Nudging es una palabra que describe ciertas políticas públicas que buscan, como sería una traducción imperfecta, empujar u orientar las decisiones de las personas en una sociedad para que elijan aquello que mejor les hará. Esto ha planteado un dilema ético porque se estaría guiando a la gente como ganado hacia lo que algún otro cree que es lo mejor. El tema, que ya hemos trabado aquí, es considerado en este artículo: Director, Samuel (forthcoming). Nudging: It’s Not the What, It’s the Who. Social Philosophy and Policy. https://philarchive.org/archive/DIRNIN
Así comienza:
“Existe una vasta literatura sobre la ética de los empujoncitos. Una objeción común es que violan el respeto a la autonomía personal. Esta afirmación ha sido objeto de fuertes críticas por parte de filósofos que consideran que los empujoncitos son compatibles con el respeto a la autonomía. Si bien este debate aún continúa, cabe preguntarse qué ocurriría si estos filósofos (que consideran que los empujoncitos son compatibles con el respeto a la autonomía) tuvieran razón. A modo de argumento, asumiré que los empujoncitos no socavan la autonomía. Con esta suposición, podemos ver la utilidad de alejar el debate sobre los empujoncitos de las discusiones sobre autonomía y consentimiento. Surge un conjunto completamente nuevo de preguntas. Si es cierto que los empujoncitos son compatibles con el respeto a la autonomía, ¿se deduciría que todos los empujoncitos son permisibles? ¿O existen razones no basadas en la autonomía para oponerse a los empujoncitos? Propongo responder a estas preguntas centrándome en quién los realiza. Argumento que ciertos ámbitos de la vida, roles y profesiones conllevan obligaciones y deberes especiales que permiten, prohíben o incluso exigen los empujoncitos. En resumen, podemos avanzar más en la ética del empujoncito si nos centramos en el quién, no en el qué. Específicamente, analizaré las obligaciones especiales de los profesionales médicos, los funcionarios gubernamentales y los actores del mercado. Mi conclusión es que la permisibilidad del empujoncito tiene menos que ver con la autonomía y mucho más con si el rol específico de cada uno le impone deberes de beneficencia o neutralidad hacia los demás. Por ejemplo, argumentaré que los médicos a menudo tienen la obligación moral de dar empujoncitos, ya que tienen el deber de promover el bienestar de sus pacientes, mientras que a los funcionarios gubernamentales en las democracias liberales a menudo se les prohíbe hacerlo, ya que se les exige neutralidad hacia el bien, y el empujoncito a menudo contradice la neutralidad. Esto desvía el debate sobre los empujoncitos del enfoque en la autonomía y, en cambio, se centra en los diversos roles que desempeñamos. Esto nos deja con una imagen de la ética del empujoncito según la cual el empujoncito a veces es permisible, a veces prohibido e incluso a veces obligatorio, en función de los roles que desempeñamos en la vida pública y privada, no del respeto a la autonomía.”