Raymond de Roover: poco avance después de los Escolásticos hasta John Stuart Mill

Con los alumnos de la materia Historia del Pensamiento Economico y Social de UCEMA vemos el análisis de Raymond de Roover sobre los Escolásticos y los Mercantilistas. Respecto a los primeros, y considerando a San Bernardino de Siena, considera:

Sin enfatizar mucho estas proposiciones, me parece que sin lugar a dudas San Bernardino tenía una teoría sicológica del valor e incluso alguna idea vaga sobre variación en grados de utilidad.
Según él, el precio justo se determina por «la estimación
que se hace, en común, por todos los ciudadanos de una comunidad» (aestimatio a communitatibus civilibus facta communiter). En mi opinión, es claramente el precio competitivo de
un mercado libre. Cuán correcta sea esta interpretación no está
en cuestión, ya que Bernardino es claro en su condena a las
prácticas monopolistas, es decir, a «los acuerdos fraudulentos
y perniciosos» por medio de los cuales los mercaderes hacen
subir los precios para obtener más utilidades. Finalmente, San
Bernardino establece que la «dificultad» de producir un bien lo hace más escaso y valioso. ¿Se refiere a que el costo de producción determina el precio al afectar la oferta? Un punto interesante es que «dificultad», en vez de oferta, es lo que aparece
como factor determinante del precio en las lecciones de Francis Hutcheson, profesor de Adam Smith. El concepto no es usado
en La Riqueza de las Naciones, pero reaparece en los Principios
de Economía de Ricardo (Cap. 20), donde se dice que el valor
depende de la dificultad o facilidad de producción, lo cual parece ser sinónimo de más o menos mano de obra.
En su Lógica de la Economía Política, Thomas de Quincey
(1785-1859), tratando de mejorar lo de Ricardo, reconoce dos
fuentes de valor: utilidad y dificultad de obtención. Su discusión
es extensamente citada y aprobada por John Stuart Mili en sus
Principios de Economía Política (Libro III, Cap. 2, 91). Estas
observaciones llevan a dos conclusiones. Primero, el uso persistente de la misma terminología indica una continuada tradición. Segundo, parece ser que esta parte del análisis del valor
experimentó poco progreso, si alguno, desde los tiempos de
San Bernardino hasta John Stuart Mill. Por el contrario, incluso se puede argumentar que el análisis de este último es inferior,»

Las valoraciones son subjetivas, pero nos gusta el sabor de una manzana fresca y no el de una podrida

Notables por lo interesantes, y también por lo numerosos, son los trabajos publicados por el investigador argentino, a quien tengo el honor de conocer, Daniel Sznycer, del Oklahoma Center for Evolutionary Analysis, Department of Psychology, Oklahoma State University. En la revista Evolution and Human Behavior presenta un artículo titulado  “Value computation in humans”: www.elsevier.com/locate/ens

Daniel Sznycer, Evolution and Human Behavior, https://doi.org/10.1016/j.evolhumbehav.2022.06.002

En este caso trata un tema central para la teoría económica, un tema por demás sensible entre quienes afirmamos el carácter subjetivo del valor. ¿Acaso este trabajo lo cuestiona? No lo veo, pero puede estar afirmando que nuestras valoraciones subjetivas no surgen de la nada o en forma caprichosa, sino que están influenciadas por la experiencia evolutiva de siglos. Por algo nos gusta el sabor de una manzana fresca y rechazamos el de una manzana podrida.

A ver qué dice:

“Las cosas producen efectos a largo plazo positivos, neutrales o negativos sobre la probabilidad de replicación genes del individuo. En el nivel más general, los valores son estimaciones internas de esos efectos. La información de valor dirige a la fisiología y al comportamiento en la dirección correcta: acérquese a la manzana, evite al león. Por lo tanto, el cálculo del valor es de suma importancia biológica. El análisis de tareas sugiere que hay muchos requisitos previos para valorar las cosas de manera adecuada. Aquí me concentro en dos: la necesidad de calcular el valor con precisión y la necesidad de alimentar e integrar adecuadamente la información de valor en los diversos sistemas que utilizan información de valor (por ejemplo, sistemas emocionales). Por ejemplo, el valor alimentario subjetivo imputado a una manzana necesita reflejar el contenido de nutrientes de la manzana (exactitud); la intensidad de la gratitud despertada si alguien le dio una manzana necesita reflejar el valor alimenticio imputado a la manzana (integración). Aquí evalúo   estas hipótesis con dos estudios pre registrados. De acuerdo con la hipótesis de integración, hay estrechas correspondencias entre (i) los valores alimentarios que los participantes imputan a cada uno de los 40 artículos alimentarios (Estudio 1; bienes) y (ii) los valores sociales y las emociones sociales (incluyendo: gratitud, ira, vergüenza y orgullo) que resultan cuando esos artículos alimenticios ocurren como constituyentes de eventos sociales más amplios. Se observan correspondencias similares cuando los participantes evalúan cada una de 28 enfermedades y lesiones (Estudio 2; males). De acuerdo con hipótesis de la precisión, los análisis exploratorios indican que los valores alimentarios, los valores sociales y las emociones sociales provocadas por todos los alimentos rastrean el contenido de nutrientes de esos alimentos. La valoración es inherentemente un proceso computacional. Por esta razón, una perspectiva funcionalista computacional es especialmente adecuada para estimular el progreso en nuestra comprensión de los valores humanos.”

 

Juan Carlos de Pablo, sobre la vida y obra de David Ricardo a 250 años de su nacimiento

Seguramente muchos de los que lean estos posts conocen a Juan Carlos de Pablo, un amigo a quien le debo mi comienzo publicando columnas en los diarios, y un gran economista, capaz de presentar los temas más complejos en forma amena. Ahora, con motivo del 250 aniversario del nacimiento de David Ricardo, publica un paper como parte de la Serie  DOCUMENTOS DE TRABAJO Área: Economía, de UCEMA, que simplemente se titula “DAVID RICARDO”; Abril 2022 Nro. 829 https://ucema.edu.ar/publicaciones/doc_trabajo.php

Así comienza:

“Fue el único, de los padres fundadores del análisis económico, que no fue alumno ni profesor universitario; no obstante lo cual, fue el más riguroso de todos. Se casó por amor, superando las resistencias de su familia; lo cual no le causó ningún perjuicio económico, porque la riqueza de la familia Ricardo -judíos, migrados de Holanda- consistía en capital humano. Existieron los ricardianos y los anti ricardianos, pero su amistad con Thomas Robert Malthus es un ejemplo de que las diferencias de opinión no deben afectar las relaciones personales. Planteó ideas valiosas que, mal aplicadas, pueden ser muy peligrosas.   Este trabajo medita sobre la vida y la obra de David Ricardo, con el pretexto de que el 18 de abril de 2022 se cumplieron 250 años de su nacimiento.”

Dos debates para no perderse sobre la EA, el marxismo y la teoría del valor: Cachanosky, Astarita, Zanotti

En el año 2014 se llevó a cabo un muy interesante debate sobre la teoría del valor, la economía marxista y la escuela austriaca, realizado por nuestro amigo y profesor Juan Carlos Cachanosty, y Rolando Astarita, profesor en Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

El debate es muy aleccionador y puede verse acá: https://www.youtube.com/watch?v=pMDCT_sqkJg

Ahora, gracias a la iniciativa de Facundo Guadagno Balmaceda, Licenciado en Antropología Social y Cultural. Magíster en Antropología Social. Doctorando en Ciencias Políticas, se realizó otro debate, también con Rolando Astarita pero, como ya no tenemos a nuestro gran Cacha, estuvo del otro lado su gran amigo Gabriel Zanotti.

El debate es muy interesante. Y lo es ver a ambos, ya que uno pone más énfasis en la teoría económica y Gabriel, como no podía ser de otra forma, en cuestiones epistemológicas que son sumamente importantes. Por ejemplo, los austriacos hablan de la subjetividad del valor, ¿qué es la subjetividad? Zanotti lo trata haciendo referencia a filósofos y epistemólogos que no son economistas «austriacos» pero que entiende brindan la base para comprender la cuestión.

Imperdible:

https://www.academia.edu/video/l8V6Nj

Una visión sobre la metodología de la ciencia para Milton Friedman y su rol en formar la Escuela de Chicago

Para aquellos interesados en conocer más a Milton Friedman y sus contribuciones, Camila Orozco Espinel, de la University of Reims Champagne-Ardenne, ha publicado un artículo que se titula: MILTON FRIEDMAN’S EMPIRICAL APPROACH TO ECONOMICS. SEARCHING FOR SCIENTIFIC AUTHORITY WHILE SHAPING THE UNIVERSITY OF CHICAGO ECONOMICS DEPARTMENT: https://econpapers.repec.org/scripts/redir.pf?u=https%3A%2F%2Fosf.io%2Fdownload%2F62519c91c98e911369ea6a5e%2F;h=repec:osf:osfxxx:yab86

“Milton Friedman suele presentarse como un economista caracterizado por su enfoque empírico de la economía. Su clasificación binaria de la economía en medios positivos y fines normativos se basa en el contenido empírico de las predicciones. A lo largo de su carrera, utilizó extensas técnicas estadísticas basadas en datos. Si bien se ha dedicado una importante atención académica a las trayectorias académicas y políticas de Friedman, sus prescripciones metodológicas y el desarrollo de la economía en la Universidad de Chicago, sabemos mucho menos sobre la interacción de estos elementos. Este trabajo propone una lectura entrelazada de ellos. Mi objetivo es triple. Primero, para comprender el trabajo y las opciones metodológicas de Friedman, relaciono su enfoque empírico con su formación inicial en estadística. En segundo lugar, articulo la comprensión de Friedman de la economía como una ciencia política empírica al proceso de construcción de la imagen de los economistas como asesores neutrales en el proceso de formulación de políticas. Tercero, afirmo que el marco metodológico empírico de Friedman, desarrollado mientras estaba en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, estableció las pautas para un proyecto institucional a largo plazo que le dio forma.”

Los desafíos de la «economía del comportamiento» a la economía neoclásica

Antes comenté que la revista Public Choice publica un número especial, dedicado a la economía de la conducta y la Elección Pública. Volume 191, issue 3-4, June 2022, Special issue: Behavioral economics and public choice. Los editores son Bryan C. McCannon y Gregory DeAngelo: https://link.springer.com/journal/11127/volumes-and-issues/191-3

Entre esos artículos, uno de acceso libre es la Introducción: “Behavioral economics and public choice: introduction to a special issue”, por Gregory DeAngelo & Bryan C. McCannon: https://link.springer.com/article/10.1007/s11127-021-00930-w

“Diferentes académicos parecen haber adoptado diferentes definiciones de lo que constituye la investigación en el campo de la economía del comportamiento. Definida de la manera más amplia posible, la economía del comportamiento busca desafiar los supuestos canónicos del modelo económico básico de toma de decisiones individual racional. Es la ciencia positiva que prueba los supuestos en los modelos microeconómicos estándar de elección del consumidor.

El marco clásico supone que los individuos se involucran en un comportamiento de maximización de la utilidad. Las personas tienen preferencias que son completas, transitivas y estables en el tiempo. Se ignoran los costos hundidos, pero no los costos de oportunidad. Para la toma de decisiones a lo largo del tiempo, la gente descuenta el futuro exponencialmente. Los individuos maximizan la utilidad esperada cuando eligen en condiciones de incertidumbre. Ambos tipos de decisiones se toman sin la influencia de puntos de referencia, efectos de dotación o aversión a la pérdida. Las elecciones se hacen con un recuerdo total de las consecuencias de las acciones pasadas y la capacidad de anticipar elecciones futuras por completo. Cuando llega nueva información, las creencias se actualizan de acuerdo con la Regla de Bayes.

Lo anterior solo comienza una lista de las características del marco general que desafía la economía del comportamiento. Los investigadores utilizan esos supuestos utilizando datos de laboratorio, de campo y de observación para cuestionar su validez y formular marcos alternativos para la elección humana (Thaler, 2018). En consecuencia, la investigación de la economía del comportamiento investiga cuatro líneas generales de investigación, construidas sobre los supuestos del marco canónico.”

Keynes y los «espíritus animales». ¿Sería esa una de las primeras referencias a la «economía conductual»?

Vuelve a aparecer el tema de la racionalidad y las emociones. Ya viene desde David Hume, y mucho antes, pero ahora está en plena discusión y pone en cuestión el modelo del “homo economicus” como un ser que toma decisiones de forma totalmente racional. En un paper publicado por George Mason University, Sarah Moore y Richard E. Wagner plantean el tema. Se titula “The Vitality of Animal Spirits for Market Economies”.

Poco tiene que ver con el keynesianismo y nada que ver con las políticas económicas, pero trae a referencia esa metáfora de los “animal spirits” para hacer referencia a las emociones de Hume.

“En su Teoría general, J. M. Keynes yuxtapuso los espíritus animales y la acción racional. Esta yuxtaposición creó una bifurcación dentro de la teoría económica. Cuando los espíritus animales estaban tranquilos, las sociedades estaban dominadas por la racionalidad asociada con la economía clásica. Pero cuando esos espíritus se enfurecen, esas sociedades pueden ser devastadas por episodios de auge y caída. El encuadre de Keynes ha proyectado una larga sombra dentro de la teoría económica, como lo demuestra un conflicto siempre presente entre centrar la economía en la acción racional en lugar de incorporar espíritus animales en la teoría económica. Este artículo se opone a este supuesto conflicto al presentar un tratamiento integrado de la acción racional y los espíritus animales. Lo hace reconociendo que los espíritus animales y la racionalidad son inseparables en toda acción humana. Esta inseparabilidad, además, atañe a los políticos y funcionarios públicos tanto como a los participantes del mercado.”

¿Qué deberían hacer los economistas? Analizar los intercambios no la «asignación de recursos»

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I de la Económicas en la Universidad de Buenos Aires, terminamos la materia con un tema central, planteado por James Buchanan: ¿Qué deberían hacer los economistas?

Buchanan

“Propongo examinar “el deambular de la mente de los hombres que ocupan el sillón de Adam Smith”, aquellos que tratan de mantenerse dentro del “estricto campo de la ciencia” y formulan las siguientes preguntas: ¿qué están haciendo los economistas? ¿qué “deberían” estar haciendo?

Cuando propongo examinar con espíritu crítico que es lo que hacen los economistas estoy rechazando también, como ustedes podrán notar, la propuesta familiar de Jacob Viner, para quien “la economía es lo que hacen los economistas”, propuesta a la que Frank Knight dio una naturaleza totalmente circular al agregar que “los economistas son los que hacen economía”. Esta definición funcional de nuestra disciplina da por sentada la misma pregunta que deseo formular y, de ser posible, contestar aquí. Creo que los economistas deberían asumir su responsabilidad básica; deberían, al menos, tratar de conocer el tema que manejan.

Me gustaría que consideráramos ahora un principio casi olvidado, enunciado por Adam Smith. En el capítulo 2 de The Wealth of Nations, afirma que el principio que da lugar a la división del trabajo, del que provienen tantas ventajas, “no es originalmente el efecto de alguna sabiduría humana, que prevé y tiene por objeto esa opulencia general a la cual da lugar. Es la necesaria, aunque muy lenta y gradual, consecuencia de una cierta propensión de la naturaleza humana que no tiene en vista una utilidad tan extensiva; la propensión a permutar, trocar e intercambiar una cosa por otra”. Me parece sorprendente que la importancia y la significación de esta “propensión a permutar, trocar e intercambiar” haya sido pasada por alto en la mayoría de los trabajos exegéticos de la obra de Smith. Pero seguramente es aquí donde se halla su respuesta a lo que es la economía o la economía política.

Los economistas deberían concentrar su atención en una forma particular de actividad humana y en los diferentes ordenamientos institucionales que surgen como resultado de esta forma de actividad. El comportamiento del hombre en la relación de mercado que refleja su propensión a la permuta y al trueque y las múltiples variaciones de estructura que esta relación puede adoptar constituyen los temas apropiados de estudio para el economista. Al decir esto, formula, por supuesto, un juicio de valor que ustedes pueden apoyar o no. Pueden considerar este trabajo, si así lo desean, como un “ensayo persuasivo”.

El enfoque básico y elemental que sugiero coloca en el centro de la escena la “teoría de los mercados” y no la “teoría de la asignación de recursos”. Hago un alegato en favor de la adopción de una sofisticada “cataláctica”, un enfoque de nuestra disciplina que había sido introducido mucho antes por el arzobispo Whately y la escuela de Dublin, por H. D. Macleod, por el estadounidense Arthur Latham Perry, por Alfred Ammon y algunos otros.(1) No es mi objetivo en este trabajo, ni tampoco me compete, analizar las razones por las cuales estos hombres no pudieron convencer a sus colegas y sucesores. Lo que deseo hacer notar es que la idea que introdujeron y que no estuvo nunca totalmente ausente de la corriente principal de pensamiento(2) requiere, quizá, mayor énfasis ahora que en la época en la que ellos trabajaron.

Las contribuciones de Milton Friedman: teoría, debates y divulgación en un personaje multifacético

Con los alumnos de la materia Historia del Pensamiento Económico I de Económicas, UBA, leemos algunas contribuciones de Milton Friedman. Son muy diversas así que no es fácil cubrirlas a todas. Por eso vemos un artículo que comenta sus principales aportes a la ciencia económica, también un artículo con Rose sobre la evolución de las ideas y por último un bien polémico: “La responsabilidad social de los empresarios es incrementar sus ganancias”.

El artículo, publicado en la revisa del New York Times es claramente desafiante, típico de Friedman. Con un título agresivo busca llamar la atención de los lectores. Así lo comenta una alumna:

“Friedman hace hincapié en su rechazo a la responsabilidad social de la empresa. Friedman establece que no puede hablarse estrictamente sobre RSE ya que, quienes adquieren responsabilidades son las personas y no una corporación artificial. Quienes deben ser responsables son las personas y no una corporación artificial. Quienes deben ser responsables son los empresarios, dueños, o quienes representan a las compañías, es decir, los ejecutivos corporativos. Ahora bien, ¿en qué consiste esa responsabilidad?”

“El ejecutivo corporativo es también una persona en su propio derecho y, como tal, puede que tenga muchas otras responsabilidades que reconozca o asuma de forma voluntaria: para con su familia, su conciencia, sus sentimientos de caridad, su iglesia, sus clubes, su ciudad, su país. Puede que se sienta obligado por dichas responsabilidades a dedicar parte de sus ingresos a causas que considera respetables, a rechazar trabajar para ciertas corporaciones, e incluso a abandonar su trabajo, por ejemplo, para incorporarse al ejército de su país. Si lo deseamos, podemos referirnos a algunas de estas responsabilidades como “responsabilidades sociales”. Sin embargo, en este sentido el ejecutivo corporativo está actuando como principal y no como agente; está gastando dinero, tiempo o energía, y no el dinero de sus empleadores o el tiempo o la energía que por contrato se comprometido a dedicar a los objetivos de los mismos.”

El tema es tan sensible que muchos no llegan a ver los argumentos de Friedman. No digo estar de acuerdo, sino simplemente entenderlo. Lo mismo debe haber sucedido con muchos de sus lectores.

Pero los alumnos no leen solamente esto, sino también un muy interesante debate organizado por la Reason Foundation donde John Mackey, fundador y presidente de Whole Foods, la exitosa cadena de supermercados naturistas sostiene:

“Estoy muy en desacuerdo. Soy un empresario y un libertario del libre mercado, pero creo que la empresa inteligente debe crear valor para todos sus socios. Desde la perspectiva del inversor, el fin de los negocios es maximizar las ganancias. Pero no es el fin de otros stakeholders –clientes, empleados, proveedores y la comunidad. Cada uno de estos grupos definirá el objetivo de la firma en términos de sus propias necesidades y deseos, y cada perspectiva es válida y legítima.

Mi argumento no debería interpretarse como hostil hacia las ganancias. Creo que conozco algo sobre cómo crear valor para los accionistas. Cuando co-fundé Whole Food Markets hace 27 años comenzamos con $45.000 de capital, tuvimos ventas por $250.000 en nuestro primer año. En los últimos doce meses hemos tenido ventas por más de $4.600 millones, ganancias netas de más de $160 millones y una capitalización de mercado superior a los $8.000 millones

Pero no hemos logrado ese tremendo aumento en el valor de los accionistas haciendo que el valor de las acciones sea nuestro objetivo principal. En mi matrimonio, la felicidad de mi mujer es un fin en sí mismo, no solamente un medio para mi propia felicidad; el amor me lleva a poner la felicidad de mi mujer en primer lugar, pero al hacerlo soy feliz también yo. Igualmente, los negocios más exitosos ponen al cliente en primer lugar, antes que los inversores. En una empresa centrada en las ganancias la felicidad de los clientes es simplemente un medio para un fin: maximizar las ganancias. En una empresa centrada en los clientes, su felicidad es un fin en sí mismo, y será buscado con mayor interés, pasión y empatía de lo que puede hacerlo una empresa centrada en las ganancias.”

Sobre cómo se puede definir cuáles deberían ser las tareas a cargo del Estado discutiendo sobre los faros

Con los alumnos de la UBA Económicas, Historia del Pensamiento Económico I, vemos a Samuelson y a Coase en un debate central. Es sobre los faros, pero en verdad sobre los bienes públicos y el papel del Estado.

En cuanto a la provisión de bienes públicos, la respuesta casi inmediata es que deben ser provistos por el Estado, ya que el mercado sería incapaz de hacerlo. El caso típico, presentado por distintos economistas, es el de un faro, en relación con el cual la imposibilidad de excluir a quien no pague, una vez que la luz es emitida, daría como resultado una conducta de free rider, que trataría  de evitar el pago, dado que es imposible evitar que vea la señal de todas formas. El ejemplo aparece en John Stuart Mill, Henry Sidgwick y Alfred C. Pigou, con ese mismo argumento de la “no exclusión”, y reaparece en Paul Samuelson con otro adicional, según el cual no tendría sentido excluir a los que no pagan, ya que no hay congestionamiento en el servicio; es decir, no hay ningún costo extra, si un barco más observa la señal del faro para guiarse. En este caso no solamente sería improbable que el sector privado proveyera los faros, sino que, de poder hacerlo, no sería conveniente, ya que cada barco desincentivado para navegar por dichas aguas debido al pago del peaje por los servicios del faro, representaría una pérdida económica social

Conocida es la respuesta de Coase (1974) a este ejemplo, después de estudiar la historia de los faros en Inglaterra y demostrando que durante varios siglos fueron financiados y administrados por los dueños de barcos y emprendedores privados. Durante varios siglos, en Gran Bretaña, los faros fueron construidos y mantenidos por Trinity House (Inglaterra y Gales), los Comisionados de Faros del Norte (Escocia) y los Comisionados de Faros en Irlanda, cuyo presupuesto provenía del Fondo General de Faros, formado a su vez por los cargos que pagaban los armadores de buques. Esto en cuanto se refiere a los faros que ayudaban a la navegación general, ya que los faros de tipo “local” eran financiados por los puertos, que recuperaban los gastos en que incurrían mediante los cargos que hacían a quienes los utilizaban.

Había pocos faros antes del siglo XVII. Trinity House era una institución que evolucionó desde un gremio de navegantes en la Edad Media, que en 1566 obtuvo el derecho a proveer y regular las ayudas a la navegación, que incluyen, además de los faros, boyas, balizas y otras marcas.

Coase (p. 360) sostiene que “a comienzos del siglo diecisiete, Trinity House estableció faros en Caister y Lowestoft. Pero no fue sino hasta fines de ese siglo que construyó otro. Entretanto la construcción de faros había sido realizada por individuos particulares. De 1610 a 1675 Trinity House no construyó ningún faro nuevo. Por lo menos diez fueron construidos por individuos particulares”. Trinity House se oponía a estas iniciativas privadas, pero los particulares evitaban el incumplimiento del control de tal organización obteniendo una patente de la Corona, que les permitía construir el faro y cobrar el peaje a los barcos que supuestamente se beneficiaban del mismo.

La intervención de la “Corona” y el cobro de un “peaje” parece indicar la participación estatal, por más que el faro fuera construido por algún particular. Es decir: se necesitaría el poder estatal para tener la posibilidad de cobrar peajes, en forma coercitiva, a los barcos que transitaran por tal ruta marítima. Pero no era este el caso. Coase subraya que el particular presentaba una petición de los armadores y operadores de buques sobre la necesidad del faro, el beneficio que obtendrían con él y su voluntad para pagar el peaje, por lo que se trataba de una operación voluntaria y el Estado participaba simplemente porque se había adueñado de la autoridad para erigirlos, ya que el acuerdo entre armadores y operadores y el particular se podría haber realizado de todas formas, sin seguir obligatoriamente ese camino, pues los primeros aceptaban voluntariamente el pago y no actuaban como free riders.

He aquí un tema importante, ya que, según la teoría de los bienes públicos de Mill/Sigdwick/Pigou/Samuelson, todos buscarían su beneficio inmediato, consistente en no tener que pagar dicho peaje, sabiendo que, una vez que el faro estuviera allí, no podrían excluirlos de su uso, y que, actuando todos de esa forma, el cobro del peaje y la provisión privada serían imposibles. Sin embargo, esto no ocurría; evidentemente había otros elementos que llevaban a una conducta diferente, entre los cuales podemos destacar dos: un sentido de cooperación entre los armadores, aunque fueran competidores entre sí, o que no se le diera importancia al hecho de que algunos pasarían por allí y recibirían el servicio gratuitamente.

Buscando algún ejemplo más cercano en el tiempo y el espacio, ya vimos que los residentes de Buenos Aires no tienen que ir más lejos del río junto al que se asienta su ciudad. Allí, en el canal por el que el río Luján desemboca en el Río de la Plata, hay una serie de boyas con la inscripción “UNEN” y una numeración. Esta sigla significa “Unión Nacional de Entidades Náuticas”, que reúne a los distintos clubes náuticos privados. La provisión de esta señalización proviene de aportes voluntarios privados, que realizan estos clubes, y en definitiva de las cuotas sociales que pagan sus socios. No parece que estos actúen como free riders e incluso, si algún barco pasa por allí y no pertenece a ninguno de esos clubes, ello no constituye impedimento para que los demás se organicen, y provean y mantengan este sistema de señales. Y no solo eso: los mismos clubes tienen en sus entradas sobre la costa balizas rojas y verdes, con el obvio fin de ayudar a sus socios en la maniobra de entrada y salida, pero brindando también un servicio gratuito a quienes pasan por allí. Nuevamente, la existencia de estos free riders no frena o limita la provisión de tales servicios.

¿Habría más señales de ese tipo, si pudiera cobrar a esos free riders? Depende de con qué se lo compare: si es con una supuesta condición ideal, parecería que sí, y en tal caso esa comparación daría como resultado una “falla” del mercado, pero Coase y Demsetz (en Cowen, pp. 107-120) denominan a esto “el enfoque Nirvana”: es decir, algo así como comparar las imperfecciones de este mundo con el ideal del Paraíso, dado que lo que corresponde es comparar arreglos institucionales alternativos; en este caso, esta provisión voluntaria privada, con una posible provisión estatal. En el caso de las boyas UNEN mencionadas, su misma existencia es una demostración del “fracaso de la provisión estatal”, ya que los clubes lo han hecho ante la inacción pública al respecto.

Comenta Coase una historia de notable espíritu emprendedor, relacionada con el famoso faro de Eddystone, erigido en un peñasco, a veinte kilómetros de Plymouth. El Almirantazgo británico recibió un pedido para construir un faro y Trinity House consideró que era imposible; pero en 1692 el emprendedor Walter Whitfield hizo un acuerdo con Trinity House, por el que se comprometía a construirlo y a compartir las ganancias. Nunca llegó a construirlo, pero sus derechos fueron transferidos a Henry Winstanley, que negoció un acuerdo mejor: recibiría todas las ganancias durante los primeros cinco años y luego los repartiría en partes iguales con Trinity House, durante otros cincuenta años. Construyó primero una torre y luego la reemplazó por otra, cuya conclusión tuvo lugar en 1699, pero una gran tormenta lo destruyó en 1703, cobrándose la vida de Winstanley y de algunos de sus trabajadores. Dice Coase (p. 364): “Si la construcción de faros hubiera quedado solamente en manos de hombres motivados por el interés público, Eddystone hubiera permanecido sin faro por largo tiempo. Pero la perspectiva de ganancias privadas asomó nuevamente su horrible cara”.

Otros dos emprendedores, Lovett y Rudyerd, decidieron construirlo de nuevo, y el acuerdo se pactó en mejores términos: una concesión por noventa y nueve años, con una renta anual de cien libras y el cien por cien de las ganancias para los constructores. El nuevo faro se completó en 1709 y operó hasta 1755, cuando fue destruido por un incendio. La concesión, que tenía todavía unos cincuenta años por delante, había pasado a otras manos y los nuevos propietarios decidieron construirlo nuevamente, para lo que contrataron al mejor ingeniero de esos tiempos, John Smeaton, que completó una nueva estructura de piedra en 1759, que se mantuvo operando hasta 1882, cuando fue reemplazado por una estructura nueva, elaborada por Trinity House.

Según Coase, un informe del Comité de faros de 1834 reporta la existencia de cuarenta y dos faros en manos de Trinity House, tres concesionados por ella a individuos, siete concesionados por la Corona a individuos particulares, cuatro en manos de propietarios según distintos permisos, un total de cincuenta y seis, de los cuales catorce estaban en manos privadas, amparados por distintos acuerdos de propiedad. Trinity House, recelosa de la competencia, y argumentando que bajo su égida los peajes serían más bajos, terminó consiguiendo el monopolio de los faros y todos quedaron bajo su órbita.

En una respuesta directa a Mill, Sidgwick, Pigou y Samuelson, Coase concluye: “… los economistas no deberían utilizar los faros como un ejemplo de servicio que puede ser provisto solamente por el Estado. Pero en este trabajo no se intenta resolver la cuestión de cómo debería organizarse y financiarse el servicio de faros. Eso deberá esperar estudios más detallados. Entretanto, los economistas que deseen señalar un servicio como mejor provisto por el Estado, deberían utilizar un ejemplo que tenga más fundamento” .UCE