Alberdi sobre la emisión de moneda: la Constitución nunca otorgó ese poder. ¿Cuándo la reformaron?

Con los alumnos de la UBA Derecho vemos “El Sistema Económico y Rentístico…” de Alberdi. Aquí lo que el inspirador de la Constitución dice respecto a la emisión de moneda:

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“Respecto a la manera de emplear el crédito público por la emisión de papel moneda al estilo de Buenos Aires, la Confederación tiene la ventaja inapreciable de no poder ejercer, aunque quiera, ese terrible medio de arruinar la libertad política, la moralidad de la industria y la hacienda del Estado. Es una ventaja positiva para las rentas de la Confederación la impotencia en que se halla de hacer admitir como valor efectivo un papel, sin más valor ni garantía que el producto de contribuciones tan inciertas como la estabilidad del orden, y que jamás alcanzaría para amortizar una deuda que se agranda por su misma facilidad de dilatación, y que ensanchándose da al gobierno el hábito de una dilapidación para la que no bastarán después todas las rentas del mundo.

La falta de este medio de ejercer el crédito del Estado aumenta en la Confederación la posibilidad de ejercer los anteriores con mayor ventaja. En Buenos Aires, la deuda del papel moneda ha desacreditado la deuda de los fondos públicos. En todas partes el falso crédito es el enemigo del verdadero crédito.

El poco éxito que ha tenido la tentativa de la Confederación para fundar el papel moneda, no prueba que tenga menores garantías de crédito público que Buenos Aires, poseedor de un papel moneda aceptado, de cualquier modo que sea, como medio circulante. El mal éxito ha nacido de que la Confederación no dió a su papel moneda la base real y positiva en que descansa todo papel de crédito, destinado a circular como moneda corriente; y dejó de dársela, no por imposibilidad, sino porque desconoció las causas especiales que hacen existir al papel moneda de Buenos Aires sin base metálica ni obligación de pagar a la vista.

La misma Buenos Aires con todas sus rentas no habría sido capaz de establecer de nuevo su papel moneda en la forma que lo intentó la Confederación. Importa no olvidar cómo le vino al papel monetario de Buenos Aires el valor de que disfruta, sea cual fuere. Ese papel debió su origen a un Banco de particulares, fundado por una sociedad de accionistas, con los privilegios que obtuvo por ley de 22 de junio de 1822. Dió principio a sus operaciones con un capital de un millón de pesos fuertes. Pagados en dinero sus billetes con puntualidad religiosa por espacio de algunos años, el público se acostumbró a considerarlos como dinero efectivo

El Banco particular de descuentos, que creó el papel de Buenos Aires, fué refundido en el Banco de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fundado por ley de 28 de enero de 1826, con un capital nominal de diez millones de pesos fuertes, los cuales se integraron en -parte con el millón de duros del Banco de descuentos, y tres millones que procedían del empréstito obtenido en Inglaterra. Con esa base metálica, real y positiva, el papel moneda siguió convirtiéndose en dinero efectivo por el moderno Banco nacional, que afirmó en algunos años la costumbre del público de reputarle como dinero efectivo. La falta del capital prometido de diez millones que nunca llegó a integrarse, y las emisiones extraordinarias para suplir las rentas de aduana que paralizó la guerra del Brasil, fuente de nuevos gastos, fueron la primera causa de que el valor comparativo del papel comenzase a descender, habiendo obtenido el Banco el permiso temporal de suspender el pago de sus billetes, por ley del Congreso de 5 de mayo de 1826. – Cuando se acercaba el término de dos años fijado a la suspensión, una ley de la Sala de Buenos Aires de 14 de agosto de 1828 relevó al Banco de la obligación de cambiar sus notas por metálico, sin designación de término, y con la sola garantía de que la emisión de billetes quedaría cerrada en lo futuro hasta el balance de 1° de setiembre de 1827, en que el papel emitido por el Banco ascendía a la cantidad de diez millones doscientos mil pesos. Sin embargo de que al mes siguiente la misma Legislatura decretó dos emisiones de billetes, el papel conservó su valor relativo, en fuerza de la declaración que hizo la Legislatura de Buenos Aires por ley de 3 de noviembre de 1828, en que la provincia reconoció como suya la deuda contraída con el Banco por el gobierno general y por el de la provincia, la garantizó con todas sus rentas y propiedades, y reconoció el papel como moneda corriente. Los billetes contenían siempre la promesa de pagar su valor en metálico, promesa qué, aunque nominal, dejaba la esperanza de un reembolso futuro. Eso duró hasta 1838, en que Rosas, ejerciendo el poder omnímodo de Buenos Aires, declaró disuelto el Banco Nacional desde la fecha de su decreto de 30 de mayo de 1836, y mandó comprar a sus accionistas la casa de moneda. Constituido así el gobierno único e inmediato amonedador del papel circulante, dió principio esa moneda al vuelo de Icaro que recorre hasta hoy; los billetes dejaron de prometer re-embolso, y se redujeron a un simple reconocimiento de deuda sin garantía. Pero para tomar ese vuelo, para establecerse y vivir en el aire ese papel, tuvo que andar primero catorce años por una base metálica de más en menos positiva, pero siempre verdadera en algún modo. El terror reemplazó a las garantías; pues una repulsa del papel declarado moneda obligatoria por orden del dictador, se habría considerado delito de rebelión contra la patria, digno del último suplicio. Catorce años de garantías verdaderas y otros catorce de terrorismo, han dado al papel moneda de Buenos Aires su existencia facticia que hoy debe a la costumbre y al imperio de esos antecedentes, que no es fácil repetir.”

 

¿Qué nos dicen los índices de precios? Como son claramente imperfectos, se los puede manipular

Hay temas que nunca dejan de discutirse. Ludwig von Mises escribe en 1944 sobre las controversias monetarias del momento. No son muy diferentes a las actuales. Lo hace en un ensayo preparado en 1944 para la Comisión de Principios Económicos de la Asociación Nacional de Industriales de Estados Unidos que luego lo publicara, junto con otros trabajos, en dos volúmenes.

“¿Pueden medirse los cambios en el poder adquisitivo del dinero?

Aun si estamos dispuestos a dejar de lado la consideración de la aparición no simultánea y despareja de los cambios de precios ocasionados por cambios en la oferta y demanda de dinero, debemos comprender que el método del índice de precios no provee un criterio certero para la medición de cambios en el poder adquisitivo de la unidad monetaria. Las condiciones económicas no son rígidas, son –también aparte de los cambios por cuestiones monetarias-, siempre cambiantes. Aparecen nuevos productos, y otros viejos desaparecen. La calidad de los distintos productos está sujeta a cambio. Los gustos, las necesidades y deseos cambian y con ellos las valoraciones de los distintos bienes ofrecidos en el mercado. Un auto de 1920 y otro de 1940 son cosas totalmente diferentes (¡y qué decir de uno de 2015!). ¿Dónde estaban hace 25 años las vitaminas, las refrigeradoras y las películas con sonido? ¿Cuán diferente es hoy el papel que juega en la casa norteamericana promedio la comida envasada, el rayón y la radio? ¿Cuánto cambian la ropa y el calzado año a año? Incluso comidas estándar como la leche, la manteca, la carne y los vegetales han mejorado su calidad en las últimas décadas de tal forma que no es correcto tomarlas como equivalentes a las comercializadas en el pasado. Un método que asume tácitamente que nada ha cambiado en el sistema económico salvo la cantidad de moneda es totalmente ilusorio.

Ahora Max Thornton amplía y actualiza la crítica: https://mises.org/library/many-failures-cpi

“El problema práctico con los índices de precious como el IPC es cuáles deben ser medidos y qué ponderación se le asignará. Otro problema es decidir qué hacer respecto a los cambios en la calidad. Por ejemplo, ¿qué hacemos cuando Apple introduce un nuevo IPhone al mismo precio que la versión anterior?

Para resolver esto, los estadísticos del gobierno sistemáticamente aumentan las ponderaciones de bienes cuyo precio cae y las reducen para las que suben. Si la calidad de un bien sube, ‘hedonísticamente’ reducen el precio del bien… Según este sistema, cada vez que emprendedores e ingenieros crean mejores productos para los consumidores a precios más bajos, la Fed se acredita un éxito por mantener la inflación bajo control.”

Luego comenta otros intentos de medir la inflación como el de John Williams: http://www.shadowstats.com/ Y termina analizando el trabajo de Mark Brandly quien calcula lo que hubiera sido el IPC entre 1959 y 2005 si la oferta monetaria hubiera estado fija. Así calculado el IPC sería ahora 6,7 veces más alto. En verdad, tendría que haber caído un 80% por lo que el IPC actual en USA sería 34 veces mayor al que existiría en ausencia de la Fed y su política monetaria.

Esto significaría: “Pongámoslo en cuestiones diarias. Supongamos que estas estimaciones representan cambios en los precios de bienes tales como hamburguesas, autos, y casas. Según estos números, una hamburguesa que costaba $0,60 en 1959 costaría $4 en 2005. Si la oferta monetaria hubiera estado fija la hamburguesa costaría solamente $0,12. Igualmente, un auto de $20.000 en 2005 hubiera costado un poco más de $3.000 en 1959. Sin efectos monetarios el auto costaría unos $600 hoy. El precio de una casa en 1959 de $45.000 habría aumentado a $300.000 en 2005. Con oferta monetaria fija la casa costaría $9.000 hoy.”

Concluye Mises en 1944: “Además, la matemática nos provee diferentes métodos de cálculo de promedios a partir de una serie de números. Cada uno de ellos, en relación al problema en cuestión, tiene sus méritos y sus defectos. Cada uno nos da resultados diferentes. Como es imposible declarar a uno de ellos como adecuado y descartar al resto como inadecuados, resulta obvio que el análisis de índices no nos da una solución única e indiscutible que pueda generar aceptación general”.

El problema, si es que va a haber tal cosa como índices, es institucional, es qué grado de independencia y credibilidad tiene el que intente elaborarlo.

Los pesos emitidos llegarían hasta la Luna o equivaldrían a 45 Aconcaguas

Buenísimo el artículo de Hernán de Goñi en el diario Cronista respecto a la magnitud de la emisión monetaria en Argentina: http://www.cronista.com/finanzasmercados/Emision-astronomica-se-puede-llegar-a-la-Luna-con-los-billetes-de–100-impresos-desde-2003-20140926-0016.html

Emisión pesos

Reproduzco algunos de sus párrafos donde comenta un estudio que midió el volumen de la emisión:

“Sin pretender buscar evidencias para discutir la Teoría Cuantitativa del Dinero, un grupo de economistas empezó a hacer cuentas con la base de datos del Banco Central para obtener algunas evidencias físicas que le dieran una dimensión real a esta discusión.”

“El primer número que delimitaron es la cantidad de billetes de 100 pesos que circulaba en la economía en el 2003 (en el arranque de la gestión de Néstor Kirchner) y su variación en los años siguientes, hasta obtener el acumulado al 2014. Luego midieron su magnitud en centímetros (6,5 de alto por 15,5 de ancho) y se preguntaron: si pusiéramos uno al lado de otro ¿qué obtendríamos? El resultado -puesto en conocimiento de este diario- es, de alguna manera, escalofriante.”

“Si formáramos un camino con los 2430 millones de billetes de $ 100 impresos en este período (casi doce años) tendríamos una traza de 380.000 kilómetros, equivalente a la distancia entre la Tierra y la Luna. Esa distancia equivale también a dar casi 10 vueltas (9,5 para ser más precisos) al globo terráqueo.”

“Si los pusiéramos uno arriba del otro (una pila de 1000 billetes tiene 13 centímetros de altura) se podría construir una torre de 316 kilómetros de altura, equivalente a 45 Aconcaguas, la montaña más alta de Argentina.”

Luego hace una comparación entre el desempeño del peso y del dólar:

“Para no generar un cálculo abstracto, buscaron un punto de comparación. Acudieron a las estadísticas de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y buscaron la cantidad de billetes de 100 dólares que circulaban en 2003 y en el presente. La comparación (incluida en la infografía que ilustra esta nota) muestra que en el primero de esos años la proporción entre billetes argentinos y estadounidenses era de apenas 4%, y que en el 2014 había trepado a 25%!”

“La correlación entre ambas monedas no favorece a la Argentina. Según un cálculo que difundió el economista Federico Muñoz, entre 1985 y 2010 (período que incluye dos hiperinflaciones) el billete de mayor denominación que tuvo el país equivalía, en promedio, a u$s 85. Hoy con un billete de $ 100 se obtienen menos de u$s 7 en el mercado informal y casi u$s 12 en el oficial.”

“Más allá del debate sobre el efecto inflacionario de semejante nivel de emisión de pesos, en el ámbito doméstico también se discute sobre las distorsiones prácticas que esta situación genera en la vida cotidiana. Para empezar, las operaciones inmobiliarias en pesos se vuelven casi impracticables por la cantidad de billetes que obligan a mover (un efecto colateral que refuerza la presencia del dólar como moneda de referencia). Hasta retirar el sueldo de un cajero automático se vuelve una odisea, porque los cajeros en general no entregan más de 20 unidades por extracción. Todo esto sin contar con el hecho de que si todos intentan hacer lo mismo, en los primeros días del mes no hay red Banelco ni Link que resistan.”

Mises compara Austria 1922 con la Revolución Francesa, lecciones para Argentina y Venezuela

En posts anteriores he comparado la visión que Ludwig von Mises tenía de Austria con la situación de países como Argentina o Venezuela en la actualidad, es decir, unos 100 años después. (Parece que es poco lo que se aprende).

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Mises hace algo similar con Austria en un artículo de 1923 “The Austria Problem”, donde comenta un libro del Dr. Siegfried Strakosch, “El Suicidio de una Nación”, y compara lo que allí sucede con la situación en Francia durante la Revolución. Es decir, que los problemas actuales no repiten errores de hace 100 años, sino al menos de hace más de 200!

Para ello cita un libro de René Stourm: “Les Finances de l’Áncién Régime et de la Révolution”” (Paris: Guillaumin et Cie., 1885). Así dice todo el párrafo:

“El demagogo piensa solo en hoy, y no en el futuro. Hace casi 40 años René Stourm, el historiador de la Revolución Francesa, magistralmente caracterizó los principios de la política fiscal de los Jacobinos:

‘La actitud de los Jacobinos hacia las finanzas puede explicarse fácilmente como el consumo total del presente a expensas del futuro. Nunca se preocuparon del mañana, manejando todos los asuntos como si cada día fuera el último. Este enfoque caracterizó a todas las medidas tomadas durante la Revolución. Lo que le permitió sobrevivir como lo hizo fue el hecho de que el derroche diario de los recursos acumulados por una nación rica y poderosa permitió que salieran a la superficie enormes recursos. Los assignats (moneda papel impresa en la Revolución), en tanto tuvieron algún valor, lo poco que fuera, inundaron el país en siempre crecientes cantidades. Las perspectivas de una cercana bancarrota no cesaron ni por un solo momento. Solamente cuando la gente rechazó por completo todo tipo de papel moneda, sin importar a qué bajo valor, se frenó la emisión de nuevos billetes’.

Uno no puede dejar de leer la descripción de Stourm de los impuestos al capital y los prestamos forzosos, de las medidas contra el mercado de capitales y la especulación cambiaria, de las regulaciones contra el lucro y el racionamiento de los alimentos que Austria ha estado practicando en su detrimento por los últimos 10 años. La espantosa escena que Strakosch presenta es, desgraciadamente, muy cierta”.

Y, a su vez, nuevamente la que presenta Mises lo es respecto a nuestros países hoy.

La inflación y los grupos concentrados

Se planteó en este blog una discusión sobre la inflación y su origen en políticas monetarias o en la puja distributiva. Al respecto, reproduzco aquí un artículo de Nicolás Cachanosky publicado en InfoBAE. Nicolás, es amigo y fue, además, profesor adjunto en mi cátedra. Ahora es profesor adjunto en la Metropolitan State University de Denver.

La inflación y los grupos concentrados

Nicolás Cachanosky

En un comentario anterior comentaba lo sorprendente de que en un país con una historia inflacionaria única como Argentina se cuestione que la inflación es un problema monetario. En aquel texto me refería al problema de cómo comparar expansión monetaria con inflación y al por qué en Estados Unidos no se observa un aumento en el nivel de precios acorde a la expansión de su base monetaria. La explicación alternativa de que la inflación en Argentina se debe a pujas distributivas de grupos concentrados adolece de dos problemas serios: (1) niega el análisis económico de demanda y oferta al bien dinero y (2) confunde cambios en precios relativos con cambios en el nivel de precios (la inversa del precio del dinero). No me resulta muy convincente utilizar la teoría de los grupos concentrados para sostener de manera indirecta que en Argentina las leyes económicas funcionan distinto que en el resto del mundo. Hay un tercer problema, y es que no explica por qué los grupos concentrados sólo producen inflación de niveles en torno al 25% en unos pocos países como Argentina pero no en el resto del mundo.

Según el argumento de los grupos concentrados, hay grandes empresas que al tener poder monopólico aumentan los precios buscando capturar mayores rentas siendo el verdadero origen del flagelo de la inflación. De este modo, el kirchnerismo puede al mismo tiempo argumentar que ellos no son responsables de la alta inflación quitando el foco de atención del banco central y presentarse como los protectores del consumidor frente al gran empresario. Cuando el asalariado ve sus ahorros derretirse a un ritmo del 25% debe agradecer al gobierno el hacer todo lo posible por ayudarlo en lugar de responsabilizarlo por este problema. ¿Pueden, sin embargo, los grupos concentrados producir inflación?

En primer lugar, es importante distinguir entre monopolios naturales y monopolios legales o artificiales. El monopolio natural no es otra cosa que el resultado de la escasez que hay en el mundo de recursos productivos. Dado que los recursos son escasos, es posible que en ciertos mercados no haya lugar para más de un productor (especialmente cuando los costos fijos de operar son altos). Por ejemplo, no siempre es eficiente tener dos tendidos de cañerías para proveer agua o gas dado que no hay suficientes recursos para hacer esto de manera rentable, o dos líneas de tren en paralelo. Hay otro usos alternativos más importantes que una segunda cañería o dos trenes haciendo exactamente el mismo recorrido. Supongamos por un momento que la tesis de los grupos concentrados es correcta y estas empresas monopólicas pueden aumentar los precios un 25% sin perder clientes. El resultado ha de ser un notable incremento en la rentabilidad, lo cual atrae competidores al sector en busca de estas altas rentas. Ahora sí sería posible, por ejemplo, instalar una segunda red de cañerías.

Los monopolios legales o artificiales son distintos. En este caso el poder monopólico proviene de un beneficio que el estado otorga a algunos productores en particular. Al no permitir la competencia, el estado permite que los productores beneficiados ofrezcan sus productos a precios mayores a expensas del consumidor. El monopolista legal no debe temer perder el mercado frente a la competencia y por lo tanto no tiene incentivos para mantener sus precios en niveles competitivos ni ofrecer productos de calidad. Es decir, en la medida que la tesis kirchnerista de los grupos concentrados sea cierta, la solución es muy fácil, eliminar las regulaciones y favorecer un ambiente competitivo. Tengo mis dudas de que el Kirchnerismo y los que mantienen esta posición lo hagan de manera consistente.

El problema es que los grupos concentrados pueden, a lo sumo, tener un efecto de única vez en los precios relativos, pero no en el nivel de precios. Lo que esta explicación olvida es de dónde proviene el dinero para pagar aumentos de precios del 25% anual. La siguiente tabla muestra una situación inicial, Caso 1, donde hay dos bienes, uno monopólico y otro competitivo. Los dos bienes se producen en la misma cantidad y tienen el mismo precio. La tabla también muestra la oferta de dinero del mercado, la demanda de dinero y el circulante que los consumidores destinan a la compra de estos dos bienes. La última columna muestra el nivel de precios en cada caso. ¿Qué sucede si el productor del bien monopólico decide ejercer su poder de grupo concentrado y aumenta el precio un 25%, llevándolo de 100$ a 125$?

Asumiendo (1) que la cantidad de dinero no varía (dado que no es causa de la inflación según la teoría de los grupos concentrados), (2) que el monto total de dinero (40.000$) usado para comprar estos bienes tampoco varía y (3) que la cantidad consumida del bien monopólico no varía (lo cual es muy poco realista), entonces pueden suceder dos cosas. En el Caso 2, reducen su consumo del bien competitivo que mantiene su precio constante en 100$. En elCaso 3 el productor del bien competitivo reduce el precio a 75$ para mantener la venta de unidades constante en 200. En el Caso 1 el precio relativo de bien monopólico (pBP) respecto al bien competitivo (pBC) es pBM/pBC = 1. En el caso 2 y caso 3 el precio relativo cambia a 1.25 y 1.66 respectivamente.

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¿Cómo hace el productor competitivo para subir también sus precios un 25% y no perder clientes si los consumidores no tienen más dinero para gastar? No es posible gastar el dinero que no existe, por lo que no es posible tener un aumento generalizado del nivel de precios sin un aumento en la cantidad de dinero (o una disminución en la demanda de dinero). Siguiendo el argumento de los “grupos concentrados”, estos productores podrán a lo sumo cambiar el precio relativo de sus bienes respecto a otros en el mercado, pero no pueden afectar el nivel de precios. Es importante recordar que el nivel de precios es la inversa del precio del dinero, por lo que depende de la demanda y oferta de dinero, no de la estructura de mercado que define precios relativos, no su nivel. Distintos niveles de precios pueden tener los mismos precios relativos. Esta explicación confunde, en definitiva, precios relativos con nivel de precios. Los cambios que muestra la tabla son de una única vez, el productor monopólico no puede aumentar su precios un 25% cada año sin perder consumidores. No es, en definitiva, algo que pueda suceder permanentemente.

El único caso en que el nivel de precios muestra una variación es cuanto se reduce la cantidad producida del bien competitivo. Lo realista, sin embargo, es asumir que también hay una reducción en el consumo del bien monopólico. Es decir, en términos reales el PBI disminuye. Es porque hay menos bienes respecto a la cantidad de dinero que el nivel de precios sube de 100 a 114 (menos que el 25% del bien monopólico). En el caso 3, el nivel de precios se mantiene constante, lo que quiere decir que el problema es un cambio de precios relativos, no de nivel de precios, el aumento en el precio del bien monopólico produce una disminución en la demanda del bien competitivo. La realidad, por supuesto, será una combinación de los casos 2 y 3 y alguna reducción en la demanda del bien monopólico.

Se podrá argumentar que los grupos concentrados producen bienes que deben ser utilizados para producir una gran cantidad de bienes, transfiriendo así el aumento de precios al resto de la economía. Si el precio de la energía sube, entonces el precio de todos los bienes que se producen haciendo uso de energía también suben. Esta explicación adolece de varios problemas. En primer lugar, en Argentina las tarifas están reguladas, por lo que es difícil aplicar este caso. En segundo lugar, desde la llamada “revolución marginal” en economía es claro que son los precios finales los que determinan los costos de producción, no los costos de producción los que determinan los precios de consumo. Así como en Astronomía el ver a los planetas y estrellas girar alrededor de la Tierra llevó a creer que la Tierra era el centro del Universo, en economía hay que tener cuidado de no caer en el efecto visual de creer que los costos determinan precios finales. La revolución marginal fue a la economía lo que la revolución copernicana fue a la Astronomía. En tercer lugar, esta explicación asume como punto de partida aquello mismo que debe explicar: un aumento de precios. Asumir la inflación para explicar la inflación no es una argumento válido para decir que este no es un problema monetario.

Una vez despojada de la retórica kirchnerista, y analizando el argumento de los grupos concentrados con mayor cuidado, vemos que en definitiva es necesaria una expansión monetaria para que los precios suban constantemente. Podría decirse, que algo de verdad esta teoría tiene. En definitiva la inflación es el resultado de un monopolista estatal en particular: el banco central. De poco sirve hacer la vista gorda al origen del problema esperando que desaparezca por arte de magia o mediante anacrónicos controles de precios.

http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/12/08/la-inflacion-y-los-grupos-concentrados/