Adam Smith x 2: Teoría de los Sentimientos Morales y La Riqueza de las Naciones. Aportes fundacionales

Vemos con los alumnos de la UBA Económicas al Adam Smith del libro “Teoría de los Sentimientos Morales”, que parece ser diferente del autor de “La Riqueza de las Naciones”. Muchos han planteado una contradicción entre la visión que Smith tiene del ser humano en uno y otro texto. ¿De dónde salió este problema? Bueno, parece estar presente ya en el primer párrafo del primer capítulo de la Teoría. Dice así:

“Por más egoísta quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos de su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla. De esta naturaleza es la lástima o compasión, emoción que experimentamos ante la miseria ajena, ya sea cuando la vemos o cuando se nos obliga a imaginarla de modo particularmente vívido. El que con frecuencia el dolor ajeno nos haga padecer, es un hecho demasiado obvio que no requiere comprobación; porque este sentimiento, al igual que todas las demás pasiones de la naturaleza humana, en modo alguno se limita a los virtuosos y humanos, aunque posiblemente sean éstos los que lo experimenten con la más exquisita sensibilidad. El mayor malhechor, el más endurecido transgresor de las leyes de la sociedad, no carece del todo de ese sentimiento.”

AdamSmith

¿No es, acaso, Adam Smith quien nos habla de que las personas persiguen su interés personal, que no esperamos de la bondad del carnicero que éste tenga en su comercio la carne que necesitamos para nuestra comida de hoy? ¿Qué no apelamos a su bondad sino a su interés? Gran parte de la economía parece haberse quedado en estos aportes del autor y profundizado su visión del individuo egoísta denominado “maximizador de utilidad” y, en particular, de utilidad monetaria.

También vemos la obra que lo hizo famoso, un capítulo de La Riqueza de las Naciones>

Si tuviera que elegir las dos páginas más memorables y relevantes que se hayan escrito en toda la historia del pensamiento económico creo que elegiría las del Libro IV, Capítulo II.AdamSmithHay tantas cosas en esas páginas que tal vez ningún otro texto haya podido aportar tantos temas como los que allí aparecen en algunos pocos párrafos. Para empezar, la famosa frase sobre la “mano invisible”, explicando que existe allí un “orden espontáneo” que lleva a que las acciones individuales motivadas aunque sea por el interés personal, terminan contribuyendo a un fin que no era parte de su intención. Persiguiendo su propio interés (que puede incluir la preocupación por el bienestar de otros), promueve más el bien de la sociedad que si se lo hubiera propuesto. Ya con eso sólo, por supuesto, ha pasado a la historia.

El tema va más allá que una mera metáfora sobre una “mano invisible”. Carlos Rodriguez Braun señala con muy criterio que en verdad es engañosa porque no hay allí ninguna mano, ni siquiera invisible, sino que son los incentivos de cada uno por los que para obtener lo que queremos tenemos que ofrecer a los demás algo que ellos necesiten y valoren. Pero es la magia de que allí, en el mercado, se ordenan las acciones de todos de una forma que termina beneficiándonos como no lo podríamos hacer si actuáramos con esa intención (por ejemplo, planificando la economía hacia un supuesto bienestar general).

Esta es una de las contribuciones más importantes que se hayan realizado a las ciencias sociales: la existencia de ciertos órdenes espontáneos donde las partes componentes se acomodan a sí mismas y no hay nadie que las acomode en un cierto lugar. Esos órdenes espontáneos incluyen además de los mercados, al lenguaje, la moral, la moneda y otros. En el párrafo siguiente plantea la cuestión del conocimiento local, algo que luego Hayek profundizaría en su artículo “El uso del conocimiento en la sociedad”. Allí dice, precisamente, que cada individuo “en su situación local” juzgará mucho mejor cómo invertir su capital que cualquier “político o legislador”.

“El político que se asignara esa tarea se estaría cargando a sí mismo con algo innecesario y cuya decisión no podría confiarse que además sería muy arriesgado otorgar esa decisión a alguno que fuera tan loco o presuntuoso que pensara que puede tomarla.

Si podemos proveernos algo de afuera más barato pagando con el producto de nuestra propia actividad, sería ridículo no hacerlo. El trabajo no se aplica a la mejor ventaja cuando se dirige a algo que es más barato comprarlo que producirlo.”

La idea de que la lógica de la familia no es distinta de la lógica del “reino” es fundamental, sobre todo en estos tiempos donde aplicamos un razonamiento y un accionar a nivel individual pero se nos dice que a nivel agregado es todo lo contrario.

En fin, el capítulo da para más, pero tan solo estas dos páginas traen todos estos temas. Con uno sólo de ellos hubiera sido suficiente como para hacer historia. Es como un álbum de música que pone cuatro o cinco temas en el número uno. Si hay algún caso de esos, ya está en la historia grande.

Historia del Pensamiento Económico, UBA: el aporte de los escolásticos, precios, utilidad

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I, Económicas, Universidad de Buenos Aires, vemos a los autores de la Escuela de Salamanca y sus aportes a la teoría económica, generalmente poco o nada considerados en los textos de historia del pensamiento, como si todo hubiera comenzado con los mercantilistas y los fisiócratas. Leemos el artículo de Raymond de Roover, Economía Escolástica. El texto es discutido por algunos amigos expertos en estos autores, pero es un buen resumen de los aportes y los problemas de esta escuela, aunque increíblemente no hace mención a Juan de Mariana, al que veremos en forma separada. Dice de Roover:

“Al igual que los autores de la antigüedad, los escolásticos medievales no consideraban a la economía política como disciplina independiente, sino que como un apéndice de la ética y las leyes.

Esta situación persistía aún en el siglo dieciocho cuando Adam Smith tomó a su cargo la cátedra de Filosofía Moral en Glasgow College. Los cursos de su predecesor, Francis Hutcheson (1694-1746), y su contemporáneo en Edimburgo, Adam Ferguson (1723-1816), están a disposición en imprenta. Según estas fuentes, los temas de un curso en Filosofía moral en el siglo dieciocho y en la Escocia presbiteriana aún correspondían, en gran medida, a la descripción de las materias tratadas en el siglo trece por Tomás de Aquino en sus comentarios a la ética de Aristóteles. Economía, en el sentido moderno, ocupaba una posición muy subordinada y todavía se consideraba un asunto ético y legal que implicaba la aplicación de la ley natural a los contratos civiles.

En lo que realmente estaban interesados los doctores medievales era determinar las reglas de justicia que dirigen las relaciones sociales. Según Tomás de Aquino, ellos distinguían dos tipos de justicia: justicia distributiva, la que regulaba la distribución de la riqueza y el ingreso, de acuerdo a la posición del individuo en la sociedad, y justicia conmutativa, que se aplicaba a los acuerdos recíprocos entre individuos, esto es, al intercambio de bienes y servicios6. En otras palabras, los asuntos económicos concernían a la justicia, no a la caridad, como puede ser fácilmente comprobado al repasar el índice de la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino.

Al tratar asuntos de justicia, inevitablemente los doctores se encontraron con asuntos económicos y estaban forzados a tomarlos en consideración. Al principio su investigación estaba limitada al precio justo y la usura, pero luego se ramificó para incluir un montón de otras cuestiones, incluyendo el salario justo, el envilecimiento de la moneda (inflación), la justicia del sistema impositivo, las deudas públicas, el monopolio, el cambio internacional, sociedades y todos los contratos que podían implicar cualquier mácula de usura.

La mentalidad medieval era legalista y, bajo la influencia del Derecho Romano, se le daba mucha importancia a los contratos. El principal problema era siempre determinar si un contrato era lícito o no. Este énfasis tendió a limitar el ámbito de la economía al estudio de la naturaleza legal de los contratos y sus implicaciones éticas, tendencia que se reflejaba incluso en el título v organización de los tratados escolásticos. Uno puede estar seguro de encontrar discusiones sobre materias económicas —junto con otros tópicos, por supuesto— en cualquier tratado de teología moral que lleve como título De contractibus (Sobre los contratos) o De justicia et jure (Sobre la justicia y la ley).

Casi invariablemente los asuntos económicos se mencionaban en guías para confesores, aunque la exposición, en trabajos de este tipo, probablemente es menos sistemática y analítica y más casuística. De hecho, la palabra «casuística» deriva de la preocupación sobre casos de conciencia que tenían los últimos escritores escolásticos.”

Neurociencia, neuroeconomía y economía de la conducta: ¿se sostiene el tradicional conflicto entre racionalidad y emociones?

Algunos ya conocerán que desde hace un par de décadas se viene desarrollando un área multidisciplinaria llamada “neuroeconomía”,  la que utiliza nuevas tecnologías de escaneo de la actividad cerebral para detectar comportamientos que tengan que ver con la toma de decisiones económicas.

Un área nueva, y compleja, por eso este paper es una gran contribución para tener una idea del desarrollo general del tema y de los principales conceptos que se manejan. Por supuesto, lo que ha de ser más importante para los economistas tiene que ver con el valor y las valoraciones subjetivas, que el artículo trata, pero aquí pongo unos párrafos sobre un tema que los filósofos han estado discutiendo por siglos: la relación entre las emociones y la razón.

El paper es

Daniel Serra. Neuroeconomics and modern neuroscience. 2019. ‌halshs-02160907

 

“Ahora pensemos en la famosa metáfora imaginada por Platón. La mente es vista como un carro tirado por dos caballos. El cerebro racional es el conductor; Sostiene las riendas y elige dónde corren los caballos. Si los caballos se salen de control, el conductor solo necesita sacar su látigo y reafirmar su autoridad. Uno de los caballos está bien criado y se porta bien, pero incluso el mejor conductor tiene dificultades para controlar al otro caballo. Según Platón, este caballo obstinado representa emociones negativas y destructivas. El trabajo del conductor es evitar que el caballo oscuro corra salvaje y mantener a ambos caballos avanzando. Con esa simple metáfora, la mente era vista como conflictiva, dividida entre la razón y la emoción. Esta doble división de la mente es una de las ideas más consagradas en la cultura occidental. Lehrer (2009, cap. 1) pinta un vasto fresco del pensamiento occidental, desde René Descartes hasta Sigmund Freud, e incluye a Francis Bacon, Auguste Comte y Emmanuel Kant, un gran conjunto de filósofos influyentes que representan diversas formas de esta dualidad. —Hasta la metáfora moderna del cerebro como una computadora propuesta por la psicología cognitiva — para la cual los sentimientos son vistos como antagonistas de la racionalidad. Aristóteles en The Nicomachean Ethics es visto como una excepción al afirmar que la racionalidad no siempre estuvo en conflicto con la emoción. Una de las funciones críticas del pensamiento racional es verificar que las emociones se apliquen de manera inteligente al mundo real; La clave para «cultivar la virtud» era aprender a manejar las propias pasiones. Otra excepción ampliamente conocida es Spinoza, contemporáneo de Descartes, quien al agrupar cuerpo y mente vio las emociones y los sentimientos como un aspecto central de la humanidad29.

Por lo tanto, cuando se abre la «caja negra» del cerebro, encontramos que los caballos (uno que simboliza las emociones negativas y destructivas) y el conductor (que simboliza el cerebro racional) dependen uno del otro. Donde no hay emoción, la razón no existirá. Podemos usar el término «racionalidad» para traducir esta complementariedad entre emoción y razón (Oullier, 2010). Desde un punto de vista económico, este es un hallazgo esencial. No podemos suponer que las decisiones racionales de los agentes económicos estén libres de cualquier interferencia emocional. Esto es justo lo que fue confirmado por una serie de experimentos neuroeconómicos tempranos dentro del programa «economía del comportamiento en el escáner», a raíz de la economía del comportamiento.”

¿Perseguimos la utilidad monetaria u otros fines? Parece que también ciertos valores morales, como la verdad o la justicia

Un principio fundamental de la ciencia económica ha sido el de asumir la búsqueda del interés personal como motor de la acción humana. Lamentablemente, muchos se han restringido a considerar esta búsqueda como la maximización de la utilidad monetaria, es decir, ganar dinero. Obviamente, la realidad nos muestra que no actuamos así en muchas circunstancias. Por suerte, muchos economistas de formación neoclásica han descubierto esto y se lanzaron a investigar el tema, no siempre con aportes positivos, pero al menos el intento lo es.

En este caso, vemos el trabajo de Kai Barron, Robert Stüber y Roel van Veldhuizen titulado “Motivated motive selection in the lying-dictator game”.

https://econpapers.repec.org/paper/zbwwzbeoc/spii2019303.htm

El resumen:

“Una gran cantidad de evidencia sugiere que las personas están dispuestas a sacrificar el beneficio material personal ganar para adherirse a un motivo moral como la justicia o la verdad.

Sin embargo, se sabe menos sobre lo que sucede cuando los motivos morales están en conflicto. Hipotetizamos que en tales situaciones, los individuos se involucran en lo que llamamos ‘selección de motivo motivada», eligiendo adherirse al motivo que más se alinea con su interés personal. Probamos esta hipótesis usando un experimento de laboratorio que induce en los sujetos un conflicto entre dos de los motivos morales más estudiados: justicia y decir la verdad. Nuestro diseño experimental tiene características atractivas de ser parsimonioso y estrechamente relacionado tanto con el juego del dictador clásico y juegos mentirosos, lo que implica comparabilidad con una gran cantidad de pruebas de referencia. De acuerdo con nuestra hipótesis, nuestros resultados sugieren que los participantes tienen más probabilidades de adherirse al motivo que está más en línea con su propio interés.”

¿Cómo lo hacen?

“Implementamos el juego del dictador mentiroso en un experimento de laboratorio para probar si los tomadores de decisiones participan en la selección de motivos motivados. Nuestra estrategia de identificación se basa en el sorteo aleatorio, que crea una variación exógena en el costo de adherirse al motivo de decir la verdad. Considera un individuo que quiere comportarse de manera moral, pero que no puede satisfacer simultáneamente ambos motivos.

La selección de motivos predice que ella elegirá satisfacer el motivo moral que más se alinea con su interés privado Para los sorteos aleatorios bajos, es más costoso decir la verdad y seleccionar los motivos. Por lo tanto, predice que el individuo se adherirá al motivo de la justicia en su lugar. Por el contrario, para sorteos aleatorios altos, cumplir con el motivo de equidad es más costoso y, por lo tanto, la selección del motivo predice que los individuos elegirán decir la verdad en su lugar.

Nuestros resultados son consistentes con la hipótesis de selección de motivos motivados. 47% de los participantes con un sorteo bajo, elija una división igual y solo el 14% dice la verdad. Por el contrario, los participantes con altos sorteos abrumadoramente (75%) eligen decir la verdad con solo el 9% que elige igualar pagos. De hecho, mostramos que, en nuestra muestra, el comportamiento de las personas con bajos sorteos tienen un comportamiento aproximado observado en el clásico juego del dictador, mientras que las personas con altos y atractivos sorteos muestran un comportamiento similar al que se observa típicamente en el juego de mentiras. También estudiamos si la selección de motivos persiste en una versión de terceros del juego del dictador mentiroso donde se elimina el interés propio, pero no se encuentran pruebas de que este sea el caso.”

 

En definitiva, ¿no podemos caer en un razonamiento de tipo circular? La gente persigue su interés personal y el interés que persiga será sin duda su más valorado interés……, por el hecho de que lo persigue.

Relación entre liberalismo y economía: Porqué los economistas de la Escuela Austriaca tienden a ser libertarios

Muchas veces alguien nos presenta con estas palabras «el economista liberal….». ¿Es correcto? Porque la economía es una ciencia social y el liberalismo una filosofía política. Un autor ya clásico en esta escuela, Ralph Raico, comenta sobre el tema:

Por qué los economistas de la escuela austriaca tienden a ser libertarios

 

[De la introducción de Classical Liberalism and the Austrian School]

Hay un sentido en el que se puede decir que la teoría económica per se, cualquier economía analítica, favorece al mercado. Como señaló Hayek (1933), en relación con el ataque a la economía en el siglo XIX,

La existencia de un cuerpo de razonamiento que impedía a las personas seguir sus primeras reacciones impulsivas, y que las obligaba a equilibrar los efectos indirectos, que sólo podían verse ejercitando el intelecto, con un sentimiento intenso causado por la observación directa del sufrimiento concreto, entonces como ahora, ocasionaba un intenso resentimiento. (p. 125)1

Pero la economía austriaca ha estado tan a menudo y tan estrechamente ligada al liberalismo que es plausible buscar la conexión también en sus teorías económicas distintivas.

[RELACIONADO: «Libertario» es sólo otra palabra para liberal (clásico) de Ryan McMaken]

El sostenido ataque teórico a la posibilidad de una planificación económica racional bajo el socialismo, iniciado por Mises y luego dirigido por él y Hayek, ha jugado sin duda un papel importante —y con razón— en la asociación de la escuela con la doctrina liberal.2 En las décadas siguientes, la opinión común entre los economistas –que Mises y Hayek habían sido superados por sus adversarios socialistas— tendía a confirmar la idea de que la posición austriaca en general era anticuada y obsoleta.3

Sin embargo, las recientes becas (Lavoie 1985; Boettke 1990; Steele 1992), así como algunos acontecimientos mundiales bien conocidos, han servido para anular el antiguo veredicto sobre el debate del cálculo económico. De hecho, la revolución en el pensamiento ha llevado a un economista austriaco a comentar que «es realmente escandaloso observar cómo décadas de ridiculización se vertieron sobre la ‘tesis de la imposibilidad’ de Mises [sobre la planificación racional bajo el socialismo] de repente dan paso a una apreciación de sus puntos de vista como si hubieran formado parte de la sabiduría convencional todo el tiempo» (Boehm 1990, p. 231).4

Una de las principales críticas a la economía de mercado, al menos desde la época de Sismondi y los Saintsimonianos, ha sido que es intrínsecamente vulnerable al ciclo económico. Por el contrario, la teoría austriaca del ciclo económico, originada por Mises y elaborada por Hayek y otros (véase, por ejemplo, Mises 1949, págs. 547-583), traza el ciclo de «auge-declive» hasta la expansión del crédito, que distorsiona sistemáticamente las señales que de otro modo permitirían el buen funcionamiento de los mercados.

Como afirma Rothbard (1963, p. 35), «El mercado sin trabas asegura que se desarrolle armoniosamente una estructura complementaria de capital; la expansión del crédito bancario obstaculiza el mercado y destruye los procesos que conducen a una estructura equilibrada». Dado que la expansión del crédito es posible gracias a la acción del Estado, el ciclo económico, lejos de ser una consecuencia natural del libre mercado y un fuerte débito contra él, es en última instancia imputable al gobierno, especialmente en la era de la banca central (Rothbard 1962, volumen 2, págs. 871-874, 1963, págs. 25-33).

Las teorías económicas austriacas también apoyan al liberalismo de otras maneras. El análisis del mercado como un proceso excluye ciertos movimientos intervencionistas o socialistas característicos, por ejemplo, considerar el total de los ingresos de los individuos y empresas dentro de una jurisdicción nacional como una especie de «pastel nacional», que puede dividirse a voluntad. El concepto de mercado como proceso también ayuda a validar las desigualdades sociales inherentes al capitalismo. Como dijo Mises (1949),

El proceso selectivo del mercado es activado por el esfuerzo compuesto de todos los miembros de la economía de mercado…. El resultado de estos esfuerzos no es sólo la estructura de precios, sino también la estructura social, la asignación de tareas definidas a los distintos individuos. El mercado hace a la gente rica o pobre, determina quién dirigirá las grandes plantas y quién fregará los pisos, fija cuántas personas trabajarán en las minas de cobre y cuántas en las orquestas sinfónicas. Ninguna de estas decisiones se toma de una vez por todas; son revocables todos los días. (p. 308)

Otro concepto austriaco, el de los precios como información sustitutiva, también va en contra del intervencionismo. Streissler señala (1988, p. 195) que Mises, basándose en Wieser, atacó el intervencionismo por destruir «el mecanismo de creación y difusión de información sobre circunstancias económicamente relevantes, es decir, la fijación de precios de mercado», impidiendo así la eficiencia económica.

La exploración de Kirzner de las condiciones «existenciales» de los participantes en los procesos de mercado produce quizás otra estrecha conexión con la doctrina liberal. Según Kirzner (1992a),

Para la ciencia de la acción humana, la libertad es la circunstancia que permite e inspira a los participantes del mercado a tomar conciencia de los cambios beneficiosos (u otros) en sus circunstancias…. Una comprensión de la economía misesiana nos permite así ver directamente cómo apunta de manera inequívoca a la utilidad social de las instituciones políticas que garantizan las libertades individuales y la seguridad de los derechos individuales a la vida y la propiedad. (p. 248)

Pero probablemente la base más clara y convincente para identificar la economía austriaca y el libre mercado tiene que ver con la concepción general de la vida económica propuesta por los austriacos, empezando por Menger. Como escribió Hayek (1973),

Fue esta extensión, de la derivación del valor de un bien a partir de su utilidad, del caso de determinadas cantidades de bienes de consumo al caso general de todos los bienes, incluyendo los factores de producción, lo que fue el principal logro de Menger. (p. 7)5

Este fue un punto de vista que se convirtió en estándar con todos los fundadores. Kauder (1957, p. 418) señaló que «para Wieser, Menger, y especialmente para Böhm-Bawerk, las necesidades del consumidor son el principio y el final del nexo causal. El propósito y la causa de la acción económica son idénticos».

Según Kirzner (1990), fue esta visión central la que explica por qué, a pesar de las opiniones políticas particulares de sus fundadores (véase la Sección IX), el austriaco fue percibido como la economía del libre mercado. Las obras de los fundadores

expresó una comprensión de los mercados que, tomada por sí misma, sugería fuertemente una apreciación más radical de los mercados libres que la de los primeros austriacos. Es esta última circunstancia, suponemos, la que explica cómo, cuando más tarde los austriacos llegaron a posiciones de laissez-faire aún más consistentes, fueron vistos por los historiadores del pensamiento como algo que de alguna manera simplemente perseguía una tradición austriaca que se remonta a sus fundadores. (pág. 93, énfasis en el original)

Por lo tanto, Kirzner apoya implícitamente la posición que Mises defendió en su respuesta a F.X. Weiss (véase la sección IX). Lo que es crucial no son las opiniones políticas condicionadas histórica y personalmente de los primeros austriacos, sino la «visión global de la economía» que era novedosa en Menger y compartida por sus sucesores. Se consideró que la economía de mercado

un sistema impulsado total e independientemente por las elecciones y valoraciones de los consumidores – con estas valoraciones transmitidas «al alza» a través del sistema a «bienes de orden superior», determinando cómo se distribuyen estos escasos bienes de orden superior entre las industrias y cómo se valoran y remuneran como parte de un único proceso impulsado por el consumidor. (Kirzner 1990, p. 99)6

A diferencia de los economistas clásicos, que consideraban que el sistema capitalista producía la mayor cantidad posible de bienes materiales, la opinión de Menger era que se trataba de «un modelo de gobernanza económica ejercido por las preferencias de los consumidores» (1990, p. 99, énfasis en el original). (Más tarde, W.H. Hutt acuñó el término «soberanía del consumidor» para este estado de cosas.) Como señala Kirzner, «fue esta visión totalmente mengeriana la que alimentó la polémica de toda una vida de Mises contra los malentendidos socialistas e intervencionistas de la economía de mercado» (1990, p. 100). Y, se puede añadir, fue esta percepción la que aterrorizó a los marxistas.7

[De la introducción al Classical Liberalism and the Austrian School. Ver el original para información completa sobre fuentes y notas]

https://mises.org/es/wire/por-qu%C3%A9-los-economistas-de-la-escuela-austriaca-tienden-ser-libertarios

La vida no es un casino: la diferencia entre riesgo e incertidumbre y el concepto de racionalidad en la Economía Conductual

Buen artículo en el Mises Wire sobre la racionalidad y la economía conductual. El autor: Arkadiusz Sieroń. El texto completo en: https://mises.org/es/wire/la-racionalidad-en-el-mundo-real-no-es-lo-que-los-economistas-piensan-que-es

Así empieza:

“Los economistas conductuales dicen que las personas se comportan irracionalmente porque calculan mal la probabilidad. Pero quizás no es un problema con la gente, sino con el uso de la teoría de la probabilidad en un ambiente no ergódico lleno de incertidumbre?1

Daniel Kahneman, galardonado con el Premio Nobel de Economía, en su libro Pensar rápido, pensar despacio plantea la tesis de que la gente a menudo sobreestima la baja probabilidad. A modo de ejemplo, menciona el riesgo de atentados suicidas con bombas en autobuses en Israel entre 2001 y 2004. Aunque el riesgo de ser víctima de bombarderos por un solo pasajero era pequeño, la gente evitaba los autobuses en la medida de lo posible, lo cual, según Kahneman, era irracional y no era resultado de una preocupación sensata por la supervivencia, sino de la heurística de disponibilidad.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos también se mencionan a menudo en este contexto. Después de los ataques, los estadounidenses prefirieron viajar por tierra durante algún tiempo en lugar de por aire, aunque viajar en automóvil es, estadísticamente, más peligroso. Por lo tanto, esa sustitución es irracional y contribuye a muertes innecesarias como consecuencia del aumento del número de accidentes de tráfico.

Sin embargo, existe un problema con los ejemplos anteriores: el concepto de riesgo no se aplica necesariamente a ellos. Ya en 1921, el economista estadounidense Frank Knight distinguía el riesgo de la incertidumbre. Este primer concepto se aplica a los eventos cuya probabilidad podemos estimar, como un resultado específico de la tirada de dados. Esta última se refiere a actividades cuya probabilidad se desconoce. La incertidumbre se aplica a la gran mayoría de los acontecimientos en el mundo de los negocios y, en general, en la vida cotidiana. Y para los ataques terroristas. ¿Cómo evaluar el peligro del próximo ataque terrorista y determinar el riesgo de viajar en autobús en Israel o en avión en los Estados Unidos en un mundo de nuevas amenazas? ¡No pudieron! Los ataques del 11 de septiembre fueron claramente un acontecimiento habitual, peculiar (y trágico).

La vida no es un casino

Kahneman y otros economistas conductuales confunden el riesgo con la incertidumbre o la probabilidad de la clase con la probabilidad del caso. Pero la probabilidad de la clase no se aplica aquí – volar contra las torres gemelas del World Trade Center fue un evento único. Las estadísticas del pasado no dicen nada sobre las amenazas futuras que sean fundamentalmente inciertas. Después del ataque del 11 de septiembre, los estadounidenses podían asumir razonablemente que su mundo había cambiado y en lugar de insertar nueva información en el viejo algoritmo, simplemente descartaron el algoritmo diciendo que los aviones son más seguros que los automóviles. El mundo en el que los aviones son secuestrados y vuelan a rascacielos es cualitativamente diferente del mundo en el que los aviones no son secuestrados.

El verdadero problema no es que no podamos calcular correctamente la probabilidad de algunos estados del mundo, sino que no sepamos cómo funciona el mundo. La probabilidad se aplica en un casino, pero no en la vida real, donde hay muchas incógnitas desconocidas. Hay diferencias significativas entre un juego de ruleta o el pronóstico del tiempo y el alcance de las nuevas invenciones, la perspectiva de guerra, o la perspectiva de los precios de los activos. Como escribió Keynes en 193 (asombroso, estoy de acuerdo con Keynes), «Sobre estos asuntos no hay ninguna base científica sobre la cual formar cualquier probabilidad calculable. Simplemente no lo sabemos».

La tesis de que la gente sobreestima el riesgo muy bajo de ataques terroristas es, por lo tanto, absurda, porque el concepto de riesgo no se aplica aquí en absoluto, no se puede estimar. Por lo tanto, es difícil afirmar que las personas se comportaron de forma irracional, optando por un medio de transporte que estaba más bajo su control y que minimizaba una amenaza nueva e indefinida, aunque en última instancia pudiera resultar más peligrosa.”

Competencia y monopolio: ¿es lo que gana Messi resultado de un monopolio? Murray Rothbard contesta

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II: Economía Austriaca, de la Facultad de Ciencias Económicas en la UBA, vemos a Murray Rothbard sobre la competencia y el monopolio. En este caso sobre los “precios de monopolio”. Reemplacemos a Mickey Mantle por Leonel Messi, para actualizar el ejemplo:

“Muchos autores han intentado establecer algún criterio para distinguir el precio de monopolio del competitivo. Algunos llaman de monopolio al precio que hace obtener “beneficios monopolísticos” a la empresa, en forma permanente y duradera. Esto se presenta como opuesto al precio “competitivo”, con el cual desaparecen los beneficios en la economía de giro uniforme. Sin embargo, como hemos visto, jamás existen beneficios de monopolio permanentes, sino ganancias de monopolio para los dueños de los factores tierra y trabajo. Los costos en dinero para el empresario que debe adquirir factores de producción tenderán a ser iguales a sus ingresos monetarios dentro de la economía de giro uniforme, sea el precio de monopolio, sea competitivo. Con todo, las ganancias de monopolio se obtienen como rédito para los factores tierra y trabajo. De ahí que ningún elemento identificable puede proporcionar jamás criterio que sirva para determinar la ausencia de ganancias de monopolio. Si éstas existen, la utilidad para el factor es mayor; de lo contrario, es menor. Pero, ¿dónde está el criterio para distinguir entre eso y una modificación en el rédito de un factor por razones “legítimas” consecuentes a la oferta y a la demanda? ¿Cómo distinguir una ganancia “de monopolio” de un simple aumento en el beneficio que toca a un factor?

Otra teoría intenta definir la ganancia de monopolio como el beneficio recibido por un factor en mayor proporción que otro factor similar. De modo que si Mickey Mantle recibe mayor rédito monetario que cualquier otro jugador, esa diferencia representa la “ganancia de monopolio”, resultado de su monopolio natural sobre su destreza única. La dificultad grave de tal enfoque reside en que adopta implícitamente la antigua falacia clásica de contemplar los diversos factores trabajo, y también los diversos factores tierra, como de algún modo homogéneos. Si todos los factores trabajo son, en cierta manera, un único bien, las variaciones en los beneficios que obtiene cada uno de aquellos factores deben explicarse refiriéndolas a una especie de misterioso elemento “monopolístico”, o lo que sea. Sin embargo, un artículo cuya oferta sea homogénea no es más que un único bien, en caso de que todas sus unidades sean intercambiables, como lo hemos visto antes. Pero el hecho de que Mantle y los demás jugadores reciban diferente trato significa que lo que venden no son bienes idénticos sino distintos. Exactamente como en el caso de mercancías tangibles, en el de servicios laborales personales (sea que se vendan a otros productores o directamente a los consumidores) el vendedor puede ofrecer una mercancía única y, con todo, encontrarse en competencia, atento a la mayor o menor posibilidad de sustitución, con todos los demás vendedores, respecto de las compras que hagan los consumidores (o productores de orden inferior). Pero si cada bien o servicio es único, es imposible afirmar que la diferencia entre los precios de dos de ellos represente algo parecido a una especie de “precio de monopolio”; este último, frente al precio competitivo, sólo puede referirse a precios que el mismo bien tenga alternativamente.

Mickey Mantle puede en verdad resultar una persona con destreza única y ser “monopolista” (como cualquier otra persona) en la disposición de sus propios talentos; pero el hecho de que alcance o no un “precio de monopolio” (y de ahí, ganancia monopolística) jamás puede ser determinado.”

Fritz Machlup sobre la verificación empírica de teorías en la economía. La econometría sería en realidad parte de la historia

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos a un autor poco considerado entre los autores austriacos, Fritz Machlup. Aquí de su artículo “El problema de la verificación en Economía”, Revista Libertas 40 (Mayo 2004)

“Cada uno de nosotros ha estado últimamente tan ocupado con el análisis estadístico de curvas de demanda, de funciones de ahorro, consumo e inversión, de elasticidades y propensiones, que una descripción de estas y similares investigaciones no es realmente necesaria. El problema con la verificación de hipótesis empíricas basadas en análisis estadísticos y econométricos es que la sucesión de estimados sobre la base de nuevos datos ha sido siempre seriamente divergente. Por supuesto, esas variaciones en el tiempo entre las relaciones numéricas no son realmente sorprendentes. Pocos de nosotros han esperado que esas relaciones sean constantes o incluso aproximadamente estables. Así, cuando nuevos datos y nuevos cómputos arrojan estimados revisados de parámetros económicos, no existe manera de decir si las hipótesis previas eran incorrectas o si las cosas han cambiado.

El hecho que las relaciones numéricas descriptas por las hipótesis empíricas pueden estar sujetas a cambios impredecibles altera esencialmente su carácter. Las hipótesis que están estrictamente limitadas al tiempo y al espacio no son “generales” sino “especiales,” o también llamadas proposiciones históricas. Si las relaciones medidas o estimadas en nuestra investigación empírica no son universales sino históricas, el problema de la verificación es completamente diferente. Tan diferente que de acuerdo a las intenciones expresadas en la introducción no deberíamos estar interesados en ellas. Pues nuestro propósito fue discutir la verificación de generalizaciones, no de eventos o circunstancias confinadas a particulares tiempos y lugares. Si todas las proposiciones de la economía fuesen de este tipo, el dictado de la vieja escuela histórica, que la economía no puede contar con “leyes generales” o con una “teoría general,” sería plenamente justificado.

Si una hipótesis acerca de una relación numérica entre dos o más variables fue formulada sobre la base de datos estadísticos cubriendo un período particular, y luego es comparada con datos de un período diferente, esa comparación podría contarse como verificación sólo si la hipótesis hubiese sido formulada como una de carácter universal, es decir, si la relación medida o estimada hubiese sido considerada como constante. En la ausencia de tales expectativas, el test por un “acierto” continuo (entre hipótesis y nuevos dato) es simplemente una comparación entre dos situaciones históricas, un intento de encontrar si las particulares relaciones eran estables o cambiantes. Una verificación genuina de hipótesis previamente formuladas acerca de un período dado requiere de una comparación con datos adicionales del mismo período, para así evaluar si las observaciones previas y su descripción numérica fueron o no precisas. En breve, una proposición histórica sólo puede ser verificada por nuevos datos acerca de la situación histórica a la cual refiere. Esto es así también para proposiciones geográficas y comparaciones entre distintas áreas.

Sin embargo, aunque las “estructuras” cambiantes estimadas por la econometría y la estadística no son más que proposiciones históricas, pueden existir límites en sus variaciones. Por ejemplo, seguramente podemos generalizar que la propensión marginal a consumir no puede ser en el largo plazo mayor que la unidad, o que la elasticidad de la demanda para ciertos tipos de exportación de cierto tipo de países no será en el largo plazo menor que la unidad. Proposiciones sobre límites definitivos en la variación de proposiciones especiales o históricas son de nuevo hipótesis generales. Estas no son estrictamente empíricas sino universales, en el sentido de ser deducibles de generalizaciones de alto nivel en el sistema teórico de la economía. Los varios estimados sucesivos de estructuras cambiantes pueden ser considerados como verificaciones de hipótesis generales, de acuerdo a las cuales ciertos parámetros o coeficientes deben estar dentro de ciertos límites. Debido a que estos límites son usualmente bastante amplios, la verificación no será por supuesto de la rigurosa manera en que lo es en las ciencias físicas, con sus constantes numéricas y estrechos márgenes de error.

Pero ni esto ni ninguna otra cosa que se ha dicho en este artículo debería ser interpretado como un intento de desanimar el testeo empírico en economía. Por el contrario, la conciencia de los límites de la verificación debería tanto prevenir de las desilusiones como presentar desafíos al trabajador empírico. Él debe ponerse a la altura de ellos, y proceder con inteligencia y fervor mediante cualquiera de las técnicas que se hallen disponibles.”

Murray Rothbard critica las bases de la economía neoclásica y propone una reconstrucción de los conceptos de utilidad y bienestar

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos un artículo esencial de Murray Rothbard: “Hacia una reconstrucción de la economía de la utilidad y el bienestar”, donde analiza el fundamento de toda la economía, la teoría del valor y la utilidad modernas. En estos párrafos se refiere a las “curvas de indiferencia”:

Rothbard

“Los revolucionarios de Hicks reemplazaron el concepto de la utilidad cardinal con el concepto de clases de indiferencia y durante los últimos veinte años, las revistas de economía han estado plagadas de curvas de indiferencia bidimensionales y tridimensionales, tangentes, “líneas de presupuesto” y demás. La consecuencia de una adopción de la aproximación de la preferencia demostrada es que todo un concepto de clase de indiferencia debe caer por tierra, junto con la complicada superestructura erigida sobre él.

La indiferencia nunca puede demostrarse por la acción. Todo lo contrario. Toda acción significa necesariamente una decisión y cada decisión significa una preferencia concreta. La acción implica lo contrario de la indiferencia. El concepto de indiferencia es un ejemplo particularmente desafortunado del error de psicologización. Se supone que las clases de indiferencia existen  subyaciendo en algún lugar y aparte de la acción. Esta suposición se muestra particularmente en aquellas explicaciones que tratan de “mapear” empíricamente curvas de indiferencia mediante el uso de complicados cuestionarios.

Si una persona es realmente indiferente ante dos alternativas, no puede elegir y no elegirá entre ambas.[29] Por tanto la indiferencia nunca es relevante para la acción y no puede probarse en la acción. Por ejemplo, si a un hombre le es indiferente el uso de 5,1 onzas y 5,2 onzas de mantequilla debido a lo mínimo de la unidad, n tendrá ocasión de actuar sobre estas alternativas. Usará la mantequilla en unidades más grandes cuando las cantidades variables no le sean indiferentes. El concepto de “indiferencia” puede ser importante para la psicología, pero no para la economía. En psicología nos interesa descubrir nuestras intensidades de valor, la posible indiferencia y todo eso. Sin embargo, en economía solo nos interesan valores revelados mediante decisiones. A la economía le resulta indiferente si un hombre elige la alternativa A en lugar de la alternativa B, porque prefiera con mucho A o porque haya lanzado una moneda. El hecho de clasificar es lo que importa a la economía, no las razones por las que el individuo llega a esa clasificación.

En años recientes el concepto de indiferencia ha estado sujeto a serias críticas. El profesor Armstrong apuntaba que bajo la curiosa formulación de “indiferencia” de Hicks, es posible que una persona sea “indiferente” entre dos alternativas y aun así elegir una por encima de la otra.[30] Little tiene alguna buena crítica del concepto de indiferencia, pero su análisis está viciado por su ansia de usar teoremas defectuosos para llegar a conclusiones sociales y por su metodología radicalmente conductivista.[31] El profesor Macfie ha planteado un ataque muy interesante al concepto de indiferencia desde el punto de vista de la psicología.[32] Los teóricos de la indiferencia tienen dos defensas básicas del papel de la indiferencia en la acción real. Una es citar la famosa fábula del asno de Buridán. Es el asno “perfectamente racional” quien demuestra indiferencia quedándose parado y hambriento, equidistante de dos balas de heno igualmente atractivos.[33]

Como las dos balas son igualmente atractivas en todos sus aspectos, el asno no puede escoger ninguna y por tanto muere de hambre. Se supone que este ejemplo indica cómo puede revelarse la indiferencia en la acción. Por supuesto, es difícil concebir un asno o persona que pueda ser menos racional. En realidad, no tiene dos alternativas sino tres, siendo la tercera morir de hambre donde se encuentra. Incluso partiendo la base de los teóricos de la indiferencia, esta tercera alternativa se clasificaría por debajo de las otras dos en la escala de valores del individuo. No elegiría morir de hambre.

Si ambas balas de heno son igualmente atractivas, entonces el asno u hombre que debe elegir una u otra, dejará que la suerte, por ejemplo lanzando una moneda, decida cuál. Pero entonces la indiferencia sigue sin revelarse por esta decisión, pues el lanzamiento de una moneda ¡le ha permitido establecer una preferencia![34]

El otro intento de demostrar las clases de indiferencia se basa en la falacia de la coherencia-constancia, que hemos analizado antes. Así, Kennedy y Walsh afirman que un hombre puede revelar indiferencia si, cuando se le pide que repita sus decisiones entre A y B a lo largo del tiempo, elige cada alternativa un 50% de las veces.[35]

Si el concepto de la curva individual de indiferencia es completamente falso, es bastante evidente que el concepto de Baumol de la “curva de indiferencia comunitaria”, que pretende construir a partir de curvas individuales, merece la mínima atención posible.[36]”

Increíble pero cierto: la economía neoclásica se olvidó de la figura del emprendedor. Los austriacos la rescatan

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca)  vemos una figura olvidada en los modelos de equilibrio general, el empresario, en un artículo de Israel Kirzner que lleva ese título. Así introduce el tema:

“La función empresarial en el mercado es difícil de comprender. Lo demuestra la eliminación virtual de dicho papel en las exposiciones más recientes de las teorías de los precios, así como en los múltiples y cuidadosos intentos de autores anteriores para definir al empresario y distinguir su papel del capitalista o el empleado dirigente. Estos intentos reflejan el deseo de identificar con precisión algo cuya presencia se siente indudablemente pero que, superficialmente, sólo se presta a una definición vaga. A mi modo de ver, es posible aferrar ese elemento esquivo de la empresarialidad de una manera satisfactoria.

Además, creo que es de la mayor importancia conseguirlo para comprender el proceso del mercado. Una de las distinciones entre la teoría del mercado aquí definida y la que predomina en los textos sobre teoría de los precios hoy en día es que esta última carece de una apreciación adecuada de la naturaleza y función de la empresarialidad en el sistema del mercado.

Un esquema preliminar de mi posición sobre la naturaleza de la empresarialidad puede resultar útil. Afirmo que en toda acción humana está presente un elemento que, aunque es crucial para la actividad economizante en general, no se puede analizar en términos de economía, maximización o con criterios de eficiencia. Voy a calificar este elemento, por razones de las que daré cuenta, como elemento empresarial. Afirmo además que el papel empresarial en el mercado se puede comprender de la mejor manera por analogía con lo que he denominado elemento empresarial en la acción individual humana.

La distribución de recursos a través de las fuerzas impersonales del mercado se compara frecuentemente con la toma de decisiones del individuo. Es esto lo que da una base a la analogía que he utilizado. De la misma forma que los criterios de eficiencia, por sí mismos, no bastan para comprender la acción individual humana, dado que un factor crucial para la emergencia de una actividad individual economizante es el elemento empresarial «extraeconómico», tampoco la función distribuidora del proceso mercadológico se puede comprender únicamente en términos de la interacción de actividades individuales maximizadoras. Un mercado que conste exclusivamente de individuos que actúan economizando y maximizando no da lugar al proceso mercadológico que queremos comprender. Para que surja el proceso de mercado se requiere, además, un elemento que, en sí mismo, no resulta comprensible dentro de los limites conceptuales estrechos de la conducta economizante. Entiendo que este elemento de mercado es la empresarialidad: ésta ocupa precisamente la misma relación lógica con los elementos «economizantes» del mercado que en la acción individual corresponde a los elementos empresariales en relación con los aspectos de eficiencia en la toma de decisiones.”