¿Perseguimos la utilidad monetaria u otros fines? Parece que también ciertos valores morales, como la verdad o la justicia

Un principio fundamental de la ciencia económica ha sido el de asumir la búsqueda del interés personal como motor de la acción humana. Lamentablemente, muchos se han restringido a considerar esta búsqueda como la maximización de la utilidad monetaria, es decir, ganar dinero. Obviamente, la realidad nos muestra que no actuamos así en muchas circunstancias. Por suerte, muchos economistas de formación neoclásica han descubierto esto y se lanzaron a investigar el tema, no siempre con aportes positivos, pero al menos el intento lo es.

En este caso, vemos el trabajo de Kai Barron, Robert Stüber y Roel van Veldhuizen titulado “Motivated motive selection in the lying-dictator game”.

https://econpapers.repec.org/paper/zbwwzbeoc/spii2019303.htm

El resumen:

“Una gran cantidad de evidencia sugiere que las personas están dispuestas a sacrificar el beneficio material personal ganar para adherirse a un motivo moral como la justicia o la verdad.

Sin embargo, se sabe menos sobre lo que sucede cuando los motivos morales están en conflicto. Hipotetizamos que en tales situaciones, los individuos se involucran en lo que llamamos ‘selección de motivo motivada», eligiendo adherirse al motivo que más se alinea con su interés personal. Probamos esta hipótesis usando un experimento de laboratorio que induce en los sujetos un conflicto entre dos de los motivos morales más estudiados: justicia y decir la verdad. Nuestro diseño experimental tiene características atractivas de ser parsimonioso y estrechamente relacionado tanto con el juego del dictador clásico y juegos mentirosos, lo que implica comparabilidad con una gran cantidad de pruebas de referencia. De acuerdo con nuestra hipótesis, nuestros resultados sugieren que los participantes tienen más probabilidades de adherirse al motivo que está más en línea con su propio interés.”

¿Cómo lo hacen?

“Implementamos el juego del dictador mentiroso en un experimento de laboratorio para probar si los tomadores de decisiones participan en la selección de motivos motivados. Nuestra estrategia de identificación se basa en el sorteo aleatorio, que crea una variación exógena en el costo de adherirse al motivo de decir la verdad. Considera un individuo que quiere comportarse de manera moral, pero que no puede satisfacer simultáneamente ambos motivos.

La selección de motivos predice que ella elegirá satisfacer el motivo moral que más se alinea con su interés privado Para los sorteos aleatorios bajos, es más costoso decir la verdad y seleccionar los motivos. Por lo tanto, predice que el individuo se adherirá al motivo de la justicia en su lugar. Por el contrario, para sorteos aleatorios altos, cumplir con el motivo de equidad es más costoso y, por lo tanto, la selección del motivo predice que los individuos elegirán decir la verdad en su lugar.

Nuestros resultados son consistentes con la hipótesis de selección de motivos motivados. 47% de los participantes con un sorteo bajo, elija una división igual y solo el 14% dice la verdad. Por el contrario, los participantes con altos sorteos abrumadoramente (75%) eligen decir la verdad con solo el 9% que elige igualar pagos. De hecho, mostramos que, en nuestra muestra, el comportamiento de las personas con bajos sorteos tienen un comportamiento aproximado observado en el clásico juego del dictador, mientras que las personas con altos y atractivos sorteos muestran un comportamiento similar al que se observa típicamente en el juego de mentiras. También estudiamos si la selección de motivos persiste en una versión de terceros del juego del dictador mentiroso donde se elimina el interés propio, pero no se encuentran pruebas de que este sea el caso.”

 

En definitiva, ¿no podemos caer en un razonamiento de tipo circular? La gente persigue su interés personal y el interés que persiga será sin duda su más valorado interés……, por el hecho de que lo persigue.

Relación entre liberalismo y economía: Porqué los economistas de la Escuela Austriaca tienden a ser libertarios

Muchas veces alguien nos presenta con estas palabras «el economista liberal….». ¿Es correcto? Porque la economía es una ciencia social y el liberalismo una filosofía política. Un autor ya clásico en esta escuela, Ralph Raico, comenta sobre el tema:

Por qué los economistas de la escuela austriaca tienden a ser libertarios

 

[De la introducción de Classical Liberalism and the Austrian School]

Hay un sentido en el que se puede decir que la teoría económica per se, cualquier economía analítica, favorece al mercado. Como señaló Hayek (1933), en relación con el ataque a la economía en el siglo XIX,

La existencia de un cuerpo de razonamiento que impedía a las personas seguir sus primeras reacciones impulsivas, y que las obligaba a equilibrar los efectos indirectos, que sólo podían verse ejercitando el intelecto, con un sentimiento intenso causado por la observación directa del sufrimiento concreto, entonces como ahora, ocasionaba un intenso resentimiento. (p. 125)1

Pero la economía austriaca ha estado tan a menudo y tan estrechamente ligada al liberalismo que es plausible buscar la conexión también en sus teorías económicas distintivas.

[RELACIONADO: «Libertario» es sólo otra palabra para liberal (clásico) de Ryan McMaken]

El sostenido ataque teórico a la posibilidad de una planificación económica racional bajo el socialismo, iniciado por Mises y luego dirigido por él y Hayek, ha jugado sin duda un papel importante —y con razón— en la asociación de la escuela con la doctrina liberal.2 En las décadas siguientes, la opinión común entre los economistas –que Mises y Hayek habían sido superados por sus adversarios socialistas— tendía a confirmar la idea de que la posición austriaca en general era anticuada y obsoleta.3

Sin embargo, las recientes becas (Lavoie 1985; Boettke 1990; Steele 1992), así como algunos acontecimientos mundiales bien conocidos, han servido para anular el antiguo veredicto sobre el debate del cálculo económico. De hecho, la revolución en el pensamiento ha llevado a un economista austriaco a comentar que «es realmente escandaloso observar cómo décadas de ridiculización se vertieron sobre la ‘tesis de la imposibilidad’ de Mises [sobre la planificación racional bajo el socialismo] de repente dan paso a una apreciación de sus puntos de vista como si hubieran formado parte de la sabiduría convencional todo el tiempo» (Boehm 1990, p. 231).4

Una de las principales críticas a la economía de mercado, al menos desde la época de Sismondi y los Saintsimonianos, ha sido que es intrínsecamente vulnerable al ciclo económico. Por el contrario, la teoría austriaca del ciclo económico, originada por Mises y elaborada por Hayek y otros (véase, por ejemplo, Mises 1949, págs. 547-583), traza el ciclo de «auge-declive» hasta la expansión del crédito, que distorsiona sistemáticamente las señales que de otro modo permitirían el buen funcionamiento de los mercados.

Como afirma Rothbard (1963, p. 35), «El mercado sin trabas asegura que se desarrolle armoniosamente una estructura complementaria de capital; la expansión del crédito bancario obstaculiza el mercado y destruye los procesos que conducen a una estructura equilibrada». Dado que la expansión del crédito es posible gracias a la acción del Estado, el ciclo económico, lejos de ser una consecuencia natural del libre mercado y un fuerte débito contra él, es en última instancia imputable al gobierno, especialmente en la era de la banca central (Rothbard 1962, volumen 2, págs. 871-874, 1963, págs. 25-33).

Las teorías económicas austriacas también apoyan al liberalismo de otras maneras. El análisis del mercado como un proceso excluye ciertos movimientos intervencionistas o socialistas característicos, por ejemplo, considerar el total de los ingresos de los individuos y empresas dentro de una jurisdicción nacional como una especie de «pastel nacional», que puede dividirse a voluntad. El concepto de mercado como proceso también ayuda a validar las desigualdades sociales inherentes al capitalismo. Como dijo Mises (1949),

El proceso selectivo del mercado es activado por el esfuerzo compuesto de todos los miembros de la economía de mercado…. El resultado de estos esfuerzos no es sólo la estructura de precios, sino también la estructura social, la asignación de tareas definidas a los distintos individuos. El mercado hace a la gente rica o pobre, determina quién dirigirá las grandes plantas y quién fregará los pisos, fija cuántas personas trabajarán en las minas de cobre y cuántas en las orquestas sinfónicas. Ninguna de estas decisiones se toma de una vez por todas; son revocables todos los días. (p. 308)

Otro concepto austriaco, el de los precios como información sustitutiva, también va en contra del intervencionismo. Streissler señala (1988, p. 195) que Mises, basándose en Wieser, atacó el intervencionismo por destruir «el mecanismo de creación y difusión de información sobre circunstancias económicamente relevantes, es decir, la fijación de precios de mercado», impidiendo así la eficiencia económica.

La exploración de Kirzner de las condiciones «existenciales» de los participantes en los procesos de mercado produce quizás otra estrecha conexión con la doctrina liberal. Según Kirzner (1992a),

Para la ciencia de la acción humana, la libertad es la circunstancia que permite e inspira a los participantes del mercado a tomar conciencia de los cambios beneficiosos (u otros) en sus circunstancias…. Una comprensión de la economía misesiana nos permite así ver directamente cómo apunta de manera inequívoca a la utilidad social de las instituciones políticas que garantizan las libertades individuales y la seguridad de los derechos individuales a la vida y la propiedad. (p. 248)

Pero probablemente la base más clara y convincente para identificar la economía austriaca y el libre mercado tiene que ver con la concepción general de la vida económica propuesta por los austriacos, empezando por Menger. Como escribió Hayek (1973),

Fue esta extensión, de la derivación del valor de un bien a partir de su utilidad, del caso de determinadas cantidades de bienes de consumo al caso general de todos los bienes, incluyendo los factores de producción, lo que fue el principal logro de Menger. (p. 7)5

Este fue un punto de vista que se convirtió en estándar con todos los fundadores. Kauder (1957, p. 418) señaló que «para Wieser, Menger, y especialmente para Böhm-Bawerk, las necesidades del consumidor son el principio y el final del nexo causal. El propósito y la causa de la acción económica son idénticos».

Según Kirzner (1990), fue esta visión central la que explica por qué, a pesar de las opiniones políticas particulares de sus fundadores (véase la Sección IX), el austriaco fue percibido como la economía del libre mercado. Las obras de los fundadores

expresó una comprensión de los mercados que, tomada por sí misma, sugería fuertemente una apreciación más radical de los mercados libres que la de los primeros austriacos. Es esta última circunstancia, suponemos, la que explica cómo, cuando más tarde los austriacos llegaron a posiciones de laissez-faire aún más consistentes, fueron vistos por los historiadores del pensamiento como algo que de alguna manera simplemente perseguía una tradición austriaca que se remonta a sus fundadores. (pág. 93, énfasis en el original)

Por lo tanto, Kirzner apoya implícitamente la posición que Mises defendió en su respuesta a F.X. Weiss (véase la sección IX). Lo que es crucial no son las opiniones políticas condicionadas histórica y personalmente de los primeros austriacos, sino la «visión global de la economía» que era novedosa en Menger y compartida por sus sucesores. Se consideró que la economía de mercado

un sistema impulsado total e independientemente por las elecciones y valoraciones de los consumidores – con estas valoraciones transmitidas «al alza» a través del sistema a «bienes de orden superior», determinando cómo se distribuyen estos escasos bienes de orden superior entre las industrias y cómo se valoran y remuneran como parte de un único proceso impulsado por el consumidor. (Kirzner 1990, p. 99)6

A diferencia de los economistas clásicos, que consideraban que el sistema capitalista producía la mayor cantidad posible de bienes materiales, la opinión de Menger era que se trataba de «un modelo de gobernanza económica ejercido por las preferencias de los consumidores» (1990, p. 99, énfasis en el original). (Más tarde, W.H. Hutt acuñó el término «soberanía del consumidor» para este estado de cosas.) Como señala Kirzner, «fue esta visión totalmente mengeriana la que alimentó la polémica de toda una vida de Mises contra los malentendidos socialistas e intervencionistas de la economía de mercado» (1990, p. 100). Y, se puede añadir, fue esta percepción la que aterrorizó a los marxistas.7

[De la introducción al Classical Liberalism and the Austrian School. Ver el original para información completa sobre fuentes y notas]

https://mises.org/es/wire/por-qu%C3%A9-los-economistas-de-la-escuela-austriaca-tienden-ser-libertarios

La vida no es un casino: la diferencia entre riesgo e incertidumbre y el concepto de racionalidad en la Economía Conductual

Buen artículo en el Mises Wire sobre la racionalidad y la economía conductual. El autor: Arkadiusz Sieroń. El texto completo en: https://mises.org/es/wire/la-racionalidad-en-el-mundo-real-no-es-lo-que-los-economistas-piensan-que-es

Así empieza:

“Los economistas conductuales dicen que las personas se comportan irracionalmente porque calculan mal la probabilidad. Pero quizás no es un problema con la gente, sino con el uso de la teoría de la probabilidad en un ambiente no ergódico lleno de incertidumbre?1

Daniel Kahneman, galardonado con el Premio Nobel de Economía, en su libro Pensar rápido, pensar despacio plantea la tesis de que la gente a menudo sobreestima la baja probabilidad. A modo de ejemplo, menciona el riesgo de atentados suicidas con bombas en autobuses en Israel entre 2001 y 2004. Aunque el riesgo de ser víctima de bombarderos por un solo pasajero era pequeño, la gente evitaba los autobuses en la medida de lo posible, lo cual, según Kahneman, era irracional y no era resultado de una preocupación sensata por la supervivencia, sino de la heurística de disponibilidad.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos también se mencionan a menudo en este contexto. Después de los ataques, los estadounidenses prefirieron viajar por tierra durante algún tiempo en lugar de por aire, aunque viajar en automóvil es, estadísticamente, más peligroso. Por lo tanto, esa sustitución es irracional y contribuye a muertes innecesarias como consecuencia del aumento del número de accidentes de tráfico.

Sin embargo, existe un problema con los ejemplos anteriores: el concepto de riesgo no se aplica necesariamente a ellos. Ya en 1921, el economista estadounidense Frank Knight distinguía el riesgo de la incertidumbre. Este primer concepto se aplica a los eventos cuya probabilidad podemos estimar, como un resultado específico de la tirada de dados. Esta última se refiere a actividades cuya probabilidad se desconoce. La incertidumbre se aplica a la gran mayoría de los acontecimientos en el mundo de los negocios y, en general, en la vida cotidiana. Y para los ataques terroristas. ¿Cómo evaluar el peligro del próximo ataque terrorista y determinar el riesgo de viajar en autobús en Israel o en avión en los Estados Unidos en un mundo de nuevas amenazas? ¡No pudieron! Los ataques del 11 de septiembre fueron claramente un acontecimiento habitual, peculiar (y trágico).

La vida no es un casino

Kahneman y otros economistas conductuales confunden el riesgo con la incertidumbre o la probabilidad de la clase con la probabilidad del caso. Pero la probabilidad de la clase no se aplica aquí – volar contra las torres gemelas del World Trade Center fue un evento único. Las estadísticas del pasado no dicen nada sobre las amenazas futuras que sean fundamentalmente inciertas. Después del ataque del 11 de septiembre, los estadounidenses podían asumir razonablemente que su mundo había cambiado y en lugar de insertar nueva información en el viejo algoritmo, simplemente descartaron el algoritmo diciendo que los aviones son más seguros que los automóviles. El mundo en el que los aviones son secuestrados y vuelan a rascacielos es cualitativamente diferente del mundo en el que los aviones no son secuestrados.

El verdadero problema no es que no podamos calcular correctamente la probabilidad de algunos estados del mundo, sino que no sepamos cómo funciona el mundo. La probabilidad se aplica en un casino, pero no en la vida real, donde hay muchas incógnitas desconocidas. Hay diferencias significativas entre un juego de ruleta o el pronóstico del tiempo y el alcance de las nuevas invenciones, la perspectiva de guerra, o la perspectiva de los precios de los activos. Como escribió Keynes en 193 (asombroso, estoy de acuerdo con Keynes), «Sobre estos asuntos no hay ninguna base científica sobre la cual formar cualquier probabilidad calculable. Simplemente no lo sabemos».

La tesis de que la gente sobreestima el riesgo muy bajo de ataques terroristas es, por lo tanto, absurda, porque el concepto de riesgo no se aplica aquí en absoluto, no se puede estimar. Por lo tanto, es difícil afirmar que las personas se comportaron de forma irracional, optando por un medio de transporte que estaba más bajo su control y que minimizaba una amenaza nueva e indefinida, aunque en última instancia pudiera resultar más peligrosa.”

Competencia y monopolio: ¿es lo que gana Messi resultado de un monopolio? Murray Rothbard contesta

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II: Economía Austriaca, de la Facultad de Ciencias Económicas en la UBA, vemos a Murray Rothbard sobre la competencia y el monopolio. En este caso sobre los “precios de monopolio”. Reemplacemos a Mickey Mantle por Leonel Messi, para actualizar el ejemplo:

“Muchos autores han intentado establecer algún criterio para distinguir el precio de monopolio del competitivo. Algunos llaman de monopolio al precio que hace obtener “beneficios monopolísticos” a la empresa, en forma permanente y duradera. Esto se presenta como opuesto al precio “competitivo”, con el cual desaparecen los beneficios en la economía de giro uniforme. Sin embargo, como hemos visto, jamás existen beneficios de monopolio permanentes, sino ganancias de monopolio para los dueños de los factores tierra y trabajo. Los costos en dinero para el empresario que debe adquirir factores de producción tenderán a ser iguales a sus ingresos monetarios dentro de la economía de giro uniforme, sea el precio de monopolio, sea competitivo. Con todo, las ganancias de monopolio se obtienen como rédito para los factores tierra y trabajo. De ahí que ningún elemento identificable puede proporcionar jamás criterio que sirva para determinar la ausencia de ganancias de monopolio. Si éstas existen, la utilidad para el factor es mayor; de lo contrario, es menor. Pero, ¿dónde está el criterio para distinguir entre eso y una modificación en el rédito de un factor por razones “legítimas” consecuentes a la oferta y a la demanda? ¿Cómo distinguir una ganancia “de monopolio” de un simple aumento en el beneficio que toca a un factor?

Otra teoría intenta definir la ganancia de monopolio como el beneficio recibido por un factor en mayor proporción que otro factor similar. De modo que si Mickey Mantle recibe mayor rédito monetario que cualquier otro jugador, esa diferencia representa la “ganancia de monopolio”, resultado de su monopolio natural sobre su destreza única. La dificultad grave de tal enfoque reside en que adopta implícitamente la antigua falacia clásica de contemplar los diversos factores trabajo, y también los diversos factores tierra, como de algún modo homogéneos. Si todos los factores trabajo son, en cierta manera, un único bien, las variaciones en los beneficios que obtiene cada uno de aquellos factores deben explicarse refiriéndolas a una especie de misterioso elemento “monopolístico”, o lo que sea. Sin embargo, un artículo cuya oferta sea homogénea no es más que un único bien, en caso de que todas sus unidades sean intercambiables, como lo hemos visto antes. Pero el hecho de que Mantle y los demás jugadores reciban diferente trato significa que lo que venden no son bienes idénticos sino distintos. Exactamente como en el caso de mercancías tangibles, en el de servicios laborales personales (sea que se vendan a otros productores o directamente a los consumidores) el vendedor puede ofrecer una mercancía única y, con todo, encontrarse en competencia, atento a la mayor o menor posibilidad de sustitución, con todos los demás vendedores, respecto de las compras que hagan los consumidores (o productores de orden inferior). Pero si cada bien o servicio es único, es imposible afirmar que la diferencia entre los precios de dos de ellos represente algo parecido a una especie de “precio de monopolio”; este último, frente al precio competitivo, sólo puede referirse a precios que el mismo bien tenga alternativamente.

Mickey Mantle puede en verdad resultar una persona con destreza única y ser “monopolista” (como cualquier otra persona) en la disposición de sus propios talentos; pero el hecho de que alcance o no un “precio de monopolio” (y de ahí, ganancia monopolística) jamás puede ser determinado.”

Fritz Machlup sobre la verificación empírica de teorías en la economía. La econometría sería en realidad parte de la historia

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos a un autor poco considerado entre los autores austriacos, Fritz Machlup. Aquí de su artículo “El problema de la verificación en Economía”, Revista Libertas 40 (Mayo 2004)

“Cada uno de nosotros ha estado últimamente tan ocupado con el análisis estadístico de curvas de demanda, de funciones de ahorro, consumo e inversión, de elasticidades y propensiones, que una descripción de estas y similares investigaciones no es realmente necesaria. El problema con la verificación de hipótesis empíricas basadas en análisis estadísticos y econométricos es que la sucesión de estimados sobre la base de nuevos datos ha sido siempre seriamente divergente. Por supuesto, esas variaciones en el tiempo entre las relaciones numéricas no son realmente sorprendentes. Pocos de nosotros han esperado que esas relaciones sean constantes o incluso aproximadamente estables. Así, cuando nuevos datos y nuevos cómputos arrojan estimados revisados de parámetros económicos, no existe manera de decir si las hipótesis previas eran incorrectas o si las cosas han cambiado.

El hecho que las relaciones numéricas descriptas por las hipótesis empíricas pueden estar sujetas a cambios impredecibles altera esencialmente su carácter. Las hipótesis que están estrictamente limitadas al tiempo y al espacio no son “generales” sino “especiales,” o también llamadas proposiciones históricas. Si las relaciones medidas o estimadas en nuestra investigación empírica no son universales sino históricas, el problema de la verificación es completamente diferente. Tan diferente que de acuerdo a las intenciones expresadas en la introducción no deberíamos estar interesados en ellas. Pues nuestro propósito fue discutir la verificación de generalizaciones, no de eventos o circunstancias confinadas a particulares tiempos y lugares. Si todas las proposiciones de la economía fuesen de este tipo, el dictado de la vieja escuela histórica, que la economía no puede contar con “leyes generales” o con una “teoría general,” sería plenamente justificado.

Si una hipótesis acerca de una relación numérica entre dos o más variables fue formulada sobre la base de datos estadísticos cubriendo un período particular, y luego es comparada con datos de un período diferente, esa comparación podría contarse como verificación sólo si la hipótesis hubiese sido formulada como una de carácter universal, es decir, si la relación medida o estimada hubiese sido considerada como constante. En la ausencia de tales expectativas, el test por un “acierto” continuo (entre hipótesis y nuevos dato) es simplemente una comparación entre dos situaciones históricas, un intento de encontrar si las particulares relaciones eran estables o cambiantes. Una verificación genuina de hipótesis previamente formuladas acerca de un período dado requiere de una comparación con datos adicionales del mismo período, para así evaluar si las observaciones previas y su descripción numérica fueron o no precisas. En breve, una proposición histórica sólo puede ser verificada por nuevos datos acerca de la situación histórica a la cual refiere. Esto es así también para proposiciones geográficas y comparaciones entre distintas áreas.

Sin embargo, aunque las “estructuras” cambiantes estimadas por la econometría y la estadística no son más que proposiciones históricas, pueden existir límites en sus variaciones. Por ejemplo, seguramente podemos generalizar que la propensión marginal a consumir no puede ser en el largo plazo mayor que la unidad, o que la elasticidad de la demanda para ciertos tipos de exportación de cierto tipo de países no será en el largo plazo menor que la unidad. Proposiciones sobre límites definitivos en la variación de proposiciones especiales o históricas son de nuevo hipótesis generales. Estas no son estrictamente empíricas sino universales, en el sentido de ser deducibles de generalizaciones de alto nivel en el sistema teórico de la economía. Los varios estimados sucesivos de estructuras cambiantes pueden ser considerados como verificaciones de hipótesis generales, de acuerdo a las cuales ciertos parámetros o coeficientes deben estar dentro de ciertos límites. Debido a que estos límites son usualmente bastante amplios, la verificación no será por supuesto de la rigurosa manera en que lo es en las ciencias físicas, con sus constantes numéricas y estrechos márgenes de error.

Pero ni esto ni ninguna otra cosa que se ha dicho en este artículo debería ser interpretado como un intento de desanimar el testeo empírico en economía. Por el contrario, la conciencia de los límites de la verificación debería tanto prevenir de las desilusiones como presentar desafíos al trabajador empírico. Él debe ponerse a la altura de ellos, y proceder con inteligencia y fervor mediante cualquiera de las técnicas que se hallen disponibles.”

Murray Rothbard critica las bases de la economía neoclásica y propone una reconstrucción de los conceptos de utilidad y bienestar

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos un artículo esencial de Murray Rothbard: “Hacia una reconstrucción de la economía de la utilidad y el bienestar”, donde analiza el fundamento de toda la economía, la teoría del valor y la utilidad modernas. En estos párrafos se refiere a las “curvas de indiferencia”:

Rothbard

“Los revolucionarios de Hicks reemplazaron el concepto de la utilidad cardinal con el concepto de clases de indiferencia y durante los últimos veinte años, las revistas de economía han estado plagadas de curvas de indiferencia bidimensionales y tridimensionales, tangentes, “líneas de presupuesto” y demás. La consecuencia de una adopción de la aproximación de la preferencia demostrada es que todo un concepto de clase de indiferencia debe caer por tierra, junto con la complicada superestructura erigida sobre él.

La indiferencia nunca puede demostrarse por la acción. Todo lo contrario. Toda acción significa necesariamente una decisión y cada decisión significa una preferencia concreta. La acción implica lo contrario de la indiferencia. El concepto de indiferencia es un ejemplo particularmente desafortunado del error de psicologización. Se supone que las clases de indiferencia existen  subyaciendo en algún lugar y aparte de la acción. Esta suposición se muestra particularmente en aquellas explicaciones que tratan de “mapear” empíricamente curvas de indiferencia mediante el uso de complicados cuestionarios.

Si una persona es realmente indiferente ante dos alternativas, no puede elegir y no elegirá entre ambas.[29] Por tanto la indiferencia nunca es relevante para la acción y no puede probarse en la acción. Por ejemplo, si a un hombre le es indiferente el uso de 5,1 onzas y 5,2 onzas de mantequilla debido a lo mínimo de la unidad, n tendrá ocasión de actuar sobre estas alternativas. Usará la mantequilla en unidades más grandes cuando las cantidades variables no le sean indiferentes. El concepto de “indiferencia” puede ser importante para la psicología, pero no para la economía. En psicología nos interesa descubrir nuestras intensidades de valor, la posible indiferencia y todo eso. Sin embargo, en economía solo nos interesan valores revelados mediante decisiones. A la economía le resulta indiferente si un hombre elige la alternativa A en lugar de la alternativa B, porque prefiera con mucho A o porque haya lanzado una moneda. El hecho de clasificar es lo que importa a la economía, no las razones por las que el individuo llega a esa clasificación.

En años recientes el concepto de indiferencia ha estado sujeto a serias críticas. El profesor Armstrong apuntaba que bajo la curiosa formulación de “indiferencia” de Hicks, es posible que una persona sea “indiferente” entre dos alternativas y aun así elegir una por encima de la otra.[30] Little tiene alguna buena crítica del concepto de indiferencia, pero su análisis está viciado por su ansia de usar teoremas defectuosos para llegar a conclusiones sociales y por su metodología radicalmente conductivista.[31] El profesor Macfie ha planteado un ataque muy interesante al concepto de indiferencia desde el punto de vista de la psicología.[32] Los teóricos de la indiferencia tienen dos defensas básicas del papel de la indiferencia en la acción real. Una es citar la famosa fábula del asno de Buridán. Es el asno “perfectamente racional” quien demuestra indiferencia quedándose parado y hambriento, equidistante de dos balas de heno igualmente atractivos.[33]

Como las dos balas son igualmente atractivas en todos sus aspectos, el asno no puede escoger ninguna y por tanto muere de hambre. Se supone que este ejemplo indica cómo puede revelarse la indiferencia en la acción. Por supuesto, es difícil concebir un asno o persona que pueda ser menos racional. En realidad, no tiene dos alternativas sino tres, siendo la tercera morir de hambre donde se encuentra. Incluso partiendo la base de los teóricos de la indiferencia, esta tercera alternativa se clasificaría por debajo de las otras dos en la escala de valores del individuo. No elegiría morir de hambre.

Si ambas balas de heno son igualmente atractivas, entonces el asno u hombre que debe elegir una u otra, dejará que la suerte, por ejemplo lanzando una moneda, decida cuál. Pero entonces la indiferencia sigue sin revelarse por esta decisión, pues el lanzamiento de una moneda ¡le ha permitido establecer una preferencia![34]

El otro intento de demostrar las clases de indiferencia se basa en la falacia de la coherencia-constancia, que hemos analizado antes. Así, Kennedy y Walsh afirman que un hombre puede revelar indiferencia si, cuando se le pide que repita sus decisiones entre A y B a lo largo del tiempo, elige cada alternativa un 50% de las veces.[35]

Si el concepto de la curva individual de indiferencia es completamente falso, es bastante evidente que el concepto de Baumol de la “curva de indiferencia comunitaria”, que pretende construir a partir de curvas individuales, merece la mínima atención posible.[36]”

Increíble pero cierto: la economía neoclásica se olvidó de la figura del emprendedor. Los austriacos la rescatan

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca)  vemos una figura olvidada en los modelos de equilibrio general, el empresario, en un artículo de Israel Kirzner que lleva ese título. Así introduce el tema:

“La función empresarial en el mercado es difícil de comprender. Lo demuestra la eliminación virtual de dicho papel en las exposiciones más recientes de las teorías de los precios, así como en los múltiples y cuidadosos intentos de autores anteriores para definir al empresario y distinguir su papel del capitalista o el empleado dirigente. Estos intentos reflejan el deseo de identificar con precisión algo cuya presencia se siente indudablemente pero que, superficialmente, sólo se presta a una definición vaga. A mi modo de ver, es posible aferrar ese elemento esquivo de la empresarialidad de una manera satisfactoria.

Además, creo que es de la mayor importancia conseguirlo para comprender el proceso del mercado. Una de las distinciones entre la teoría del mercado aquí definida y la que predomina en los textos sobre teoría de los precios hoy en día es que esta última carece de una apreciación adecuada de la naturaleza y función de la empresarialidad en el sistema del mercado.

Un esquema preliminar de mi posición sobre la naturaleza de la empresarialidad puede resultar útil. Afirmo que en toda acción humana está presente un elemento que, aunque es crucial para la actividad economizante en general, no se puede analizar en términos de economía, maximización o con criterios de eficiencia. Voy a calificar este elemento, por razones de las que daré cuenta, como elemento empresarial. Afirmo además que el papel empresarial en el mercado se puede comprender de la mejor manera por analogía con lo que he denominado elemento empresarial en la acción individual humana.

La distribución de recursos a través de las fuerzas impersonales del mercado se compara frecuentemente con la toma de decisiones del individuo. Es esto lo que da una base a la analogía que he utilizado. De la misma forma que los criterios de eficiencia, por sí mismos, no bastan para comprender la acción individual humana, dado que un factor crucial para la emergencia de una actividad individual economizante es el elemento empresarial «extraeconómico», tampoco la función distribuidora del proceso mercadológico se puede comprender únicamente en términos de la interacción de actividades individuales maximizadoras. Un mercado que conste exclusivamente de individuos que actúan economizando y maximizando no da lugar al proceso mercadológico que queremos comprender. Para que surja el proceso de mercado se requiere, además, un elemento que, en sí mismo, no resulta comprensible dentro de los limites conceptuales estrechos de la conducta economizante. Entiendo que este elemento de mercado es la empresarialidad: ésta ocupa precisamente la misma relación lógica con los elementos «economizantes» del mercado que en la acción individual corresponde a los elementos empresariales en relación con los aspectos de eficiencia en la toma de decisiones.”

Mises sobre el interés, el dinero y los ciclos económicos, con críticas a la Banking y Currency Schools.

Con los alumnos de HPE II Escuela Austriaca, en Económicas UBA, estamos viendo algunos capítulos de la obra fundamental de Mises, Acción Humana. En estos capítulos se tratan temas fundamentales como el dinero y los ciclos económicos. Pero aquí Mises comenta sobre importante y tal vez olvidada discusión en el Siglo XIX entre la “banking” y la “currency” school en Inglaterra. Aquí sobre unos errores de la segunda:

“La teoría de los ciclos económicos elaborada por la escuela monetaria inglesa (currency school) adolecía de dos defectos. En primer lugar, no advertía que era posible arbitrar crédito circulatorio no sólo mediante la creación de billetes de banco, en cuantía superior a las reservas de numerario de la entidad emisora, sino también otorgando créditos, por cifras mayores a los aludidos depósitos efectivamente recibidos mediante cuentas bancarias de las que el beneficiario puede disponer cheques o talones (diñero-talonario, moneda bancaria). No se percataba de que facilidades crediticias pagaderas a la vista pueden ser utilizadas para ampliar el crédito. Tal error resultaba en verdad de poca monta, pues no era difícil subsanarlo.

Basta, a este respecto, con aseverar que cuanto se ha dicho de la expansión crediticia es igualmente aplicable a toda ampliación del crédito por encima de lo efectivamente ahorrado por las gentes, cualquiera que sea la modalidad con arreglo a la cual el mismo se practique, resultando indiferente que los adicionales medios fiduciarios sean billetes de banco o meras cuentas deudoras a la vista. Las teorías de la escuela monetaria inspiraron aquella legislación británica dictada, cuando el aludido defecto todavía no había sido evidenciado, con miras a evitar la reaparición de los auges, hijos de la expansión crediticia, y su inexorable secuela, las depresiones. Ni la Ley de Peel de 1844 ni las normas legales que, siguiendo sus pasos, se promulgaron en otros países produjeron los efectos deseados, lo cual minó el prestigio de la doctrina monetaria. La escuela bancaria (banking school) logró así inmerecidamente triunfar.

El otro yerro de la escuela monetaria fue de mayor gravedad. Sus representantes, en efecto, se interesaron tan sólo por el problema referente a la sangría de los capitales que huían al extranjero. Ocupáronse únicamente de un caso particular, el referente a la existencia de expansión crediticia en un determinado país, mientras tal política no era practicada o lo era sólo en menor escala por los demás. Con ello, es cierto, quedaban sustancialmente explicadas las crisis británicas de comienzos del siglo pasado. Por tal camino, sin embargo, sólo se rozaba la superficie del problema. La cuestión decisiva ni siquiera era planteada. Nadie se preocupó de determinar qué consecuencias podía tener una general expansión del crédito, en modo alguno limitada a unos cuantos bancos con restringida clientela, ni tampoco de ponderar qué relación podía haber entre la cuantía de las existencias dinerarias (en sentido amplio) y la tasa de interés. Los múltiples planes ideados para, mediante reformas bancarias, reducir o incluso suprimir el interés,  despreciativamente eran ridiculizados como puros arbitrisrnos; no fueron, sin embargo, sometidos a efectiva crítica que evidenciara su inconsistencia. Quedaba tácitamente reforzada la ingenua idea de suponer el carácter neutro del dinero. Las más variadas explicaciones de las crisis cíclicas, basadas exclusivamente en el cambio directo, podían proliferar sin coto. Muchas décadas habían aún de transcurrir antes de que el hechizo se quebrara.”

Mises en Acción Humana, sobre los precios: precios de competencia y precios de monopolio.

Con los alumnos de la UBA Económicas vemos a Ludwig von Mises en “Acción Humana”, considerando el tema de los precios, su formación, la competencia en los mercados y las distorsiones de precios que pudieran existir ante la existencia de monopolios. Aquí algunos de sus comentarios:

“Suele hablarse de competencia imperfecta o monopolística cuando las mercancías ofrecidas por los diferentes productores y vendedores, si bien del mismo género, son dispares entre sí. Con arreglo a tal sistemática, la inmensa mayoría de los bienes de consumo caería en la categoría de bienes monopolizados. Lo único, sin embargo, que interesa, al abordar el problema de la determinación de los precios, es lo referente a si el vendedor se halla capacitado para explotar dicha disparidad y, mediante deliberada restricción de la oferta, incrementar sus ingresos netos. Sólo cuando ello es posible y efectivamente se practica surge el precio de monopolio diferenciable del competitivo. Tal vez el vendedor tenga una clientela tan adicta que prefiera comprar en su tienda antes que en las de la competencia, hasta el punto de no abandonarle aun cuando eleve el precio solicitado por encima del de los demás comerciantes.

Para dicho vendedor, el problema estriba en saber si el número de tales clientes llegará a ser lo suficientemente amplio como para compensar aquella reducción de ventas que la abstención de otros adquirentes inexorablemente habrá de provocar. Sólo en tal caso le resultará ventajoso sustituir el precio competitivo por el de monopolio. Gran confusión engendró torcida interpretación de eso que se denomina control de la oferta. Todo fabricante de cualquier bien participa en el control de la oferta de cuantas mercancías se ofrecen en venta. Si el interesado hubiera producido una cantidad mayor de a, habría incrementado la oferta, provocando una tendencia a la baja del precio correspondiente.

Ahora bien, la cuestión estriba en saber por qué el actor no produjo a en mayor cantidad. ¿Procuró acaso, de esta suerte, acomodar su actuación del mejor modo a los deseos de los consumidores, dejando restringida la producción de a exclusivamente a la cuantía p? O, por el contrario, ¿prefirió violentar los mandatos de los consumidores en provecho propio? No produjo más a, en el primer caso, por cuanto el fabricar a en cuantía superior a p habría supuesto detraer escasos factores de producción de otras inversiones que permitían atender necesidades más urgentemente sentidas por los consumidores; no produjo p -+- r, sino sólo p, pues dicho incremento habría reducido o incluso anulado sus ganancias, mientras todavía había otras muchas provechosas aplicaciones en que invertir el capital disponible. En el segundo supuesto, dejó de producir r porque le resultaba más ventajoso no emplear una parte de las existencias de cierto factor específico de producción, m, que monopolizaba.

Si el interesado no gozara de ese monopolio sobre m, habríale resultado imposible derivar ventaja alguna de restringir la producción de a. Sus competidores, ampliando la suya, habrían llenado el vacío, de tal suerte que no hubiera podido aquél exigir precios incrementados. Al analizar supuestos precios de monopolio resulta ineludible buscar cuál sea ese factor m monopolizado. Si no existe, resulta imposible el precio de monopolio. Condición sine qua non para la aparición de los precios de monopolio es que haya cierto bien monopolizado. Si no se detrae del mercado cantidad alguna de dicho bien m, jamás puede el empresario proceder a la sustitución de los precios competitivos por los de monopolio.

El beneficio empresarial no guarda relación alguna con los monopolios. Si al empresario le resulta posible vender a precios de monopolio, su privilegiada situación deriva de que monopoliza el factor m. La específica ganancia monopolística brota de la propiedad de m, no de las actividades típicamente empresariales del interesado. Supongamos que una avería deja a cierta localidad durante varios días sin suministro eléctrico, constriñendo a los vecinos a alumbrarse con velas. El precio de éstas se incrementa hasta $; al precio s la totalidad de las existencias se vende. Los comerciantes en velas cosechan mayores beneficios a base de vender la totalidad de su stock al precio s. Ahora bien, cabe que dichos comerciantes se confabulen y detraigan del mercado una parte de sus existencias, vendiendo el resto a un precio s + t. Mientras s es precio competitivo, s -j- / es precio de monopolio. Sólo esa diferencia entre lo ganado por los comerciantes al vender al precio s + / y lo que hubieran ingresado vendiendo a s constituye el específico beneficio monopolista. Indiferente es la fórmula que efectivamente los interesados apliquen para restringir las existencias puestas a la venta. La destrucción física de parte de las mismas constituye típica sistemática adoptada por los monopolistas. A ella, no hace mucho, recurría el gobierno brasileño quemando grandes cantidades de café. Ahora bien, el mismo efecto cabe conseguir dejando de utilizar una parte de las existencias.”

Hayek sobre la estructura de la producción y la Teoría Austriaca del Ciclo Económico: el flujo de bienes y servicios

Con los alumnos de UBA Económicas vemos a Hayek discutiendo con Keynes sobre la estructura de la producción y el Flujo de Bienes y Servicios (Libertas 37, Octubre 2002):

“La estructura de producción debe ser vista, por lo tanto, como un proceso multidimensional, en el que en todo momento los individuos trabajan para obtener un producto que será terminado a lo largo de una serie de momentos futuros, y en el cual el producto existente en cada instante de tiempo ha sido obtenido por el uso de recursos en diferentes momentos del tiempo pasado. Por supuesto que estos diferentes flujos paralelos de productos intermedios sólo se pueden distinguir conceptualmente. En la realidad se trata de un proceso continuo, no sólo a nivel horizontal sino también en su dimensión vertical. Además, en la mayoría de los casos no es posible reconocer aún el destino final de cada una de las partes del flujo. Los elementos del flujo no están marcados para su destino futuro, sino que en cada etapa del proceso de producción será la tendencia de los precios la que determinará que proporción de la producción total de un determinado bien irá en cuál o tal de las posibles direcciones. Dada la gran cantidad de productos intermedios, el tiempo y la forma en que éstos finalmente llegarán al consumidor están tan indeterminados a nivel económico como en el caso de la cantidad de factores de producción utilizados en ellos. La forma en que una unidad formada por millones de clavos, bolas de acero, hilo de lana, pedazos de goma o toneladas de carbón terminará satisfaciendo las necesidades de los consumidores está tan indeterminada como el éxito al que apuntan los esfuerzos del productor.

La cantidad y variedad de bienes a los que podemos recurrir para satisfacer nuestras necesidades inmediatas es necesariamente menor que la de aquellos bienes que podemos utilizar para satisfacer nuestras necesidades en un futuro más lejano. Es por ello que, en general, y más allá de fluctuaciones estacionales, los bienes presentes serán generalmente más caros y más escasos que los bienes que se espera estén disponibles en el futuro, pues estos representan una mayor cantidad de posibilidades. Darse tiempo, o “esperar” posibilita un crecimiento en los resultados de nuestros esfuerzos. Pero como sólo es posible “esperar” por un tiempo limitado, debemos escoger aquellas opciones para las cuales la relación entre el crecimiento en valor y la longitud del tiempo que debemos esperar para lograr dicho crecimiento sea mayor.

Este segundo aspecto del problema de la asignación de recursos se puede distinguir claramente si se ve el proceso de producción como un flujo o un “río” continuo. De la desembocadura de este río salen constantemente productos finales, que surgieron luego de numerosos procesos de transformación a partir de la utilización de los insumos iniciales. En todo momento fluyen en forma paralela muchos de estos ríos, o mejor dicho, complejos sistemas de redes fluviales, cada uno de ellos corrido un poco hacia adelante con respecto al anterior. Los productos finales de cada uno de estos flujos aparecen en momentos más o menos distantes en el futuro. Este proceso a veces se describe como si tanto para el flujo ya recorrido como para todos aquellos que fluyen actualmente y cuyos productos finales recién surgirán en el futuro, existiese al mismo tiempo otro flujo sincronizado y simultáneo. Éste representaría aquellas etapas que los productos disponibles en el presente ya pasaron, así como todos los flujos futuros que le quedan por recorrer a estos productos como bienes intermedios, antes de que el producto final llegue al consumidor. Sin embargo esta imagen, que puede ser muy útil desde ciertos puntos de vista, puede ser confusa cuando se interpreta que las fases que se corresponden entre sí en los flujos que van transcurriendo son idénticas. Este nunca puede ser el caso, ya que los flujos pasados ya prepararon el lecho para el flujo actual. Incluso cuando las condiciones externas permanecen constantes, el flujo se modificaría constantemente, ya que cada vez que pasa un flujo se modificarían las circunstancias que enfrentarán los próximos.

Lo más decisivo es que el volumen agregado de materia prima rara vez se corresponde exactamente con el volumen agregado de producción final. Esto significa que el volumen del flujo generalmente se reducirá o aumentará en cierta medida, debido a que se producen modificaciones en la demanda final y la demanda de factores primarios, en distinta medida e incluso en dirección opuesta. Es por ello que la visión usual, basada en el análisis keynesiano, que representa la relación entre demanda final y ocupación como la relación existente entre la succión ejercida desde el extremo de un caño y el flujo que se genera en el otro extremo, es muy confusa. Entre ambos extremos hay un reservorio elástico o cambiante, cuyo tamaño depende de las circunstancias, y que es dejado de lado en el análisis keynesiano.

Lord Keynes ha demostrado que no es capaz de entender esto en su comentario despectivo a la correcta afirmación de Leslie Stephens sobre “la doctrina, que tan rara vez es comprendida, que tal vez su comprensión cabal sea el mejor examen para un economista –que la demanda por bienes no es demanda de trabajo.” Keynes con seguridad no pasó esta prueba. Su visión excesivamente simplista y unidimensional de la relación entre la demanda de productos finales y el empleo es consecuencia de su falta de comprensión de los factores que afectan las distintas fases del flujo de producción y que producen, alternativamente, acumulación y desacumulación de capital a tasas cambiantes.

El sistema de producción capitalista se caracteriza por la necesidad de mantener el flujo de bienes, provisiones, herramientas e infraestructura, o aumentar el volumen de los mismos si se quiere lograr un crecimiento de la producción en el futuro. En este sentido toda producción que hace uso de las posibilidades tecnológicas disponibles es necesariamente capitalista. Esta palabra no es querida porque a la gente le molesta el hecho de que nadie tenga el poder de determinar cómo se asignará el capital disponible. Esto debe ser dejado en manos del único proceso capaz de hacerlo, el impersonal proceso de mercado. Los métodos alternativos al “capitalismo” que han sido propuestos requieren, al contrario, que el uso de todos los recursos de capital sea decido por una agencia central. Pero esta agencia carece de los medios para determinar cómo hacerlo de manera sensata. Lo que garantiza que los flujos de producción sean ordenados es que los individuos, que únicamente conocen sus circunstancias particulares y no la estructura completa a la que deben ajustarse sus actividades, continuamente modifican la composición del flujo en adaptación a los constantes cambios en las circunstancias. Es por ello que los modelos teóricos, cuyos elementos son millones de individuos con sus conocimientos y decisiones individuales, no pueden brindar ninguna base para la planificación central de estas actividades.”