Calidad institucional y desarrollo humano: ¿igualdad de oportunidades o más oportunidades para todos?

Del Cap 14 del libro:

Entre las muchas cosas que nuestras sociedades modernas demandan de sus gobernantes están las que se resumen en la “igualdad de oportunidades”. No obstante, a poco que pensemos sobre ello, nos daremos cuenta de que, en su sentido literal, la misma es difícil —si no imposible— de alcanzar. El conocimiento se encuentra inevitablemente disperso, lo mismo que los talentos, las capacidades y los recursos. Somos diferentes y es muy probable que obtengamos resultados diferentes, pero eso no quiere decir que no sea importante tener las oportunidades para mejorar nuestra situación, incluso aunque no todos podamos tener las mismas.

Es más: si efectivamente lográramos tener un gobierno que alcanzara el objetivo de la igualdad absoluta de oportunidades, lo más probable es que fuera uno que eliminaría todo vestigio de libertad individual y el respeto por muchos de los derechos que ahora también exigimos que esos mismos gobiernos respeten y garanticen. Tenemos distintas preferencias y nos proponemos alcanzar distintos fines en nuestra vida: es ese un tipo de conocimiento que sería inútil esperar que el gobierno pueda otorgárnoslo.

La función del gobierno entonces no puede ser garantizarnos ciertos resultados particulares a cada uno de nosotros, sino generar ciertas condiciones generales en las que tengamos “más” oportunidades para perseguir, y eventualmente alcanzar cualesquiera de nuestros objetivos particulares. O lo que es lo mismo: se trata de mantener dicho orden, formado por un marco de normas, tanto formales como informales, que, en buena medida, tampoco el gobierno mismo ha generado, sino que resulta de largos procesos evolutivos.

Son esos los llamados “marcos institucionales” que aquí estamos tomando en consideración, y decimos que uno es mejor que otro cuando permite una mayor coordinación de las acciones de los individuos, permitiéndoles así acceder a un mayor número de oportunidades.

Precisamente una de las conclusiones a las que se puede llegar solamente con observar qué países ocupan las últimas posiciones del Índice de Calidad Institucional —por ejemplo, Myanmar, Corea del Norte y Turkmenistán, o Haití, Venezuela y Cuba, en América— es que se trata de países con gobiernos que se han fijado como supuesto objetivo dicha igualdad, o que no parecen contar con un marco institucional en absoluto, y sus ciudadanos están sometidos a los abusos de grupos organizados que utilizan el poder en beneficio de “sus” propias oportunidades.

Si bien es cierto que las circunstancias de cada país cambian a diario también lo es que los organismos ejecutivos y legislativos emiten un gran número de normas, los “marcos institucionales” cambian lentamente. Es verdad que ciertas normas “formales” pueden modificarse, pero las pautas de conducta necesariamente evolucionan despacio.

Aunque fuera deseable, es utópico suponer que puede existir la igualdad de oportunidades. Los individuos somos diferentes: tenemos distintas preferencias, talentos, gustos y capacidades. Pero si la estricta igualdad es imposible, la existencia de mayor cantidad y calidad de oportunidades no lo es.

El desarrollo humano se alcanza, en definitiva, cuando se tienen mayores y mejores oportunidades. Esto puede medirse, y así lo hace PNUD, tomando en cuenta indicadores de esperanza de vida, alfabetización e ingresos.

Los países que alcanzan mayores niveles de desarrollo humano según este indicador, también son los que mejor califican en términos de calidad institucional; lo contrario ocurre con quienes ocupan las últimas posiciones. Algunos países, sin embargo, parecen desafiar esta relación. Pero si relacionamos las mejoras en desarrollo humano con la calidad institucional, observamos que los países con mejor calidad relativa presentan mejoras superiores en desarrollo humano.

No obstante, ¿cómo es la relación entre uno y otro? ¿Determina la calidad institucional el nivel de desarrollo humano o viceversa? Distintos métodos señalan en dirección a una relación causal entre la primera y el segundo: por un lado, las deducciones de la teoría económica; por otro, la confirmación mediante regresiones; por último, la evidencia histórica.

La ausencia de instituciones —en concreto los derechos de propiedad— castiga en particular a los más pobres, pues así no pueden acceder a los mercados formales ni aprovechar el escaso capital de que disponen.

Desigualdad: ¿de ingresos, de riqueza o de consumo? El caso de España. Instituto Juan de Mariana

Muy interesante estudio de Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo sobre la desigualdad en España, publicado por el Instituto Juan de Mariana:

España es uno de los países con menor desigualdad real de Europa

Madrid, 25 de enero de 2016.-

  • La desigualdad de la riqueza en España está entre las más bajas del mundo
  • La desigualdad de la renta en nuestro país se halla en la media europea, una vez se corrigen los sesgos del indicador
  • El aumento de la desigualdad experimentado durante la crisis se debe esencialmente al desempleo, no a las diferencias salariales
  • La desigualdad del bienestar real de los españoles se ubica entre las más reducidas de Europa.

La creciente desigualdad entre los españoles se ha convertido en una de las mayores obsesiones de los partidos políticos, y en uno de los indicadores preferidos por los medios de comunicación para ilustrar las devastadoras secuelas de la crisis. La tesis socialmente más extendida es que España es uno de los países más desiguales de Europa y que esta expansiva desigualdad se debe al recorte de los salarios de las clases medias, dirigido a engrosar los sueldos de los altos directivos y los beneficios de las grandes empresas.

Sin embargo, tal como demuestra el Instituto Juan de Mariana en el informe de su nueva colección de ‘Mitos y Realidades’, La desigualdad en España: ¿Realmente es España uno de los países más desiguales de Europa?, esta narración constituye un relato tergiversado e ideologizado de la realidad social y económica de nuestro país. Y es que, al contrario de lo que suele afirmarse, una lectura pormenorizada y rigurosa de las evidencias disponibles nos indica que España se halla entre las sociedades más igualitarias del mundo.

Así, el informe redactado por Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo permite dar respuesta a los siguientes cinco mitos sobre la desigualdad en España:

Mito 1: España es uno de los países de Europa con mayor desigualdad en la riqueza.

La realidad es que España es uno de los países de Europa con menor desigualdad de riqueza. El índice Gini de riqueza (2015) para España es 0,67, uno de los menores de Europa junto con Bélgica (0,63) e Italia (0,67), y muy lejos de los países europeos con mayor desigualdad en la riqueza como son Dinamarca (0,89), Suecia (0,81), Austria (0,78) o Alemania (0,78). A las mismas conclusiones se llega si se analizan otras métricas habituales para medir la desigualdad de riqueza, como el porcentaje de riqueza en manos del 10% más rico del país o la ratio de la riqueza del 20% más rico frente al 80% menos rico. El motivo principal por el que España es uno de los países más igualitarios en riqueza es que la propiedad inmobiliaria está más extendida que en la mayoría de los países europeos.

Además, en el informe se analiza el hecho de que las mediciones habituales de distribución de la riqueza, por diversos motivos, no contabilizan algunos de los activos más importantes de la sociedad y ello introduce un importante sesgo al alza en los resultados de desigualdad. Los principales son el valor capitalizado de las pensiones públicas, el valor actual de seguros y servicios estatales (sanidad, desempleo y otras rentas o servicios) y el valor del capital humano. La contabilización de estos activos mostraría que la desigualdad en la riqueza en la realidad es sustancialmente menor de lo que las métricas muestran.

Mito 2: Determinar los niveles de desigualdad de renta es relativamente sencillo y los resultados son indiscutibles: España está a la cabeza de la desigualdad en Europa.

En materia de renta, las mediciones habituales sí parecen indicar que España se encuentra entre los países con mayor desigualdad en la distribución de la renta. Por ejemplo, el índice Gini de la renta (2013) para España es de 0,34, mayor que la media de la Unión Europea (0,31) y lejos de los países más igualitarios en renta como Suecia, Holanda o Finlandia (los tres en torno a 0,25). Sin embargo, esta medición es incompleta, pues se basa en rentas estrictamente monetarias. Si se le añade el valor de los alquileres imputados, el índice Gini de la renta de España (0,297) cae a niveles intermedios de desigualdad en el contexto europeo, comparable a los de Alemania (0,288) o Italia (0,291), e incluso inferior al de Francia (0,298). Además, de acuerdo con un estudio de la OCDE, si también incluyéramos otras rentas en especie que no se contabilizan en las mediciones, como servicios sanitarios, educativos o de vivienda social proporcionados por las Administraciones Públicas, el índice Gini para España se reduciría en torno a un 20%, una reducción en la media de la Unión Europea. La conclusión es que la desigualdad de la renta real en España, si bien no es de las menores de Europa, sí es sustancialmente menor de lo que se suele expresar una vez tenemos en cuenta rentas en especie como los alquileres imputados y servicios públicos no contabilizados. Estos matices proporcionan una visión más completa de la desigualdad real de la renta en España.

Mito 3: Los causantes principales de las desigualdades en la distribución de la renta en España son las abultadas rentas del capital y la desigualdad salarial.

Adicionalmente, el informe muestra que la principal causa de desigualdad en la renta para el caso español no son las diferencias salariales ni los rendimientos del capital, sino la extraordinariamente elevada tasa de desempleo. Por consiguiente, la forma de evitar que las desigualdades sigan aumentando es acelerando la creación de empleo y, para ello, nada mejor que aliviar los impuestos y las trabas administrativas que sufren autónomos y empresarios para generar riqueza y contratar. La solución no pasa por una mayor redistribución de la renta desde el Estado, sino por facilitar el crecimiento económico.

Mito 4: España es uno de los países de Europa con mayor desigualdad en el bienestar real de su población.

Múltiples autores afirman que la forma más adecuada de medir el bienestar real de la población no es midiendo la desigualdad de la renta sino la del consumo. El análisis de los datos de la desigualdad en el consumo arroja una conclusión clara: España se encuentra entre los países europeos con una menor desigualdad en el consumo. El índice Gini de consumo (2010) es de 0,22 para España, al nivel de Suecia o Bélgica (0,22 en ambos casos), y por debajo de países como Dinamarca (0,23), Francia (0,23), Italia (0,26) o Alemania (0,27). Similares resultados se obtienen al analizar la ratio entre el consumo del 20% de la población que más consume y el 20% que menos. Además, las métricas de consumo también omiten partidas que sesgan al alza los resultados de desigualdad, como el consumo de servicios sanitarios o educativos que la población.

Mito 5: España es uno de los países de Europa con menor movilidad social.

La realidad es que España figura como un país con una movilidad social intermedia en el contexto europeo, por encima de países como Alemania, Francia, Italia o Reino Unido, como muestran las medidas de elasticidad intergeneracional. La movilidad social hace que la desigualdad de la renta tienda a difuminarse entre generaciones. Por tanto, la desigualdad de renta de España, incluso teniendo en cuenta los matices anteriores, se diluye a un ritmo mayor que en los principales países de Europa.

En conclusión, España es uno de los países de Europa con menor desigualdad en la riqueza y en el consumo; además, es un país con una desigualdad de la renta intermedia en el contexto europeo si tenemos en cuenta el valor de los alquileres imputados y la movilidad social.

Recursos adicionales:

  • Descargar completo el informe en este enlace.
  • Descargar la nota de prensa completa en pdf.

 

Si el tema es la desigualdad, la Academia Sueca decidió por el que sabe de eso: Deaton, no Pikkety

Cuanto más avanzo en la lectura del libro “The Great Escape”, del último premio Nobel en Economía, Angus Deaton, más me parece que la Academia de Ciencias de Suecia (este premio es financiado por el Banco de Suecia, no por la Fundación Nobel como los otros), puede ser un intento de balancear el impacto que tuvo el libro de Pikkety. Es decir, si el tema en discusión a nivel global son las diferencias de ingresos, vamos a darle el premio a quien más ha estudiado el tema, y lo ha hecho más profesionalmente: Deaton.

Deaton

Deaton tiene un don: sabe analizar las estadísticas y saca todo tipo de conclusiones, todas ellas interesantes, aunque pueda uno no compartir todos sus juicios de valor. A diferencia de Piketty, Deaton no ve a las diferencias de ingresos como algo inherentemente malo (aunque puede serlo cuando son el resultado del lobby y el capitalismo de amigos). Así dice:

“Comenzando a mediados del siglo XVIII en Inglaterra, la longevidad comenzó a mejorar en todos los países del mundo. A medida que la gente escapaba de las enfermedades y la muerte temprana, los estándares de vida también comenzaban a mejorar y, en gran medida, la salud y el nivel de vida se movían en paralelo. Las ideas de la Revolución Científica y el Iluminismo produjeron eventualmente una revolución en el bienestar material, como también lo hicieron en la extensión de la vida. Estas revoluciones paralelas, impulsadas por las mismas causas finales, trajeron vidas mejores y más largas para muchos, pero también crearon un mundo de diferencias a través de lo que el economista Lant Pritchett ha memorablemente llamado “Divergencia, gran momento”. Le crecimiento económico trajo mejores estándares de vida como también una reducción de la pobreza. Es difícil medir todo esto en forma precisa pero un estudio minucioso estima que el ingreso promedio de todos los habitantes del planeta aumentó entre 7 y 8 veces entre 1820 y 1992. Al mismo tiempo, la fracción de la población mundial en extrema pobreza cayó de 84 a 24%. Este aumento sin precedentes de los estándares de vida llegó con enormes aumentos de la desigualdad de ingresos, tanto entre países como entre individuos dentro de los países. La naturaleza de la desigualdad también cambió. En el siglo XVIII, la mayor parte de la desigualdad se daba dentro de los países, entre los ricos aristócratas propietarios de tierras en un lado, y la gente común en el otro. Para el año 2000, en contraste, las mayores brechas se dan entre países, el resultado final de la gran divergencia.”

“La desigualdad puede, a veces, impulsar el crecimiento, si muestra a los demás una vía para beneficiarse con las nuevas oportunidades. Pero puede también menoscabar la mejora material e incluso extinguirla por completo. La desigualdad puede inspirar e incentivar a aquellos que quedaron atrás para alcanzar a los de adelante, generando mejores para ellos y para otros. O puede ser tan severa, y las ganancias tan concentradas en las manos de unos pocos, que el crecimiento económico se ahoga y se compromete el funcionamiento de la economía.”

Planes sociales y la relación entre los beneficios recibidos y el incentivo para conseguir un trabajo

Un tema que inevitablemente se viene en la Argentina es el de los planes sociales y si estos generan incentivos para buscar trabajo, el verdadero ‘plan’ que permite salir de la pobreza en forma digna. El Cato Institute publicó un análisis sobre este tema, comparando a los Estados Unidos y Europa, por Michael Tanner y Charles Hughes, titulado “The Work versus Welfare Trade-Off: Europe”: http://www.cato.org/publications/policy-analysis/work-versus-welfare-trade-europe

Aquí el resumen de su análisis y conclusiones:

“Si los beneficios sociales se vuelven demasiado generosos, pueden crear un importante incentivo que alienta a los receptores a depender de ellos más que a buscar empleo. En los países de la Unión Europea esos beneficios varían mucho según el país, pero en la mayoría son altos en relación a lo que una persona podría esperar obtener en un empleo con bajo sueldo o de principiante. Por ejemplo, para un padre o madre solo, con dos hijos, en 2013:

  • Los beneficios sociales en nueve países de la UE superaban los 15.000 euros (unos 18.200 dólares por año). En seis países, los beneficios superaban los 20.000 euros. Dinamarca ofrece el paquete más generoso, por un total de 31.709 euros (38.558 dólares en momentos que se publicó el trabajo).
  • En nueve países los beneficios exceden al salario mínimo.
  • Los beneficios en once países superan a la mitad del ingreso neto de alguien que gane el salario promedio en tal país, y en seis países excede el 60% del promedio neto de ingreso salarial
  • En Austria, Croacia y Dinamarca, la tasa impositiva marginal efectiva para quien deja un plan social para ir a un trabajo es casi del 100%, lo que significa que una persona no ganaría prácticamente ningún ingreso adicional por trabajar. En otros 16 países, las personas se encuentran con una tasa impositiva marginal efectiva superior al 50%.
  • Los beneficios en los Estados Unidos son similares a los de los principales estados benefactores. Excluyendo Medicaid, Estados Unidos se ubicaría décimo entre los países de la UE analizados, más generoso que Francia y algo menos que Suecia. Treinta y cinco estados ofrecen un paquete más generoso que el paquete de beneficios medio en los países europeos analizados.

Muchos países europeos han reconocido el problema y han comenzado a reformar sus sistemas  sociales para generar una mejor transición de esos planes a puestos de trabajo. De hecho, los Estados Unidos están quedando atrás de algunos países europeos en relación a estos planes.

Los países que seriamente quieren reducir la dependencia de los planes sociales y recompensar el trabajo deberían considerar fortalecer los requisitos de trabajo, estableciendo un tiempo límite en la participación en los planes, y endurecer los requisitos para calificar. Tal vez más importante, los países deberían examinar los niveles de beneficios disponibles y las tasas impositivas marginales efectivas que sus planes sociales crean, con vistas a reducir los desincentivos y alentar el trabajo.”

McCloskey: las causas que originaron y sostuvieron el crecimiento fueron éticas, no materiales

¿Qué pasó con Piketty? ¿Fue tan sólo una estrella fugaz, que apenas pudo poner en duda por un breve tiempo el avance de los mercados? ¿O lo que ya había desarrollado la teoría económica hace décadas? Dreidre McCloskey, Distinguished Professor of Economics and History en la University of Illinois at Chicago y autora del libro “Bourgeois Equality: How Ideas, Not Capital, Enriched the World”,: http://www.cato.org/policy-report/julyaugust-2015/how-piketty-misses-point  , considera que las causas del progreso tienen que ver con la adopción de ciertas normas morales:

“El problema fundamental del libro de Pikkety es que se pierde el acto principal. AL enfocarse solamente en la distribución del ingreso, se pierde el evento más sorprendente de la historia: el Gran Enriquecimiento del individuo promedio en el planeta por un factor de diez y en los países ricos por un factor de treinta. Muchos seres humanos están hoy increíblemente mejor que sus ancestros. Esto incluye una mejora gigantesca de los más pobres –tus ancestros y los míos. Al aumentar dramáticamente el tamaño de la torta, los pobres han alcanzado hasta el 90 o 95 de la sostenibilidad y dignidad, contra 10 o 5 por ciento alcanzable por medio de una redistribución sin aumentar el tamaño de la torta.

¿Qué causó el Gran Enriquecimiento? No puede explicarse por la acumulación de capital, como la misma palabra ‘capitalismo’ implica. Nuestras riquezas no resultaron de apilar ladrillo sobre ladrillo, diploma de bachiller sobre diploma de bachiller, saldo de la cuenta bancaria sobre saldo. Los ladrillos, diplomas y saldos bancarios fueron, por supuesto, necesarios. Hace falta oxígeno para que haya fuego. Pero sería poco esclarecedor explicar el incendio de Chicago en 1871 por la presencia de oxígeno en la atmósfera.

Las causas originales y sostenedoras del mundo moderno fueron, en realidad, éticas, no materiales. Fueron la adopción general  de dos ideas nuevas: la idea económica liberal de la libertad para la gente común, y la idea social democrática de su dignidad. Esto, a su vez, libró la creatividad humana de sus antiguos cepos. La destrucción creativa acumuló ideas nuevas radicalmente, como el ferrocarril destruyó creativamente el caminar o los carros a caballo, la electricidad destruyó creativamente a la iluminación con kerosene y el lavado a mano de la ropa, o las universidades destruyeron creativamente la ignorancia literaria y la baja productividad de la agricultura. EL Gran Enriquecimiento no solamente requiere de acumulación de capital o la explotación de los trabajadores sino lo que denomino el “Acuerdo Burgués”. En la lotería de la historia la idea de una libertad igualadora  y la dignidad eran un boleto ganador, y la burguesía lo tenía.

Que aun en el largo plazo quede alguna gente pobre no significa que el sistema no esté trabajando para los pobres, en tanto su condición continúe mejorando, como está ocurriendo,  y en tanto el porcentaje de los desesperadamente pobres se dirija a ser cero, como está ocurriendo. Que la gente a veces muere en hospitales no significa que la medicina debe ser reemplazada por brujos, en tanto las tasas de mortalidad caigan y en tanto estas también no caerían con los brujos.

Es un valiente libro el que ha escrito Pikkety. Pero está equivocado.”

Desigualdad en el mundo: en muchos países los pobres de hoy son mucho más ricos que sus padres

¿Qué pasó con Piketty? ¿Fue tan sólo una estrella fugaz, que apenas pudo poner en duda por un breve tiempo el avance de los mercados? ¿O lo que ya había desarrollado la teoría económica hace décadas? Dreidre McCloskey, Distinguished Professor of Economics and History en la University of Illinois at Chicago y autora del libro “Bourgeois Equality: How Ideas, Not Capital, Enriched the World”,: http://www.cato.org/policy-report/julyaugust-2015/how-piketty-misses-point  , se pregunta si la desigualdad es mala:

“En 2003, los economistas Donald Boudreaux y Mark Perry señalaron que ‘según la Oficina de Análisis Económico, el gasto familiar en cuestiones básicas de la vida moderna –alimentos, automóviles, vestimenta y calzado, muebles y equipos, y vivienda y servicios- ha caído desde el 53% del ingreso disponible en 1950 a 44% en 1970 y a 32% hoy.

El economista Steven Horwitz resume los datos sobre las horas de trabajo requeridas para comprar una TV color o un auto, y destaca que ‘estos datos no capturan… el cambio en la calidad… La TV en tenía a lo sumo 23 pulgadas, con pobre resolución, probablemente sin control remoto, débil sonido, y generalmente muy distinto a su sucesor del 2013. Alcanzar las 100.000 millas en un auto de los años 1970s era una causa de celebración. No alcanzarlas hoy sería una causa para pensar que se ha comprado un mal auto.”. Observa que ‘considerando distintos datos sobre consumo, de los informes de la Oficina del Censo, respecto a lo que poseen los pobres en sus casas con el tiempo requerido para comprar una variedad de bienes de consumo, deja en claro que los norteamericanos viven hoy mejor que nunca antes. De hecho,  los norteamericanos pobres viven hoy mejor, según estas comparaciones, de lo que vivían sus contrapartes de la clase media en los años 1970s.”

El politólogo e intelectual público Robert Reich sostiene que, no obstante, debemos estar alarmados por la desigualdad más que dedicando todas nuestras energías a mejorar la condición absoluta de los pobres: “Una mayor desigualdad siempre daña la movilidad ascendente”, dice. Horwitz resume los resultados de un estudio de Julia Isaacs sobre le movilidad individual desde 1969 a 2005: “82% de los niños del 20% más pobre tenían ingresos reales más altos en el año 2000 de los que sus padres tenían en 1969. El ingreso real medio de los niños pobres de 1969 era el doble del de sus padres.” No hay dudas que los hijos y nietos de los refugiados por la sequía de los años 1930s, por ejemplo, están mucho mejor que sus padres y abuelos. John Steinbeck lo relató en Las uvas de la ira, sus momentos más terribles. Pocos años después, los de Oklahoma encontraron empleos en las industrias bélicas, y muchos de sus hijos fueron luego a la universidad. Algunos incluso llegaron a ser profesores universitarios que piensan que los pobres son cada vez más pobres.”

McCloskey a Pikkety: la desigualdad no es mala y la pobreza está cayendo en el mundo, del 26% al 5%

¿Qué pasó con Piketty? ¿Fue tan sólo una estrella fugaz, que apenas pudo poner en duda por un breve tiempo el avance de los mercados? ¿O lo que ya había desarrollado la teoría económica hace décadas? Dreidre McCloskey, Distinguished Professor of Economics and History en la University of Illinois at Chicago y autora del libro “Bourgeois Equality: How Ideas, Not Capital, Enriched the World”,: http://www.cato.org/policy-report/julyaugust-2015/how-piketty-misses-point , se pregunta si la desigualdad es mala:

“El problema central con el libro, sin embargo, no es ético. Piketty no reflexiona sobre porqué la desigualdad en sí misma sería mala. Por cierto, es irritante que una mujer super-rica compre un reloj de 40.000 dólares. La compra puede ser éticamente cuestionable. Debería estar donando su ingreso en exceso de un cierto amplio nivel, digamos, de tener dos autos, no veinte; dos casas, no siete; un yatch, no cinco; brindándolo a entidades de caridad. Andrew Carnegie enunció en 1889 el principio que ‘un hombre que muere rico, muere desgraciado’. Carnegie donó toda su fortuna. (Bueno, la donó tras su muerte, luego de haber disfrutado un castillo en su nativa Escocia y algunas otras amenidades).

Pero el hecho que mucha gente rica actúe hoy de forma desgraciada no implica automáticamente que el gobierno tenga que intervenir para frenarlos. La gente actúa en forma desgraciada en todo tipo de formas. Si nuestros gobernantes tuvieran asignada la tarea en este mundo imperfecto de mantenernos a todos completamente éticos, pondría todas nuestras vidas bajo su tutela paternal, una pesadilla a la que se acercara Alemania Oriental antes de 1989 o Corea del Norte hoy.

Nótese que en el relato de Piketty el resto de nosotros cae relativamente detrás de los malvados capitalistas. EL foco en la riqueza relativa o el ingreso y el consumo es un serio problema para este libro. La visión apocalíptica de Pikkety nos deja lugar a nosotros para que nos vaya bastante bien –y no apocalípticamente- como lo hemos hecho desde 1800. Lo que le preocupa a Pikkety es que los ricos se puedan estar haciendo algo más ricos, aun cuando los pobres estén mejorando también. Su preocupación se centra en la diferencia, sobre un vago sentimiento de envidia elevado a proposición teórica y ética.

Pero nuestra preocupación real debería estar con elevar a los pobres a una condición de dignidad, nivel en el cual pueden funcionar en una sociedad democrática y desarrollar vidas plenas. No importa éticamente si los pobres tienen el mismo número de brazaletes de diamantes o Porsches que los dueños de los hedge funds. Pero importa si tienen las mismas oportunidades para votar o para aprender a leer o a tener un techo sobre sus cabezas.

Adam Smith describió una vez la idea escocesa de ‘permitir a cada hombre perseguir su propio interés a su manera, bajo el plan liberal de igualdad, libertad y justicia’. Sería bueno, por supuesto, si una sociedad rica y libre siguiendo al liberalismo Smitihiano produjera una igualdad a lo Pikkety. En verdad, en buena medida lo ha hecho, bajo el único éticamente relevante estándar de derechos humanos y necesidades básicas. AL introducir el liberalismo en Hong Kong y en Noruega y Francia, por ejemplo, ha llevado a una asombrosa mejora y a una real igualdad de resultados –los pobres comprando autos y teniendo agua fría y caliente, cosas que no tenían antes ni los ricos, y adquiriendo derechos políticos y dignidad social que eran negadas antes salvo a los ricos.

Los economistas Xavier Sala-i-Martin y Maxim Pinkovsky informaron tras un minucioso estudio de la distribución individual del ingreso –a diferencia de la comparación entre países-, que la pobreza está cayendo. Entre 1970 y 2006, la tasa global de pobreza se ha reducido casi en tres cuartos. El porcentaje de la población mundial viviendo con menos de un dólar por día (en dólares del año 2000, ajustados por poder de compra) fue de 26,8% en 1970 a 5,4% en 2006”.

¿Qué pasó con Piketty? ¿Fue una moda pasajera? Con el tiempo aparecen más errores y críticas

¿Qué pasó con Piketty? ¿Fue tan sólo una estrella fugaz, que apenas pudo poner en duda por un breve tiempo el avance de los mercados? ¿O lo que ya había desarrollado la teoría económica hace décadas? Dreidre McCloskey, Distinguished Professor of Economics and History en la University of Illinois at Chicago y autora del libro “Bourgeois Equality: How Ideas, Not Capital, Enriched the World”, comenta: http://www.cato.org/policy-report/julyaugust-2015/how-piketty-misses-point

“La preocupación de Piketty que los ricos sean cada vez más ricos es, en verdad, la última de una larga serie que se remonta a Thomas Malthus, David Ricardo y Karl Marx. Desde que esos geniales fundadores de la economía clásica, el progreso económico ha enriquecido a una gran parte de la humanidad –cuya población es ahora siete veces más que en 1800- y apunta a enriquecer a todo el planeta en los próximos 50 años. Y aun así la izquierda olvida regularmente este fundamental evento desde el invento de la agricultura –el Gran Enriquecimiento de los últimos dos siglos- y sigue preocupándose una y otra vez cada media generación, más o menos.

Todas las preocupaciones, desde Malthus a Piketty, comparten un pesimismo fundamental, ya sea de la imperfección del mercado de capitales o las limitaciones del consumidor individual  o de las Leyes de Movimiento del Sistema Capitalista. Durante esa parte de la buena historia desde 1800 hasta nuestros días, los pesimistas económicos en la izquierda han pronosticado terribles pesadillas. Por cierto, el pesimismo vende. Por razones que nunca he comprendido, a la gente le gusta escuchar que el mundo se va al diablo, y dudan cuando algún optimista idiota interfiere con su placer. Sin embargo, el pesimismo ha sido, consistentemente, una pobre guía para el mundo económico moderno.

Demanda, oferta y destrucción creativa

Los errores técnicos en los argumentos de Piketty son muchos. Cuando se escarba, surgen. El problema fundamental es que Piketty no entiende cómo funcionan los mercados. Al mantener su posición como un hombre de izquierda, tiene una idea vaga y confusa sobre cómo la oferta responde ante precios más altos. Una notable evidencia de su falta de conocimiento se encuentra ya en la página 6.

Comienza con una aparente concesión a sus oponentes neoclásicos: “Por cierto, existe en principio un mecanismo bastante simple que restauraría el equilibrio en el proceso: el mecanismo de la oferta y la demanda. Si la oferta de cualquier bien es insuficiente, y su precio es muy alto, entonces la demanda de ese bien debería reducirse, lo que llevaría a una reducción de su precio.” Las palabras marcadas mezclan claramente un movimiento a lo largo de la curva de demanda con un movimiento de toda la curva, un error de estudiantes de primer año. El análisis correcto es que si el precio es ‘demasiado alto’ no es toda la curva de demanda la que ‘restaura el equilibrio’, sino eventualmente un movimiento hacia afuera de la curva de oferta. La curva de oferta se mueve hacia afuera porque el aroma de ganancias supra-normales induce el ingreso en el mercado.

Piketty no reconoce que cada ola de inventores, emprendedores y aun rutinarios capitalistas ven perder sus recompensas por el ingreso de otros. Veamos la historia de las fortunas en las tiendas por departamentos. El ingreso de estas a fines del siglo XIX, en Le Bon Marché, Marshall Field y Selfridge’s era empresarial. El modelo fue luego copiado en todo el mundo rico. A fines del siglo XX el modelo fue desafiado por una ola de tiendas de descuento, y éstos a su vez por Internet. Lo que sucede es que la ganancia que va a los emprendedores se reduce más o menos rápido por la oferta que se desplaza hacia afuera. La acumulación original se disipa.

EL economista William Nordhaus ha calculado que los inventores y emprendedores obtienen hoy una ganancia de alrededor del 2% del valor social de sus inventos. Si eres Sam Walton, el 2% te da personalmente mucho dinero por introducir los códigos de barras para manejar los stocks en los supermercados. Pero 98% al costo del 2% es, no obstante, un negocio bastante bueno para el resto de nosotros. Las ganancias de las rutas asfaltadas o las ruedas vulcanizadas, de las universidades modernas, del cemento estructural y del avión, han enriquecido a los más pobres entre nosotros.”

Angus Deaton: ¿si un país es más rico su gente no es más feliz? Falso: importan mejoras relativas

En su libro “El Gran Escape”, el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton habla sobre la desigualdad y el progreso y presenta un punto bien interesante sobre la relación que existe entre el ingreso per cápita y la felicidad.

Veamos el primer gráfico:

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Comenta Deaton al respecto:

“Si observamos la esquina de la izquierda y abajo, donde están los países pobres, vemos que la evaluación sobre la calidad de vida crece con el ingreso nacional muy rápidamente. Luego que pasamos China y la India, yendo de la izquierda abajo hacia la derecha arriba, el aumento en la evaluación de vida es menos pronunciado, y una vez que llegamos a Brasil y México los resultados son cercanos a 7 sobre 10, tan solo un punto menos que los países realmente ricos de arriba/derecha. El ingreso es más importante entre los muy pobres que entre los muy ricos. Por cierto, resulta tentador mirar al cuadro y concluir que una vez que el PIB per cápita alcanza unos 10.000 dólares por año, más dinero no mejora la vida de la gente, y muchos así lo han afirmado. Sin embargo, esta afirmación es falsa”.

El argumento de Deaton es que no importa la mejora absoluta sino la porcentual. Pone este ejemplo: uno que gana $200.000 recibe un aumento del 1% ($2.000); esto es más que uno que gana $50.000 y recibe un aumento del 2% ($1.000). Este último va a estimar que obtuvo mejor resultado, y el primero se verá frustrado.

Deaton reconfigura los mismos datos del primer cuadro en niveles que cuadruplican el ingreso; esto es, comenzando con 250 dólares (Zimbabue, Congo, luego 1.000 (Tanzania, Kenia), otro nivel de 4.000 (China e India), 16.000 (México y Brasil) y los países ricos con $64.000. En ese caso la figura es la siguiente:

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Lo que dice este gráfico es que diferencias porcentuales iguales en ingresos producen cambios absolutos iguales en la evaluación sobre la calidad de vida. En promedio, si nos movemos de un país a otro cuyo ingreso per cápita es cuatro veces superior, avanzaríamos un punto en calidad de vida.

“El Gráfico 2 es importante porque muestra que centrar nuestra visión en el ingreso es muy engañoso. Los países más ricos tienen mayores niveles de evaluación de vida, aun entre los más ricos del planeta”.

Angus Deaton, último premio Nobel: todo proceso humano de progreso ha generado desigualdad

En su libro “El Gran Escape”, el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton habla sobre la desigualdad y el progreso:

Deaton

“Buena parte de los grandes episodios de progreso humano, incluyendo aquellos que usualmente se describen como totalmente positivos, han dejado tras de sí un legado de desigualdad. La Revolución Industrial, que comenzara en Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX, dio comienzo al crecimiento económico que ha sido responsable de sacar a millones de personas de la privación material. El otro lado de esta misma Revolución Industrial es lo que los historiadores llaman la “Gran Divergencia”, cuando Gran Bretaña, seguida después por el noroeste de Europa y América del Norte, se separaron del resto del mundo, creando una enorme brecha entre Occidente y el resto, que no se ha cerrado hasta nuestros días. La desigualdad global actual fue, en gran medida, creada por el éxito del crecimiento económico moderno.

No debemos pensar que, antes de la Revolución Industrial, el resto del mundo había sido siempre atrasado y pobre. Décadas antes de Colón, China fue suficientemente avanzada y rica como para enviar una flota en enormes barcos bajo el comando del Almirante Sheng He –portaviones en comparación con los botes de remo de Colón- para explorar el Océano Índico. Trescientos años antes de esto, la ciudad de Kaifeng era una metrópolis humeante de un millón de almas cuyas sucias fábricas no hubieras desencajado en Lancashire ocho siglos después. Los impresores producían millones de libros que eran suficientemente baratos para ser leídos por gente de ingresos modestos. Sin embargo esas épocas, en China y otros lugares, no se sostuvieron, y menos aún fueron puntos de partida de una siempre creciente prosperidad. En 1127, Kaifeng cayó ante una invasión de tribus de Manchuria, que habían sido reclutadas rápidamente para ayudarla en la guerra. Si vas a enlistar aliados peligrosos, tienes que asegurarte que estén bien pagos.

El crecimiento económico en Asia arrancaba y era frenado, por gobernantes rapaces, guerras o ambos. Es solamente en los últimos 250 años que un crecimiento sostenido y a largo plazo en algunas partes del mundo – pero no en otras- ha llevado a una brecha persistente entre países. El crecimiento económico ha sido el motor de la desigualdad internacional de ingresos.

La Revolución Industrial y la Gran Divergencia están entre los escapes más benignos de la historia. Hay muchas ocasiones en que el progreso en un país se realizó a expensas de otro. La Era del Imperio en el siglo XVI, que precedió a la Revolución Industrial y ayudó a originarla, benefició principalmente a Inglaterra y Holanda, los dos países que mejor hicieron en el desorden. Para 1750, trabajadores en Londres y Amsterdam habían visto crecer sus ingresos en relación a los de Delhi, Beijing, Valencia y Florencia; los trabajadores ingleses podían permitirse algunos lujos, como el azúcar y el té. Pero aquellos que fueron conquistados y saqueados en Asia, América Latina y el Caribe, no solamente fueron dañados entonces, sino en muchos casos cargados con instituciones políticas y económicas que los condenaron a vivir siglos de continua pobreza y desigualdad.

La globalización actual, como las anteriores, ha visto creciente prosperidad junto a creciente desigualdad. Países que eran pobres hace poco, como China, India, Corea y Taiwán, la han aprovechado y han crecido rápido, mucho más rápido que los países ricos. Al mismo tiempo, se han separado de los países pobres, la mayoría de ellos en África, creando nuevas desigualdades. A medida que unos escapan, otros quedan atrás. La globalización y nuevas formas de hacer las cosas han llevado a incrementos continuos en la prosperidad de los países ricos, aunque las tasas de crecimiento han sido menores a las de los países pobres de rápido crecimiento y a las que ellos mismos solían tener. A medida que ese crecimiento se ha frenado,”