Mientras miramos con angustia lo que pasa en Venezuela cada día, otra crisis se desarrolla en América Latina, la de Nicaragua

Son muy interesantes los informes que publica el programa UFM Market Trends. Aquí van las conclusiones de uno sobre Nicaragua, por Jorge Eduardo García:

 

Este 2019 es sensato esperar una reducción más acelerada de la economía, cayendo incluso más del 10%. La posibilidad de quiebras bancarias continúa al alza si los retiros continúan o aumentan drásticamente. También es factible una devaluación pronunciada o un “corralito” que limite la disponibilidad de moneda extranjera de las personas y empresas. Lo peor de todo es que la situación política es el verdadero causante de los males, y no parece que vaya a cambiar en el corto plazo. Según The Economist, no se esperan elecciones anticipadas a menos que las condiciones políticas se deterioren drásticamente ya que Ortega cuenta con el respaldo del ejército.

 

Las empresas no solo deben lidiar con menos ventas, menores operaciones, precios internacionales bajos de materias primas y falta de acceso a financiamiento, sino ahora también con mayores impuestos y costos laborales más altos. La incertidumbre que el régimen orteguista introdujo en la economía, la crisis que gestó y el descalabro económico que está sufriendo el pequeño país centroamericano es muestra del tremendo daño que el autoritarismo causa a las economías débiles institucionalmente. Según FUNIDES las empresas ya empiezan a tener escasez de insumos, el crédito escasea o es muy caro, los proveedores no quieren dar muchos días de crédito por el riesgo cambiario y la actividad económica de servicios cae drásticamente al no haber gastos de las empresas primarias o secundarias.

 

No se sabe cuántos años le podría tomar a Nicaragua para recuperarse de este golpe, pero cada día que Ortega sigue en el poder alargará ese periodo. Si Maduro, con una crisis más dura, ha podido soportar las sanciones internacionales a Venezuela, Ortega parece tener posibilidades de seguir aferrado al poder. A modelo de espejo, Siria y Venezuela reflejan casos de regímenes autoritarios causantes de severas crisis que mantienen el poder al controlar las instituciones del Estado con el apoyo incondicional del ejército. Pero, a menos que Nicaragua quiera seguir el tortuoso camino que han recorrido esas dos naciones, debe cambiar su cúpula gobernante o todo esfuerzo será en vano.

 

https://trends.ufm.edu/articulo/la-crisis-olvidada/

El argumento moral en favor de la redistribución no va a ser derrotado por uno basado en la eficiencia

Al evaluar un clásico como La Ética de la Redistribución, de Bertrand de Jouvenel, Garreth Bloor, plantea el típico escenario donde el argumento de la eficiencia siempre pierde: se enfrenta con un juicio moral, y así debería responderle.

Algunos párrafos:

“El debate sobre la redistribución a menudo depende de argumentos sobre la eficiencia; sus oponentes destacan el éxito de los procesos de mercado y los fallos de los sistemas controlados por comandos. En contraste, los partidarios del estado redistributivo usualmente promueven los argumentos sobre la moralidad.

Hace setenta años, el caso de Bertrand De Jouvenel contra la redistribución centrada en el estado, dictado en dos conferencias de 1949 en la Universidad de Cambridge y reeditado por el Liberty Fund en 1990 como La ética de la redistribución, fue un caso moral contra la redistribución. De Jouvenel mantiene un enfoque en la ética y el florecimiento humano, y sugiere que si bien la economía revela verdades de la existencia humana, siempre permanece subordinada a la vida moral del hombre.

De Jouvenel invoca una posición relevante sobre la moralidad en torno a los procesos del mercado. Fue uno de los 36 académicos en la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin organizada por F. A. Hayek, aunque su trabajo ha recibido menos atención que muchos otros en los años subsiguientes, ya que los puntos de vista morales fueron suplantados por argumentos utilitarios para el capitalismo contemporáneo.

Al hacer un caso moral para las economías abiertas, la ética de la redistribución no es menos relevante que en 1949.

Al colocar al florecimiento humano en el centro de la economía, De Jouvenel afirma una sociedad en la que tanto la libertad como la virtud son fundamentales. Los compromisos con la libertad económica requieren que el estado usurpe el papel de la familia y las instituciones mediadoras de la sociedad civil.”

El texto completo está acá: https://www.lawliberty.org/liberty-classic/revisiting-de-jouvenel-ethics-of-redistribution-seventy-years-on/

Cuando el camino hacia lo políticamente correcto lleva a la censura, o cerca de ella. En este caso, una obra de Mark Twain

La corrección política lleva a la censura, o cerca de ella. Interesante artículo de Greg Weiner en la página de Liberty Fund dedicada a temas de derecho y libertad. Disponible en: https://www.lawliberty.org/2019/04/03/permanence-progress-political-correctness/

 

La reciente noticia de que los legisladores de Nueva Jersey están exigiendo que Huckleberry Finn, una historia redentora de amistad interracial, sea eliminada de los planes de estudio de las escuelas públicas por razones de vulgaridad racial, nos recuerda que la corrección política es algo más que la libertad de expresión. Se trata de la división entre permanencia y progreso.

Para ver por qué, en lugar de resaltar una obra canónica de la literatura estadounidense del currículo, los legisladores de Nueva Jersey podrían considerar agregar y leer otra: la distópica historia distópica de Nathaniel Hawthorne, “El Holocausto de la Tierra”, que describe una orgía de progreso en la que todo comienza con “los periódicos de ayer”, se lanza a una hoguera y se consume.

Hawthorne narra una secuencia de intentos inútiles para lograr progreso mediante la eliminación del pasado. Los merodeadores lanzan al fuego implementos de guerra, el narrador indagando a un “viejo comandante” escéptico (note el “viejo”), “¿Se imagina que la raza humana volverá tan lejos en los pasos de su locura pasada como a?” ¿Soldar otra espada o lanzar otro cañón?

“No habrá necesidad”, responde el comandante en una locución duradera. “Cuando Caín deseaba matar a su hermano, no podía perder un arma”.

El dinero, los títulos de propiedad, los libros de filosofía, todo arde. Pero los juerguistas, aprendemos, han descuidado la antorcha de una cosa que regenerará todo el resto: “el corazón humano mismo”. Un extraño de “rostro oscuro” y ojos rojos que aparece al final de la historia se ríe: “Y, “a menos que se topen con algún método de purificación de esa caverna asquerosa, la reedición volverá a emitir todas las formas del mal y la miseria, las mismas formas antiguas o peores, que se han tomado tantos problemas para consumir en cenizas”.

El punto de Hawthorne no es simplemente que el pecado es endémico para el hombre, sino también que el frenesí por el progreso a expensas de lo que Russell Kirk, medio siglo atrás este año, llama “las cosas permanentes” se consume a sí mismo.”

Carl Menger plantea una teoría sobre el origen del dinero y Robert Radford la observa en un campo de prisioneros

Con los alumnos de Proceso Económico II en la UFM, comenzamos a ver el tema del dinero y la banca. Para ello, leemos primero un clásico: del libro de Carl Menger “Elementos de Economía Política”, su capítulo “Teoría del Dinero”. Allí dice:

“En los inicios del comercio humano, cuando los hombres empezaron a adquirir poco a poco conocimiento de las ventajas económicas que podían obtener de las ocasiones de intercambio que se les presentaban, sus objetivos se dirigían, como corresponde a la simplicidad de todos los inicios culturales, sólo a lo más inmediato. Por consiguiente, los individuos únicamente tenían en cuenta, en sus intercambios, el valor de uso de los bienes y todas las operaciones se limitaban a aquellos casos en los que los bienes de que disponía un sujeto económico tenían para él menor valor de uso que los que poseía otro sujeto, mientras que para este segundo ocurría lo contrario. A posee una espada que tiene para él menos valor de uso que el arado de B, mientras que para B su arado tiene menos valor de uso que la espada de A. En aquella inicial situación económica las operaciones de intercambio se limitaban forzosamente a casos como el descrito.

Pero no es difícil comprender que, en estas circunstancias, el número de operaciones de intercambio debía ser de hecho muy reducido. Muy raras veces se da el caso de que una persona posea un bien que tiene para ella menos valor de uso que el bien que posee otra persona y que cabalmente esta segunda opine lo contrario. Y raras veces aún ocurre que lleguen a encontrarse precisamente ellas dos. A tiene una red de pescar que cambiaría gustosamente por una cantidad de cáñamo. Para que este intercambio se lleve a efecto es necesario no sólo que exista otro sujeto que esté dispuesto a cambiar el cáñamo por una red, tal como A desea, sino que se requiere además otra condición, a saber, que ambos sujetos se encuentren y que se comuniquen sus mutuos deseos. El campesino C tiene un caballo, que cambiaría con mucho gusto por algunos aperos de labranza y algunas piezas de vestido. Pero es sumamente improbable que encuentre a la persona adecuada, es decir, a la persona que necesita un caballo y que además puede y quiere dar por él precisamente todos los aperos y vestidos que desea C.

Esta dificultad sería en la práctica casi insuperable, hasta el punto de que surgirían muy graves impedimentos para el proceso evolutivo de la división del trabajo y sobre todo y también de la producción de bienes destinados a una venta incierta, si la misma naturaleza de las cosas no hubiera aportado un medio auxiliar gracias al cual, y sin que sea necesario un especial acuerdo entre los hombres y menos aún una imposición estatal, los agentes económicos de todos los lugares han establecido, con una fuerza incontestable, una situación en la que parecen totalmente eliminadas las anteriores dificultades.

La meta final de todos los esfuerzos económicos de los hombre, es la satisfacción directa de sus necesidades. En sus operaciones de intercambio buscan naturalmente este objetivo final. De ahí que intercambien sus mercancías por aquellos bienes que tienen para ellos valor de uso. Este anhelo está presente por igual en todos los niveles culturales y tienen una plena justificación económica. Los individuos económicos tendrían un comportamiento totalmente antieconómico si allí donde no pueden alcanzar este objetivo directa e inmediatamente no hicieran cuanto esta en su mano por acercarse a él poco a poco.”

Al mismo tiempo, leemos  LA ORGANIZACIÓN ECONÓMICA DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN; R.A. RADFORD (Economica, Nov. 1945):

Campo de prisioneros

La moneda-cigarrillo

“Aunque los cigarrillos presentan ciertas peculiaridades en su función de moneda, cumplían todas las funciones de una moneda metálica como unidades de cuenta, como medidas de valor y como depósito de valor, y presentaban la mayoría de sus características. Eran homogéneos, razonablemente duraderos, y del tamaño adecuado para las pequeñas transacciones, y en paquetes, también para las más grandes. Por cierto, que también podían ser “aligerados” retorciéndolos entre los dedos, de forma que caían hebras de tabaco.

Los cigarrillos se vieron también sujetos a la Ley de Gresham. Algunas marcas eran más populares que otras entre los fumadores, pero a efectos de su función como moneda, un cigarrillo era un cigarrillo. En consecuencia, los compradores usaban las peores calidades y la tienda raramente se vio en posesión de las marcas más populares: cigarrillos como los Churchman N° 1 se usaban muy poco en el comercio. Una vez, empezaron a circular cigarrillos hechos a mano con tabaco de pipa. El tabaco de pipa era distribuido por la Cruz Roja a una tasa de 25 cigarrillos la onza y esta era la tasa generalmente utilizada en los intercambios, pero con una onza se podían conseguir 30 cigarrillos de confección casera. Naturalmente la gente que poseía cigarrillos hechos a máquina, los rompía y volvía a liar el tabaco, de forma que los verdaderos cigarrillos desaparecieron prácticamente del mercado. Los cigarrillos hechos a mano no eran homogéneos y los precios no podían expresarse ya en ellos con seguridad: todo el mundo examinaba cada cigarrillo antes de aceptarlo y rechazaba los delgados o exigía uno extra como compensación. Durante algún tiempo sufrimos todas las consecuencias de una moneda depreciada.

Los cigarrillos hechos a máquina fueron siempre universalmente aceptados, tanto por lo que podían comprar como por sí mismos. Era precisamente su valor intrínseco lo que daba lugar a su principal inconveniente como moneda, una desventaja Que se da también, aunque en mucha menor escala, en el caso de la moneda metálica, es decir, el hecho de la existencia de una fuerte demanda con fines no-monetarios. En consecuencia, nuestra economía se veía sometida repetidamente a deflaciones y períodos de escasez de dinero. Mientras las entregas de la Cruz Roja de 50 ó 25 cigarrillos por individuo y semana se producían con regularidad y mientras existían stocks adecuados, la moneda-cigarrillo servía admirablemente a nuestros propósitos.

Pero cuando las entregas se interrumpían, los stocks desaparecían rápidamente, los precios caían, el comercio declinaba en volumen y se convertía cada vez más en trueque. Estas tendencias deflacionistas eran periódicamente compensadas por la repentina inyección de moneda nueva. Los paquetes privados de cigarrillos llegaban a cuentagotas a lo largo del año, pero la mayor parte llegaba cada trimestre cuando la Cruz Roja recibía su asignación de servicios de transporte. Varios cientos de miles de cigarrillos podían llegar en el espacio de una quincena. Los precios se disparaban, hasta que empezaban a bajar, primero despacio pero con creciente rapidez a medida que los stocks se agotaban, hasta que llegaba la siguiente distribución importante. La mayor parte de nuestros problemas económicos se podían atribuir a esta fundamental inestabilidad.”

Tres razones por las que Facebook está a favor de las regulaciones de contenidos en Internet. Ninguna es novedosa

Ryan McMaken, editor del Mises Institute, analiza las razones del apoyo del dueño de Facebook a las regulaciones del contenido en Intenert:

Esto ha dicho Mark Zuckerberg:

Creo que necesitamos un papel más activo para los gobiernos y los reguladores. Al actualizar las reglas para Internet, podemos preservar lo mejor de esto: la libertad para que las personas se expresen y para que los empresarios construyan cosas nuevas, al mismo tiempo que protegen a la sociedad de daños más amplios.

 

Pero, ¿qué tipo de regulación será esta? Específicamente, Zuckerberg concluye que «necesitamos una nueva regulación en cuatro áreas: contenido perjudicial, integridad electoral, privacidad y portabilidad de datos».

 

Quiere que más países adopten versiones del Reglamento general de protección de datos de la Unión Europea.

 

No hace falta decir que cualquier persona que escuche tales palabras de Zuckerberg debe asumir de inmediato que este nuevo apoyo para la regulación está calculado para ayudar a Facebook financieramente. Después de todo, este es un hombre que mintió repetidamente a sus clientes (y al Congreso) sobre quién puede acceder a los datos personales de los usuarios y cómo se utilizarán. Es un hombre que una vez se refirió a los usuarios de Facebook como «Dumb F-cks». Facebook mintió a los clientes (no debe confundirse con los usuarios) sobre el éxito de la plataforma de video de Facebook. La idea de que Zuckerberg ahora quiere voluntariamente sacrificar parte de su propio poder y dinero con fines humanitarios es, en el mejor de los casos, muy dudosa.(Aunque los políticos como Mark Warner parecen tomarlo en serio).

 

Afortunadamente para Zuckerberg, gracias a las realidades económicas de la regulación gubernamental, puede apoyar la regulación gubernamental y enriquecerse personalmente.

Ver toda la nota: https://mises.org/es/wire/3-razones-por-las-que-zuckerberg-de-facebook-quiere-m%C3%A1s-regulaciones-gubernamentales

Nuevo libro de Hoover Press editado por John B. Taylor, conocido por la famosa ‘Taylor rule’, actual presidente de la Mont Pelerin Society

En su nuevo libro de Hoover Press, Currencies, Capital and Central Bank Balances, los economistas John B. Taylor, John H. Cochrane y otros expertos abordan los grandes debates que afectan a la política monetaria estadounidense y mundial.

Basándose en una conferencia de 2018 con ese nombre, la Institución Hoover reúne a destacados académicos y creadores de políticas monetarias para compartir ideas sobre cuestiones urgentes que enfrentan los bancos centrales en la actualidad. Con discusiones en profundidad que cubren el tamaño del balance de la Reserva Federal, el papel del gobierno en alentar o restringir los flujos de capital, la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y muchas otras preguntas de política apremiantes, examinan desarrollos de investigación relevantes y argumentan opciones para reforma.

Los colaboradores incluyen Adrien Auclert, Rafael Bostic, Sebastian Edwards, Peter R. Fisher, Esther L. George, Gita Gopinath, Oleg Itskhoki, Robert S. Kaplan, Mickey D. Levy, Lorie K. Logan, Prachi Mishra, William Nelson, Jonathan D Ostry, Monika Piazzesi, Charles I. Plosser, Randal K. Quarles, Raghuram Rajan, Thomas J. Sargent, Martin Schneider, George P. Shultz, John B. Taylor, Paul Tucker, Kevin Warsh y John C. Williams.

Problemas en la política monetaria

Dos temas relacionados invaden los debates sobre política monetaria en los bancos centrales individuales y la reforma del sistema monetario y financiero internacional: la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y el uso de la política de balance por parte de los bancos centrales. Las cuestiones clave son si la gestión del flujo de capital es adecuada para hacer frente a la volatilidad y si el balance del banco central debería reducirse a un nivel en el que las tasas de interés estén determinadas por el mercado. Estas cuestiones están relacionadas debido al gran efecto de las operaciones del balance en los tipos de cambio y los flujos de capital.

En este libro, los principales responsables políticos y académicos examinan las políticas monetarias y financieras actuales e intentan ofrecer alternativas a la situación actual, a menudo volátil. Miran, por ejemplo, las cuestiones prácticas que deben considerarse al enmarcar las posibles reglas del juego monetario. Exploran la interacción entre los patrones de facturación comercial y la fijación de precios de los activos seguros en diferentes monedas, mostrando por qué una moneda dominante se usa tanto en la facturación comercial y en la financiación global. Debaten cómo la regulación financiera posterior a la crisis, a través de sus incentivos para el comportamiento de los bancos, puede influir en el tamaño del balance de la Reserva Federal a largo plazo. Y ofrecen alternativas a la visión institucional del FMI sobre el uso de los controles de capital.

Con numerosos debates en profundidad sobre la volatilidad de los flujos de capital y los tipos de cambio, y el uso de la política de balance por parte de los bancos centrales, exploran desarrollos de investigación relevantes y debaten opciones de políticas para ofrecer una variedad de alternativas únicas y creativas a las opiniones prevalecientes.

http://www.hooverpress.org/Currencies-Capital-and-Central-Bank-Balances-P1004.aspx

En una discusión entre capitalismo y socialismo, es importante comparar resultados reales en cada caso, y teoría contra teoría

Un interesante post en el blog Bleeding Heart Libertarians, de Matt Wolinsky, plantea la importancia de discutir, realidad contra realidad, y teoría contra teoría, en la discusión entre capitalismo y socialismo. Va entero:

He aquí hay una conversación que puede haber tenido lugar una o dos veces:

Socialista: una sociedad socialista sería más justa y más justa que el capitalismo.

Capitalista: ¿En serio? ¿Qué hay de Venezuela? O Cuba? ¿O Corea del Norte?

Socialista: No, no, esas no son sociedades socialistas reales. El tipo de socialismo que tengo en mente todavía no se ha probado. Pero créeme. Va a ser increíble.

Capitalista: (rueda los ojos)

En conversaciones como esta, el “socialismo” parece funcionar como una especie de tipo ideal, cuya conveniencia no está falsificada (y probablemente infalsificable) por evidencia empírica. Es la falacia de “No hay un verdadero escocés” aplicada a los modelos de economía política.

Pero aquí hay otra conversación que puede haber ocurrido.

Capitalista: el capitalismo destruye los privilegios no ganados y les da a todos una oportunidad justa de éxito económico.

Socialista: ¿En serio? ¿Qué pasa con Solyndra? ¿Qué pasa con TARP? ¿Qué pasa con las licencias ocupacionales, los subsidios agrícolas, los aranceles de importación y los cientos de otros mecanismos legales que apoyan a los productores poderosos en contra de sus rivales más pequeños?

Capitalismo: No, no, ese tipo de políticas son incompatibles con el capitalismo. El hecho de que todas las sociedades capitalistas realmente existentes las tengan para demostrar que lo que tenemos no es realmente el capitalismo. El capitalismo real es el ideal desconocido.

 

¿Es este tipo de argumento más legítimo que el primero? Si vamos a a argumentar en contra del socialismo como un ideal político al señalar el fracaso de sus manifestaciones en el mundo real, ¿no es nuestra defensa del capitalismo como un sujeto ideal la misma respuesta?

Por supuesto, muchos libertarios creen que las fallas del mundo real del socialismo es algo así como un resultado necesario de las instituciones socialistas. El capitalismo de amigos, por otro lado, es una evitable perversión de los principios capitalistas.

Pero ¿y si no es así? ¿Y si el capitalismo de amigos no es un accidente, sino algo más parecido a la tendencia natural de los sistemas capitalistas? Eso es lo que se preguntan Mike Munger y Mario Villarreal-Díaz preguntan, y responden en el afirmativo, en un nuevo artículo en The Independent Review.

Creo que la tesis básica del artículo de Munger y Villarreal-Díaz es correcta, y me interesaría mucho escuchar lo que piensan algunos de mis colegas blogueros y comentaristas. Mis propias reacciones rápidas son que:

  1. Tenemos que comparar los sistemas del mundo real con los sistemas del mundo real, no los sistemas del mundo real con los ideales inalcanzables. La comparación importante es entre el capitalismo del mundo real y el socialismo del mundo real, y en esa medida el capitalismo del mundo real sale bastante bien, incluso si casi siempre involucra algún nivel de clientelismo. Pero, ¿tal vez el reconocimiento de que cualquier sistema capitalista realmente alcanzable involucrará al compinche debería suavizar la resistencia de los libertarios a cualquier desviación del estricto laissez-faire? Después de todo, si sabemos que hay presiones dentro de cualquier sistema capitalista existente que tiende a inclinar el campo de juego en nombre de los ricos y políticamente bien conectados, ¿es realmente defendible oponerse a cualquier forma de red de seguridad social con el argumento de que son incompatibles con un sistema puramente capitalista?
  2. El carácter importa. Parte de la razón por la cual ninguna instanciación de un sistema en el mundo real es estable es que las reglas que constituyen ese sistema siempre deben ser interpretadas y aplicadas por los seres humanos. Si las personas que administran las instituciones son corruptas, también lo serán las instituciones. Pero ni siquiera tenemos que asumir la corrupción para que este argumento funcione. Basta con que la gente ignore las consecuencias a largo plazo de sus acciones, o intente sinceramente producir un resultado más justo en un caso particular al darle el mejor giro posible a una regla, y así sucesivamente. La conclusión es que incluso si el amiguismo está en contra de las “reglas”, no lo vamos a terminar hasta que la gente de la sociedad desarrolle y aplique normas sociales sólidas contra los tipos de conductas que lo conducen. Esa es una tarea difícil, que requiere un largo proceso de educación y cambio social. Pero no es, creo, una utópica. Y es mucho más factible que el tipo de transformación radical de la naturaleza humana que Marx imaginó como necesaria para la realización del comunismo pleno.

https://bleedingheartlibertarians.com/?p=12948

¿Porqué caemos en la trampa del Estado Benefactor? Básicamente, la gente cree que no tiene costo y da muchos beneficios

 

Antony P. Mueller es alemán, pero vive en Brasil, donde es profesor de Economía. Escribe una breve nota en el Mises Wire, del Ludwig von Mises Institute, titulada: ¿porqué los países caen en la trampa del bienestar?

Aquí van traducidos los primeros párrafos:

“A las personas les gusta el estado de bienestar porque suponen que esto no tiene costo y brinda muchos beneficios. Si la gente supiera cuánto el consumo actual de beneficios sociales conlleva menos prosperidad en el futuro, la población tendrá una actitud crítica hacia el estado de bienestar y los políticos tendrán más dificultades para vender su fraude. Así como una sociedad que clasifica la seguridad por encima de la libertad pierde ambas, una sociedad que atribuye un mayor valor a los beneficios sociales que a la creación de riqueza no tiene ni riqueza ni beneficios.

 

Una perspectiva a corto plazo es intrínseca a la democracia moderna. No está dirigido por el pueblo sino por los partidos políticos. Tal sistema político promueve la redistribución de la torta y descuida que los bienes deben producirse antes de que puedan ser consumidos. Sin producción, sin embargo, no puede haber distribución. La ilusión está generalizada y se propaga por la maquinaria política de que la producción es independiente de su distribución, por lo que se podría redistribuir sin debilitar la producción. Sin embargo, cómo se distribuye el producto afecta su fabricación futura.

 

Un concepto de justicia que solo concierne a la justicia social de distribución es una contradicción en los términos. La justicia de distribución de los bienes tiene como otra cara la justicia con respecto a los esfuerzos de producción de los bienes. La justicia, entendida correctamente, tiene un aspecto distributivo y conmutativo. El desprecio del aspecto conmutativo de la justicia en favor de la justicia distributiva es injusto. Tal enfoque también es irracional, ya que la distribución es posible solo cuando hay algo que distribuir.”

El texto completo está en: https://mises.org/wire/how-countries-fall-welfare-trap

Alberdi sobre el derecho al trabajo: sinónimo de la libertad de industria, son derogatorias las normas que impiden la actividad productiva

Con los alumnos de la UBA Derecho, vemos a Juan Bautista Alberdi en Sistema Económico y Rentística sobre la libertad del trabajo:

“De cómo el derecho al trabajo, declarado por la Constitución, puede ser atacado por la ley.

El derecho al trabajo, asegurado a todo habitante de la Confederación por los artículos 14 y 20 de la Constitución, sinónimo de la libertad de industria, según las palabras mismas de la Constitución, puede ser alterado, desconocido o derogado como derecho constitucional decisivo de la riqueza argentina (porque la riqueza no tiene más fuente que el trabajo), por todas las leyes que con pretexto o con motivo de reglamentar y organizar el ejercicio del derecho al trabajo, lo restrinjan y limiten hasta volverlo estéril e improductivo.

Muchos son los modos en que la ley puede ejercer esta opresión destructora del trabajo libre, que es el único trabajo fecundo.

Son opresoras de la libertad del trabajo y contrarias a la Constitución (artículos 14 y 20) en este punto, las leyes que prohíben ciertos trabajos moralmente lícitos; las leyes que se introducen a determinar cómo deben ejecutarse tales o cuales trabajos, con intención o pretexto de mejorar los procederes industriales; las leyes proteccionistas de ciertas manufacturas con miras de favorecer lo que se llama industria nacional. Esta protección opresora se opera por prohibiciones directas o por concesiones de privilegios y exenciones dirigidas a mejorar tal fabricación o a favorecer tal fabricante.

Las leyes que exigen licencias para ejercer trabajos esencialmente industriales, consagran implícitamente la esclavitud del trabajo, porque la idea de licencia excluye la idea de libertad. Quien pide licencia para ser libre, deja por el hecho mismo de ser libre: pedir licencia, es pedir libertad; la Constitución ha dado la libertad del trabajo, precisamente para no tener que pedirla al gobierno, y para no dejar a éste la facultad de darla, que envuelve la de negarla.

Son derogatorios de la libertad del trabajo todas las leyes y decretos del estilo siguiente: Nadie podrá tener en toda la campaña de la provincia tienda, pulpería (taberna), casa de negocio o trato, sin permiso del gobierno, dice un decreto de Buenos Aires de 18 de abril de 1832.

Un Reglamento de Buenos Aires, para las carretillas del tráfico y abasto, de 7 de enero de 1822, manda que todos los cargadores compongan una sección general, bajo la inspección de un comisario de policía. – Las carretillas del tráfico y de abasto son organizadas en falange o sección, bajo la dirección de la policía política, cuyos comisarios dependen del ministro del interior. Ninguno puede ejercer el oficio de cargador, sin estar matriculado y tener la correspondiente papeleta. Para ser matriculado un cargador, debe rendir información de buenas costumbres ante el comisario de policía.

Otro decreto del gobierno local de Buenos Aires, de 17 de julio de 1823, manda que ningún peón sea conchabado para servicio alguno o faena de campo, sin una contrata formal por escrito, autorizada por el comisario de policía. Por un decreto de 8 de setiembre de ese mismo año, tales contratas deben ser impresas, según un formulario dado por el ministro de gobierno y en papel sellado o fiscal.

Tales leyes y decretos de que está lleno el régimen local de la provincia de Buenos Aires, hacen imposible el trabajo; y alejando la inmigración, contribuyen a mantener despoblado el país. ¿Qué inmigrado europeo dejará los Estados Unidos para venir a enrolarse de trabajador bajo la policía política de Buenos Aires? Exigir información de costumbres para conceder el derecho de trabajar, es condenar a los ociosos a continuar siendo ociosos; exigirla ante la policía, es hacer a ésta árbitra del pan del trabajador. Si no opina como el gobierno, pierde el derecho de trabajar y muere de hambre.

La constitución provincial de Buenos Aires (art. 164) concede la libertad de trabajo en estos términos: – “La libertad del trabajo, industria y comercio es un derecho de todo habitante del Estado, siempre que no ofenda o perjudique la moral pública”,

No hay libertad que no se vuelva ofensiva de la moral desde que degenera en licencia, es decir, desde que deja de ser libertad. La constitución de Buenos Aires no necesitaba decido. Poner esa reserva es anticipar la idea de que el trabajo, la industria, el comercio pueden ser ofensivos a la moral. Eso es manchar el trabajo con la sospecha, en vez de dignificarlo con la confianza. Presumir que el trabajo, es decir, la moral en acción, pueda ser opuesto a la moral misma, es presunción que sólo puede ocurrir en países inveterados en la ociosidad y en el horror a los nobles fastidios del trabajo.

Ninguna libertad debe ser más amplia que la libertad del trabajo, por ser la destinada a atraer la población. Las inmigraciones no se componen de capitalistas, sino de trabajadores pobres; crear dificultades al trabajo, es alejar las poblaciones pobres, que vienen buscándolo como medio de obtener la subsistencia de que carecían en el país natal abandonado.”

Es la producción la que genera la demanda de productos. Jean-Baptiste Say y una ley incomprendida (Keynes se encargó de eso)

Los alumnos de Económicas leen a Jean Baptiste Say (1767-1832), un ‘clásico’ francés quien nunca debe haber sospechado la importancia que adquiriría en la política económica del siglo XX. Seguramente han conocido la famosa “Ley de Say” presentada como “toda oferta crea su propia demanda”. Desde el punto de vista, digamos, del ‘marketing’, la frase parece absurda; nadie tiene garantizado que simplemente por ofrecer algo exista alguien que esté dispuesto a comprarlo. Pero, ¿es eso lo que dijo Say?, o ¿es eso lo que quiso decir?

La lectura es sobre el capítulo de su libro ‘Tratado de Economía Política’ donde precisamente presenta esta idea:

Jean Baptise Say, A treatise on political economy, capítulo XV “Of the demand of market for products”: http://www.econlib.org/library/Say/sayT15.html#Bk.I,Ch.XV

En castellano: http://www.eseade.edu.ar/files/Libertas/33_10_Say.pdf

“Una persona que dedique su esfuerzo a invertir en objetos de valor que tienen determinada utilidad no puede pretender que otros individuos aprecien y paguen por ese valor, a menos que dispongan de los medios para comprarlo. Ahora bien, ¿en qué consisten estos medios? Son los valores de otros productos que también son fruto de la industria, el capital y la tierra. Esto nos lleva a una conclusión que, a simple vista, puede parecer paradójica: es la producción la que genera la demanda de productos.”

“Si un comerciante dijera: “No quiero recibir otros productos a cambio de mi lana; quiero dinero”, sería sencillo convencerlo de que sus clientes no podrían pagarle en dinero si antes no lo hubieran conseguido con la venta de algún bien propio. Un agricultor podrá comprar su lana si tiene una buena cosecha. La cantidad de lana que demande dependerá de la abundancia o escasez de sus cultivos. Si la cosecha se pierde, no podrá comprar nada. Tampoco podrá el comerciante comprar lana ni maíz a menos que se las ingenie para adquirir además lana o algún otro artículo con el cual hacer la compra. El comerciante dice que sólo quiere dinero. Yo digo que en realidad no quiere dinero, sino otros bienes. De hecho, ¿para qué quiere el dinero? ¿No es acaso para comprar materias primas o mercaderías para su comercio, o provisiones para su consumo personal? Por lo tanto, lo que quiere son productos, y no dinero. La moneda de plata que se reciba a cambio de la venta de productos propios, y que se entregue en la compra de los de otras personas, cumplirá más tarde la misma función entre otras partes contratantes, y así sucesivamente. De la misma manera que un vehículo público transporta en forma consecutiva un objeto tras otro. Si no puede encontrar un comprador, ¿diría usted que es solamente por falta de un vehículo donde transportarlo? Porque, en última instancia, la moneda no es más que un agente que se emplea en la transferencia de valores. Su utilidad deriva de transferir a sus manos el valor de los bienes que un cliente suyo haya vendido previamente, con el propósito de comprarle a usted. De la misma manera, la próxima compra que usted realice transferirá a un tercero el valor de los productos que usted anteriormente haya vendido a otros. De esta manera, tanto usted como las demás personas compran los objetos que necesitan o desean con el valor de sus propios productos, transformados en dinero solamente en forma temporaria. De lo contrario, ¿cómo es posible que la cantidad de bienes que hoy se venden y se compran en Francia sea cinco o seis veces superior a la del reinado miserable de Carlos VI? ¿No es evidente que deben haberse producido cinco o seis veces más bienes, y que deben haber servido para comprarse unos a otros?”

Y aquí el párrafo que diera lugar a esa interpretación llamada “Ley de Say”. ¿Parece tan ilógico como alguien (¿quién?) lo quiso presentar?:

“Cuando un producto superabundante no tiene salida, el papel que desempeña la escasez de moneda en la obstrucción de sus ventas en tan ínfimo que los vendedores aceptarían de buen grado recibir el valor en especie para su propio consumo al precio del día: no exigirían dinero ni tendrían necesidad de hacerlo, ya que el único uso que le darían seria transformarlo inmediatamente en artículos para su propio consumo.

Esta observación puede extenderse a todos los casos donde exista una oferta de bienes o servicios en el mercado. La mayor demanda estará universalmente en los lugares donde se produzcan más valores, porque en ningún otro lugar se producen los únicos medios de compra, es decir, los valores. La moneda cumple sólo una función temporaria en este doble intercambio. Y cuando por fin se cierra la transacción, siempre se habrá intercambiado un bien por otro.

Vale la pena señalar que desde el instante mismo de su creación el producto abre un mercado para otros por el total de su propio valor. Cuando el productor le da el toque final a su producto, está ansioso por venderlo de inmediato, por miedo a que pierda valor en sus manos. De la misma manera, quiere deshacerse del dinero que recibe a cambio, ya que también el valor del dinero es perecedero. Pero la única manera de deshacerse del dinero es comprando algún otro producto. Por lo tanto, la sola creación de un producto inmediatamente abre una salida para otros.”