Böhm-Bawerk y una contradicción (todavía) no resuelta en el sistema económica marxista. Y tal vez nunca lo sea

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II, de Económicas, UBA, vemos partes de un ensayo de Eugen von Boehm-Bawerk, con el título: “Una Contradicción no Resuelta en el Sistema Económico Marxista”. El título lo dice todo. En este trabajo muestra de una vez y para siempre la inconsistencia de la teoría del valor-trabajo.

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“Como autor, Marx fue un hombre de envidiable ventura. Su obra no se puede clasificar entre los libros fáciles de leer o de comprender. La mayoría de los libros de este tipo –aun aquellos con una dialéctica más asequible y una ilación matemática más liviana— habrían encontrado completamente obstaculizado el camino hacia la popularidad. Pero, contrariamente, Marx se ha transformado en el apóstol de un amplio círculo de lectores, incluyendo a aquellos que, por norma, no leen libros difíciles. Más aún, la fuerza y la claridad de su razonamiento no eran tales como para convencer a nadie. Al revés, hombres calificados como los pensadores más serios y valiosos de nuestra ciencia, por ejemplo Karl Knies, han afirmado, desde un comienzo, mediante argumentos imposibles de pasar por alto, que la enseñanza de Marx estaba repleta, de principio a fin, de toda clase de contradicciones, tanto de lógica como de hechos. Podría fácilmente haber sucedido que la obra de Marx no hubiera encontrado partidarios ni entre el público común —que no podía entender su difícil dialéctica— ni entre los especialistas, que sí la comprendían, pero captaban demasiado bien sus limitaciones. Sin embargo, en la práctica, ha sucedido lo contrario.

Tampoco ha sido perjudicial para su influencia el hecho de que la obra de Marx haya permanecido como una estructura incompleta durante su vida. Generalmente, y con razón, desconfiamos de los primeros volúmenes, no proyectados a nuevos sistemas. Los principios universales pueden describirse seductoramente en las “Secciones Generales” de un libro, pero sólo se pueden corroborar si realmente poseen la fuerza de convicción que les atribuye su creador cuando, en la elaboración del sistema, se confrontan con todos los hechos minuciosamente. En la historia de la ciencia, muchas veces se ha dado el caso de que un primer volumen, promisorio y respetable, no ha sido continuado en un segundo volumen simplemente porque, bajo el propio análisis investigador del autor, los nuevos principios no soportan la prueba de las situaciones concretas. Pero la obra de Karl Marx no ha sufrido estos contratiempos. La gran masa de sus seguidores, basándose en la fuerza de su primer libro, tenía una fe ciega en sus obras aún no escritas.

Esta confianza, por una parte, fue sometida a una severa e inusual comprobación. Marx había expresado, en su primer libro, que todo el valor de las mercancías se basaba en el trabajo involucrado en ellas y que en virtud de esta “ley del valor” deberían intercambiarse en proporción a la cantidad de trabajo en ellas invertido; que, además, la rentabilidad o plusvalía ganada por el capitalista era el fruto de la explotación del trabajador; que, sin embargo, el monto de la plusvalía no estaba en proporción al monto total del capital invertido por el capitalista, sino sólo al monto de la parte “variable” —esto es, a aquella parte del capital pagado en sueldos y salarios—, mientras que el “capital constante”, el capital empleado en la adquisición de los medios de producción, no aumentaba la plusvalía. En la vida diaria, sin embargo, la rentabilidad del capital está en proporción al capital total invertido; y, principalmente por esto, las mercancías no se intercambian de hecho en proporción a la cantidad de trabajo invertido en ellas. En este punto, por lo tanto, había una contradicción entre teoría y práctica que escasamente admitía una explicación satisfactoria. Pero esta contradicción manifiesta tampoco escapó al análisis de Marx. Con respecto a ella, el autor dice: “Esta ley (esta ley, a saber, establece que la plusvalía está en proporción sólo con la parte variable del capital) contradice claramente toda la experiencia prima facie”. Pero al mismo tiempo declara que la contradicción es sólo aparente y su solución requiere juntar muchos cabos sueltos, postergándose para los siguientes volúmenes de su obra. La crítica especializada pensó que podía anticiparse con relativa certeza que Marx nunca cumpliría su compromiso, ya que, como era difícil probarla, la contradicción era insoluble.

Sus argumentos, sin embargo, no produjeron ninguna impresión en el conjunto de sus seguidores. Su simple promesa excedía todas las refutaciones lógicas.

Böhm-Bawerk y la teoría del valor-trabajo: Marx asume la vieja falacia que algo se iguala en un intercambio

Con los alumnos de la UBA Económicas, Historia del Pensamiento Económico I, vemos ahora a Böhm-Bawerk, y de éste prolífico autor y dedicado economista, la polémica que llevara adelante con la obra de Marx y, en particular, con su teoría del valor-trabajo y la plusvalía. BB realiza muchas críticas a los dos primeros tomos de El Capital, y a la supuesta respuesta que tendría que haber llegado en el tercero. Aquí una de ellas en relación a la cuestión de que en todo intercambio se igualan cantidades de trabajo. Curiosamente, y pese al supuesto ‘rechazo’ de los austriacos con la verificación empírica, BB hace énfasis en que es Marx quien deduce sus teorías sin hacerlo.

Bohm Bawerk

De “Una contradicción no resuelta en el sistema económico marxista”:

“En vez de probar su tesis mediante la experimentación o la motivación de los actores —esto es, empírica o psicológica— Marx prefiere el método de prueba puramente lógico, una deducción dialéctica de la misma naturaleza del intercambio.

Marx ha encontrado en el antiguo Aristóteles la idea de que el “intercambio no puede existir sin igualdad, y que la igualdad no puede existir sin conmensurabilidad”. (I, 35). Comienza con esta idea y la amplía. Concibe el intercambio de dos mercancías bajo la forma de una ecuación y de ésta infiere que “un factor común de la misma cantidad” debe existir en los bienes intercambiables (y por lo tanto considerados equivalentes) y luego procede a buscar este factor común al cual se deben “reducir” los dos bienes equivalentes como valores intercambiables. (I, II).

La igualdad en intercambio es una idea completamente falsa Me gustaría recalcar que la primera suposición, de acuerdo a la cual una “igualdad” debe ser manifestada mediante el intercambio de dos cosas, me parece muy pasada de moda, lo que no importaría si no fuera porque es muy irreal. Dicho en palabras simples, me parece una idea equivocada. Si la igualdad y el equilibrio exacto no producen ningún cambio es probable que se altere el equilibrio. Por lo tanto, en el caso del intercambio, al efectuarse un cambio de dueño en una mercancía, se produciría alguna desigualdad o preponderancia causada por variación.

Los cuerpos compuestos, que entran en contacto estrecho entre sí, producen nuevas combinaciones químicas ya que alguno de los elementos constituyentes de un cuerpo se une con aquellos del otro cuerpo, y no porque ellos tengan un grado exactamente igual de afinidad química, sino porque tienen una afinidad mayor con el elemento con el cual se unen que la que tenían con el elemento del cuerpo al que originalmente pertenecían. A propósito, los economistas políticos modernos están de acuerdo en que la antigua teoría escolástica-teológica de la “equivalencia” en las mercancías que se intercambian es insostenible. Sin embargo, no seguiré tratando este punto, sino que procederé a realizar una investigación crítica de los procesos lógicos y sistemáticos de afinamiento por los cuales Marx obtiene el buscado “factor común” en la mano de obra.

Como ya lo he mencionado antes, estos procesos constituyen el punto más vulnerable de la teoría de Marx. Exhiben tantos errores cardinales cuantas son las materias tratadas en los argumentos —de las cuales no hay pocas— y llevan huellas evidentes de haber sido ocurrencias tardías, sutiles y artificiales, ideadas para hacer que una opinión preconcebida aparezca como el resultado natural de una larga investigación.”

¿Cómo se hace una revolución “teórica” en la economía? Carl Menger y la teoría subjetiva del valor

Así comenzó la “revolución marginalista” en la economía. Con los alumnos de la UBA Económicas vemos el libro de Carl Menger, Principios de Economía Política. Dice el autor en su capítulo III:

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“El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Según varíen las circunstancias, puede modificarse también, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningún valor a pie de manantial.

Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacción de una necesidad concreta depende de la disposición sobre una determinada cantidad, esta última adquiriría inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecería apenas se restableciera la antigua situación y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurriría en el caso de que el número de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicación del número de consumidores, podría incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar.

Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia. Y así, es completamente erróneo llamar “valor” a un bien que tiene valor para los sujetos económicos, o hablar, como hacen los economistas políticos, de “valores”, como si se tratara de cosas reales e independientes, objetivando así el concepto. Lo único objetivo son las cosas o, respectivamente, las cantidades de cosas, y su valor es algo esencialmente distinto de ellas, es un juicio que se forman los hombres sobre la significación que tiene la posesión de las mismas para la conservación de su vida o, respectivamente, de su bienestar.

La objetivación del valor de los bienes, que es por su propia naturaleza totalmente subjetivo, ha contribuido en gran manera a crear mucha confusión en torno a los fundamentos de nuestra ciencia.”

Y luego ya se encarga de demoler la teoría del “valor trabajo”:

El valor que un bien tiene para un sujeto económico es igual a la significación de aquella necesidad para cuya satisfacción el individuo depende de la disposición del bien en cuestión. La cantidad de trabajo o de otros bienes de orden superior utilizados para la producción del bien cuyo valor analizamos no tiene ninguna conexión directa y necesaria con la magnitud de este valor. Un bien no económico, por ejemplo, una cantidad de madera en un gran bosque, no encierra ningún valor para los hombres por el hecho de que se hayan empleado en ella grandes cantidades de trabajo o de otros bienes económicos. Respecto del valor de un diamante, es indiferente que haya sido descubierto por puro azar o que se hayan empleado mil días de duros trabajos en un pozo diamantífero. Y así, en la vida práctica, nadie se pregunta por la historia del origen de un bien; para valorarlo sólo se tiene en cuenta el servicio que puede prestar o al que habría que renunciar caso de no tenerlo. Y así, no pocas veces, bienes en los que se ha empleado mucho trabajo no tienen ningún valor y otros en los que no se ha empleado ninguno lo tienen muy grande. Puede ocurrir también que tengan un mismo valor unos bienes para los que se ha requerido mucho esfuerzo y otros en los que el esfuerzo ha sido pequeño o nulo. Por consiguiente, las cantidades de trabajo o de otros medios de producción empleados para conseguir un bien no pueden ser el elemento decisivo para calcular su valor. Es indudable que la comparación del valor del producto con el valor de los medios de producción empleados para conseguirlo nos enseña si y hasta qué punto fue razonable es decir, económica, la producción del mismo. Con todo, esto sólo sirve para juzgar una actividad humana perteneciente al pasado. Pero respecto del valor mismo del producto, las cantidades de bienes empleados en conseguirlo no tienen ninguna influencia determinante ni necesaria ni inmediata.”

Una, o varias, contradicciones no resueltas en la teoría del valor-trabajo. Compromiso no cumplido

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I, de Económicas, UBA, vemos partes de un ensayo de Eugen von Böhm-Bawerk, con el título: “Una Contradicción no Resuelta en el Sistema Económico Marxista”. El título lo dice todo. En este trabajo muestra de una vez y para siempre la inconsistencia de la teoría del valor-trabajo.

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“Como autor, Marx fue un hombre de envidiable ventura. Su obra no se puede clasificar entre los libros fáciles de leer o de comprender. La mayoría de los libros de este tipo –aun aquellos con una dialéctica más asequible y una ilación matemática más liviana— habrían encontrado completamente obstaculizado el camino hacia la popularidad. Pero, contrariamente, Marx se ha transformado en el apóstol de un amplio círculo de lectores, incluyendo a aquellos que, por norma, no leen libros difíciles. Más aún, la fuerza y la claridad de su razonamiento no eran tales como para convencer a nadie. Al revés, hombres calificados como los pensadores más serios y valiosos de nuestra ciencia, por ejemplo Karl Knies, han afirmado, desde un comienzo, mediante argumentos imposibles de pasar por alto, que la enseñanza de Marx estaba repleta, de principio a fin, de toda clase de contradicciones, tanto de lógica como de hechos. Podría fácilmente haber sucedido que la obra de Marx no hubiera encontrado partidarios ni entre el público común —que no podía entender su difícil dialéctica— ni entre los especialistas, que sí la comprendían, pero captaban demasiado bien sus limitaciones. Sin embargo, en la práctica, ha sucedido lo contrario.

Tampoco ha sido perjudicial para su influencia el hecho de que la obra de Marx haya permanecido como una estructura incompleta durante su vida. Generalmente, y con razón, desconfiamos de los primeros volúmenes, no proyectados a nuevos sistemas. Los principios universales pueden describirse seductoramente en las “Secciones Generales” de un libro, pero sólo se pueden corroborar si realmente poseen la fuerza de convicción que les atribuye su creador cuando, en la elaboración del sistema, se confrontan con todos los hechos minuciosamente. En la historia de la ciencia, muchas veces se ha dado el caso de que un primer volumen, promisorio y respetable, no ha sido continuado en un segundo volumen simplemente porque, bajo el propio análisis investigador del autor, los nuevos principios no soportan la prueba de las situaciones concretas. Pero la obra de Karl Marx no ha sufrido estos contratiempos. La gran masa de sus seguidores, basándose en la fuerza de su primer libro, tenía una fe ciega en sus obras aún no escritas.

Esta confianza, por una parte, fue sometida a una severa e inusual comprobación. Marx había expresado, en su primer libro, que todo el valor de las mercancías se basaba en el trabajo involucrado en ellas y que en virtud de esta “ley del valor” deberían intercambiarse en proporción a la cantidad de trabajo en ellas invertido; que, además, la rentabilidad o plusvalía ganada por el capitalista era el fruto de la explotación del trabajador; que, sin embargo, el monto de la plusvalía no estaba en proporción al monto total del capital invertido por el capitalista, sino sólo al monto de la parte “variable” —esto es, a aquella parte del capital pagado en sueldos y salarios—, mientras que el “capital constante”, el capital empleado en la adquisición de los medios de producción, no aumentaba la plusvalía. En la vida diaria, sin embargo, la rentabilidad del capital está en proporción al capital total invertido; y, principalmente por esto, las mercancías no se intercambian de hecho en proporción a la cantidad de trabajo invertido en ellas. En este punto, por lo tanto, había una contradicción entre teoría y práctica que escasamente admitía una explicación satisfactoria. Pero esta contradicción manifiesta tampoco escapó al análisis de Marx. Con respecto a ella, el autor dice: “Esta ley (esta ley, a saber, establece que la plusvalía está en proporción sólo con la parte variable del capital) contradice claramente toda la experiencia prima facie”. Pero al mismo tiempo declara que la contradicción es sólo aparente y su solución requiere juntar muchos cabos sueltos, postergándose para los siguientes volúmenes de su obra. La crítica especializada pensó que podía anticiparse con relativa certeza que Marx nunca cumpliría su compromiso, ya que, como era difícil probarla, la contradicción era insoluble.

Sus argumentos, sin embargo, no produjeron ninguna impresión en el conjunto de sus seguidores. Su simple promesa excedía todas las refutaciones lógicas.

Pocos leyeron a Marx, menos lo entendieron: Böhm-Bawerk mostró su insalvable contradicción

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II, de Económicas, UBA, vemos partes de un ensayo de Eugen von Boehm-Bawerk, con el título: “Una Contradicción no Resuelta en el Sistema Económico Marxista”. El título lo dice todo. En este trabajo muestra de una vez y para siempre la inconsistencia de la teoría del valor-trabajo.

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“Como autor, Marx fue un hombre de envidiable ventura. Su obra no se puede clasificar entre los libros fáciles de leer o de comprender. La mayoría de los libros de este tipo –aun aquellos con una dialéctica más asequible y una ilación matemática más liviana— habrían encontrado completamente obstaculizado el camino hacia la popularidad. Pero, contrariamente, Marx se ha transformado en el apóstol de un amplio círculo de lectores, incluyendo a aquellos que, por norma, no leen libros difíciles. Más aún, la fuerza y la claridad de su razonamiento no eran tales como para convencer a nadie. Al revés, hombres calificados como los pensadores más serios y valiosos de nuestra ciencia, por ejemplo Karl Knies, han afirmado, desde un comienzo, mediante argumentos imposibles de pasar por alto, que la enseñanza de Marx estaba repleta, de principio a fin, de toda clase de contradicciones, tanto de lógica como de hechos. Podría fácilmente haber sucedido que la obra de Marx no hubiera encontrado partidarios ni entre el público común —que no podía entender su difícil dialéctica— ni entre los especialistas, que sí la comprendían, pero captaban demasiado bien sus limitaciones. Sin embargo, en la práctica, ha sucedido lo contrario.

Tampoco ha sido perjudicial para su influencia el hecho de que la obra de Marx haya permanecido como una estructura incompleta durante su vida. Generalmente, y con razón, desconfiamos de los primeros volúmenes, no proyectados a nuevos sistemas. Los principios universales pueden describirse seductoramente en las “Secciones Generales” de un libro, pero sólo se pueden corroborar si realmente poseen la fuerza de convicción que les atribuye su creador cuando, en la elaboración del sistema, se confrontan con todos los hechos minuciosamente. En la historia de la ciencia, muchas veces se ha dado el caso de que un primer volumen, promisorio y respetable, no ha sido continuado en un segundo volumen simplemente porque, bajo el propio análisis investigador del autor, los nuevos principios no soportan la prueba de las situaciones concretas. Pero la obra de Karl Marx no ha sufrido estos contratiempos. La gran masa de sus seguidores, basándose en la fuerza de su primer libro, tenía una fe ciega en sus obras aún no escritas.

Esta confianza, por una parte, fue sometida a una severa e inusual comprobación. Marx había expresado, en su primer libro, que todo el valor de las mercancías se basaba en el trabajo involucrado en ellas y que en virtud de esta “ley del valor” deberían intercambiarse en proporción a la cantidad de trabajo en ellas invertido; que, además, la rentabilidad o plusvalía ganada por el capitalista era el fruto de la explotación del trabajador; que, sin embargo, el monto de la plusvalía no estaba en proporción al monto total del capital invertido por el capitalista, sino sólo al monto de la parte “variable” —esto es, a aquella parte del capital pagado en sueldos y salarios—, mientras que el “capital constante”, el capital empleado en la adquisición de los medios de producción, no aumentaba la plusvalía. En la vida diaria, sin embargo, la rentabilidad del capital está en proporción al capital total invertido; y, principalmente por esto, las mercancías no se intercambian de hecho en proporción a la cantidad de trabajo invertido en ellas. En este punto, por lo tanto, había una contradicción entre teoría y práctica que escasamente admitía una explicación satisfactoria. Pero esta contradicción manifiesta tampoco escapó al análisis de Marx. Con respecto a ella, el autor dice: “Esta ley (esta ley, a saber, establece que la plusvalía está en proporción sólo con la parte variable del capital) contradice claramente toda la experiencia prima facie”. Pero al mismo tiempo declara que la contradicción es sólo aparente y su solución requiere juntar muchos cabos sueltos, postergándose para los siguientes volúmenes de su obra. La crítica especializada pensó que podía anticiparse con relativa certeza que Marx nunca cumpliría su compromiso, ya que, como era difícil probarla, la contradicción era insoluble.

Sus argumentos, sin embargo, no produjeron ninguna impresión en el conjunto de sus seguidores. Su simple promesa excedía todas las refutaciones lógicas.

¿Y si el valor no lo crea el trabajo sino las valoraciones subjetivas de consumidores y productores?

Con los alumnos de la UBA leemos a Böhm-Bawerk sobre la teoría del “valor-trabajo”. En este caso, de su libro “Capital e Interés”, la sección dedicada a Marx:

  1. Böhm-Bawerk, Eugen, Capital e Interés, “Marx”, Libro VI, Capítulo III: http://www.econlib.org/library/BohmBawerk/bbCI.html , también: http://mises.org/books/capitalandinterest.pdf

El tema no es menor porque la teoría del “valor-trabajo” es la piedra fundamental sobre la que Marx edifica su modelo y su propuesta socialista. Sin esa teoría el edificio cae, ya que la propuesta era “expropiar a los expropiadores”. Pero si el valor no lo crea el trabajo…

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Aquí van algunos de sus contundentes argumentos:

“Si el valor de uso (utilidad) de los bienes no es considerada, dice Marx, queda en ellos solamente una propiedad común, ser producto del trabajo. ¿Es esto verdad? ¿Hay solo una propiedad? En bienes que tienen valor de cambio, por ejemplo, ¿no está también la propiedad de ser escasos en relación a su demanda? ¿O de que son objeto de demanda y oferta? ¿O que son “apropiados”? ¿O que son productos de la naturaleza? Porque que son productos de la naturaleza tanto como del trabajo nadie lo dice tan claro como el mismo Marx, cuando dice: “los bienes son combinaciones de dos elementos, materias naturales y trabajo”, o cuando incidentalmente cita la expresión de Petty sobre la riqueza material: “el trabajo es el padre y la tierra es la madre”.

Entonces, me pregunto, ¿no podría ser que el valor residiera en cualquiera de esas propiedades comunes, como también la de ser producto del trabajo?.”

“¿Es la tierra producto del trabajo? ¿O una mina de oro? ¿O una veta natural de carbón? Y, sin embargo, como cualquiera sabe, tienen a menudo valor de cambio. ¿Pero cómo puede ser que un elemento que no entra para nada en cierta clase de bienes que poseen valor de cambio sea presentado como el principio común universal de ese valor?

“Que un día de trabajo de un escultor puede ser considerado equivalente a cinco días del trabajo de un minero en muchos respectos –por ejemplo, en su valoración monetaria-   no hay duda. Pero que doce horas de trabajo de un escultor son sesenta horas de trabajo común, nadie lo puede sostener. Y en cuestiones de teoría –por ejemplo, en la cuestión del principio del valor- no es cuestión de qué ficciones ideamos, sino de cómo son las cosas.”

“Compartiendo la errónea idea de Rodbertus de que el valor de las cosas proviene del trabajo, cae luego en casi todos los errores que he atribuido a Rodbertus. Encerrado en su teoría, Marx fracasa en considerar la idea de que el Tiempo también tiene influencia en el valor. En una ocasión dice expresamente que en cuanto al valor de un bien es lo mismo si parte del trabajo se realiza antes en el tiempo o no. En consecuencia, no observa que existe toda la diferencia del mundo si el trabajo recibe el valor final del producto al final del proceso de producción, o lo recibe un par de meses o de años antes, y repite el error de Rodbertus diciendo, en nombre de la justicia, el valor de un bien ahora es el mismo que tendrá luego.”

“La teoría de Marx es tan impotente como la de Rodbertus para dar una respuesta aproximadamente satisfactoria a una parte importante del fenómeno del interés. ¿A qué hora del día laboral comienza el trabajador a crear la plusvalía que se obtiene en el vino, digamos entre el quinto y décimo año de estar en el barril de roble? O es, hablando en serio, nada más que un robo –nada más que la explotación de trabajo no pagado- cuando el trabajador siembra una bellota en la tierra y no se le pagan las 20 libras que valdrá el roble cuando un día, sin más trabajo humano, haya crecido hasta ser un árbol?”

La teoría del valor (precio) trabajo y el precio de Vaca Muerta

Los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I leyeron a Böhm-Bawerk refutando a Marx sobre el valor y el trabajo. Envían comentarios y hacen preguntas. No puedo decir que así las respondería BB pero veamos.

Por ejemplo:

“desde mi punto de vista Bohm Bawerk no logra refutar contundentemente la tesis de Marx principalmente porque no la interpreta del modo en que aquel la expresa son de uno distinto. Así, afirma que su definición de mercancía es estrecha por dejar fuera todos los bienes naturales, y hasta llega a afirmar que estos constituyen parte sustancial de la riqueza de cualquier país, mientras que en realidad Marx aclara que ningún bien natural posee valor por sí mismo sino como parte integrante dentro de cualquier proceso de producción, y ello requiere indefectiblemente de fuerza de trabajo en su extracción, siendo este el creador de su valor.”

Primero aclaremos que Marx está hablando de “valor de cambio”, lo que ahora llamaríamos precio, algo distinto del “valor de uso”, o utilidad. Precisamente, Marx descarta que la utilidad deba ser considerada para comprender por qué un bien se intercambia con otro en determinada proporción (o sea su precio) y sostiene que solamente la cantidad de trabajo (socialmente necesaria) lo explica.

¿Ningún bien natural posee valor por sí mismo y solamente lo tiene por el trabajo necesario para su extracción? Pensemos, por ejemplo, en el yacimiento de shale oil y gas de Vaca Muerta. ¿Qué precio tiene? No tengo idea, pero acá hay una noticia de un periódico oficialista que dice que sería de 810.000 millones de dólares!!! (http://tiempo.infonews.com/2014/03/03/argentina-119809-el-valor-del-petroleo-de-ypf-en-vaca-muerta-supera-los-us-800-mil-m.php)

Shale oil

Pregunto: ¿sacaron ese precio de la cantidad de trabajo socialmente necesaria para extraer ese petróleo? ¿Están contando la plusvalía que se obtendrá del trabajo que luego se realice? En verdad la cifra puede ser una exageración, pero no conozco del tema; podemos tomar cualquier otra cifra menor y preguntarnos qué relación tiene con la cantidad de trabajo socialmente necesario.

Aunque, en verdad, si lo que le da valor a las cosas es el trabajo, deberíamos considerar el trabajo hasta el momento, más el costo de los equipos usados hasta ahora y la plusvalía.  ¿O sea que un precio de venta hoy sería todo plusvalía entonces? ¿Estaría eso medianamente cerca del “precio potencial” que tiene este recurso, incluso si tomamos el 10% de esa cifra, digamos $80.000 millones? ¿Cuánto fue el trabajo realizado hasta el momento como para extraer tal plusvalía?

Otra más: ¿Acaso Axel Kicilloff usó la teoría del valor-trabajo y su relación con el precio para la tasación de YPF? ¿Y cómo resultado de eso le dio que el trabajo socialmente necesario incorporado en los activos de esa empresa tiene semejante precio?

Pero Marx, ¿habla de valor o de precio?

Dice Böhm-Bawerk: “Marx comienza de la proposición que el valor de cambio de todos los bienes es regulado enteramente por la cantidad de trabajo que su producción cuesta.”  Bien, uno puede decir que es una interpretación errónea de BB, pero esto dice Marx:

“La utilidad de una cosa le da un valor de uso. Pero esta utilidad no es algo en el aire. Está limitada por las propiedades del bien, y no tiene ninguna existencia al margen del bien. El bien mismo, el hierro, maíz, diamante es entonces un valor de uso… El valor de uso constituye la materia de la riqueza, cualquiera sea su forma social. En la forma social que vamos a considerar constituye al mismo tiempo el sustrato material del valor de cambio. El valor de cambio se presenta en primera instancia como una relación cuantitativa, la proporción en la que valores de uso de un tipo se intercambian por los de un tipo diferente, una relación siempre cambiante en tiempo y lugar. Por lo tanto, el valor de cambio parece ser algo accidental y puramente relativo, y un valor de cambio intrínseco una contradicción en términos. Veamos la cuestión en mayor detalle”.

“Un simple bien, p. ej., un cuarto de trigo, se intercambia con otros artículos en las proporciones más variadas. Pero su valor de cambio permanece inalterado ya sea que se exprese en X pomada para zapatos, Y seda o Z dinero. Debe, por lo tanto, poseer un contenido diferente de esas distintas formas de expresión. Tomemos entonces dos bienes, trigo y hierro. Cualquiera sea la proporción en la que se intercambien, siempre puede representarse como una ecuación, en la que una cantidad de trigo aparece como igual a una cierta cantidad de hierro. Por ejemplo, 1 cuarto de trigo = 1 cwt de hierro. ¿Qué nos dice esta ecuación?  Que hay un elemento en común de igual cantidad que en sí mismo no es ni uno ni el otro.”…

“Si dejamos de lado el valor de uso de los bienes, solo queda una propiedad, la de ser productos del trabajo”

¿También en Vaca Muerta?

Marx, el valor-trabajo y la plusvalía. La respuesta de Böhm-Bawerk

Luego de leer a distintos economistas clásicos, algunos alumnos plantean preguntas respecto a la teoría del valor. Y en cierta forma les llama la atención que se cuestione a dicha teoría. Ya veremos en más detalle la llamada “revolución marginalista” que dio definitivamente por tierra con esa teoría, señalando que el valor es subjetivo y determinado por su utilidad y escasez.

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El tema no es menor porque la teoría del “valor-trabajo” es la piedra fundamental sobre la que Marx edifica su modelo y su propuesta socialista.

Mientras tanto, los alumnos leyeron a Böhm-Bawerk, una parte de su libro Capital e Interés en la que critica distintas teorías del valor trabajo y en especial a Marx. Aquí van algunos de sus contundentes argumentos:

“Si el valor de uso (utilidad) de los bienes no es considerada, dice Marx, queda en ellos solamente una propiedad común, ser producto del trabajo. ¿Es esto verdad? ¿Hay solo una propiedad? En bienes que tienen valor de cambio, por ejemplo, ¿no está también la propiedad de ser escasos en relación a su demanda? ¿O de que son objeto de demanda y oferta? ¿O que son “apropiados”? ¿O que son productos de la naturaleza? Porque que son productos de la naturaleza tanto como del trabajo nadie lo dice tan claro como el mismo Marx, cuando dice: “los bienes son combinaciones de dos elementos, materias naturales y trabajo”, o cuando incidentalmente cita la expresión de Petty sobre la riqueza material: “el trabajo es el padre y la tierra es la madre”.

Entonces, me pregunto, ¿no podría ser que el valor residiera en cualquiera de esas propiedades comunes, como también la de ser producto del trabajo?.”

“¿Es la tierra producto del trabajo? ¿O una mina de oro? ¿O una veta natural de carbón? Y, sin embargo, como cualquiera sabe, tienen a menudo valor de cambio. ¿Pero cómo puede ser que un elemento que no entra para nada en cierta clase de bienes que poseen valor de cambio sea presentado como el principio común universal de ese valor?

“Que un día de trabajo de un escultor puede ser considerado equivalente a cinco días del trabajo de un minero en muchos respectos –por ejemplo, en su valoración monetaria-   no hay duda. Pero que doce horas de trabajo de un escultor son sesenta horas de trabajo común, nadie lo puede sostener. Y en cuestiones de teoría –por ejemplo, en la cuestión del principio del valor- no es cuestión de qué ficciones ideamos, sino de cómo son las cosas.”

“Compartiendo la errónea idea de Rodbertus de que el valor de las cosas proviene del trabajo, cae luego en casi todos los errores que he atribuido a Rodbertus. Encerrado en su teoría, Marx fracasa en considerar la idea de que el Tiempo también tiene influencia en el valor. En una ocasión dice expresamente que en cuanto al valor de un bien es lo mismo si parte del trabajo se realiza antes en el tiempo o no. En consecuencia, no observa que existe toda la diferencia del mundo si el trabajo recibe el valor final del producto al final del proceso de producción, o lo recibe un par de meses o de años antes, y repite el error de Rodbertus diciendo, en nombre de la justicia, el valor de un bien ahora es el mismo que tendrá luego.”

“La teoría de Marx es tan impotente como la de Rodbertus para dar una respuesta aproximadamente satisfactoria a una parte importante del fenómeno del interés. ¿A qué hora del día laboral comienza el trabajador a crear la plusvalía que se obtiene en el vino, digamos entre el quinto y décimo año de estar en el barril de roble? O es, hablando en serio, nada más que un robo –nada más que la explotación de trabajo no pagado- cuando el trabajador siembra una bellota en la tierra y no se le pagan las 20 libras que valdrá el roble cuando un día, sin más trabajo humano, haya crecido hasta ser un árbol?”