Aunque al leer las noticias no parezca, somos las especie más cooperadora del planeta

Aunque al leer las noticias no lo parezca, el ser humano es la especia más “cooperadora” que existe. Claro, en las noticias salen casos de violencia, crímenes, corrupción; pero si nos detenemos a pensar un poco, en el día de hoy el 99,99% de las personas salimos a cooperar con otros de una forma u otra.

Angelo Romano, Ali Seyhun Saral y Junhui Wu, de las universades de Leyden, Bologna y la Academia de Ciencias de China respectivamente, publican un artículo en la revista Current Opinion in Psychology, titulado “Direct and indirect reciprocity among individuals and groups”, donde explican los mecanismos de esa cooperación social.

“Una gran cantidad de literatura ha examinado el comportamiento prosocial al observar situaciones en las que las personas pagan un costo monetario para beneficiar a extraños no relacionados (para una revisión de juegos experimentales, consulte Van Dijk y De Dreu [1] y Thielmann et al. [2]). El comportamiento prosocial se puede definir como un acto costoso que confiere beneficios a otras personas [3,4]. La reciprocidad directa e indirecta se consideran dos mecanismos fundamentales que promueven el comportamiento prosocial [5,6]. La reciprocidad directa puede definirse en términos generales como un mecanismo en el que las personas ayudan a quienes las han ayudado en el pasado. La reciprocidad indirecta es el principio que describe la tendencia a ayudar a otros que previamente ayudaron a otra persona, también conocida como reciprocidad indirecta aguas abajo (o ‘pay-it-forward’ después de haber recibido beneficios de otros, también conocida como reciprocidad indirecta aguas arriba) [5 ,6]. En los modelos de reciprocidad directa e indirecta, la experiencia pasada y la información sobre la reputación son extremadamente importantes, ya que se supone que las personas condicionan su comportamiento prosocial al comportamiento y la reputación anteriores de los demás ([7, 8, 9, 10••]). A lo largo de los años, una gran cantidad de investigaciones teóricas y empíricas han esbozado cómo la experiencia pasada y la información sobre la reputación son efectivas para promover el comportamiento prosocial en el laboratorio [11], en entornos de campo [12], a lo largo del desarrollo humano [13•, 14, 15] , y en varias sociedades [16].

Los modelos de reciprocidad directa e indirecta no solo brindan información sobre los mecanismos últimos que promueven la evolución del comportamiento prosocial, sino que también pueden informar los mecanismos psicológicos próximos que pueden gobernar y subyacer al comportamiento prosocial en humanos [17,18]. En esta revisión, nos enfocamos en un conjunto de mecanismos psicológicos relacionados con la reciprocidad directa e indirecta que pueden explicar cómo se comportan las personas en varias situaciones.1 En nuestro marco de reciprocidad, argumentamos que los humanos están equipados con una psicología de reciprocidad compleja que evolucionó para evaluar, hacer cumplir , y condicionan su comportamiento social a las oportunidades presentes y/o futuras para obtener beneficios personales directos o indirectos [17,19]. Proponemos tres mecanismos psicológicos potenciales relacionados con un marco de reciprocidad, preocupación por la reputación (es decir, hasta qué punto las personas se preocupan por las evaluaciones de los demás), expectativas (es decir, creencias sobre si el compañero de interacción de uno se comportará de manera prosocial) y anticipación de futuras interacciones. (es decir, asumir o comprender si uno se encontrará con su compañero de interacción en el futuro). Aunque se ha planteado la hipótesis de que cada mecanismo psicológico desempeña un papel crucial en la promoción del comportamiento prosocial [20,21], estos mecanismos a menudo no se entienden dentro de un marco amplio de reciprocidad.”

Los individuos buscan el lucro y traicionan cuando les conviene: pero no es así, tienen confianza

Una revolución silenciosa está ocurriendo en la ciencia económica. El fundamento básico de la economía neoclásica sobre la conducta humana está siendo cuestionado y no se sostiene. Esto tendrá enormes implicancias para el análisis económico y, en última instancia, las recomendaciones de políticas públicas y política económica si es que la academia económica muestra una mente abierta para modificar ese supuesto básico.

Muchos trabajos están contribuyendo a esto. Comento ahora un paper Ingela Alger (Escuela de Economía de Toulouse y Jorgen Weibull (Escuela de Economía de Estocolmo). El resumen ya es bien claro respecto a las consecuencias de estas investigaciones:

“Desde la publicación de La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, es costumbre que los economistas presuman que los agentes económicos están persiguen solamente su interés personal. Sin embargo, las investigaciones en economía experimental y de la conducta han mostrado que las motivaciones humanas son más complejas y que la conducta observada es, a menudo, mejor explicada por otros factores motivacionales tales como una preocupación por la legitimidad, el bienestar social, etc. Como complemento de esos trabajos hemos desarrollado nuestras investigaciones hacia las bases evolutivas de la motivación humana. Hemos encontrado que la selección natural, en entornos muy simplificados pero matemáticamente bien estructurados, favorecen las preferencias que combinan el interés propio con la moralidad. En términos generales, el componente moral  evalúa las acciones personales en términos de lo que sucedería si, hipotéticamente, esta acción fuera adoptada por otros. Estas preferencias morales tienen importantes implicancias para la conducta económica. Motivan a los individuos a contribuir a bienes públicos, a hacer ofertas razonables cuando podrían hacer otras menores, y contribuir a instituciones sociales y actuar amistosamente con el ambiente incluso si su impacto personal es minúsculo.”

La economía neoclásica desarrolló su corazón con la teoría del equilibrio a la cual luego le sumó la teoría de los juegos. Comentan los autores:

“Muchas transacciones mutuamente beneficiosas contienen un elemento de confianza inter-personal y pueden llegar a no materializarse en ausencia de una expectativa de que la confianza será retribuida. La prevalencia de confianza en la sociedad, por ende, ha sido asignada primacía en muchos aspectos, por ejemplo en los estudios empíricos y teóricos sobre el crecimiento económico. En los últimos años, el juego de la confianza ha surgido como un instrumento preferido para obtener la confianza interpersonal y la voluntad de retribuir la confianza. Más generalmente, el juego ha sido ampliamente utilizado para estudiar las conductas cooperativas. En un juego de confianza, un individuo (el inversor), decide cuánto dinero de un fondo inicial enviar a otro sujeto (el administrador o fideicomisario). La cantidad entregada es luego multiplicada por algún factor, usualmente tres, y entonces el administrador decide cuánto del dinero recibido enviar de vuelta al inversor. La predicción estándar de la teoría de los juegos por una sola interacción anónima entre dos individuos solamente persiguiendo su interés es que el inversor no entregue nada, anticipando racionalmente que el administrador no va a retribuir. Sin embargo, los experimentos consistentemente muestran que la cooperación florece en el juego de la confianza; el inversor promedio entrega una porción significativa de su recurso, y la mayor parte de los fideicomisos retribuyen esa acción”.