Lecciones de la hiperinflación. El análisis de Mises sobre Alemania y Austria en la década de los años 1920

Thorsten Polleit es profesor en la Universidad de Bayreuth, y consultor de inversiones. Escribe un artículo en el Mises Institute sobre la hiperinflación, la demanda de dinero y las crisis, teniendo en cuenta las observaciones que hizo Mises como testigo de la hiper en Alemania y Austria en los años 1920. Interesante sobre todo para la Argentina: https://mises.org/es/library/hiperinflaci%C3%B3n-demanda-de-dinero-y-el-crack-boom

A principios de la década de los veinte, Ludwig von Mises se convirtió en testigo de la hiperinflación en Austria y Alemania, acontecimientos monetarios que causaron daños irreparables y (en el caso alemán) cataclísmicos a la civilización.

El asesoramiento político de Mises fue fundamental para ayudar a detener la hiperinflación en Austria en 1922. En sus Memorias, sin embargo, expresó la opinión de que su instrucción –detener la imprenta– era atendida demasiado tarde:

La moneda de Austria no colapsó, al igual que la de Alemania en 1923. El desmoronamiento del auge no ocurrió. Sin embargo, el país tuvo que soportar las consecuencias destructivas de la continua inflación durante muchos años. Sus sistemas bancarios, crediticios y de seguros habían sufrido heridas que ya no podían sanar, y no se podía detener el consumo de capital.1

Como señaló Mises, la hiperinflación en Alemania no se detuvo antes de la destrucción completa del reichsmark. Para ilustrar la catástrofe monetaria, se puede observar el tipo de cambio del reichsmark frente al dólar estadounidense. Antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914, alrededor de 4,2 marcos compraban un dólar estadounidense. Tan pronto como comenzó la guerra, se suspendió la convertibilidad de la marca y se emitieron marcas de papel (papiermark), en gran medida para financiar gastos relacionados con la guerra. En 1918, después del final de la Primera Guerra Mundial, 8,4 marcos compraron 1 dólar estadounidense.2 En diciembre de 1919, el marco se había depreciado a 46,8 por dólar estadounidense, y en diciembre de 1920 a 73,4 por dólar.

En julio de 1922, el dólar estadounidense costaba 670 marcos. Sin embargo, cuando las tropas francesas y belgas ocuparon Renania a principios de 1923, el tipo de cambio del marco se desplomó hasta 49.000 marcos por dólar estadounidense. El 15 de noviembre de 1923, cuando la hiperinflación alcanzó su punto máximo, la reforma monetaria hizo que 1 billón (1.000.000.000.000) de papel equivaliera a 1 marco de referencia, y como 4,2 billones de marcos de referencia cambiados por 1 dólar de EE.UU. en ese momento, 4,2 marcos de referencia equivaldrían a 1 dólar de EE.UU.3

Aumentos en la oferta de dinero

En el siglo XX hubo muchas hiperinflaciones, incluyendo China en 1949-50, Brasil en 1989-90, Argentina a finales de los ochenta y principios de los noventa, Rusia en 1992, Yugoslavia en 1994 y, más recientemente, Zimbabwe en 2006-09. Todas estas hiperinflaciones fueron el resultado directo de un sistema de dinero fiduciario sin trabas bajo control del Estado, un sistema que produce dinero de una manera que no se ajusta al mercado: la oferta monetaria se incrementa de la nada con la simple concesión de préstamos (crédito de circulación) y/o la monetización de activos por parte de los bancos.

La hiperinflación es quizás el lado más oscuro de un régimen de dinero fiduciario del Estado. Entre los principales economistas, la hiperinflación denota típicamente un período de aumentos excepcionalmente fuertes en los precios generales de bienes y servicios, lo que denota un período de erosiones excepcionalmente fuertes en el valor cambiario del dinero. Algunas personas consideran que un aumento de los precios generales del 10 por ciento mensual (lo que implica una tasa anual de aumento de los precios de alrededor del 214 por ciento) es hiperinflación; otras identifican la hiperinflación como un aumento mensual de los precios de al menos el 20 por ciento (lo que implica un aumento anual de los precios de casi el 792 por ciento).

Sin embargo, cualquier definición numérica de este tipo puede ser criticada, ya que se refiere al síntoma y no a la causa fundamental de la pérdida acelerada del poder adquisitivo del dinero. Económicamente hablando, la hiperinflación es la consecuencia inevitable de un aumento cada vez mayor de la cantidad de dinero. Y esto es exactamente lo que enseña la teoría monetaria de la Escuela austriaca de economía: De hecho, la teoría austriaca muestra que la inflación es la consecuencia lógica de un aumento de la oferta monetaria, y que la hiperinflación es el resultado lógico de unas tasas de crecimiento cada vez más altas de la oferta monetaria.

Según la escuela austriaca, el dinero está, como cualquier otro bien, sujeto a la ley irrefutablemente verdadera de la utilidad marginal decreciente. Es esta ley, implícita en el axioma de la acción humana, la que está en el corazón de la praxeología de Mises. En lo que se refiere al dinero, la ley de utilidad marginal decreciente establece que un aumento de la cantidad de dinero en una unidad adicional se clasificará inevitablemente por debajo (es decir, se valorará menos) que cualquier unidad monetaria del mismo tamaño que ya esté en posesión de un individuo. Esto se debe a que el dinero nuevo sólo puede emplearse como medio para eliminar un estado de malestar que se considera menos urgente que el menos urgente que hasta ahora se ha estado eliminando con el dinero en su poder.

La demanda de dinero

La gente tiene dinero porque el dinero tiene poder adquisitivo (que la gente desea, dado el hecho de que la incertidumbre es una categoría innegable de la acción humana), y el poder adquisitivo del dinero está determinado por la oferta y la demanda de dinero.

Si un aumento de la oferta monetaria va acompañado de un aumento igual de la demanda de dinero, los precios generales y el poder adquisitivo del dinero permanecen invariables. Sin embargo, una vez que las personas empiecen a intercambiar sus mayores tenencias de dinero por otros bienes, los precios comenzarán a subir y el poder adquisitivo del dinero disminuirá. Dicho esto, es el aumento de la oferta monetaria en relación con la demanda de dinero lo que pone de manifiesto el efecto obvio de un aumento de la oferta monetaria: el aumento de los precios.

Mises vio que la demanda de dinero juega un papel crucial en la posibilidad de que se desarrolle una hiperinflación. Si se espera que el banco central aumente la oferta de dinero en el futuro, se puede esperar que la gente frene su demanda de dinero en el presente, es decir, que renuncie cada vez más al dinero contra artículos vendibles. Esto, en igualdad de condiciones, haría subir los precios del dinero. Mises señaló que «esto continúa hasta que se alcanza el punto en el que no se esperan más cambios en el poder adquisitivo del dinero».4 El proceso de aumento de los precios se detendría una vez que las personas se hayan ajustado por completo al aumento esperado de la oferta monetaria.

¿Qué sucede, sin embargo, si la gente espera que, en el futuro, la tasa de crecimiento de la oferta monetaria aumente a tasas cada vez más altas? En este caso, la demanda de dinero, tarde o temprano, colapsaría. Tal expectativa llevaría (relativamente rápido) a un punto en el que nadie estaría dispuesto a retener dinero, ya que la gente esperaría que el dinero perdiera todo su poder adquisitivo. La gente empezaría a huir del dinero por completo. Esto es lo que Mises llamó un «crack-up boom»:

Pero si la opinión pública cree que va a continuar la creación de dinero, de tal suerte que seguirán subiendo los precios de todas las mercancías y servicios, nadie deja de adquirir cuanto puede ni de reducir al mínimo su tenencia de numerario. Ello es natural, pues los costes normales que supone la tenencia de numerario se incrementan en tales casos con las pérdidas derivadas del progresivo descenso del poder adquisitivo de la moneda. Frente a las ventajas que supone la tenencia de numerario, sus inconvenientes son tales que a nadie le interesa mantener dinero líquido. En las grandes inflaciones europeas de los años 1920-1930, este fenómeno se denominó refugio en valores reales (Flucht in die Sachwerte) o crack-up boom (Katastrophenhausse). A los economistas matemáticos les resulta difícil comprender qué relaciones causales puede haber entre el aumento de la cantidad de dinero y eso que ellos denominan «velocidad de circulación».5

Desnacionalización del dinero: Hayek y la competencia de monedas. Tema interesante para un país que ya tiene, al menos dos.

Con los alumnos de la materia Proceso Económico II vemos la propuesta de Hayek sobre la banca libre y la competencia de monedas y luego el desarrollo del Bitcoin que parece conformarse a tales ideas. Aunque vemos otros textos, en su libro “Desnacionalización del dinero” Hayek trata el tema de la política monetaria y realiza una propuesta de “competencia de monedas”, cuya discusión es apropiada en todo país, como Argentina, que tiene dos monedas al menos, el peso y el dólar. El libro fue publicado en inglés por el Institute of Economic Affairs de Londres.

Hayek5

“Si vamos a considerar seriamente la utilización de diversas valutas concurrentes para su aplicación inmediata en un área limitada, es evidentemente deseable investigar las consecuencias de la aplicación general del principio sobre el que se basa esta propuesta. En el caso de que se aboliera —dentro del territorio de un país— el uso exclusivo de una sola moneda nacional emitida por el gobierno, hallándose permitida la circulación de monedas emitidas por otros gobiernos, se plantearía la cuestión de si no sería más conveniente suprimir el monopolio gubernamental de emisión monetaria, permitiendo que la empresa privada ofreciera al público otros medios de cambio que éste pudiera preferir.

Actualmente, los problemas que plantea esta reforma tienen un carácter más teórico que los planteados por mi anterior propuesta [que las monedas de los distintos países europeos fueran aceptadas en los otros, en lugar de tener una moneda única como el euro], toda vez que esta sugerencia más extrema resulta todavía demasiado extraña al público para poder ponerse en práctica. Ni siquiera los expertos conocen suficientemente la problemática que surgiría La generalización del principio subyacente para poder hacer predicciones seguras sobre las consecuencias de dicho plan. Es evidente, sin embargo, que no es necesaria ni ventajosa la incuestionable y universalmente aceptada prerrogativa del gobierno de producir el dinero. De hecho, puede resultar perjudicial y su eliminación constituiría un gran avance, dando paso a repercusiones altamente beneficiosas. No es demasiado pronto, por tanto, para comenzar el debate. Aunque el plan no pueda ponerse en práctica mientras el público no esté mentalmente preparado y continúe aceptando sin críticas el dogma de la necesidad del privilegio gubernamental, tal circunstancia no debe ser un obstáculo para el estudio de los fascinantes problemas teóricos que plantea este proyecto.

Los economistas no han discutido la competencia entre monedas

Increíblemente, la competencia entre distintas valutas no ha sido examinada en serio hasta hace muy poco. En las publicaciones relativas al tema no se cuestiona la creencia universal de que el monopolio del gobierno en orden a la emisión monetaria es indispensable, ni tampoco se explica si esta creencia se deriva simplemente del postulado según el cual en un territorio dado sólo puede haber un tipo de moneda en circulación —lo que podía parecer una ventaja cuando se trataba de elegir entre el oro y la plata como posibles tipos de dinero—. Tampoco encontramos respuesta a la pregunta de qué sucedería si se suprimiera el monopolio y si el suministro de dinero se realizara mediante la competencia entre entidades privadas que proporcionaran distintas divisas. La mayoría de la gente piensa que la propuesta de que el dinero lo emitan empresas privadas significa que todas deben emitir el mismo (en dinero fiduciario, token money, esto equivaldría simplemente a una falsificación) en lugar de distintos tipos de dinero claramente diferenciabas por diversas denominaciones y entre los cuales el público pudiera elegir libremente.

Mises y un tema central para la Argentina de hoy: el artículo se llama «Reconstrucción Monetaria», y la necesidad de una moneda sana

Con los alumnos de Historia del Pensamiento II (Escuela Austriaca) de la Universidad de Buenos Aires, (Económicas), vemos el artículo de Mises “Reconstrucción Monetaria”, donde comienza explicando el concepto de moneda sana. ¿Qué es una moneda sana? Aunque nadie dice que no deba serlo ya nadie persigue ese objetivo, que se relaciona con libertades civiles básicas. Así comienza:

“El principio de una moneda sana que guió las doctrinas y políticas monetarias del siglo XIX fue un producto de la economía política clásica. Constituyó una parte esencial del programa liberal, tal como lo desarrolló la filosofía social del siglo XVIII y lo difundieron los partidos políticos más influyentes de Europa y América durante el siglo siguiente.

La doctrina liberal ve en la economía de mercado el mejor, inclusive el único sistema posible de organización económica de la sociedad. La propiedad privada de los factores de la producción tiende a transferir el control de ésta a manos de quienes se hallan mejor capacitados para la tarea, y, de esta suerte, a procurar a todos los miembros de la sociedad la satisfacción más completa posible de sus necesidades. Ella atribuye a los consumidores el poder de elegir a aquellos proveedores que los abastezcan más barato de los artículos que solicitan con mayor urgencia y en esa forma sujeta a los empresarios y a los propietarios de los factores productivos, es decir, a los capitalistas y terratenientes, a la soberanía del público consumidor. Ella hace que las naciones y sus ciudadanos sean libres y proporciona sustento abundante para una población cada vez más numerosa.

Como sistema de cooperación pacífica con arreglo a la división del trabajo, la economía de mercado no podría funcionar sin una institución que garantizara a sus miembros que estarán protegidos en contra de los malhechores de adentro y de los enemigos de afuera. La agresión violenta únicamente puede frustrarse mediante la resistencia y la represión armadas. La sociedad necesita un aparato defensivo, un estado, un gobierno, una fuerza policíaca. Su funcionamiento sin tropiezos ha de salvaguardarse mediante el apresto incesante a repeler a los agresores. Mas entonces surge un nuevo peligro. ¿Cómo es posible mantener bajo control a aquellos a quienes se confía la dirección del aparato gubernamental, a fin de que no volteen sus armas contra aquellos a quienes deben servir? El problema político esencial estriba en cómo impedir que los gobernantes se conviertan en déspotas y esclavicen a los ciudadanos. La defensa de la libertad individual en contra de los abusos de los gobiernos tiránicos constituye el tema esencial de la historia de la civilización occidental. El rasgo característico de occidente se encuentra en el afán de sus pueblos por ser libres, preocupación que es desconocida de los orientales. Todas las maravillosas proezas de la civilización occidental son otros tantos frutos que han crecido en el árbol de la libertad.

Es imposible asir el significado de la idea de la moneda sana si no se hace uno cargo de que se concibió como un instrumento destinado a proteger las libertades civiles contra las invasiones despóticas por parte de los gobiernos. Ideológicamente pertenece a la misma categoría que las constituciones políticas y las declaraciones de derechos. La exigencia de garantías constitucionales y de declaraciones de derechos representó una reacción contra los regímenes arbitrarios y la inobservancia por los reyes de las costumbres tradicionales. El postulado de una moneda sana se esgrimió como respuesta a la práctica de los príncipes de rebajar la ley de la moneda acuñada. Más tarde se elaboró y perfeccionó con cuidado en la época que, como resul-tado de su experiencia con la Moneda Continental de las Colonias Norteamericanas, con el papel-moneda de la Revolución Francesa y con el período de restricción en Inglaterra, había aprendido lo que un gobierno puede hacer al sistema monetario de una nación.”

Mises y la teoría cuantitativa del dinero. La critica, pero eso no quiere decir que la inflación no sea un fenómeno monetario.

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II, Escuela Austriaca, de Económicas, UBA, vemos a Mises en Acción Humana. Un capítulo que se titula “Intercambio Indirecto” y que, trata gran parte de los temas relacionados con la moneda. Mises, por supuesto, entendía que la inflación es un fenómeno monetario, pero era crítico de muchos aspectos de la llamada “teoría cuantitativa del dinero”. Aquí algunos comentarios:

Mises1

“Si tantos economistas no hubieran tan lastimosamente errado en estas materias atinentes a los problemas monetarios, aferrándose después con obcecación a sus yerros, difícilmente podrían hoy prevalecer todas esas perniciosas prácticas, inspiradas en populares doctrinas monetarias, que han desorganizado la política dineraria en casi todos los países.

Error, en este sentido, de grave trascendencia fue el de suponer constituía el dinero factor de índole neutral. Tal idea indujo a muchos a creer que el «nivel» de los precios sube y baja proporcionalmente al incremento o disminución de la cantidad de dinero en circulación. Olvidábase que jamás puede variación alguna que las existencias dineradas registren afectar a los precios de todos los bienes y servicios al mismo tiempo y en idéntica proporción. No se quería advertir que las mutaciones del poder adquisitivo del dinero forzosamente han de ser función de cambios sufridos por las relaciones entre compradores y vendedores. Con miras a demostrar la procedencia de esa idea según la cual la cantidad de dinero existente y los precios proporcionalmente han de aumentar o disminuir siempre, adoptóse, al abordar la teoría del dinero, una sistemática totalmente distinta a la que la moderna economía emplea para dilucidar todos los demás problemas. En vez de comenzar examinando, como la cataláctica invariablemente hace, las actuaciones individuales, pretendióse estudiar el tema analizando la economía de mercado en su total conjunto. Ello obligaba a manejar conceptos como la cantidad total de dinero existente en la economía; el volumen comercial, es decir, el equivalente monetario de todas las transacciones de mercancías y servicios practicados en la economía-, la velocidad media de circulación de la unidad monetaria; el nivel de precios, en fin.

Tales arbitrios aparentemente hacían aceptable la doctrina del nivel de precios. Ese modo de razonar, sin embargo, meramente supone lucubrar en típico círculo vicioso. La ecuación de intercambio, en efecto, presupone la propia doctrina del nivel de precios que pretende demostrar. No es más que una expresión matemática de aquella —insostenible’— tesis según la cual existe uniforme proporcionalidad entre los precios y las variaciones cuantitativas del dinero.

Al examinar la ecuación de intercambio, presupónese que uno de sus elementos —la cantidad total de dinero, el volumen comercial, la velocidad de circulación— varía, sin que nadie se pregunte cuál sea la causa motivadora de tal cambio. Esas mutaciones indudablemente no aparecen, en la economía, por generación espontánea; lo que cambia en verdad es la disposición personal de los individuos que en la correspondiente economía actúan, siendo las múltiples actuaciones de tales personas lo que provoca las aludidas variaciones que la estructura de los precios registra. Los economistas matemáticos escamotean esa efectiva demanda y oferta de dinero desatada por cada una de las personas en la economía intervinientes. Recurren, en cambio, al engañoso concepto de la velocidad de la circulación basado en ideas tomadas de la mecánica.

No interesa, de momento, discutir si los economistas matemáticos tienen o no tienen razón cuando proclaman que los servicios que el dinero presta estriban, exclusivamente, o fundamentalmente al menos, en el rodar del mismo, en su circular. Aun cuando el aserto fuera cierto, no por ello dejaría de resultar ilógico pretender basar en tales servicios la capacidad adquisitiva —el precio— de la unidad monetaria. Los servicios que el agua, el whisky o el café prestan al hombre no determinan los precios que el mercado efectivamente paga por tales mercancías. Dichos servicios nos hacen comprender por qué las gentes, una vez advierten las propiedades de aquellas mercancías, demandan, en específicos casos, cantidades determinadas de las mismas. Es invariablemente la demanda, no el valor objetivo en uso, lo que determina los precios.

El banco central ruso compra oro; las criptomonedas avanzan: ¿están en retirada las monedas estatales?

Del Mises Wire:

El Bitcoin, el oro y la batalla por el dinero sólido

Doug French

Aquí en los EE.UU. los mercados financieros se están centrando en los mensajes monetarios heréticos del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, mientras que políticamente la noticia es que las dos elecciones de Trump para la junta del banco central se han salido de la carrera.

Herman «9-9-9» Cain y Stephen Moore no pudieron soportar la presión y retiraron sus nombres de la consideración, o sus nombres fueron retirados a través de twitter.  Ambos tenían mucho equipaje, pero lo que tenían en común era que, en su pasado, mencionaban el regreso al patrón oro. Eso es un no-no. Washington está lleno de delincuentes de #metoo, pero los chiflados #goldbugs no están permitidos.

Ese tipo de charla se gana la simpatía de los dos partidos a partir de una disputa seria.

Mientras tanto, Sputnik News informa que Rusia (Vlad y Elvira, el jefe del banco central de Rusia) sigue desechando dólares en favor de la antigua reliquia que tanto desprecia Washington.

Las nuevas compras continúan la tendencia establecida a principios de año, con Rusia comprando la exorbitante cantidad de 31,1 toneladas en febrero, que se suman a las 6,22 toneladas compradas un mes antes. Rusia ha comprado ya unas 55,98 toneladas de oro en los tres primeros meses de 2019, lo que la sitúa en el buen camino para igualar la compra media anual de más de 200 toneladas durante la última mitad de la década.

Uno se pregunta ¿qué traman el Sr. Putin y la Sra. Nabiullina?. Por cierto, la Sra. Nabiullina no es sólo una cara bonita, sino que fue nombrada la mejor Gobernadora de Banco Central de Europa en 2016 por la revista financiera internacional, The Banker, superando a gente como Mario Draghi.

Su compra de oro me hace pensar que ha leído The Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking.  No dejes que el título te engañe. Este libro no es de tapa a tapa una adoración a las criptomonedas y un repudio al oro que otros autores intentan meternos en la garganta.  El Dr. Ammous es en realidad un profesor de economía, y nada menos que el autor de «Cisne negro», Nassim Taleb, escribió la introducción.

El Tour de Force del profesor Ammous comienza donde debe: los orígenes del dinero, luego los metales monetarios, la toma del control del dinero por parte del Estado, la preferencia temporal, la teoría del ciclo económico austriaco, el dinero y la libertad y, por último, el dinero digital.  Para aquellos que quieren saber qué diablos es un Bitcoin, puede parecer una larga espera. Los cambios en el dinero no ocurren de la noche a la mañana. Todas sus preguntas sobre Bitcoin se responden en el Capítulo 10. Sin embargo, con una bibliografía cargada de Hoppe, Higgs, Hazlett, Mises, Raico y Rothbard, no salte adelante.

Si no se conociera el título, un lector juraría que el profesor Ammous está defendiendo el retorno al patrón oro:  No es un falso patrón oro de Bretton Woods, sino el verdadero patrón oro antes de la ICM.

El artículo completo en: https://mises.org/es/wire/el-bitcoin-el-oro-y-la-batalla-por-el-dinero-sólido

 

Carl Menger plantea una teoría sobre el origen del dinero y Robert Radford la observa en un campo de prisioneros

Con los alumnos de Proceso Económico II en la UFM, comenzamos a ver el tema del dinero y la banca. Para ello, leemos primero un clásico: del libro de Carl Menger “Elementos de Economía Política”, su capítulo “Teoría del Dinero”. Allí dice:

“En los inicios del comercio humano, cuando los hombres empezaron a adquirir poco a poco conocimiento de las ventajas económicas que podían obtener de las ocasiones de intercambio que se les presentaban, sus objetivos se dirigían, como corresponde a la simplicidad de todos los inicios culturales, sólo a lo más inmediato. Por consiguiente, los individuos únicamente tenían en cuenta, en sus intercambios, el valor de uso de los bienes y todas las operaciones se limitaban a aquellos casos en los que los bienes de que disponía un sujeto económico tenían para él menor valor de uso que los que poseía otro sujeto, mientras que para este segundo ocurría lo contrario. A posee una espada que tiene para él menos valor de uso que el arado de B, mientras que para B su arado tiene menos valor de uso que la espada de A. En aquella inicial situación económica las operaciones de intercambio se limitaban forzosamente a casos como el descrito.

Pero no es difícil comprender que, en estas circunstancias, el número de operaciones de intercambio debía ser de hecho muy reducido. Muy raras veces se da el caso de que una persona posea un bien que tiene para ella menos valor de uso que el bien que posee otra persona y que cabalmente esta segunda opine lo contrario. Y raras veces aún ocurre que lleguen a encontrarse precisamente ellas dos. A tiene una red de pescar que cambiaría gustosamente por una cantidad de cáñamo. Para que este intercambio se lleve a efecto es necesario no sólo que exista otro sujeto que esté dispuesto a cambiar el cáñamo por una red, tal como A desea, sino que se requiere además otra condición, a saber, que ambos sujetos se encuentren y que se comuniquen sus mutuos deseos. El campesino C tiene un caballo, que cambiaría con mucho gusto por algunos aperos de labranza y algunas piezas de vestido. Pero es sumamente improbable que encuentre a la persona adecuada, es decir, a la persona que necesita un caballo y que además puede y quiere dar por él precisamente todos los aperos y vestidos que desea C.

Esta dificultad sería en la práctica casi insuperable, hasta el punto de que surgirían muy graves impedimentos para el proceso evolutivo de la división del trabajo y sobre todo y también de la producción de bienes destinados a una venta incierta, si la misma naturaleza de las cosas no hubiera aportado un medio auxiliar gracias al cual, y sin que sea necesario un especial acuerdo entre los hombres y menos aún una imposición estatal, los agentes económicos de todos los lugares han establecido, con una fuerza incontestable, una situación en la que parecen totalmente eliminadas las anteriores dificultades.

La meta final de todos los esfuerzos económicos de los hombre, es la satisfacción directa de sus necesidades. En sus operaciones de intercambio buscan naturalmente este objetivo final. De ahí que intercambien sus mercancías por aquellos bienes que tienen para ellos valor de uso. Este anhelo está presente por igual en todos los niveles culturales y tienen una plena justificación económica. Los individuos económicos tendrían un comportamiento totalmente antieconómico si allí donde no pueden alcanzar este objetivo directa e inmediatamente no hicieran cuanto esta en su mano por acercarse a él poco a poco.”

Al mismo tiempo, leemos  LA ORGANIZACIÓN ECONÓMICA DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN; R.A. RADFORD (Economica, Nov. 1945):

Campo de prisioneros

La moneda-cigarrillo

“Aunque los cigarrillos presentan ciertas peculiaridades en su función de moneda, cumplían todas las funciones de una moneda metálica como unidades de cuenta, como medidas de valor y como depósito de valor, y presentaban la mayoría de sus características. Eran homogéneos, razonablemente duraderos, y del tamaño adecuado para las pequeñas transacciones, y en paquetes, también para las más grandes. Por cierto, que también podían ser «aligerados» retorciéndolos entre los dedos, de forma que caían hebras de tabaco.

Los cigarrillos se vieron también sujetos a la Ley de Gresham. Algunas marcas eran más populares que otras entre los fumadores, pero a efectos de su función como moneda, un cigarrillo era un cigarrillo. En consecuencia, los compradores usaban las peores calidades y la tienda raramente se vio en posesión de las marcas más populares: cigarrillos como los Churchman N° 1 se usaban muy poco en el comercio. Una vez, empezaron a circular cigarrillos hechos a mano con tabaco de pipa. El tabaco de pipa era distribuido por la Cruz Roja a una tasa de 25 cigarrillos la onza y esta era la tasa generalmente utilizada en los intercambios, pero con una onza se podían conseguir 30 cigarrillos de confección casera. Naturalmente la gente que poseía cigarrillos hechos a máquina, los rompía y volvía a liar el tabaco, de forma que los verdaderos cigarrillos desaparecieron prácticamente del mercado. Los cigarrillos hechos a mano no eran homogéneos y los precios no podían expresarse ya en ellos con seguridad: todo el mundo examinaba cada cigarrillo antes de aceptarlo y rechazaba los delgados o exigía uno extra como compensación. Durante algún tiempo sufrimos todas las consecuencias de una moneda depreciada.

Los cigarrillos hechos a máquina fueron siempre universalmente aceptados, tanto por lo que podían comprar como por sí mismos. Era precisamente su valor intrínseco lo que daba lugar a su principal inconveniente como moneda, una desventaja Que se da también, aunque en mucha menor escala, en el caso de la moneda metálica, es decir, el hecho de la existencia de una fuerte demanda con fines no-monetarios. En consecuencia, nuestra economía se veía sometida repetidamente a deflaciones y períodos de escasez de dinero. Mientras las entregas de la Cruz Roja de 50 ó 25 cigarrillos por individuo y semana se producían con regularidad y mientras existían stocks adecuados, la moneda-cigarrillo servía admirablemente a nuestros propósitos.

Pero cuando las entregas se interrumpían, los stocks desaparecían rápidamente, los precios caían, el comercio declinaba en volumen y se convertía cada vez más en trueque. Estas tendencias deflacionistas eran periódicamente compensadas por la repentina inyección de moneda nueva. Los paquetes privados de cigarrillos llegaban a cuentagotas a lo largo del año, pero la mayor parte llegaba cada trimestre cuando la Cruz Roja recibía su asignación de servicios de transporte. Varios cientos de miles de cigarrillos podían llegar en el espacio de una quincena. Los precios se disparaban, hasta que empezaban a bajar, primero despacio pero con creciente rapidez a medida que los stocks se agotaban, hasta que llegaba la siguiente distribución importante. La mayor parte de nuestros problemas económicos se podían atribuir a esta fundamental inestabilidad.”

Nuevo libro de Hoover Press editado por John B. Taylor, conocido por la famosa ‘Taylor rule’, actual presidente de la Mont Pelerin Society

En su nuevo libro de Hoover Press, Currencies, Capital and Central Bank Balances, los economistas John B. Taylor, John H. Cochrane y otros expertos abordan los grandes debates que afectan a la política monetaria estadounidense y mundial.

Basándose en una conferencia de 2018 con ese nombre, la Institución Hoover reúne a destacados académicos y creadores de políticas monetarias para compartir ideas sobre cuestiones urgentes que enfrentan los bancos centrales en la actualidad. Con discusiones en profundidad que cubren el tamaño del balance de la Reserva Federal, el papel del gobierno en alentar o restringir los flujos de capital, la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y muchas otras preguntas de política apremiantes, examinan desarrollos de investigación relevantes y argumentan opciones para reforma.

Los colaboradores incluyen Adrien Auclert, Rafael Bostic, Sebastian Edwards, Peter R. Fisher, Esther L. George, Gita Gopinath, Oleg Itskhoki, Robert S. Kaplan, Mickey D. Levy, Lorie K. Logan, Prachi Mishra, William Nelson, Jonathan D Ostry, Monika Piazzesi, Charles I. Plosser, Randal K. Quarles, Raghuram Rajan, Thomas J. Sargent, Martin Schneider, George P. Shultz, John B. Taylor, Paul Tucker, Kevin Warsh y John C. Williams.

Problemas en la política monetaria

Dos temas relacionados invaden los debates sobre política monetaria en los bancos centrales individuales y la reforma del sistema monetario y financiero internacional: la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y el uso de la política de balance por parte de los bancos centrales. Las cuestiones clave son si la gestión del flujo de capital es adecuada para hacer frente a la volatilidad y si el balance del banco central debería reducirse a un nivel en el que las tasas de interés estén determinadas por el mercado. Estas cuestiones están relacionadas debido al gran efecto de las operaciones del balance en los tipos de cambio y los flujos de capital.

En este libro, los principales responsables políticos y académicos examinan las políticas monetarias y financieras actuales e intentan ofrecer alternativas a la situación actual, a menudo volátil. Miran, por ejemplo, las cuestiones prácticas que deben considerarse al enmarcar las posibles reglas del juego monetario. Exploran la interacción entre los patrones de facturación comercial y la fijación de precios de los activos seguros en diferentes monedas, mostrando por qué una moneda dominante se usa tanto en la facturación comercial y en la financiación global. Debaten cómo la regulación financiera posterior a la crisis, a través de sus incentivos para el comportamiento de los bancos, puede influir en el tamaño del balance de la Reserva Federal a largo plazo. Y ofrecen alternativas a la visión institucional del FMI sobre el uso de los controles de capital.

Con numerosos debates en profundidad sobre la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y el uso de la política de balance por parte de los bancos centrales, exploran desarrollos de investigación relevantes y debaten opciones de políticas para ofrecer una variedad de alternativas únicas y creativas a las opiniones prevalecientes.

http://www.hooverpress.org/Currencies-Capital-and-Central-Bank-Balances-P1004.aspx

Hace 410 años Juan de Mariana hacía referencia a dos problemas actuales: los impuestos y el envilecimiento de la moneda

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I de Económicas, UBA, vemos a Juan de Mariana sobre la moneda, “Tratado y discurso sobre la moneda de vellón (1609)”. Algunos párrafos sobre el poder de cobrar impuestos y el envilecimiento de la moneda:

Juan de Mariana

“Digo pues que es doctrina muy llana, saludable y cierta que no se pueden poner nuevos pechos (impuestos) sin la voluntad de los que representan el pueblo. Esto se prueba por lo que acabamos de decir, que si el rey no es señor do los bienes particulares, no los podrá tomar todos ni parte de ellos sino por voluntad de cuyos son. Item, si, como dicen los juristas, ninguna cosa puede el rey en perjuicio del pueblo sin su beneplácito, ni les podrá tomar parte de sus bienes sin él, como se hace por via de los pechos. Demás que ni el oficio de capitán general ni de gobernador le da esta autoridad, sino que pues de la república tiene aquellos cargos, como al principio señaló el costeamiento y rentas que le parecieron bastantes para ejercellos; así, si quiere que se las aumenten, será necesario que haga recurso al que se las dio al principio.

“El rey no puede bajar la moneda de peso ó de ley sin la voluntad del pueblo Dos cosas son aquí ciertas: la primera, que el rey puede mudar la moneda cuanto á la forma y cuños, con tal que no la empeore de como antes corria, y asi entiendo yo la opinión de los juristas que dice puede el príncipe mudar la moneda. Las casas de la moneda son del rey, y en ellas tiene libre administración, y en el capítulo Regalía, entre los otros provechos del rey, se cuenta la moneda; por lo cual, como sea sin daño de sus vasallos, podrá dar la traza que por bien tuviere. La segunda, que si aprieta alguna necesidad como de guerra ó cerco, la podrá por su voluntad abajar con dos condiciones; la una que sea por poco tiempo, cuanto durare el aprieto; la segunda, que pasado el tal aprieto, restituya los daños á los interesados. Hallábase el emperador Federico sobre Faenza un invierno; alargóse mucho el cerco, faltóle el dinero para pagar y socorrer la gente, mandó labrar moneda de cuero, de una parte su rostro, y por revés las águilas del imperio; valia cada una un escudo de oro. Claro está que para hacerlo no pudo juntar ni juntó la dieta del imperio, sino por su voluntad se ejecutó; y él cumplió enteramente, que trocó á su tiempo todas aquellas monedas en otras de oro. En Francia se sabe hubo tiempo en que se labró moneda de cuero con un clavito de plata en medio; y aun el año de 1571, en un cerco que se tuvo sobre León de Holanda, se labró moneda de papel. Refiérelo Budellio en el lib. I De Monet., cap. 1º, núm. 34. Todo esto es de Colenucio en el lib. IV de la Historia de Napóles. La dificultad es si sin estas modificaciones podrá el príncipe socorrerse con abajar las monedas, ó si será necesario que el pueblo venga en ello. Digo que la opinión común y cierta de juristas con Ostiense, en el título De censib. ex quibus, Inocencio y Panormitano, sobre el cap. 4º De jur. jur., es que para hacerlo es forzosa la aprobación de los interesados. Esto se deduce de lo ya dicho, porque si el príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de particulares, ni por este camino ni por otro les podrá tomar parte de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues les dan por mas lo que vale menos; y si el príncipe no puede echar pechos contra la voluntad de sus vasallos ni hacer estanques de las mercadurías, tampoco podrá hacerlo por este camino, porque todo es uno y todo es quitar á los del pueblo sus bienes por mas que se les disfrace con dar mas valor legal al metal de lo que vale en sí mismo, que son todas invenciones aparentes y doradas, pero que todas van á un mismo paradero, como se verá mas claro adelante. Y es cierto que como á un cuerpo no le pueden sacar sangre, sea á pausas, sea como quisieren, sin que se enflaquezca ó reciba daño, asi el príncipe, por mas que se desvele, no puede sacar hacienda ni interés sin daño de sus vasallos, que donde uno gana, como citan de Platón, forzosamente otro pierde.

Hayek sobre la libre competencia de monedas: un buen tema en un país que usa dos, y en mundo lleno de criptomonedas

Con los alumnos de la materia Proceso Económico II vemos la propuesta de Hayek sobre la banca libre y la competencia de monedas y luego el desarrollo del Bitcoin que parece conformarse a tales ideas. Aunque vemos otros textos, en su libro “Desnacionalización del dinero” Hayek trata el tema de la política monetaria y realiza una propuesta de “competencia de monedas”, cuya discusión es apropiada en todo país, como Argentina, que tiene dos monedas al menos, el peso y el dólar, o en Europa cuando se plantea la potencial salida de Grecia del Euro. El libro fue publicado en inglés por el Institute of Economic Affairs de Londres.

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“Si vamos a considerar seriamente la utilización de diversas valutas concurrentes para su aplicación inmediata en un área limitada, es evidentemente deseable investigar las consecuencias de la aplicación general del principio sobre el que se basa esta propuesta. En el caso de que se aboliera —dentro del territorio de un país— el uso exclusivo de una sola moneda nacional emitida por el gobierno, hallándose permitida la circulación de monedas emitidas por otros gobiernos, se plantearía la cuestión de si no sería más conveniente suprimir el monopolio gubernamental de emisión monetaria, permitiendo que la empresa privada ofreciera al público otros medios de cambio que éste pudiera preferir.

Actualmente, los problemas que plantea esta reforma tienen un carácter más teórico que los planteados por mi anterior propuesta [que las monedas de los distintos países europeos fueran aceptadas en los otros, en lugar de tener una moneda única como el euro], toda vez que esta sugerencia más extrema resulta todavía demasiado extraña al público para poder ponerse en práctica. Ni siquiera los expertos conocen suficientemente la problemática que surgiría La generalización del principio subyacente para poder hacer predicciones seguras sobre las consecuencias de dicho plan. Es evidente, sin embargo, que no es necesaria ni ventajosa la incuestionable y universalmente aceptada prerrogativa del gobierno de producir el dinero. De hecho, puede resultar perjudicial y su eliminación constituiría un gran avance, dando paso a repercusiones altamente beneficiosas. No es demasiado pronto, por tanto, para comenzar el debate. Aunque el plan no pueda ponerse en práctica mientras el público no esté mentalmente preparado y continúe aceptando sin críticas el dogma de la necesidad del privilegio gubernamental, tal circunstancia no debe ser un obstáculo para el estudio de los fascinantes problemas teóricos que plantea este proyecto.

Los economistas no han discutido la competencia entre monedas

Increíblemente, la competencia entre distintas valutas no ha sido examinada en serio hasta hace muy poco. En las publicaciones relativas al tema no se cuestiona la creencia universal de que el monopolio del gobierno en orden a la emisión monetaria es indispensable, ni tampoco se explica si esta creencia se deriva simplemente del postulado según el cual en un territorio dado sólo puede haber un tipo de moneda en circulación —lo que podía parecer una ventaja cuando se trataba de elegir entre el oro y la plata como posibles tipos de dinero—. Tampoco encontramos respuesta a la pregunta de qué sucedería si se suprimiera el monopolio y si el suministro de dinero se realizara mediante la competencia entre entidades privadas que proporcionaran distintas divisas. La mayoría de la gente piensa que la propuesta de que el dinero lo emitan empresas privadas significa que todas deben emitir el mismo (en dinero fiduciario, token money, esto equivaldría simplemente a una falsificación) en lugar de distintos tipos de dinero claramente diferenciabas por diversas denominaciones y entre los cuales el público pudiera elegir libremente.

Mises dio conferencias en Argentina, y ahora plantea un tema que tanto nos serviría tener en cuenta: ¿qué es una moneda sana?

Con los alumnos de Historia del Pensamiento II (Escuela Austriaca) de la Universidad de Buenos Aires, (Económicas), vemos el artículo de Mises “Reconstrucción Monetaria”, donde comienza explicando el concepto de moneda sana. ¿Qué es una moneda sana? Aunque nadie dice que no deba serlo ya nadie persigue ese objetivo, que se relaciona con libertades civiles básicas. Así comienza:

“El principio de una moneda sana que guió las doctrinas y políticas monetarias del siglo XIX fue un producto de la economía política clásica. Constituyó una parte esencial del programa liberal, tal como lo desarrolló la filosofía social del siglo XVIII y lo difundieron los partidos políticos más influyentes de Europa y América durante el siglo siguiente.

La doctrina liberal ve en la economía de mercado el mejor, inclusive el único sistema posible de organización económica de la sociedad. La propiedad privada de los factores de la producción tiende a transferir el control de ésta a manos de quienes se hallan mejor capacitados para la tarea, y, de esta suerte, a procurar a todos los miembros de la sociedad la satisfacción más completa posible de sus necesidades. Ella atribuye a los consumidores el poder de elegir a aquellos proveedores que los abastezcan más barato de los artículos que solicitan con mayor urgencia y en esa forma sujeta a los empresarios y a los propietarios de los factores productivos, es decir, a los capitalistas y terratenientes, a la soberanía del público consumidor. Ella hace que las naciones y sus ciudadanos sean libres y proporciona sustento abundante para una población cada vez más numerosa.

Como sistema de cooperación pacífica con arreglo a la división del trabajo, la economía de mercado no podría funcionar sin una institución que garantizara a sus miembros que estarán protegidos en contra de los malhechores de adentro y de los enemigos de afuera. La agresión violenta únicamente puede frustrarse mediante la resistencia y la represión armadas. La sociedad necesita un aparato defensivo, un estado, un gobierno, una fuerza policíaca. Su funcionamiento sin tropiezos ha de salvaguardarse mediante el apresto incesante a repeler a los agresores. Mas entonces surge un nuevo peligro. ¿Cómo es posible mantener bajo control a aquellos a quienes se confía la dirección del aparato gubernamental, a fin de que no volteen sus armas contra aquellos a quienes deben servir? El problema político esencial estriba en cómo impedir que los gobernantes se conviertan en déspotas y esclavicen a los ciudadanos. La defensa de la libertad individual en contra de los abusos de los gobiernos tiránicos constituye el tema esencial de la historia de la civilización occidental. El rasgo característico de occidente se encuentra en el afán de sus pueblos por ser libres, preocupación que es desconocida de los orientales. Todas las maravillosas proezas de la civilización occidental son otros tantos frutos que han crecido en el árbol de la libertad.

Es imposible asir el significado de la idea de la moneda sana si no se hace uno cargo de que se concibió como un instrumento destinado a proteger las libertades civiles contra las invasiones despóticas por parte de los gobiernos. Ideológicamente pertenece a la misma categoría que las constituciones políticas y las declaraciones de derechos. La exigencia de garantías constitucionales y de declaraciones de derechos representó una reacción contra los regímenes arbitrarios y la inobservancia por los reyes de las costumbres tradicionales. El postulado de una moneda sana se esgrimió como respuesta a la práctica de los príncipes de rebajar la ley de la moneda acuñada. Más tarde se elaboró y perfeccionó con cuidado en la época que, como resul-tado de su experiencia con la Moneda Continental de las Colonias Norteamericanas, con el papel-moneda de la Revolución Francesa y con el período de restricción en Inglaterra, había aprendido lo que un gobierno puede hacer al sistema monetario de una nación.”