Increíble pero cierto: la economía neoclásica se olvidó de la figura del emprendedor. Los austriacos la rescatan

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca)  vemos una figura olvidada en los modelos de equilibrio general, el empresario, en un artículo de Israel Kirzner que lleva ese título. Así introduce el tema:

“La función empresarial en el mercado es difícil de comprender. Lo demuestra la eliminación virtual de dicho papel en las exposiciones más recientes de las teorías de los precios, así como en los múltiples y cuidadosos intentos de autores anteriores para definir al empresario y distinguir su papel del capitalista o el empleado dirigente. Estos intentos reflejan el deseo de identificar con precisión algo cuya presencia se siente indudablemente pero que, superficialmente, sólo se presta a una definición vaga. A mi modo de ver, es posible aferrar ese elemento esquivo de la empresarialidad de una manera satisfactoria.

Además, creo que es de la mayor importancia conseguirlo para comprender el proceso del mercado. Una de las distinciones entre la teoría del mercado aquí definida y la que predomina en los textos sobre teoría de los precios hoy en día es que esta última carece de una apreciación adecuada de la naturaleza y función de la empresarialidad en el sistema del mercado.

Un esquema preliminar de mi posición sobre la naturaleza de la empresarialidad puede resultar útil. Afirmo que en toda acción humana está presente un elemento que, aunque es crucial para la actividad economizante en general, no se puede analizar en términos de economía, maximización o con criterios de eficiencia. Voy a calificar este elemento, por razones de las que daré cuenta, como elemento empresarial. Afirmo además que el papel empresarial en el mercado se puede comprender de la mejor manera por analogía con lo que he denominado elemento empresarial en la acción individual humana.

La distribución de recursos a través de las fuerzas impersonales del mercado se compara frecuentemente con la toma de decisiones del individuo. Es esto lo que da una base a la analogía que he utilizado. De la misma forma que los criterios de eficiencia, por sí mismos, no bastan para comprender la acción individual humana, dado que un factor crucial para la emergencia de una actividad individual economizante es el elemento empresarial «extraeconómico», tampoco la función distribuidora del proceso mercadológico se puede comprender únicamente en términos de la interacción de actividades individuales maximizadoras. Un mercado que conste exclusivamente de individuos que actúan economizando y maximizando no da lugar al proceso mercadológico que queremos comprender. Para que surja el proceso de mercado se requiere, además, un elemento que, en sí mismo, no resulta comprensible dentro de los limites conceptuales estrechos de la conducta economizante. Entiendo que este elemento de mercado es la empresarialidad: ésta ocupa precisamente la misma relación lógica con los elementos «economizantes» del mercado que en la acción individual corresponde a los elementos empresariales en relación con los aspectos de eficiencia en la toma de decisiones.”

Los emprendedores en la visión de Schumpeter o Kirzner: ¿equilibrantes o desequilibrantes?

Interesante artículo de Samuel Bostaph sobre las características del emprendedor en Mises Wire:

Schumpeter contra Kirzner sobre los emprendedores

La teoría del espíritu empresarial de Joseph Schumpeter difiere significativamente de la de Israel Kirzner. Esto es particularmente evidente en el argumento de Schumpeter de que la actividad empresarial es característica tanto de las economías de mercado como de las que no lo son, y de que también impulsa su desarrollo. Su explicación revela sus puntos de amarre en la teoría microeconómica neoclásica convencional, más que en la teoría de los procesos del mercado de la Escuela Austriaca.

Hay varios defectos graves en la teoría de Schumpeter de la espíritu empresarial. El modelo de equilibrio general walrasiano en el que basa sus teorías de desarrollo y ciclos de negocios tergiversa profundamente el proceso del mercado por razones ampliamente tratadas en otros lugares, particularmente en las críticas de Mises y otros teóricos de la Escuela Austriaca. Al parecer, esto es lo que le lleva a aplicar su deus ex machina empresarial tanto en contextos de mercado como no de mercado, en detrimento de la comprensión de ambos. Además, su deus ex machina empresarial como disruptor del equilibrio general carece de motivación razonada. No es un perseguidor de oportunidades de beneficio, es un Prometeo sin una primera causa, un mero dispositivo pragmático para poner las cosas en marcha. El enfoque de Schumpeter se opone incluso al cambio de la Revolución Marginal de 1870, que pasó de una teoría de procesos de mercado impulsada por la producción a otra impulsada por el consumidor. Sus consumidores son la cola que mueve el perro emprendedor.

Schumpeter también postula las innovaciones como actos de emprendimiento sin una explicación de la fuente de las «nuevas posibilidades» que se utilizan en la innovación. Él niega que sean encontradas o creadas por el espíritu empresarial; simplemente llegan a existir de alguna manera, mienten por un tiempo, se tropiezan con ellas y se aplican. Su perfecta suposición de conocimiento para que exista un equilibrio general en una economía de mercado elimina de hecho cualquier fuente racional de actividad empresarial.

La teoría de Kirzner sobre el espíritu empresarial tiene puntos de amarre obvios y sustanciales en la teoría de los procesos del mercado de la Escuela Austriaca, tal como se ha desarrollado a través del trabajo de Menger, Mises y Hayek. Su extenso desarrollo de los aspectos específicos del aspecto empresarial de la acción humana ha contribuido significativamente a nuestra comprensión de la misma. En marcado contraste con el deus ex machina ad hoc de Schumpeter, el concepto empresarial de Kirzner se basa en la soberanía del consumidor y mejora nuestra comprensión de cómo el proceso de mercado ayuda a los individuos en sus intentos por alcanzar los objetivos elegidos.

Sin embargo, hay elementos discordantes en la visión de Kirzner. Encontrar la esencia del espíritu empresarial en la «vigilancia» de las oportunidades de beneficio es perspicaz, pero debe haber algo más que eso. Se necesita un acto de voluntad para estar alerta, y otro acto de voluntad para decidir hacer algo al respecto. La capacidad de estar atento a las oportunidades y de esforzarse por sacar provecho de ellas es valiente y no siempre está presente en todo momento o en todas las personas.

Además, la propia comparación de Kirzner de su concepto de emprendedorismo con el de Schumpeter es inadecuada en el sentido de que accede a la visión del «tipo ideal» de «emprendedor» de Schumpeter, en lugar de ser —como reconoce Kirzner mismo— un aspecto de la conciencia humana presente en las relaciones de intercambio. Lo hace cuando caracteriza la diferencia entre sus respectivas visiones como una entre la del empresario como disruptor del equilibrio y la del equilibrador, dejando fuera la ignorancia, la incertidumbre y la determinación que dan lugar al aspecto empresarial de toda acción humana sólo en el proceso del mercado.

También es difícil separar la innovación de la iniciativa empresarial, si la iniciativa empresarial está entrelazada con «audacia, confianza en sí mismo, creatividad y capacidad innovadora», como dice Kirzner. La ampliación de la definición de «arbitraje» para incluir la innovación parece más un golpe de timón que un argumento. Una atención centrada en las posibles oportunidades de beneficio del mercado, de cualquier tipo, y la voluntad de perseguirlas, parece una parte necesaria del concepto de espíritu empresarial. Los escritos posteriores de Kirzner parecen reconocerlo.

Por último, la comparación entre las dos teorías de la acción empresarial sugiere que puede ser el momento de abandonar el uso de las palabras «equilibrio» y «desequilibrio» de la economía. El proceso de mercado no se trata de alcanzar el «equilibrio», ya sea temporal o terminal. Se trata de individuos intencionales que buscan alcanzar sus metas personales a través del intercambio con otros en un contexto de ignorancia e incertidumbre que requiere especulación. El intercambio comercial es sólo uno de los medios para la consecución pacífica de los fines humanos. El lenguaje de la mecánica clásica proporciona metáforas inapropiadas para la explicación del proceso de intercambio de mercado. La primera ley de la termodinámica se aplica sólo a los fenómenos de la ciencia física, no a la cataláctica, que es una ciencia de la acción humana en la que se crea valor en lugar de ser equilibrada o simplemente no perderse.

Bostaph is Emeritus Professor of Economics at the University of Dallas.

https://mises.org/es/wire/schumpeter-contra-kirzner-sobre-los-emprendedores

Mises sobre la formación de los precios y su tendencia hacia el equilibrio, desatada por los emprendedores

Con los alumnos de la UBA Económicas vemos a Mises, en su obra Acción Humana, tratar el tema de la formación de los precios, y considera allí un concepto fundamental para la economía que es el de equilibrio. Esto dice:

“Hállase el mercado en constante agitación. El modelo de una economía de giro uniforme jamás se da en el mundo de la realidad. Nunca la suma de los precios de los diversos factores complementarios de producción, descontando el elemento tiempo, llega a igualarse —sin que sea previsible próximo cambio de situación— con el precio de la mercancía terminada. Siempre hay beneficios aguardando a alguien. La posibilidad de lucro encandila de continuo al especulador. La imaginaria construcción de la economía de giro uniforme constituye instrumento mental que nos ayuda a comprender el origen de las pérdidas y las ganancias empresariales.

Tal construcción, sin embargo, de nada nos sirve cuando de comprender la formación de los precios se trata. Los precios finales que dicha imaginaria construcción registra jamás coinciden con los precios de mercado. Ni el empresario ni nadie que en la escena económica actúe guíase por fantasmagorías tales como los precios de equilibrio o las economías de giro uniforme. Los empresarios ponderan sólo el futuro precio por ellos previsto; jamás se preocupan por precios finales o en equilibrio. Advierten discrepancias entre los precios de los factores complementarios de producción y el futuro precio que creen podrán cobrar por la mercancía terminada, lanzándose a aprovechar la aludida diferencia. Tales actuaciones empresariales acabarían implantando una economía de giro uniforme si no fuera por las ulteriores variaciones que las circunstancias del mercado registran.

La actividad empresarial desata, en todo el ámbito mercantil, una tendencia a la igualación de los precios de todas las mercancías idénticas entre sí, descontados siempre los gastos de transporte, así como el tiempo que éste pueda requerir. Toda diferencia que entre dichos precios pueda registrarse (si no resulta meramente transitoria hallándose condenada a desaparecer a causa de la propia actuación empresarial) es siempre fruto de específicos obstáculos opuestos a aquella natural tendencia igualatoria. Hay alguna cortapisa que a quienes persiguen el lucro impide actuar. El observador que no conozca a fondo las particulares circunstancias del correspondiente mercado posiblemente no logre advertir cuáles sean las barreras institucionales que frenan y estorban la igualación de los precios. Los comerciantes interesados, sin embargo, no se engañan; saben perfectamente por qué no se lucran aprovechando tales diferencias.

Las estadísticas abordan estos asuntos con enorme ligereza. Cuando tropiezan con disparidades entre dos ciudades o países, en lo tocante a los precios al por mayor de determinadas mercancías, diferencias que el transporte, los aranceles o los impuestos no justifican, acaban simplemente concluyendo que el poder adquisitivo del dinero y el «nivel» de los precios es dispar en ambas localidades ‘. Partiendo de tales cifras estadísticas, Iánzanse las gentes a arbitrar fórmulas monetarias que supriman dichas desigualdades. Pero la verdadera causa de las diferencias jamás puede ser de índole monetaria. Si los precios, en ambas localidades, cotízanse en la misma moneda, resulta forzoso averiguar qué es lo que impide a los comerciantes lanzarse a aquellas lucrativas operaciones que fatalmente harían desaparecer tal disparidad de precios. Ni aun expresándose los precios en valutas disimilares varíase el planteamiento. En efecto, las cotizaciones de las distintas monedas tienden hacia tipos que impiden nadie se lucre aprovechando las diferencias que los precios de los productos puedan registrar. Cuando, entre dos plazas, esas diferencias de precios a que venimos aludiendo persisten de modo permanente, corresponde a la economía descriptiva y a la historia económica investigar las barreras institucionales que impiden a las gentes concertar aquellas transacciones que provocarían la igualación de los precios.”

David Ricardo, el ‘valor-trabajo’, y las ganancias en el equilibrio: afuera quedó el emprendedor

En el Capítulo IV de su libro “Principios de Política Económica y Tributación”, David Ricardo comienza señalando al trabajo como fuente del valor de los bienes y la cantidad comparativa de trabajo como el fundamento de su precio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP2.html

Pero luego centra su análisis en el mecanismo de inversión de capital que se produce en el mercado, asignándolo a aquellas ramas de los negocios donde se obtengan mayores ganancias y desatando un proceso que lleva, al final, en el equilibrio, a iguales tasas de ganancias. El proceso de mercado que analiza explica correctamente este camino pero más adelante veremos que destruye la teoría del “valor trabajo”, al menos como la continuara más tarde Karl Marx. Dice Ricardo:

David Ricardo

“Supongamos que todos los bienes tienen su precio natural y que, por lo tanto, las ganancias del capital en todos esos empleos obtienen exactamente la misma tasa, o se diferencias tan sólo, en lo que la estimación de las partes creen es alguna ventaja real o aparente. Supongamos ahora que un cambio de moda incrementa la demanda de sedas y disminuye la de lanas; su precio natural, la cantidad de trabajo necesaria para su producción, permanecerá inalterado, pero el precio de mercado de la seda aumentará, y el de la lana caerá; y por lo tanto las ganancias del productor de sedas será mayores, mientras que las del productor de lanas serán menores. No solamente las ganancias, también los salarios de los trabajadores se verán afectados en esos empleos. Esta mayor demanda de sedas sería, sin embargo, rápidamente atendida, por la transferencia de capital y mano de obra de la manufactura de lanas hacia la de sedas; cuando los precios de mercado de las sedas y las lanas volverían a aproximarse a sus precios naturales, y los respectivos productores de esos bienes obtendrían las ganancias usuales.”

Por supuesto que esta idea de un mecanismo de auto-ajuste que responde a cambios en las preferencias de los consumidores había sido presentada ya por Adam Smith en su famosa metáfora de la “mano invisible”.

Pero tal vez como Ricardo parte en ese ejemplo del equilibrio para analizar un cambio, haya dado a entender que ese equilibrio alguna vez se alcanza, y esto llevó a la economía a desarrollar modelos de equilibrio y prestar menos atención al proceso allí explicado.

Como la economía se encuentra en permanente cambio y movimiento, ese punto final nunca llega a alcanzarse, por lo que, en realidad, es necesario estudiar el ‘proceso de mercado’, que apunta siempre en esa dirección pero que debe ajustarse en forma permanente. Este análisis llegaría después, tal vez un siglo más tarde. El motor de esos cambios es el emprendedor, el que, motivado por las oportunidades que se presentan “sacude” al mercado con sus innovaciones, siempre motivado por esa ganancia que promete llegar allí primero.

Por eso la figura del emprendedor quedó relegada en el análisis económico, donde todos los ajustes en el mercado parecían suceder automáticamente. En ese sentido, si se interpretaba la idea de “mano invisible” como una adaptación que simplemente “sucede”, dejaba entonces de explicar lo más importante.

Ya en el siglo XX los economistas austriacos (entre ellos Schumpeter), Frank Knight y otros, desarrollarían el análisis de ese proceso de mercado en forma más completa.

Por último, en la misma presentación de Ricardo se encuentran las raíces de la fundamental crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor trabajo: si el valor proviene del trabajo, y de él, agregaría Marx, se extrae la plusvalía, en el equilibrio, donde todas las actividades generan una tasa de ganancias similar, ¿no deberían todas tener la misma cantidad de trabajo? Y esto, obviamente, no es así.

¿Son los costos los que determinan los precios? Claro, tienden hacia ellos, pero también son precios

Los alumnos de Económicas en la UBA leen a Böhm-Bawerk sobre el valor. En particular, BB analiza la teoría de los costos y todas las teorías que entonces consideraban que son los costos los que determinan los precios en este artículo titulado: “El determinante último del valor”: http://www.eseade.edu.ar/files/Libertas/46_7_Von%20Bohm%20Bawerk.pdf

Bohm Bawerk - Positive Theory of Capital

El comentario incluye la muy influyente teoría de Alfred Marshall sobre los dos lados de la tijera (utilidad para la demanda y costos para la oferta), que es aceptada en forma bastante generalizada. El artículo de BB es de difícil lectura, hay que leerlo lentamente y más de una vez pero concluye que los precios son determinados por la utilidad marginal, subjetiva. La influencia de los costos se encuentra en la llamada “ley de costos”, la que establece que los precios tienden, en el largo plazo, al nivel de los costos de producción. En ese punto final de equilibrio los precios serían igual a los costos, ya que de otra forma, si fueran más altos, estarían enviando una señal de que allí hay mayores ganancias que en otras actividades y los emprendedores se trasladarían a esa actividad hasta que esa diferencia deje de existir y se alcance una tasa de retorno normal. Si fueran más bajos, simplemente dejarían de producir esos bienes, y esa menor producción elevaría el precio de los productos hasta que se obtuviera un precio normal de retorno.

Descarta la teoría que asigna al trabajo como fuente del valor (Marx, entre otros). Concluye en una primera parte:

“Este análisis un tanto breve y pedante, aunque necesario, de la famosa ley de costos nos lleva a la siguiente conclusión. La ley de costos, tal como se la aplica a los hechos reales de nuestra vida económica, es susceptible de verificación en el sentido de que el costo sincrónicamente calculado, o la suma de los valores de los bienes que se emplean en la producción, coincide con el precio del producto. Por otra parte, si suponemos que dicho costo puede históricamente convertirse todo en trabajo, es posible verificar la proposición de que el precio del producto está determinado por la suma del trabajo realizado, medido en términos del valor de ese trabajo. Pero la ley de costos no es, por cierto, verdadera en el sentido de que el precio de estos bienes que están dentro del imperio de la ley está determinado por la cantidad de sacrificio implícito en su producción”.

Y luego explica en forma puntillosa cómo es que la demanda de los bienes finales, que a su vez está determinada por la utilidad marginal de los demandantes, es la que determina junto con la oferta el precio de esos bienes, y en forma indirecta el precio de sus factores de producción, entre los cuales se encuentra el trabajo. De otra forma se cae en una regresión infinita: los precios son determinados por los costos; pero los costos son también precios, que a su vez estarán determinados por sus costos; los cuales también son precios y así sucesivamente sin que se pueda encontrar una solución. En sus palabras:

“Los poderes de producción existentes, incluyendo al más importante y legítimo de todos —el trabajo— tratan de obtener empleo en las diversas oportunidades de producción que se les presentan. Es natural que se vinculen primero con aquellas esferas de producción que sean más rentables. Pero como ellas no resultan suficientes para dar empleo a todo el poder productivo, parte de este poder debe participar de ocupaciones sucesivamente menos productivas hasta que, por fin, se haya dado empleo a todo ese poder. Esta extensión gradual a ocupaciones menos rentables puede observarse en la producción, en un momento determinado, de bienes más valiosos y de otros que, desde el principio mismo, eran menos valiosos, porque su demanda era menos urgente. Pero lo importante de esta extensión gradual hacia empleos menos rentables se halla en otra parte. En cualquier campo de producción que haya sido hasta ahora muy rentable, el monto producido tiende a aumentar. Por lo tanto, de acuerdo con principios bien conocidos, nos vemos obligados a comercializar el aumento de la producción a un precio más bajo.”

Y más adelante:

“Todavía avanza un poco más y determina el salario del trabajador. Por un lado, ningún empresario le pagará a sus obreros, durante un período prolongado, más de lo que puede obtener por el producto del trabajo de ellos. El valor del producto será, entonces, el límite superior del índice de los salarios. Además, en condiciones de libre competencia, no les pagará menos durante un período prolongado porque en tanto el precio de mercado supere al costo de producción, el empresario obtiene ganancias; pero él o sus competidores se sentirán tentados a aumentar, por ello, su producción y, de este modo, a emplear más trabajadores hasta que la diferencia entre la valoración del último comprador y el salario del último trabajador desaparezca.”

 

David Ricardo explica cómo la ‘mano invisible’ lleva al equilibrio, luego se olvidaron del emprendedor

En el Capítulo IV de su libro “Principios de Política Económica y Tributación”, David Ricardo comienza señalando al trabajo como fuente del valor de los bienes y la cantidad comparativa de trabajo como el fundamento de su precio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP2.html

Pero luego centra su análisis en el mecanismo de inversión de capital que se produce en el mercado, asignándolo a aquellas ramas de los negocios donde se obtengan mayores ganancias y desatando un proceso que lleva, al final, en el equilibrio, a iguales tasas de ganancias. El proceso de mercado que analiza explica correctamente este camino pero más adelante veremos que destruye la teoría del “valor trabajo”, al menos como la continuara más tarde Karl Marx. Dice Ricardo:

David Ricardo

“Supongamos que todos los bienes tienen su precio natural y que, por lo tanto, las ganancias del capital en todos esos empleos obtienen exactamente la misma tasa, o se diferencias tan sólo, en lo que la estimación de las partes creen es alguna ventaja real o aparente. Supongamos ahora que un cambio de moda incrementa la demanda de sedas y disminuye la de lanas; su precio natural, la cantidad de trabajo necesaria para su producción, permanecerá inalterado, pero el precio de mercado de la seda aumentará, y el de la lana caerá; y por lo tanto las ganancias del productor de sedas será mayores, mientras que las del productor de lanas serán menores. No solamente las ganancias, también los salarios de los trabajadores se verán afectados en esos empleos. Esta mayor demanda de sedas sería, sin embargo, rápidamente atendida, por la transferencia de capital y mano de obra de la manufactura de lanas hacia la de sedas; cuando los precios de mercado de las sedas y las lanas volverían a aproximarse a sus precios naturales, y los respectivos productores de esos bienes obtendrían las ganancias usuales.”

Por supuesto que esta idea de un mecanismo de auto-ajuste que responde a cambios en las preferencias de los consumidores había sido presentada ya por Adam Smith en su famosa metáfora de la “mano invisible”.

Pero tal vez como Ricardo parte en ese ejemplo del equilibrio para analizar un cambio, haya dado a entender que ese equilibrio alguna vez se alcanza, y esto llevó a la economía a desarrollar modelos de equilibrio y prestar menos atención al proceso allí explicado.

Como la economía se encuentra en permanente cambio y movimiento, ese punto final nunca llega a alcanzarse, por lo que, en realidad, es necesario estudiar el ‘proceso de mercado’, que apunta siempre en esa dirección pero que debe ajustarse en forma permanente. Este análisis llegaría después, tal vez un siglo más tarde. El motor de esos cambios es el emprendedor, el que, motivado por las oportunidades que se presentan “sacude” al mercado con sus innovaciones, siempre motivado por esa ganancia que promete llegar allí primero.

Por eso la figura del emprendedor quedó relegada en el análisis económico, donde todos los ajustes en el mercado parecían suceder automáticamente. En ese sentido, si se interpretaba la idea de “mano invisible” como una adaptación que simplemente “sucede”, dejaba entonces de explicar lo más importante.

Ya en el siglo XX los economistas austriacos (entre ellos Schumpeter), Frank Knight y otros, desarrollarían el análisis de ese proceso de mercado en forma más completa.

 

Fallas de mercado y equilibrio general: ¿fallas o ausencia de mercados y derechos de propiedad?

Estaremos viendo las así llamadas “fallas de mercado”. Hay dos visiones al respecto: la visión austriaca es que las imperfecciones son inevitables dadas las limitaciones del conocimiento. EL mercado es precisamente el gran proceso que permite el descubrimiento y distribución de ese conocimiento. Pero la visión tradicional encuentra gran cantidad de fallas. Por supuesto que existen tales cosas como oligopolios, externalidades, bienes ‘públicos’, y otros, pero hecho de que se consideren “fallas” de los mercados (y en muchos casos son en verdad “ausencia de mercados” por la falta de derechos de propiedad claramente definidos o la presencia de barreras regulatorias al ingreso de competidores}. Y son “fallas” también por pretender que la “perfección” del modelo ideal del equilibrio general “deba” existir en la realidad. Algunos comentarios del libro al respecto:

“Si el punto de equilibrio de un mercado es óptimo en el sentido de Pareto, ¿no ha de ser óptima una situación en la que todos los mercados estén en equilibrio? Imaginemos una situación así: se maximiza el superávit de los demandantes y el de los oferentes, no existen excedentes involuntarios en el mercado ya que todo el que quiso comprar lo hizo y todo el que quiso vender también, y los productos quedaron en manos de quienes más los valoran: los compradores, quienes adquirieron de los oferentes que los valoraban en menos y los vendedores, cuando sus valoraciones eran superiores a las de los compradores.

Por supuesto que el equilibrio general es un modelo “ideal”, una configuración imaginada, no descubierta en el mundo real. ¿Cuál sería el sentido de considerar mundos ideales que no existen? Pues como en las ciencias sociales no pueden realizarse experimentos como en las ciencias naturales, el uso de este tipo de construcciones imaginarias permite deducir lógicamente algunas conclusiones, suponiendo algún tipo de cambio mientras que todo lo demás se mantiene igual. Esto es lo que solemos describir con las palabras latinas “céteris páribus” con la cual se quiere decir que todo lo demás sigue igual, no ha cambiado. Un modelo ideal de este tipo nos permite deducir cuáles son los efectos de alguna modificación en alguna de las variables.

… el problema es que el modelo del mercado competitivo en equilibrio como suele ser presentado demanda unas condiciones de imposible realización en el mundo limitado y real en el que los humanos vivimos.

En particular, dicho modelo demanda que (Kirzner, 1973):

  • Todas las acciones deben estar perfectamente coordinadas

o             Las decisiones de los dueños de los recursos con las de los empresarios que los compran

o             Las decisiones de los consumidores para la compra de cada producto o servicio con las decisiones de producción y venta de los empresarios

o             Las decisiones de cada empresario con las del resto por lo que no habría actividad más lucrativa que ésa

o             No existiría un mejor método de producción, tecnología o escala

Por otro lado,

  • Los precios de los productos y recursos deben ser los que permitan esta coordinación universal

o             El precio de cada recurso debe ser tal que la cantidad que los dueños están dispuestos a vender sea la misma que los empresarios quieren comprar

o             El precio de cada producto debe ser tal que la cantidad que los empresarios desean vender sea igual a la que los consumidores quieren comprar

o             Cada empresario debe estar produciendo en el nivel en que su ingreso marginal sea igual a su costo marginal

 

Esto exige que ni las dotaciones de recursos, ni las posibilidades tecnológicas ni preferencias de los consumidores cambien. No existe un beneficio empresarial sino una tasa de remuneración de los factores que es igual a todos ellos. Es una economía sin cambios, sin innovación, sin emprendedores. Demanda, adicionalmente, el conocimiento omnisciente; todas las decisiones antes mencionadas sólo pueden cumplirse con conocimiento perfecto y anticipado de las acciones y reacciones de los demás actores del mercado.

Al respecto, dice Varian, en uno de los textos de microeconomía neoclásica más importantes:

“…un conjunto de precios tal que cada consumidor elige la cesta que prefiere de entre las que son asequibles y todas las decisiones de los individuos son compatibles en el sentido de que la demanda es igual a la oferta en todos los mercados” (Varian 1993, p. 509)

…fue elevada posteriormente a la categoría de “óptimo” según el Primer Teorema de la Economía del Bienestar, al lado de la cual todo lo demás es un “fracaso”:

“Este teorema garantiza que un mercado competitivo obtiene todas las ganancias derivadas del comercio: la asignación de equilibrio lograda por un conjunto de mercados competitivos es necesariamente eficiente en el sentido de Pareto. Quizá no tenga ninguna otra propiedad deseable, pero es necesariamente eficiente” (Varian 1993, p. 518).

Se pregunta Varian: “La existencia de un equilibrio competitivo es importante en la medida en que sirve para comprobar la coherencia de los diferentes modelos que hemos analizado en los capítulos anteriores. ¿De qué serviría desarrollar complejas teorías del funcionamiento de un equilibrio competitivo si éste normalmente no existiera?” (p. 515).

Parece un razonamiento de este tipo: tenemos una linda teoría, la realidad tendría que ser como ella indica…, y si así no es, es la realidad la que tiene problemas. La teoría, sin embargo, tiene que ayudarnos a comprender la realidad, lo cual es muy distinto que pretender que ésta se acomode a ella.