El fin de la pobreza estaría a la vista, pero no en todo lados

https://www.dataclave.com.ar/opinion/el-fin-de-la-pobreza_a61e7529e7cc5881e5995a9c2

Ver que se extiende la pobreza en nuestro país es triste, y lo es más aún si vemos que es el camino inverso a lo que ocurre en el resto del planeta. Así es, en el mundo la pobreza no deja de caer y perfectamente podemos suponer que será eliminada en un futuro no tan lejano. Esto es lo que plantea Max Roser, quien ha desarrollado uno de los sitios más completos y útiles para encontrar todo tipo de datos, tanto sea de Covid como de lo que a uno se le ocurra. La página, bien conocida, se llama Our World in Data.  

Ahora Roser llega con un análisis sobre la pobreza global y con un mensaje, en definitiva, optimista. Desde la llegada del capitalismo y la Revolución Industrial la pobreza no ha cesado de caer y estamos cerca de eliminar la “extrema pobreza», aquella que se mide por un ingreso menor a 1,90 dólares por día. Roser toma como ejemplo el tan considerado caso de Suecia, y como casi toda su información se basa en gráficos de muy buen diseño, tomemos los que presenta en un artículo titulado The history of the end of poverty has just begun: https://ourworldindata.org/history-of-poverty-has-just-begun  

Esto es Suecia en 1820:  (ver gráfico en el link)

https://www.dataclave.com.ar/opinion/el-fin-de-la-pobreza_a61e7529e7cc5881e5995a9c2

La mayoría se encontraba en lo que hoy llamaríamos extrema pobreza. Un siglo después la situación había mejorado bastante:  (ver gráfico en el link)

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Hoy Suecia no solamente ha eliminado la extrema pobreza, sino que define como pobre a quien no alcance a un ingreso de 30 dólares por día: (ver gráfico en el link)

https://www.dataclave.com.ar/opinion/el-fin-de-la-pobreza_a61e7529e7cc5881e5995a9c2

Con muy buen criterio, Roser atribuye el éxito al crecimiento económico de Suecia durante ese período, un caso similar a otros países hoy ricos, y un camino que pueden seguir todos los que promuevan, o al menos no impidan, el progreso económico. Ahora bien, si trasladamos ese umbral de la pobreza a nivel global, la mayoría de la población es pobre. Pese a su notable crecimiento, casi todos los indios y los chinos aún lo son:  (ver gráfico en el link)

https://www.dataclave.com.ar/opinion/el-fin-de-la-pobreza_a61e7529e7cc5881e5995a9c2

Pero su mensaje es positivo, esos países están siguiendo ese camino de crecimiento y si los otros lo han logrado estos también lo podrán hacer. Los verdaderos logros del capitalismo global pueden verse en la caída de todos los indicadores de pobreza:  (ver gráfico en el link)

https://www.dataclave.com.ar/opinion/el-fin-de-la-pobreza_a61e7529e7cc5881e5995a9c2

Si esa tendencia continúa, la pobreza desaparecerá. ¿Qué es necesario para que ello ocurra? Roser señala dos requisitos: el primero es mayor crecimiento económico, la economía global debería multiplicarse por cinco. Parece utópico, pero es lo que ha ocurrido en las últimas cinco décadas. El segundo, curiosamente, es la reducción de las desigualdades. Raro argumento: ¿cuál es la relación entre uno y otro? ¿por qué la reducción de la desigualdad va a reducir la pobreza?  

Lamentablemente, nada al respecto se menciona allí. Todo proceso de progreso, como lo ha documentado el premio Nobel Angus Deaton, genera primero un aumento de la desigualdad, que posteriormente se reduce. Y no debería preocuparnos, nuestra atención ha de estar con los que están más abajo, y preguntarnos si están mejorando o no. No importa si un par de startups han generado algunos nuevos billonarios, lo importante es si los de abajo están mejorando sus oportunidades y, en este caso, sus ingresos. Eso es lo que viene ocurriendo y lo que puede seguir en ese camino.  

Por otra parte, la redistribución puede ser hacia abajo, como parece ser en nuestro país. Cada nuevo gobierno busca más redistribución y cada vez hay más pobres. Igualamos para abajo. Pero eso sí, estamos obsesionados con aquellos a los que les va bien, como si fueran la causa del aumento de la pobreza de los demás. El fin de la pobreza comenzará a recorrerse cuando dejemos de odiar a la riqueza.  

Caía la preocupación por el coronavirus y subía sobre la pobreza. Seguramente vuelva a subir

Preocupaciones globales 

Los temas que más preocupan a la opinión pública, según un estudio de Ipsos ya no son el coronavirus sino la pobreza y desigualdad social (32%). Respecto al coronavirus, en noviembre había caído a su menor nivel en 18 meses. Los otros temas de preocupación son el desempleo (30%), la corrupción política y financiera (28% y el crimen y la violencia (27%). Colombia está entre los que más preocupación muestra por el desempleo (47%), y en Brasil (43%). También Colombia aparece entre los que más preocupa la corrupción (50%), que es también la principal preocupación en Perú. En cuanto al crimen y violencia, encuentra a México en el segundo lugar con 50%, pero es la principal preocupación en Chile y tuvo un aumento de 9 puntos en Argentina. Los países latinoamericanos no aparecen entre los más preocupados por el cambio climático. https://www.ipsos.com/en/what-worries-world-november-2021  

Es necesario destacar que pobreza y desigualdad no son la misma cosa, como tampoco la corrupción que pueda encontrarse en el mundo de las finanzas (que perjudica en todo caso a los accionistas de las empresas involucradas) o en el de la política (que nos perjudica a todos).

Desarrollo humano, felicidad y pobreza: ¿nos preocupa la pobreza o la desigualdad?

Con los alumnos de la UBA Derecho, vemos los capítulos 14 y 16 relacionados con el desarrollo humano, la felicidad y la pobreza.

La definición del Diccionario de la Real Academia Española sobre “pobreza” no es muy lograda. Son estas cinco acepciones:

  1. Cualidad de pobre
  2. Falta, escasez
  3. Dejación voluntaria de todo lo que se posee, y de todo lo que el amor propio puede juzgar necesario, de la hacen voto público los religiosos el día de su profesión.
  4. Escaso haber de la gente pobre
  5. Falta de magnanimidad, de gallardía, de nobleza de ánimo.

 

Descartemos para el enfoque de este trabajo las alternativas 3 y 5 y nos quedan definiciones asociadas con la escasez. Esto es desafortunado porque la escasez existe en este mundo para todos, aún los más ricos, aunque más no sea la limitación que impone el tiempo. Es necesario, entonces, definir esa escasez más estrechamente: ¿escasez de qué en particular?

El tema no es menor, porque la definición de pobreza ha cambiado en el tiempo, y es ahora básicamente diferente en los países desarrollados de los que no lo están. En los primeros se ha extendido una visión de pobreza “relativa” que los condena a nunca superarla ya que más bien se trata de la diferencia entre los más ricos y los más pobres sin importar el nivel de vida de estos últimos (Niemietz, 2011). En los países pobres o en desarrollo se mantiene la definición como la falta de acceso a ciertos bienes y servicios que se consideran esenciales. Ésta no es una canasta fija, esas necesidades básicas van cambiando, no son las mismas ahora que las de hace cincuenta años pero hay algunas que lo eran antes y lo son también hoy. Entre ellas se encuentran bienes y servicios para la atención de la salud y la previsión para el futuro. Si bien qué se incluye en cada uno de ellos ha cambiado las necesidades siguen presentes, y lo que queremos ver aquí es que cualquiera que fueran en su momento, cuál era el mecanismo por medio del cual eran provistas.

Los pobres de entonces cubrían los riesgos resultantes de problemas de salud y previsión a través de un mecanismo comunitario, de seguro social, conocido como “socorro mutuo”. Estas organizaciones son definidas como: “toda organización formal de entrada y salida libre, producto de una decisión de un grupo inicial de individuos de asociarse de manera duradera para compartir o hacer juntos determinadas actividades, de acuerdo a reglas que ellos mismos se dan o a las que adhieren expresamente” (Di Stefano et al, 2002, p. 16). Nótese la importancia de la libertad asociada a la libre entrada y salida y al nacimiento voluntario de estas organizaciones. En un país de inmigrantes, los recién llegados se asociaron principalmente según sus colectividades nacionales para compartir los riesgos que pueden provenir de la pobreza: la falta de trabajo, salud, educación, vivienda. La legislación, además, libera a este tipo de organizaciones de la formal aprobación estatal, siendo ahora necesario solamente su constitución formal y su registro. Los gobiernos liberales de entonces favorecieron este tipo de asociaciones como un elemento esencial para el desarrollo de la sociedad civil y el fortalecimiento del espíritu republicano. Era el espíritu que transmitiera a la Constitución Nacional de 1853 quien fuera su principal inspirador, Juan Bautista Alberdi[1].

[1] “Observaré entretanto, para acabar de hablar del gasto público que no todo él consiste en el gasto con que la sociedad satisface sus necesidades de orden público por conducto del gobierno, sino también en el que hace ella directa e inmediatamente, por la mano de sus habitantes, en la mejora, comodidad y perfeccionamiento de sus ciudades, en el socorro y alivio de las clases desgraciadas, y en fin en todo ese orden de servicios que la sociedad se hace a sí misma, sin el intermedio de la autoridad, en el sentido de su prosperidad más rápida y completa. A este gasto pertenecen las calles, los empedrados, las calzadas, los caminos, puentes, desagües, mejoras locales, monumentos, socorros públicos y eventuales, que se hacen por suscripciones voluntarias levantadas en el vecindario” (Alberdi, [1854] 1993, p. 355).

Pobreza sin paternalismo, y cómo la gente hacía frente a las necesidades y los riesgos de encontrarse en ella

La ayuda mutua

 

La definición del Diccionario de la Real Academia Española sobre “pobreza” no es muy lograda. Son estas cinco acepciones:

  1. Cualidad de pobre
  2. Falta, escasez
  3. Dejación voluntaria de todo lo que se posee, y de todo lo que el amor propio puede juzgar necesario, de la hacen voto público los religiosos el día de su profesión.
  4. Escaso haber de la gente pobre
  5. Falta de magnanimidad, de gallardía, de nobleza de ánimo.

 

Descartemos para el enfoque de este trabajo las alternativas 3 y 5 y nos quedan definiciones asociadas con la escasez. Esto es desafortunado porque la escasez existe en este mundo para todos, aún los más ricos, aunque más no sea la limitación que impone el tiempo. Es necesario, entonces, definir esa escasez más estrechamente: ¿escasez de qué en particular?

El tema no es menor, porque la definición de pobreza ha cambiado en el tiempo, y es ahora básicamente diferente en los países desarrollados de los que no lo están. En los primeros se ha extendido una visión de pobreza “relativa” que los condena a nunca superarla ya que más bien se trata de la diferencia entre los más ricos y los más pobres sin importar el nivel de vida de estos últimos (Niemietz, 2011). En los países pobres o en desarrollo se mantiene la definición como la falta de acceso a ciertos bienes y servicios que se consideran esenciales. Ésta no es una canasta fija, esas necesidades básicas van cambiando, no son las mismas ahora que las de hace cincuenta años pero hay algunas que lo eran antes y lo son también hoy. Entre ellas se encuentran bienes y servicios para la atención de la salud y la previsión para el futuro. Si bien qué se incluye en cada uno de ellos ha cambiado las necesidades siguen presentes, y lo que queremos ver aquí es que cualquiera que fueran en su momento, cuál era el mecanismo por medio del cual eran provistas.

Los pobres de entonces cubrían los riesgos resultantes de problemas de salud y previsión a través de un mecanismo comunitario, de seguro social, conocido como “socorro mutuo”. Estas organizaciones son definidas como: “toda organización formal de entrada y salida libre, producto de una decisión de un grupo inicial de individuos de asociarse de manera duradera para compartir o hacer juntos determinadas actividades, de acuerdo a reglas que ellos mismos se dan o a las que adhieren expresamente” (Di Stefano et al, 2002, p. 16). Nótese la importancia de la libertad asociada a la libre entrada y salida y al nacimiento voluntario de estas organizaciones. En un país de inmigrantes, los recién llegados se asociaron principalmente según sus colectividades nacionales para compartir los riesgos que pueden provenir de la pobreza: la falta de trabajo, salud, educación, vivienda. La legislación, además, libera a este tipo de organizaciones de la formal aprobación estatal, siendo ahora necesario solamente su constitución formal y su registro. Los gobiernos liberales de entonces favorecieron este tipo de asociaciones como un elemento esencial para el desarrollo de la sociedad civil y el fortalecimiento del espíritu republicano. Era el espíritu que transmitiera a la Constitución Nacional de 1853 quien fuera su principal inspirador, Juan Bautista Alberdi[1].

[1] “Observaré entretanto, para acabar de hablar del gasto público que no todo él consiste en el gasto con que la sociedad satisface sus necesidades de orden público por conducto del gobierno, sino también en el que hace ella directa e inmediatamente, por la mano de sus habitantes, en la mejora, comodidad y perfeccionamiento de sus ciudades, en el socorro y alivio de las clases desgraciadas, y en fin en todo ese orden de servicios que la sociedad se hace a sí misma, sin el intermedio de la autoridad, en el sentido de su prosperidad más rápida y completa. A este gasto pertenecen las calles, los empedrados, las calzadas, los caminos, puentes, desagües, mejoras locales, monumentos, socorros públicos y eventuales, que se hacen por suscripciones voluntarias levantadas en el vecindario” (Alberdi, [1854] 1993, p. 355).

continuará

Al fin la globalización no aparece como culpable: reducción de la pobreza mundial y distribución del ingreso

Fue una agradable sorpresa encontrar en La Nación un artículo de Juan J. Llach titulado “La globalización no tiene la culpa”: http://www.lanacion.com.ar/1993365-la-globalizacion-no-tiene-la-culpa

Digo esto porque el último que recuerdo del autor (puede que hubo otros entretanto) es uno alabando a Piketty. Éste, en cierta forma, revierte los argumentos del otro, aunque no del todo, como veremos. Entre los mejores párrafos:

“La globalización está en el banquillo y, con más pasiones que razones, se discuten sus resultados. Se sigue repitiendo, erróneamente, que crece la brecha entre países ricos y pobres. El nivel de vida de los países más avanzados era en 1990 casi ocho veces el de los emergentes y hoy es menos de tres veces. Los otrora países «en desarrollo» generan ya casi el 60% del producto mundial anual. Esto se debe sobre todo a Asia, con China a la cabeza. Pero desde la crisis de 2008 también el África subsahariana y, algo menos, América latina han crecido más que los avanzados. Entre éstos hay grandes diferencias. Corea creció desde la crisis 25%, Italia cayó 8% y Grecia, 30%. Lo mismo se ve dentro de cada país, como los contrastes entre el ahora famoso «cinturón oxidado» y California.

Las personas disconformes con esta etapa global en Europa y en Estados Unidos ven una realidad amenazante. Asiáticos y africanos perciben, en cambio, mejoras. Pese a que en sus continentes vive el 95% de los 705 millones de personas en pobreza extrema, hace un cuarto de siglo eran 1850 millones los afectados por este flagelo y representaban un 35% de la población mundial, contra menos del 10% hoy. En forma paralela, ha habido allí aumentos muy significativos en la esperanza de vida o en la escolarización y fuertes caídas de la mortalidad infantil. El rápido crecimiento de muchos países pobres desde 1990, en especial China, hizo caer la desigualdad de la distribución del ingreso mundial, y la cantidad de personas de clase media se ha duplicado de 1500 a 3000 millones en este siglo.”

Impecable. Aunque tras esto presenta una preocupación por la distribución del ingreso:

“Al mismo tiempo, la desigualdad aumentó en muchos países, y en casi todos los desarrollados, con el agravante de una enorme concentración del ingreso en el 1% más rico -que se apropia del 15% o más del ingreso nacional- y aun en el 0,1% más rico. En fin, es tan cierto que el mundo de hoy tiene una pobreza inaceptable y una enorme desigualdad de ingresos y riquezas como que nunca bajaron tanto la pobreza y la desigualdad globales como en los últimos 25 años (el sitio https://ourworldindata.org/ es muy informativo de lo dicho hasta aquí). El análisis objetivo invita mucho más a los matices que a los juicios en blanco y negro, pero éstos son los que prevalecen.”

Según los propios datos citados la cantidad de personas en pobreza extrema se redujo en más de mil millones, y mejoran todos los índices. En todo caso, uno podría decir que le gustaría que el ingreso fuera distribuido de otra forma, pero no plantear esto como un problema. Está claro que incluso el aumento de la desigualdad no es la causa de la pobreza, porque según el artículo una sube y la otra baja (aunque también está en discusión que esto ocurra).

Para debatir esto habría que presentar cuál sería el criterio para decir que una distribución es mejor que otra. El artículo no lo dice, pero pareciera sugerir que una más igualitaria sería mejor. Al presentar tal argumentación sería bueno refutar a Robert Nozick (Anarquía, Estados y Utopía), cuando señala que al evaluar una determinada distribución del ingreso habría que considerar no el resultado (si es más igual o menos igual), sino el proceso. Si el proceso por el cual se generó es “justo” la distribución también lo es, aunque sea desigual. ¿Cuál sería el argumento en favor de una distribución más igual?

Un profesor se la juega ante lo ‘políticamente correcto’ y propone, con Deaton, no demonizar al capitalismo

No sé qué pasa pero estoy encontrando este fin de año varios artículos muy buenos en La Nación. Ahora quiero destacar uno de Lori Zanatta, profesor de la Universidad de Bologna, titulado “Reducir la desigualdad sin demonizar al capitalismo”: http://www.lanacion.com.ar/1969015-reducir-la-desigualdad-sin-demonizar-el-capitalismo

Como siempre, uno puede discutir algún argumento, pero es interesante que el profesor se anime a una opinión tan “políticamente incorrecta” en estos tiempos. Comenta en el artículo el trabajo de Angus Deaton, premio Nobel en Economía en 2015, a quien también he comentado y citado varias veces en este blog. He aquí algunos párrafos de este artículo:

“Se habla mucho, por milésima vez en la historia, de la decadencia de Occidente y de su «modelo», pero la economía capitalista reina hoy donde fue aborrecida: desde Rusia hasta China, pasando por ese Tercer Mundo que tanto la combatió creyendo así emanciparse. De hecho, aquellos que tanto denostaron la civilización occidental, de ella tomaron precisamente el mercado, rechazando lo que en Occidente suele templar sus efectos y garantizar las libertades: la filosofía liberal, la democracia política. La pregunta es: ¿por qué esta conversión, inimaginable en la época de Stalin, Mao, Ho Chi Minh? La respuesta es cruda: porque sus ideologías igualitarias no tuvieron éxito; y no sólo en crear bienestar. Tampoco aseguraron igualdad. Pensemos en Cuba: en los 60, Fidel Castro apostó a que el socialismo transformaría Cuba en el país más rico e igualitario del mundo; consta en sus discursos. Llegado a La Habana en 1970, Ernesto Cardenal quedó encantado: aquí son todos pobres, ¡reina el evangelio! Pobres sí, padre, y mucho -le confiaron los jóvenes católicos- pero no todos; los dirigentes eran ya una nueva clase de mandarines.”

Por todas estas razones, me pregunté por qué había tenido tan poco eco, en comparación con el auge de Picketty, la concesión del Nobel de Economía en 2015 a Angus Deaton, estudioso de ese mismo tema: la desigualdad en el mundo. Así que decidí estudiarlo y terminé leyendo a varios autores. Por ejemplo, al llegar al final de un brillante estudio sobre la dramática desigualdad en la distribución mundial de la riqueza escrito años atrás por Branko Milanovic, economista del Banco Mundial, caí en un pasaje atrevido: era motivo de esperanza, se leía, la subida al poder de líderes como Kirchner y Chávez, prueba que América latina, concluía, era «la única región del mundo que experimenta políticas nuevas y alternativas». Sobre ese juicio yace una lápida y sería de mal gusto ironizar. Pero pensé: qué buenos son ciertos economistas para captar los problemas, y qué ingenuos para entender sus causas y soluciones.

No es el caso de Angus Deaton. Tras preguntarse por qué el nivel medio de vida entre países ricos y pobres no converge como ciertas teorías dicen que debería, contestó: «La mejor respuesta es que los países pobres carecen de instituciones apropiadas, de burocracia capaz, de una justicia que funcione, de un sistema tributario eficiente, de protección efectiva de los derechos de propiedad y de una tradición de confianza mutua». Más que económico, es un problema político e institucional, lo que hace más complejo, no más simple, el problema de la desigualdad. De ser así, y no dudo que lo sea, los relatos redentivos que alimentan el victimismo de los países pobres al descargar sobre los países ricos la culpa de su pobreza, pierden mucho de su sentido. Los ricos tienen sus responsabilidades, pero esto no exime a los países pobres de las suyas.

En su crudeza, Deaton echa también por tierra muchos mitos apocalípticos en boga hoy en día: por regla general, observa, el hombre no nace rico y se convierte en pobre porque alguien le roba, sino que nace pobre y sólo en los últimos siglos ha empezado a liberarse de la pobreza, la enfermedad, la inseguridad. Nos afligen la pobreza y las enfermedades en el mundo; pero no hay que olvidar los enormes progresos que se han realizado desde que la economía de mercado se ha difundido. No por casualidad Deaton habla del gran escape de la pobreza; un gran escape que, como el de la famosa película, no tiene éxito para todos al mismo modo y al mismo tiempo. El progreso y la desigualdad son dos caras de la misma moneda, fenómenos que se persiguen y alimentan entre ellos. Reducir las desigualdades es un deber; demonizarlas es inútil, incluso perjudicial si del mito de la igualdad se sirvieran, como muchas veces se sirven, regímenes políticos que perpetúan las malas instituciones y, por tanto, la pobreza.

Invitado al Vaticano, Deaton desafió la impopularidad: respecto al pasado, dijo, «estamos más sanos y ricos, los derechos de la mujer están más protegidos, las minorías son menos discriminadas, las democracias son más generalizadas, la vida media es más larga, la mortalidad infantil ha caído en picada». Esto sin importar lo que pensemos de la globalización y el capitalismo. Es cierto, agregó, «hay guerras, migraciones» y hay que enfrentarlas; pero sin «destruir lo que hemos logrado», cerrar lo que hemos abierto. Una cosa, suele decir, es no retirar la escalera para que otros puedan subirse a ella en el gran escape de la pobreza; para esto sirven instituciones eficientes e incluyentes. Otra cosa muy distinta es unirse al coro anticapitalista que se eleva una vez más en el mundo: no gracias, dice Deaton renunciando así al papel de estrella mundial que merecería más que otros.”

Apertura comercial y consecuencias distributivas: la diferencia entre desigualdad de ingresos y pobreza

Con los alumnos de UCEMA, vemos el Informe sobre el comercio mundial de la OMC 2008, que presenta un completo análisis de las teorías del comercio internacional, y en la sección E considera las consecuencias distributivas del comercio.

Por supuesto que todo cambio en el comercio internacional genera consecuencias distributivas, si un país se abre algunos van a ganar otros van a perder respecto a su situación anterior; si un país se cierra lo mismo. En definitiva, todo cambio en la economía tiene su impacto en la distribución del ingreso. ¿Con qué criterio vamos a evaluar si alguno de esos cambios son positivos o negativos y para quién?

Por supuesto que este es un tema enorme que nos lleva desde el campo de la economía hacia el de la filosofía moral. El informe de la OMC no trata este tema, aunque debería. En principio presenta ciertas teorías “descriptivas” de los efectos redistributivos. Las primeras consideraron los efectos de la apertura comercial tomando en cuenta el diferente impacto entre trabajadores muy cualificados y poco cualificados pero las teorías más modernas, que ya no analizan las ventajas comparativas entre “países” y ni siquiera entre industrias, sino entre empresas.

Dice así: “Según este método clásico quienes se benefician y quienes se perjudican a corto plazo de la reforma del comercio dependerá del sector de empleo. La “novísima” teoría del comercio impugna esa predicción. Según esta teoría, los sectores que sean exportadores e importadores netos se caracterizarán por la existencia de empresas de gran productividad en expansión y de empresas de baja productividad que se contraen. En consecuencia, según esta teoría, la reforma del comercio impulsará la creación y la destrucción de empleos en todos los sectores. Para los responsables de las políticas, esto significa que habrá una considerable redistribución de empleos en cada sector. Este puede ser un dato positivo, pues se considera en general que para los trabajadores es más difícil trasladarse de un sector a otro que una empresa otra dentro de un mismo sector.”

Ahora bien, el estudio, al igual que gran parte de los analistas de estos temas, cae en el error de considerar a la desigualdad y la pobreza como lo mismo. Por ejemplo: “La primera cuestión es la relación entre comercio y desigualdad en los países en desarrollo. Al principio se pensaba que el comercio conduciría a una disminución de la desigualdad en esos países. Esto era algo positivo, ya que contribuiría a reducir la pobreza por medio de dos mecanismos: su efecto positivo en el crecimiento y su efecto favorable en la distribución de los ingresos. Sin embargo, los estudios empíricos han demostrado que la reforma del comercio no siempre ha puesto en marcha el segundo de estos mecanismos.”

Este es un gran error. Un proceso de crecimiento económico acelerado puede inicialmente aumentar las desigualdades y al mismo tiempo reducir la pobreza. Tal es el caso de China luego de tres décadas de apertura económica y comercial. Hay cientos de millonarios ahora en ese país, las diferencias se han ampliado, antes eran todos pobres (salvo los jerarcas del Partido, por supuesto). Pero los pobres están mucho mejor que antes, pese al aumento de la desigualdad. Antes de las reformas el PBI per cápita no superaba los 150 dólares!. Hoy es de 9.800 según el FMI y $11.900 según el Banco Mundial!!!

Acciones voluntarias contra la pobreza y las diferencias de ingresos: ¿la pobreza o la desigualdad?

Del Capítulo 16:

En verdad, pobreza y desigualdad de ingresos son dos cosas muy distintas. La primera se relaciona con la falta de ciertos recursos básicos para la vida; la segunda tiene que ver con un análisis comparativo entre lo que tienen unos y lo que tienen otros. La importancia de esta diferencia no es menor, ya que debemos preguntarnos qué es lo que nos preocupa: si la pobreza o la diferencia de ingresos.

La pobreza se está reduciendo y esta reducción ha sido enorme en los últimos años. La brecha entre ricos y pobres también se ha reducido (Chotikapanich et al 2007; Sala-i-Martin 2002), aunque su medición a nivel global es muy complicada. Asimismo, la medición de los ingresos no refleja el fenómeno en toda su magnitud. Los pobres tienen hoy acceso a bienes que no podían imaginar los ricos de hace doscientos años, pero además la diferencia de calidad entre lo que compran los ricos y lo que compran los pobres se ha reducido. Por ejemplo: los ricos compran más productos alimenticios y de mayor calidad, pero en muchos casos son de la misma calidad de los que compran los pobres, algo que no sucedía entonces.

Otro ejemplo: podría darse el caso de que aumente la diferencia de ingresos, pero la situación de los más pobres también será mejor. Es más: esto es lo que suele ocurrir al inicio de un proceso de crecimiento económico acelerado. En este caso, vamos a suponer dos individuos representativos, de los cuales uno es pobre y el otro rico. Veamos:

SITUACIÓN A (ingreso anual) García: USD50,000 Pérez: USD5,000

SITUACIÓN B (ingreso anual) García: USD250,000 Pérez: USD15,000

La brecha ha aumentado notablemente: García multiplicó sus ingresos por cinco, mientras Pérez lo hizo por tres. Pero lo cierto es que Pérez está mejor. Es más: está mucho mejor. Vamos a suponer aquí que —dado que los individuos somos distintos y tenemos atributos diferentes— la diferencia de ingresos es inevitable y que lo que nos preocupa es la situación de los que están peor. No obstante, en el ámbito de las políticas públicas, se proponen políticas de “redistribución”, más preocupadas por la diferencia de los ingresos, y en algunos casos estas políticas terminan empeorando la situación de los más pobres. Mientras esas políticas terminen frenando el crecimiento económico y desalentando la inversión, perjudicarán a los más pobres: quizá se termine con una sociedad más igualitaria, pero en la que todos son más pobres. Lo ilustraremos con la siguiente situación:

SITUACIÓN C (ingreso anual) García: USD20,000 Pérez: USD4,000

Nos encontramos además con el problema de que, una vez se ha creado el aparato redistribuidor, este redistribuye para cualquier parte. Lo imaginamos como distribuyendo a lo “Robin Hood”, pero también puede redistribuir a lo “Hood Robin”, o en diagonal, dentro de un mismo grupo de unos a otros; en definitiva, en cualquier dirección. En medio de todo este proceso, el Estado no deja de crecer.

Tullock (2004) sostiene que en el ámbito de la democracia mayoritaria podríamos encontrar una coalición dominante del 51% de los votantes con menores ingresos, que decidiría redistribuir en su favor los ingresos del 49% restante. Pero, si suponemos que el 10 o 20% de la población son los pobres, esto hace que los pobres sean solo el 20 o el 40% de los miembros de la coalición dominante aproximadamente. Con esos porcentajes no pueden controlar esa coalición, por lo que los miembros de mayores ingresos dentro de ella terminarán recibiendo también ingresos redistribuidos, e incluso hasta puede ocurrir que reciban más. Pensemos, por ejemplo, en el 2% de más altos ingresos en la coalición dominante. Para los miembros del 49% minoritario, que pierden ingresos con la redistribución, resulta conveniente ofrecer a esos miembros mayores beneficios, convencerlos así de que se sumen al 49% y generar una nueva coalición mayoritaria. Esto sería más barato para el 49%. Para que esto no suceda y la coalición del 51% se mantenga, hay que ofrecerle a esos individuos un trato suficientemente atractivo como para que se pasen de lado, con lo que terminan recibiendo un trato tal vez superior al de los más pobres.

Pero los ricos podrían hacer algo que sería incluso menos costoso para ellos, y es no ya tentar al 2% más rico entre la coalición mayoritaria para que cambie de lado, sino a un porcentaje de los más pobres. Según Tullock, esta coalición es difícil de encontrar, porque los pobres creen que sus intereses son claramente incompatibles con los de los más ricos, pero no lo ven así con los que se encuentran entre el 20 y el 51% en términos de la escala de ingresos.

Sin embargo, Tullock sostiene que lo que se observa en la realidad es que las transferencias se realizan entre grupos que no se definen por su nivel de ingresos, sino por su nivel de organización y poder. Así, por ejemplo, agricultores subsidiados en Estados Unidos, Europa o Japón, estudiantes universitarios, intelectuales, artistas, industriales nacionales o sindicalistas están entre los principales receptores de transferencias, pero no son los más pobres. Si esto es así, y siendo que los pobres no se encuentran muchas veces bien organizados, no podemos esperar que la redistribución los termine beneficiando[1].

No obstante esto, ¿por qué la gente sigue prefiriendo la redistribución a través de la política y el Estado? La respuesta sería que no es lo mismo sacar la billetera y aportar $100 que votar por una opción por la que todos reciban un impuesto de $100. El costo de la primera opción es directamente $100, pero el costo de la segunda es también $100, descontada mi estimación de la influencia que pueda tener en el resultado final, como vimos ya en el capítulo 4. Es decir: este segundo acto satisface también mi preocupación respecto a hacer algo por los pobres, pero a un costo mucho menor.

[1]. “Casi todas las discusiones estándar sobre la redistribución asumen que es normalmente de ricos a pobres. Algo de esto hay, pero es un fenómeno trivial comparado con la redistribución que se produce dentro de la clase media”. (Tullock 2004, p. 270).

 

Calidad institucional y desarrollo humano: ¿igualdad de oportunidades o más oportunidades para todos?

Del Cap 14 del libro:

Entre las muchas cosas que nuestras sociedades modernas demandan de sus gobernantes están las que se resumen en la “igualdad de oportunidades”. No obstante, a poco que pensemos sobre ello, nos daremos cuenta de que, en su sentido literal, la misma es difícil —si no imposible— de alcanzar. El conocimiento se encuentra inevitablemente disperso, lo mismo que los talentos, las capacidades y los recursos. Somos diferentes y es muy probable que obtengamos resultados diferentes, pero eso no quiere decir que no sea importante tener las oportunidades para mejorar nuestra situación, incluso aunque no todos podamos tener las mismas.

Es más: si efectivamente lográramos tener un gobierno que alcanzara el objetivo de la igualdad absoluta de oportunidades, lo más probable es que fuera uno que eliminaría todo vestigio de libertad individual y el respeto por muchos de los derechos que ahora también exigimos que esos mismos gobiernos respeten y garanticen. Tenemos distintas preferencias y nos proponemos alcanzar distintos fines en nuestra vida: es ese un tipo de conocimiento que sería inútil esperar que el gobierno pueda otorgárnoslo.

La función del gobierno entonces no puede ser garantizarnos ciertos resultados particulares a cada uno de nosotros, sino generar ciertas condiciones generales en las que tengamos “más” oportunidades para perseguir, y eventualmente alcanzar cualesquiera de nuestros objetivos particulares. O lo que es lo mismo: se trata de mantener dicho orden, formado por un marco de normas, tanto formales como informales, que, en buena medida, tampoco el gobierno mismo ha generado, sino que resulta de largos procesos evolutivos.

Son esos los llamados “marcos institucionales” que aquí estamos tomando en consideración, y decimos que uno es mejor que otro cuando permite una mayor coordinación de las acciones de los individuos, permitiéndoles así acceder a un mayor número de oportunidades.

Precisamente una de las conclusiones a las que se puede llegar solamente con observar qué países ocupan las últimas posiciones del Índice de Calidad Institucional —por ejemplo, Myanmar, Corea del Norte y Turkmenistán, o Haití, Venezuela y Cuba, en América— es que se trata de países con gobiernos que se han fijado como supuesto objetivo dicha igualdad, o que no parecen contar con un marco institucional en absoluto, y sus ciudadanos están sometidos a los abusos de grupos organizados que utilizan el poder en beneficio de “sus” propias oportunidades.

Si bien es cierto que las circunstancias de cada país cambian a diario también lo es que los organismos ejecutivos y legislativos emiten un gran número de normas, los “marcos institucionales” cambian lentamente. Es verdad que ciertas normas “formales” pueden modificarse, pero las pautas de conducta necesariamente evolucionan despacio.

Aunque fuera deseable, es utópico suponer que puede existir la igualdad de oportunidades. Los individuos somos diferentes: tenemos distintas preferencias, talentos, gustos y capacidades. Pero si la estricta igualdad es imposible, la existencia de mayor cantidad y calidad de oportunidades no lo es.

El desarrollo humano se alcanza, en definitiva, cuando se tienen mayores y mejores oportunidades. Esto puede medirse, y así lo hace PNUD, tomando en cuenta indicadores de esperanza de vida, alfabetización e ingresos.

Los países que alcanzan mayores niveles de desarrollo humano según este indicador, también son los que mejor califican en términos de calidad institucional; lo contrario ocurre con quienes ocupan las últimas posiciones. Algunos países, sin embargo, parecen desafiar esta relación. Pero si relacionamos las mejoras en desarrollo humano con la calidad institucional, observamos que los países con mejor calidad relativa presentan mejoras superiores en desarrollo humano.

No obstante, ¿cómo es la relación entre uno y otro? ¿Determina la calidad institucional el nivel de desarrollo humano o viceversa? Distintos métodos señalan en dirección a una relación causal entre la primera y el segundo: por un lado, las deducciones de la teoría económica; por otro, la confirmación mediante regresiones; por último, la evidencia histórica.

La ausencia de instituciones —en concreto los derechos de propiedad— castiga en particular a los más pobres, pues así no pueden acceder a los mercados formales ni aprovechar el escaso capital de que disponen.

Angus Deaton: la ayuda internacional contra la pobreza socava el crecimiento y la democracia

Angus Deaton, el último premio Nobel de Economía, no es ningún libertario, pero tiene algunas opiniones notables. Por ejemplo, respecto a la ayuda internacional para combatir la pobreza dice, en su libro “The Great Escape”:

Deaton

“Uno de los hechos sorprendentes sobre la pobreza global es cuán poco haría falta para eliminarla, si pudiéramos mágicamente transferir dinero a las cuentas bancarias de los pobres del mundo. En 2008, había unos 800 millones de personas en el mundo viviendo con menos de un dólar al día. En promedio, a cada una de estas personas les falta 0,28 centavos por día; su gasto promedio diario es de 72 centavos en lugar de un dólar, que los sacaría de la pobreza. Podríamos cubrir lo que falta con menos de 220 millones de dólares por día; esto es, 28 centavos por 800 millones. Si los Estados Unidos quisieran hacer eso ahora, cada norteamericano, tendría que pagar 75 centavos por día, o un dólar si eximiéramos a los niños. Podríamos reducir esto a 50 centavos por persona por día si se sumaran los adultos de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón. Aún esto es más de lo que se necesitaría. Casi todos los pobres del mundo viven en países donde los alimentos, la vivienda y otras cosas básicas son más baratas que en los países ricos; un dólar gastado en India compra casi el equivalente de 2,5 dólares de las cosas que los pobres necesitan. Tomando esto en cuenta, tenemos la notable conclusión que la pobreza del mundo podría ser eliminada si cada norteamericano adulto donara 30 centavos por día, o si pudiéramos construir una coalición de todos los que quisieran en GB, Francia, Alemania y Japón, para poner cada uno 15 centavos por día. …

Este es un ejemplo de la visión ‘hidráulica’ de la ayuda internacional: si bombeamos agua en un lado, debe salir del otro extremo. Resolver la pobreza mundial y salvar las vidas de niños es visto como un problema de ingeniería, como arreglar las tuberías o un auto roto.

Pero el problema central de la ayuda internacional es éste: cuando las “condiciones para el desarrollo” están presentes, no se necesita ayuda. Cuando las condiciones locales son hostiles al desarrollo, la ayuda no es útil y hará daño si termina perpetuando esas condiciones. Las agencias internacionales de desarrollo se encuentran siempre en esta situación: la ayuda es efectiva solamente donde menos se la necesita, pero los donantes insisten en ayuda efectiva para los que más la necesitan…Si la pobreza no es el resultado de la falta de recursos u oportunidades, sino de pobres instituciones, mal gobierno y política tóxica, dar dinero a los países pobres –particularmente dar dinero a los gobiernos de los países pobres- es probable que termine perpetuando y prolongando la pobreza, no eliminándola. El enfoque hidráulico de la pobreza está equivocado, y resolver el tema de la pobreza no es como arreglar un auto o como sacar a un niño que se está ahogando en un estanque. …

Para entender cómo funciona la ayuda es necesario estudiar la relación entre ésta y la política. Las instituciones políticas y legales cumplen un papel central en establecer un entorno que pueda nutrir la prosperidad y el crecimiento económico. La ayuda extranjera, especialmente cuando es mucha, afecta el funcionamiento de las instituciones y su cambio. Muchas veces la política ha ahoga al crecimiento económico, y aun en el mundo anterior a la ayuda, había buenos y malos sistemas políticos. Pero el influjo de grandes cantidades de ayuda puede cambiar la política local para mal y minar las instituciones que promueven el crecimiento a largo plazo. La ayuda también socava la democracia y la participación cívica, una pérdida directa que se agrega al deterioro del crecimiento económico.”