornas:

La convivencia pacífica en sociedad es posible porque seguimos ciertas normas, formales e informales, que nos permiten determinar cuál va a ser la conducta de los demás. En ausencia de ellas, la vida en sociedad sería difícil. El filósofo inglés Thomas Hobbes pensaba que se asemejaría al “estado de naturaleza” donde rigen la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.

No obstante, parece que nunca ha existido tal cosa como un “estado de naturaleza” donde el ser humano viviera sin normas pues éstas serían anteriores al hombre mismo. Y éste nunca vivió en un paraíso de independencia individual sino que siempre, desde su origen, formó parte de grupos. Los estudios antropológicos muestran que los derechos de propiedad existieron mucho antes que el desarrollo de la agricultura hace unos diez mil años, lapso que es tan sólo un breve momento en la historia del ser humano quien ha cazado y producido herramientas en pequeños grupos de familias o tribus por unos dos millones y medio de años. El origen del comercio se remonta a unos cien mil años atrás.

Nuestros esquemas de normas éticas habrían surgido, no como el fruto del uso de la razón, sino al compás con su desarrollo.[1] Ciertas visiones enfatizan la necesidad de un acto formal que de origen a la norma. Por ejemplo, Buchanan (2009, p. 26) plantea este ejemplo: Robin Hood y el Pequeño Juan se encuentran frente a frente en un puente donde solamente pasa uno de ellos. No habría ninguna regla “natural” que se pudiera invocar para quien sigue y quien se retira[2]. Sin embargo, esto es muy dudoso, a esa altura de la evolución es más que probable que existiera ya una norma que es generalmente reconocida como tal: la establecida por el propietario del puente, o por quien lo construyera, la del que llega primero al comienzo del puente, la del que viene del Norte, o de Sur, la del que va a la ciudad, o el que regresa, etc.

Las normas fueron desplazando a nuestras respuestas instintivas porque los individuos comenzaron a ver los resultados positivos que obtenían respetándolas. De la misma forma en que los animales comenzaron a desarrollar sus propios instintos de “posesión” o “territorio”, los seres humanos desarrollaron tempranas normas de propiedad, muy probablemente en relación a sus propios “territorios” o a sus herramientas y utensilios. Las bandas de cazadores no tenían desarrollado un concepto de propiedad sobre la tierra, pero sin duda respetaban distintos territorios y sabían muy bien de quién era cada herramienta y el derecho que tenía para usarla.[3]

[1] Dice Hayek (1990, p. 55):“La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón o de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.”

[2] Una vez que salimos de las actividades que son en gran medida (si no completamente) internas de las personas, estrictamente privadas en el sentido real de éste término, hay pocos límites ‘naturales’ que puedan lograr de manera convincente un acuerdo general”. “En ausencia de fronteras ‘naturales’ entre individuos en las actividades que puedan emprender, surge la necesidad de una estructura definitoria, una imputación entre personas, en sí misma, sea arbitraria”. (Buchanan 2009, p. 27).

[3] Comenta Vernon Smith (2004, p. 124): “La clave para entender nuestra vieja “propensión al trueque e intercambio” se encuentra, creo, en nuestra capacidad para la re­ciprocidad, que fue seleccionada evolucionariamente y que cons­tituye la base del intercambio social, mucho antes que hubiera co­mercio en el sentido económico convencional. Todos los humanos, en todas las culturas, intercambian favores. Aunque la forma en que se expresa culturalmente la reciprocidad es infinita­mente variable, desde un punto de vista funcional, la reciprocacidad es universal. Hacemos cosas beneficiosas para nuestros amigos e implícitamente esperamos que nuestros amigos hagan cosas bene­ficiosas para nosotros. Es más, esta condición define esencialmen­te la diferencia entre amigos y enemigos. Evitamos relacionarnos con aquellos que no reciprocan. Tú me invitas a comer y dos me­ses después yo te invito a comer. Te presto mi auto cuando el tu­yo está en el garage y luego tú me ofreces tus entradas para el fút­bol cuando estás de viaje. Las amistades no necesariamente están conscientes de “llevar cuentas” de sus reciprocidades mutuas y el hecho que estemos en una relación de intercambio es tan natural como inconsciente, por lo que, en la práctica, la damos por senta­da. Sin embargo, una vez que dos amigos toman conciencia de una asimetría en la reciprocidad, la amistad se ve amenazada. Más aún, a las personas que persistentemente tienen problemas en es­tablecer o mantener amistades se les califica de sociópatas subclí­nicos (personalidad antisocial), que no poseen la capacidad in­consciente y la intuición para la reciprocidad”.

 

Hayek: no hay dos orígenes de las normas (innatas y racionales), sino tres: fruto de las costumbres

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca) vemos ahora contribuciones de los autores de esta escuela que se extienden hacia otras disciplinas. En esta oportunidad leemos a Hayek sobre las teorías evolutivas, la sociobiología y la evolución de las normas:

Los errores de la sociobiología

El desafío que me ha llevado a reordenar mis pensamientos sobre este tema fue una afirmación insólitamente explícita de lo que ahora reconozco como un error implícito en gran parte de la polémica contemporánea. La encontré en un nuevo e interesante trabajo en el campo de la que se considera la nueva ciencia americana de la sociobiología, The Biological Origin of Human Values, de G. E. Pugli, libro que recibió muchos elogios del jefe reconocido de esta escuela, el Profesor Edward D. Wilson, de la Universidad de Harvard. Lo sorprendente es que toda su argumentación se basa en el supuesto explícito de que existen sólo dos tipos de valores humanos que Pugh designa como «primarios» y «secundarios», indicando con el primer término aquellos valores que están genéticamente determinados y que por tanto son innatos, mientras que con el segundo designa los que son «producto del pensamiento racional».

La biología social, obviamente, puede hoy considerarse como un desarrollo bastante largo. Los miembros más veteranos de la London School of Economics recordarán sin duda que hace más de cuarenta años se creó en ella una cátedra de sociobiología. Desde entonces ha tenido lugar un gran desarrollo del fascinante estudio de la etología fundada por Sir Julian Huxley, Konrad Lorenz y Niko Timbergen, hoy en rápido desarrollo por obra de muchos seguidores de talento, y de numerosos estudiosos americanos. Debo admitir que incluso respecto a la obra de mi amigo vienés Lorenz, que he seguido de cerca durante cincuenta años, me he sentido a veces incómodo ante la aplicación un tanto apresurada de las conclusiones derivadas de la observación de animales a la explicación del comportamiento humano. Sin embargo, ninguno de ellos me ha hecho el favor de fijar como tema básico, para luego desarrollarlo de manera coherente, lo que en oíros parecían formulaciones ocasionales y apresuradas, es decir que estos dos tipos de valores son los únicos valores humanos.

Lo que más sorprende a propósito de esta opinión tan frecuente entre los biólogos, es que parecía lógico que éstos fueran más bien simpatizantes de ese proceso de evolución selectiva, análogo, aunque en muchos aspectos distinto, al que se debe la formación de estructuras culturales complejas. En realidad, la idea de evolución cultural es sin duda anterior al concepto de evolución biológica. Incluso es probable que su aplicación a la biología por parte de Charles Darwin derivara, a través de su abuelo Erasmus, del concepto de evolución cultural de Bernard Mandeville y David Hume, si no más directamente de las escuelas históricas contemporáneas de derecho y lingüística. Es cierto que, después de Darwin, aquellos «darwinistas sociales» que precisaron de Darwin para aprender la que era una tradición más antigua en sus propias materias, dieron al traste con todo al centrarse sobre la selección de los individuos congénitamente más aptos, selección cuya lentitud la hace comparativamente poco importante para la evolución cultural, y al mismo tiempo descuidando la evolución selectiva de normas y usos, que es la realmente decisiva. Ciertamente no había justificación para que algunos biólogos descuidaran la evolución como proceso únicamente genético, y olvidaran completamente el proceso análogo, aunque mucho más rápido, de la evolución cultural, que actualmente domina la escena humana y presenta a nuestra inteligencia unos problemas que aún no hemos aprendido a dominar.

Lo que, sin embargo, no había previsto era que un examen más atento de este error, común entre algunos especialistas, habría conducido precisamente al núcleo de algunas de las más palpitantes cuestiones políticas y morales de nuestro tiempo. Lo que a primera vista puede parecer un problema relativo sólo a los especialistas resulta en cambio ser el paradigma de algunas de las más graves concepciones erróneas dominantes. Aun cuando espero que lo que voy a exponer sea de algún modo familiar a los antropólogos culturales — y el concepto de evolución cultural ha sido naturalmente subrayado no sólo por L. T. Hobhouse y sus seguidores, y más recientemente en particular por Sir Julián Huxley, Sir Alexander Carr-Saunders y C. H. Waddington en Gran Bretaña, y más aún por G. G. Simpson, Theodosius Dobzhansky y Donald T. Campbell en Estados Unidos—, creo que la atención de filósofos morales, politólogos y economistas necesita aún orientarse hacia la comprensión de su importancia. Lo que todavía precisa ser ampliamente reconocido es que el actual orden social es en gran parte resultado no ya de un plan deliberado, sino del predominio de las instituciones más eficaces en un proceso competitivo.”

Filosofía jurídica y política para los estudiantes de Economía: Hayek sobre las leyes y los mandatos

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II, Escuela Austriaca, de la UBA, vemos ahora a uno de los principales economistas austriacos internarse en el mundo de las ciencias políticas y jurídicas. Así, leemos el Capítulo X del libro “Los Fundamentos de la Libertad”, que se titula “Las Leyes, los Mandatos y el Orden Social”, que es presentado de esta forma:

Hayek

“Uno de los mayores juristas del siglo pasado definió así la concepción básica de la ley de la libertad: «Es la regla en cuya virtud se fija la frontera invisible dentro de la cual el ser y la actividad de cada individuo tienen una segura y libre esfera». Con el discurrir del tiempo, dicho concepto de ley, que constituyó la base de la libertad, se ha perdido en gran medida. Principal objetivo de este capítulo será recuperar y hacer más preciso el concepto jurídico sobre el que se constituyó el ideal de libertad bajo el derecho haciendo posible hablar de este último como «ciencia de la Iibertad».

La vida de los hombres en sociedad, o incluso la de los animales gregarios, se hace posible porque los individuos actúan de acuerdo con ciertas normas. Con el despliegue de la inteligencia, las indicadas normas tienden a desarrollarse y, partiendo de hábitos inconscientes, llegan a ser declaraciones explícitas y coherentes a la vez que más abstractas y generales. Nuestra familiaridad con las instituciones jurídicas nos impide ver cuán sutil y compleja es la idea de delimitar las esferas individuales mediante reglas abstractas. Si esta idea hubiese sido fruto deliberado de la mente humana, merecería alinearse entre las más grandes invenciones de los hombres. Ahora bien, el proceso en cuestión es, sin duda alguna, resultado tan poco atribuible a cualquier mente humana como la invención del lenguaje, del dinero o de la mayoría de las prácticas y convenciones en que descansa la vida social.

Incluso en el mundo animal existe una cierta delimitación de las esferas individuales mediante reglas. Un cierto grado de orden que impide las riñas demasiado frecuentes o la interferencia en la búsqueda de alimentos, etc., surge a menudo del hecho de que el ser en cuestión, a medida que se aleja de su cubil, tiene menos tendencia a luchar. En consecuencia, cuando dos fieras se encuentran en alguna zona intermedia, una de ellas, normalmente, se retira sin que realmente trate de demostrar su fortaleza, y de esta forma la esfera que corresponde a cada bestia no se determina por la demarcación de un límite concreto, sino por la observancia de una regla, desconocida como tal regla por el animal, pero a la que se ajusta en el momento de la acción. El ejemplo demuestra cuán a menudo tales hábitos inconscientes envuelven cierta abstracción: la generalización de que la distinción del lugar donde el animal habita determinará la respuesta de dicho animal en su encuentro con otro. Si tratáramos de definir algunos de los más reales hábitos sociales que hacen posible la vida de los animales gregarios, tendríamos que exponer muchos de ellos mediante reglas abstractas.

El que tales reglas abstractas sean observadas regularmente en la acción no significa que los individuos las conozcan en el sentido de que puedan comunicadas. La abstracción tiene lugar siempre que un individuo responde de la misma manera a circunstancias que tienen solamente algunos rasgos en común. Los hombres, generalmente, actúan de acuerdo con normas abstractas en el sentido expuesto, mucho antes de que puedan formularlas. Incluso cuando los humanos han adquirido el poder de la abstracción consciente, su pensamiento y su actuación están guiados probablemente por muchas reglas abstractas que obedecen sin ser capaces de formularlas. El hecho de que una regla determinada sea obedecida generalmente a la hora de actuar, no significa que haya de ser descubierta y formulada mediante palabras.”

El origen de las normas y la propensión al intercambio, hasta en los monos

Con los alumnos de OMMA-UFM en la Maestría de Economía, un interesante grupo con predominio de españoles y guatemaltecos, comenzamos a ver el papel de las normas en el funcionamiento de los mercados y la economía en general. Revisaremos la teoría y comenzamos ahora a considerar el libro. De su primer capítulo, destaco aquí la importancia de la normas:

“La convivencia pacífica en sociedad es posible porque seguimos ciertas normas, formales e informales, que nos permiten determinar cuál va a ser la conducta de los demás. En ausencia de ellas, la vida en sociedad sería difícil. El filósofo inglés Thomas Hobbes pensaba que se asemejaría al “estado de naturaleza” donde rigen la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.

No obstante, parece que nunca ha existido tal cosa como un “estado de naturaleza” donde el ser humano viviera sin normas pues éstas serían anteriores al hombre mismo. Y éste nunca vivió en un paraíso de independencia individual sino que siempre, desde su origen, formó parte de grupos. Los estudios antropológicos muestran que los derechos de propiedad existieron mucho antes que el desarrollo de la agricultura hace unos diez mil años, lapso que es tan sólo un breve momento en la historia del ser humano quien ha cazado y producido herramientas en pequeños grupos de familias o tribus por unos dos millones y medio de años. El origen del comercio se remonta a unos cien mil años atrás.

Nuestros esquemas de normas éticas habrían surgido, no como el fruto del uso de la razón, sino al compás con su desarrollo.[1] Ciertas visiones enfatizan la necesidad de un acto formal que de origen a la norma. Por ejemplo, Buchanan (2009, p. 26) plantea este ejemplo: Robin Hood y el Pequeño Juan se encuentran frente a frente en un puente donde solamente pasa uno de ellos. No habría ninguna regla “natural” que se pudiera invocar para quien sigue y quien se retira[2]. Sin embargo, esto es muy dudoso, a esa altura de la evolución es más que probable que existiera ya una norma que es generalmente reconocida como tal: la establecida por el propietario del puente, o por quien lo construyera, la del que llega primero al comienzo del puente, la del que viene del Norte, o de Sur, la del que va a la ciudad, o el que regresa, etc.

Las normas fueron desplazando a nuestras respuestas instintivas porque los individuos comenzaron a ver los resultados positivos que obtenían respetándolas. De la misma forma en que los animales comenzaron a desarrollar sus propios instintos de “posesión” o “territorio”, los seres humanos desarrollaron tempranas normas de propiedad, muy probablemente en relación a sus propios “territorios” o a sus herramientas y utensilios. Las bandas de cazadores no tenían desarrollado un concepto de propiedad sobre la tierra, pero sin duda respetaban distintos territorios y sabían muy bien de quién era cada herramienta y el derecho que tenía para usarla.[3]

Intercambio monos

La propensión al intercambio, según Vernon Smith, estaría presente incluso en los ancestros del ser humano. Si los seres humanos y los chimpancés modernos se separaron de nuestro ancestro común hace unos 5 a 6 millones de años, comparten, más que ningún otro primate no humano, una notable so­fisticación en su organización social y tienen una notable capacidad para involucrarse en actos de reciprocidad, tanto positiva como negativa. Smith llama “reciprocidad po­sitiva” al acto en que un individuo respondea los bienes o favores que otro le ha transferido previamente. Citando las investigaciones del biólogo holandés Frans de Waal comenta que el número de transferencias de comida entre chimpancés en una dirección se relacionaba positivamente con las transferencias en la dirección opuesta: “si A comparte mucho con B, entonces B, en general, comparte mucho con A, y si A comparte poco con C, entonces C también comparte poco con A”. También “el acicalamiento afecta el compartir posterior: la probabilidad de A de ob­tener comida de B mejoraba si antes A había acicalado a B duran­te el día” (De Waal, 1996).

 

[1] Dice Hayek (1990, p. 55):“La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón o de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.”

[2] Una vez que salimos de las actividades que son en gran medida (si no completamente) internas de las personas, estrictamente privadas en el sentido real de éste término, hay pocos límites ‘naturales’ que puedan lograr de manera convincente un acuerdo general”. “En ausencia de fronteras ‘naturales’ entre individuos en las actividades que puedan emprender, surge la necesidad de una estructura definitoria, una imputación entre personas, en sí misma, sea arbitraria”. (Buchanan 2009, p. 27).

[3]Comenta Vernon Smith (2004, p. 124): “La clave para entender nuestra vieja “propensión al trueque e intercambio” se encuentra, creo, en nuestra capacidad para la re­ciprocidad, que fue seleccionada evolucionariamente y que cons­tituye la base del intercambio social, mucho antes que hubiera co­mercio en el sentido económico convencional. Todos los humanos, en todas las culturas, intercambian favores. Aunque la forma en que se expresa culturalmente la reciprocidad es infinita­mente variable, desde un punto de vista funcional, la reciprocacidad es universal. Hacemos cosas beneficiosas para nuestros amigos e implícitamente esperamos que nuestros amigos hagan cosas bene­ficiosas para nosotros. Es más, esta condición define esencialmen­te la diferencia entre amigos y enemigos. Evitamos relacionarnos con aquellos que no reciprocan. Tú me invitas a comer y dos me­ses después yo te invito a comer. Te presto mi auto cuando el tu­yo está en el garage y luego tú me ofreces tus entradas para el fút­bol cuando estás de viaje. Las amistades no necesariamente están conscientes de “llevar cuentas” de sus reciprocidades mutuas y el hecho que estemos en una relación de intercambio es tan natural como inconsciente, por lo que, en la práctica, la damos por senta­da. Sin embargo, una vez que dos amigos toman conciencia de una asimetría en la reciprocidad, la amistad se ve amenazada. Más aún, a las personas que persistentemente tienen problemas en es­tablecer o mantener amistades se les califica de sociópatas subclí­nicos (personalidad antisocial), que no poseen la capacidad in­consciente y la intuición para la reciprocidad”.

Algunas preguntas sobre evolución y reglas del golf

Algunos alumnos de la Escuela de Negocios de la UFM participaron de este curso (Logo) sobre la evolución de las normas, con el ejemplo del golf. He comentado sobre el artículo de Eduardo Zimmermann y sobre el caso específico en los posts anteriores. Ahora presento algunas de las preguntas que plantearan los alumnos. La consigna era que fueran preguntas al autor, intentaremos responderlas aunque bien puede ser que Hayek lo hiciera de otra forma:

1. ¿Hay ejemplos actuales que representan bien los conceptos de Hayek?

Hay muy buenos ejemplos de evolución de normas en la actualidad. Uno de ellos es la evolución de todo tipo de estándares tecnológicos (mp3, etc.), los efectos de las redes sociales, tanto sea a nivel de relaciones interpersonales como también de su impacto en la política. El derecho evoluciona a la par de todos estos cambios. Hay cambios permanentes en las modas, en las costumbres, cambios que se generalizan en tanto que son aceptados por la gente.

2. ¿Qué regla en la sociedad parece más eficiente?

Supongo que si tuviera que elegir solo una, elegiría el “derecho de propiedad”, como una norma fundamental sobre la que se basan todos los derechos y libertades individuales. Siguiendo a Locke, la primera propiedad que tenemos es sobre nosotros mismos, sobre nuestro propio cuerpo. Todo derecho implica una responsabilidad por parte de los demás. En este caso, el derecho que uno tiene sobre su propio cuerpo implica la obligación de todos los demás de no interferir, de no violar ese derecho, de no agredir físicamente a esa persona.

Luego, como uno es propietario de su cuerpo también lo es de sus ideas, de su fuerza de trabajo, y por extensión del producto de ese trabajo.

3. ¿Qué regla en la sociedad le parece la más ineficiente?

Difícil pregunta. Supongo que tal vez aquella que remueve los límites al poder. Como es la contracara de la pregunta anterior, la respuesta tendría que ser aquella que elimina el derecho de propiedad. Pero esto no ocurre en forma explícita. Ni siquiera un régimen comunista eliminaba toda la propiedad privada, ya que los bienes de consumo que adquiriera un obrero, le pertenecían. Pero claro, hay cantidad de regulaciones que deterioran el derecho de propiedad sin derogarlos explícitamente.

Tal vez deberíamos elegir aquí la norma que establece un sistema monetario inflacionista, ya que deteriora el medio de intercambio, el que es parte de todos los intercambios que se realizan en la sociedad. Al manipular su valor se está interfiriendo en todos los precios, en todo tipo de relaciones.

4. ¿Quisiera entender por qué ubica a la familia como una institución de origen religioso? ¿Considera que la familia es una de estas instituciones cuya evolución reciente ha llegado a destruir su “naturaleza” y por lo mismo amerite “pequeñas modificaciones positivistas”?

 

No veo que Zimmermann le atribuya a Hayek plantear el “origen religioso”. Esto es lo que dice al respecto:

“Pero estas instituciones han surgido a lo largo de un proceso evolutivo que ha seleccionado los tipos de normas de conducta que hacen posible ese progreso de la civilización humana. Esto significa que las reglas morales tampoco son, para esta línea de pensamiento, el resultado de la razón humana: su origen se debe al hecho de que algunos grupos, sin saber en forma completa y detallada por qué lo hacían, adoptaron ciertas normas de conducta (por ejemplo, la honestidad, las reglas de la propiedad privada y la familia) que les permitieron prosperar, desarrollarse exitosamente y desplazar en forma progresiva a otros grupos que seguían principios y tradiciones diferentes. Más aun, Hayek destaca que en muchos casos estos principios morales aparecían contrarios tanto a los instintos innatos del hombre como a sus intentos por comprenderlos racionalmente, y esas tradiciones morales sólo fueron respetadas a través de las religiones y de la creencia en una fuerza sobrenatural.”

Creo que ve a la religión no como el origen sino como un vehículo para afirmar esta institución. Una religión, en este sentido, facilita el cumplimiento generalizado de una norma, ya que al adoptar una religión también se adopta un cierto código moral de conducta.

5. ¿Podemos ser pragmáticos en sugerir pequeñas modificaciones racionales a instituciones como la familia retomando la naturaleza histórica de esta institución dentro del marco liberal clásico?

Junto la segunda parte de la anterior a esta pregunta. No sé si ha destruido su naturaleza o simplemente ha cambiado. En cuanto a pequeñas modificaciones racionales, estimo que Hayek aprobaría las que se realizaran en las últimas décadas para igualar los derechos del hombre y la mujer, por ejemplo.

6. ¿Que diría Hayek sobre la baja tasa de 0.25% de interés de EEUU?

Bueno, en relación a lo que estamos viendo, está claro que eso no tiene nada que ver con un fenómeno “evolutivo”, es una manipulación de la tasa que la lleva a un nivel artificial. Una muestra de lo que mencionaba en la pregunta 3, sobre la manipulación de la moneda.

 

7. ¿Qué países son ejemplos que concuerdan más o menos con los conceptos de Hayek?

Creo que siempre admiró a Inglaterra, más por su pasado que por su presente. Por haber sido el primer caso de limitaciones al poder (la Carta Magna, la Revolución Gloriosa que asigna poder al Parlamento), por haber desarrollado un sistema jurídico evolutivo (Common Law), y por haber abierto su economía permitiendo el desarrollo de capitalismo y la revolución industrial. Pero también recordemos que escribió “Camino de Servidumbre”, precisamente para señalar el camino que llevaba a Inglaterra en una dirección muy diferente.

Los orígenes del golf y la evolución de las normas

Origenes del golf.

Como tantas otras cosas, es difícil rastrear el origen del golf. Parece que llegó a Escocia por medio de comerciantes provenientes de Holanda, quienes a su vez, puede que lo hayan conocido en China! Los holandeses lo practicaban sobre hielo, algo más parecido al patinaje o al hockey sobre hielo. Su nombre vendría de la palabra holandesa correspondiente a “palo”: kolf. Pasando a las palabras escocesas Golve o Goff.

Origen del golf

El golf, tal como lo conocemos ahora, efectivamente surgió en Escocia. Ya lo jugaban en el siglo XV, por referencias del rey James II quien lo prohibió para que sus “arqueros” (y no los de fútbol, juego que también prohibió) se distraían (un efecto que el golf sigue generando hoy). Esa prohibición fue reiterada por James III en 1471 y 1491.

Al principio se jugaba con el objetivo de acercar la pelota a un cierto objetivo (un palo, un árbol), los escoceses agregaron el Hoyo. Acá lo interesante es plantearnos que en esa frase, la palabra “los escoceses” significa, ¿quién? Bueno, algún escocés cuyo nombre se ha perdido. Pero no quiere decir que la nueva norma surgiera de la nada. Podríamos llamar a ese escocés un “emprendedor” de las normas. Tal vez en alguno de los juegos este escoces propuso esa nueva norma, y fue aceptada por el resto, y copiada por los demás. Tal vez, también, hubo otros “emprendedores” de normas que hicieron otras propuestas, y fueron rechazadas. Nunca lo sabremos, la evolución seleccionó a ésta. Pero no una evolución impersonal, sino que la norma fue aceptada y seguida por quienes la aceptaron. Algo así como ocurre con la moda.

Las primeras normas conocidas son de mediados del siglo XVIII, presentada por los Caballeros Golfistas de Leith, desarrolladas para un Campeonato en 1744. Estos Caballeros ni se plantearon la idea de generar el estándar de normas para el juego, seguramente, simplemente anotaron las normas que eran ya reconocidas por la costumbre para facilitar la competencia en el torneo. Eran trece, todas ellas las seguimos aplicando hoy: no se puede cambiar la pelota una vez que se salió de un tee, si pierdes la pelota tienes que volver al lugar donde golpeaste antes y dropear otra con un golpe de multa, la pelota que está más lejos del hoyo es la que se juega primero, etc.

En 1897 el Royal & Ancient Golf Club of St. Andrews formó un Comité de Reglas. El resto de los clubes copió esas normas y siguió las decisiones que este comité fue dictando. Esto es lo que Hayek llamaría una tarea “racional” de mejorar las normas evolutivas. Fijémonos que el papel que cumple St. Andrews también es claramente evolutivo. No fue “nombrado” en esa función, simplemente el resto comenzó a seguir sus indicaciones. Por ejemplo, antes las canchas tenían distinta cantidad de hoyos, de 12 a 23. Parece que en un momento, St. Andrews los redujo de 22 a 18, y esa norma fue copiada luego y gradualmente por el resto. ¿Por qué hizo eso St. Andrews? Parece que por no otro motivo que reducir los costos de mantenimiento.

Es más, la norma originalmente ni siquiera era una imposición, ya que decía “se considerará un partido cuando se jueguen 18 hoyos, … a menos que se estipule otra cosa”. ¡Qué sabiduría tiene esa frase! Si tan solo lográramos que se extienda a todo tipo de regulaciones, bajo el conocido principio del derecho: “a menos que las partes decidan otra cosa”. Es decir, darle a los contratos un estatus superior a una regulación.

Desde 1952, St. Andrews en conjunto con la Asociación de Golf de Estados Unidos son los que establecen las normas, en reuniones que se realizan cada dos años, aunque originalmente tampoco era el objetivo, ni tal vez lo es ahora, de “establecer” normas, sino de uniformarlas, de armonizar.

No todas las evoluciones son positivas. Creer esto es lo que se llama el problema de Pangloss. Este es un personaje de Voltaire en Cándido, a quien le suceden toda clase de infortunios pero sale de ellos diciendo que para algún bien ha de ser, pues Dios seguramente no desearía el mal para nadie.

“Birdie” parece que nació en Estados Unidos, la palabra “bird” se usaba para designar todo lo que muy bueno, como ahora usan “cool” o los venezolanos “chévere”. De allí pasó a birdie, y como venía de un pájaro, de allí se derivó “Eagle”. Luego llegó el “Albatross”.

Algo similar puede decirse de la evolución de los equipos, y de las modas a vestir. Todos sabemos que los palos eran originalmente de madera, y que hoy las “maderas” no tienen nada de tal.

En fin, no pretendo ser un historiador del golf, para eso está el British Golf Museum (http://www.britishgolfmuseum.co.uk/) en St. Andrews, y el USGA Museum and Arnold Mongool Center for Golf History en Far Hills, New Jersey (http://www.usgamuseum.com/). También el World Golf Hall of Fame en St. Augustine, Florida (http://www.worldgolfhalloffame.org/) o el Canadian Golf Hall of Fame en Oakville, Ontario (http://rcga.org/cghf).

Hayek, la evolución de las normas y el Golf

En un curso (Logo) para la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín, los alumnos tuvieron que leer el artículo de Eduardo Zimmermann: “Hayek, la evolución cultural y sus críticos”, (Buenos AIres, Libertas IV : 6, Mayo 1987), donde el autor repasa las características de la teoría evolutiva del austriaco y considera algunas de las críticas que recibiera, particularmente de James M. Buchanan.

El principal punto de discussion se centra en el espacio que la teoría abre para la propuesta de reformas “racionales” a las normas producto de esa evolución. También se relaciona con el llamado efecto “Pangloss”: ¿son todas las evoluciones necesariamente positivas?

Golf

Una teoría evolutiva podría ser interpretada como que los cambios simpelemente “suceden”, simplemente tenemos que quedarnos sentados esperando que ocurran. Esto niega la posibilidad de proponer reformas y políticas públicas. SIn embargo, nada de eso hiciera Hayek, quien fuera muy activo proponiendo cambios, desde sistemas constitucionales hasta sistemas monetarios. ¿Cómo debe interpretarse entonces su vision evolutiva?

Así concluye Zimmermann:

“el racionalismo crítico de Hayek está tan lejos del constructivismo, propio del
racionalismo “ingenuo”, como del misticismo exagerado que los conservadores suelen adoptar ante la tradición. En consecuencia, podría decirse que el análisis crítico de las tradiciones recibidas, orientado a encaminarlas hacia los principios liberales, debe estar acompañado por una buena cuota de prudencia en su implementación. Lo mismo podría decirse respecto del proceso de adopción de usos y costumbres de otras sociedades.

Este proceso de imitación es tal vez uno de los puntos que más desarrollo necesita dentro de la teoría evolucionista de las instituciones sociales. ¿Qué es lo que una comunidad puede adoptar de otra a través de la imitación? ¿Existe la posibilidad de discriminar entre lo “bueno” y lo “malo” dentro de sistemas de normas de conducta a imitar? ¿Puede realizarse una imitación “selectiva”?, Podría decirse también que la combinación de nuevas normas de conducta (imitadas) con un sistema de usos y costumbres ya existentes (tradicionales) tendrá como resultados órdenes diferentes de los surgidos en las comunidades tomadas como modelos a imitar. ¿Serán esas diferencias en los resultados finales aceptadas como variaciones de un mismo modelo de orden social o rechazadas por no reproducirse exactamente las características del modelo imitado?

Deberá incluirse también la necesidad de analizar las consecuencias que los posibles errores cometidos durante el proceso de imitación o de adopción de nuevas normas de conducta tengan sobre el orden resultante. Todos estos interrogantes deben ser entendidos como una estimulante invitación a desarrollar un programa de investigación sobre la evolución de las instituciones humanas, del cual los aportes hechos por Hayek, fundamentals como han sido, constituyen sólo los primeros pasos.”

Desde la fecha de publicación de este artículo, las teorías evolutivas han “evolucionado” mucho, y han presentado muchas respuestas a las preguntas planteadas. Algunas de ellas son consideradas en el libro.

Sin embargo, aquí hare otra cosa, presentaré mañana un ejemplo de proceso evolutivo de normas, donde se puede ver tanto el papel de la tradición como de las normas formales, diseñadas, para resolver ciertos problemas que surgieran en las normas evolutivas.

Este ejemplo es el de las reglas del golf. Me parece particularmente interesante, no solo por su evolución, sino porque nunca ha sido material de sanction “estatal”, sin embargo existe un organismo que cumple un papel de legislador e intérprete de las normas.

Instituciones y coordinación

En el libro “Instituciones, cambio institucional y desempeño económico” (FCE 1995), Douglass North define a las instituciones como “las reglas de juego en una sociedad, o más formalmente,… las limitaciones ideadas por el hombre que dan forma a la interacción humana”.

Y luego: “Las instituciones reducen la incertidumbre por el hecho de que proporcionan una estructura a la vida diaria”.

No se desde dónde viene esta idea, pero incorporé al libro esta cita a pie de página. Se refiere a Hayek (Camino de Servidumbre), 50 años antes:

Las instituciones entendidas como conjuntos de normas que facilitan coordinar las acciones entre los individuos es uno de los supuestos centrales de la llamada “Economía Institucional”, idea ya presente en Hayek (1976 [1944]) al referirse a las
normas formales de contenido general, p. 106: “Pueden casi describirse como un
tipo de instrumento de la producción que permite a cualquiera prever la
conducta de las gentes con quienes tiene que colaborar, más que como esfuerzos
para la satisfacción de necesidades particulares”.