La planificación económica en el socialismo: Lenin la propone, Mises la critica.

Con los alumnos de la UBA Económicas, Historia del Pensamiento Económico I, vemos a Lenin sobre la planificación económica en el socialismo en un artículo de 1919 titulado “La política y la economía en la dictadura del proletariado”, y luego un artículo de Mises de un año después sobre la planificación y el cálculo económico en el socialismo.

Dice Lenin:
El trabajo está mancomunado en Rusia a la manera comunista por cuanto, primero, está abolida la propiedad privada sobre los medios de producción y, segundo, porque el Poder proletario del Estado organiza en escala nacional la gran producción en las tierras y empresas estatales, distribuye la mano de obra entre las diferentes ramas de la economía y entre las empresas, distribuye entre los trabajadores inmensas cantidades de artículos de consumo pertenecientes al Estado.

Dice Mises:

Las tentativas de los bolcheviques rusos de hacer del Socialismo algo de la vida real y no un simple programa de partido, no se han enfrentado con el problema del cálculo económico bajo el Socialismo porque las Repúblicas Soviéticas existen en un mundo que crea precios en dinero para todos los medios de producción. Los gobernantes de las Repúblicas Soviéticas basan en esos precios los cálculos de acuerdo a los cuales toman sus decisiones. Si no fuera por esos precios, sus acciones carecerían de objetivos y de planificación. Sólo pueden calcular, llevar libros de contaduría y hacer planes si tienen como referencia ese sistema de precios. Su posición es la misma que la del estado y de las municipalidades socialistas de otros países: no ha surgido aún para ellos el problema del cálculo económico socialista.

Las empresas estatales y municipales calculan en base a los precios de los medios de producción y de bienes de consumo que crea el mercado. Pero sería precipitado deducir que porque existen empresas estatales y municipales, es posible el cálculo económico socialista.

Sabemos que las empresas socialistas de un solo rubro deproducción resultan únicamente porque reciben ayuda de su entorno no socialista. El estado y las municipalidades pueden mantener sus empresas propias porque los impuestos pagados por las empresas capitalistas cubren sus pérdidas. En la misma forma, Rusia ya se habría derrumbado si no hubiera sido apoyada financieramente por los países capitalistas. Pero mucho más importante que esta ayuda material prestada por la economía capitalista a las empresas socialistas es la asistencia mental. Sin las bases para el cálculo que el Capitalismo pone a disposición del Socialismo bajo la forma de precios de mercado, las empresas socialistas no podrían mantenerse, ni siquiera en rubros únicos de producción o en países individuales.

Los escritores socialistas podrán seguir publicando libros acerca de la decadencia del Capitalismo y el advenimiento del milenio socialista; podrán describir los males del Capitalismo en tonos dramáticos y compararlos con tentadores informes de las bendiciones de una sociedad socialista. Sus escritos podrán  seguir impresionando a los insensatos, pero todo eso no cambiará el destino de la idea socialista. El intento de reformar al mundo en tal sentido podría destruir la civilización, pero nunca lograría establecer una comunidad socialista que resultara exitosa.

Ingreso restringido, discriminación y privilegios en las universidades de países socialistas.

Todos los socialistas o progresistas promueven la idea del ingreso irrestricto a la universidad pública, en particular en Argentina, pero en los países socialistas eso es algo impensado. Los movimientos estudiantiles demandan más fechas de exámenes, más facilidades para aprobar las materias, la idea de algún tipo de exigencia en cuanto al desempeño del alumno parece ser una política ‘restrictiva’ y ‘discriminatoria’. Pero nada de eso parece haber ocurrido en los paraísos socialistas que son su modelo. En el libro de Jung Chang “Cisnes Salvajes”, que cuenta la tremenda historia de tres generaciones de mujeres chinas en el siglo XX, comienza su capítulo 13:

Cuando en 1958 mi madre me llevó por primera vez a la escuela primaria, yo llevaba mi nueva chaqueta de cordón rosa, unos pantalones de franela verde y un enorme lazo rosa en el pelo. Entramos directamente al despacho de la directora, quien nos esperaba en compañía de la supervisora académica y de una de las profesoras. Todos sonreían y se dirigían a mi madre respetuosamente llamándola directora Xia y tratándola como a un personaje. Poco después, me enteré de que aquella escuela pertenecía a su departamento.

Aquella entrevista especial se debió a que yo contaba seis años de edad, cuando normalmente sólo aceptaban niños a partir de los siete debido a la escasez de plazas escolares. Sin embargo, ni siquiera mi padre tuvo entonces inconveniente en saltarse las normas, ya que tanto él como mi madre querían que empezara a ir al colegio a una edad temprana. Mi fluida declamación de poemas clásicos y mi hermosa caligrafía convencieron a los profesores de que me hallaba lo suficientemente avanzada. Tras convencer de ello a la directora y a sus colegas con la prueba de ingreso habitual, se me aceptó como caso especial, ante lo cual mis padres se mostraron tremendamente orgullosos de mí. Aquella misma escuela había rechazado ya a muchos de los hijos de sus colegas.

Se trataba de una escuela a la que todo el mundo quería enviar a sus hijos debido a que estaba considerada la mejor de Chengdu, así como la principal escuela «clave» de toda la provincia. El ingreso en las escuelas y universidades clave resultaba sumamente difícil. Dependía tan sólo de los méritos de cada uno, y no se concedía prioridad a los hijos de las familias de funcionarios.

Cada vez que me presentaban a una nueva maestra, siempre era como «la hija del director Chang y de la directora Xia». Mi madre solía acudir a la escuela en su bicicleta como parte de su trabajo para comprobar el modo en que era gestionada. Un día, comenzó de pronto a hacer frío y me trajo una chaqueta verde de abrigo con cordones bordada en su parte delantera. La propia directora vino al aula para entregármela, y yo me sentí terriblemente avergonzada de las miradas de todos mis compañeros. Al igual que la mayoría de los niños, lo único que quería era ser una más de mi grupo y que me aceptaran como tal.

Teníamos exámenes todas las semanas, y los resultados eran exhibidos en el tablón de anuncios. El primer puesto siempre me correspondía a mí, lo que disgustaba a las que me seguían. En ocasiones, descargaban su amargura llamándome «tesorito de mil piezas de oro» (qian-jin-xiao-jie) o haciendo cosas como meterme sapos en el cajón o atarme las trenzas al respaldo del asiento. Decían que no mostraba espíritu colectivo y que despreciaba a los demás. Yo, sin embargo, sabía que lo único que ocurría era que me gustaba hacer mi propia vida.”

«Que cien flores se abran, que florezcan cien ideologías». No era una consigna de libertad de pensamiento, sino una trampa

Siempre me gustó la consigna “que cien flores se abran, que florezcan cien ideologías”. Era aceptar la diversidad, la competencia de ideas. Pero cuando leo el libro de Jung Chang “Cisnes Salvajes”, que cuenta la tremenda historia de tres generaciones de mujeres chinas en el siglo XX, veo que la consigna fue nada más que una artimaña para que cualquiera que fuera disidente saliera a la luz y así poder “limpiarlo”.

Así cuenta un caso:

Aquel estallido de críticas —que a menudo no eran otra cosa que quejas personales o sugerencias prácticas y apolíticas de posibles mejoras— floreció durante aproximadamente un mes del verano de 1957. A comienzos de junio, el discurso pronunciado por Mao acerca de «sacar a las serpientes de sus guaridas» llegó verbalmente a oídos de los funcionarios del nivel de mi madre.

En aquella arenga, Mao había dicho que los derechistas habían desencadenado un ataque sin cuartel del Partido Comunista y del sistema socialista de China. Afirmó que dichos derechistas suponían entre el uno y el diez por ciento de los intelectuales del país… y que debían ser aplastados. Para simplificar las cosas, se había escogido la cifra del cinco por ciento —a medio camino entre ambos extremos propuestos por Mao— como proporción 269 establecida de derechistas que debían ser capturados. Para alcanzar dicha cifra, mi madre debía desenmascarar a más de cien derechistas en las organizaciones a su cargo.

Estaba un poco disgustada por algunas de las críticas que ella misma había recibido, pero pocas de ellas podían considerarse ni remotamente anticomunistas o antisocialistas. A juzgar por lo que había leído en los periódicos, parecía que se habían producido algunos ataques al monopolio comunista del poder y al sistema socialista, pero en sus escuelas y hospitales nadie se había mostrado tan osado. ¿Dónde demonios iba a localizar a tantos derechistas? Además, pensó, era injusto castigar a gente a la que previamente se había invitado —incluso exhortado— a hablar. Por si fuera poco, Mao había garantizado explícitamente que no se tomarían represalias contra los que hablaran. Ella misma, con gran entusiasmo, había animado a la gente a hacerlo.

Se encontraba en un dilema típico al que en ese momento se enfrentaban millones de funcionarios de toda China. En Chengdu, la Campaña Antiderechista tuvo un inicio lento y difícil. Las autoridades provinciales decidieron dar ejemplo con un hombre, un tal señor Hau, que era secretario del Partido en un instituto de investigación en el que trabajaban científicos de renombre procedentes de toda la región de Sichuan. Se esperaba de él que capturara a un número considerable de derechistas, pero había informado que en su instituto no había ni uno. «¿Cómo es posible?», había preguntado su jefe. Algunos de los científicos habían estudiado en el extranjero, en Occidente. «Tienen que haberse contaminado por la sociedad occidental. ¿Cómo pretende usted esperar que sean felices con el comunismo? ¿Cómo es posible que entre ellos no haya ningún derechista?». El señor Hau dijo que el hecho de que hubieran elegido regresar a China demostraba que no eran anticomunistas, y llegó al extremo de avalarles personalmente. Se le advirtió en numerosas ocasiones que rectificara su actitud. Por fin, fue calificado él mismo de derechista, expulsado del Partido y despedido de su empleo. Su nivel de funcionariado se vio drásticamente reducido y se le obligó a trabajar barriendo los suelos en los laboratorios del mismo instituto que antes había dirigido.”

Los soviéticos eliminaron los fines de semana, prohibieron Semana Santa y reemplazaron Navidad por una fiesta de invierno socialista

Ryan MacMaken comenta cómo los soviéticos reemplazaron la Navidad por una fiesta de invierno socialista: https://mises.org/es/power-market/c%C3%B3mo-los-sovi%C3%A9ticos-reemplazaron-la-navidad-por-un-festivo-de-invierno-socialista

Los revolucionarios de izquierda tienen desde hace mucho tiempo el hábito de reelaborar el calendario para que sea más fácil forzar a la población a adoptar nuevos hábitos y nuevas formas de vida que se adapten mejor a los propios revolucionarios.

Los revolucionarios franceses abolieron el calendario habitual, sustituyéndolo por un sistema de diez días semanales con tres semanas al mes. Todos los meses fueron renombrados. Las fiestas y días festivos cristianos fueron reemplazados por conmemoraciones de plantas como nabos y coliflor.

Los comunistas soviéticos intentaron reformas importantes en el calendario ellos mismos. Entre ellas estaba la abolición de la semana tradicional con sus domingos libres y ciclos predecibles de siete días.

[RELACIONADOS: «Cuando los comunistas abolieron el fin de semana» por Ryan McMaken]

Ese experimento finalmente fracasó, pero los soviéticos lograron erradicar muchas fiestas tradicionales cristianas en un país que había estado influenciado durante siglos por la adhesión popular a la religión cristiana ortodoxa oriental.

Una vez que los comunistas tomaron el control del estado ruso, el calendario habitual de fiestas religiosas fue naturalmente abolido. La Pascua estaba prohibida, y durante los años en los que los fines de semana se eliminaban, la Pascua era especialmente difícil de celebrar, incluso en privado.

Pero quizás la fiesta religiosa más difícil de suprimir fue la Navidad, y mucho de esto se evidencia en el hecho de que la Navidad no fue abolida sino reemplazada por una versión secular con rituales similares.

Emily Tamkin escribe en Foreign Policy:

Inicialmente, los soviéticos intentaron reemplazar la Navidad con un día festivo más apropiado relacionado con el komsomol (liga comunista juvenil), pero, sorprendentemente, esto no fue así. Y para 1928 habían prohibido completamente la Navidad, y el 25 de diciembre era un día de trabajo normal.

Luego, en 1935, Josef Stalin decidió, entre la gran hambruna y el Gran Terror, devolver un árbol de celebración a los niños soviéticos. Pero los líderes soviéticos no vincularon el árbol a las celebraciones religiosas de Navidad, sino a un año nuevo secular, que, por muy orientado hacia el futuro, encajaba perfectamente con la ideología soviética.

Ded Moroz (figura de Papá Noel) fue traído de vuelta. Encontró a una doncella de cuentos populares para que le proporcionara a su encantadora asistente, Snegurochka. La estrella azul de siete puntas que se sentaba sobre los árboles imperiales fue reemplazada por una estrella roja de cinco puntas, como la de la insignia soviética. Se convirtió en un día festivo cívico y festivo, que fue ritualmente enfatizado por el tictac del reloj, el champán, el himno de la Unión Soviética, el intercambio de regalos y las grandes fiestas.

En el contexto de estas celebraciones, la palabra «Navidad» fue sustituida por «invierno». Según un informe del Congreso de 1965,

La lucha contra la religión cristiana, considerada como un remanente del pasado burgués, es uno de los aspectos principales de la lucha por moldear al nuevo «hombre comunista». … el Árbol de Navidad ha sido oficialmente abolido, Papá Noel se ha convertido en Papá Frost, el Árbol de Navidad se ha convertido en el Árbol de Invierno, la Fiesta de Navidad la Fiesta de Invierno. Las ceremonias de bautizo y confirmación se sustituyen por ceremonias con nombres civiles, hasta ahora sin mucho éxito.

Es quizás significativo que Stalin encontrara que el aspecto de Papá Noel de la Navidad merecía ser preservado, y Stalin aparentemente calculó que una figura paterna con regalos podría ser útil después de todo.

Según un artículo de 1949 en The Virginia Advocate,

en reuniones de niños en la temporada navideña…. conferencias del abuelo Frost sobre el buen comportamiento comunista. Acostumbra a terminar su charla con la pregunta «¿a quién debemos todas las cosas buenas de nuestra sociedad socialista? A lo cual, se dice, los niños corean la respuesta: «Stalin»».

Todas y cada una de las experiencias socialistas han fracasado. ¿Qué más se puede decir? ¿Porqué esta vez será diferente?

Kristian Niemetz es autor del libro Socialism, recientemente publicado por el Institute of Economic Affairs de Londres. Aquí en una nota, presenta su principal argumento:

Primero, por mucho que los autores insistan en que los ejemplos anteriores de socialismo no eran «realmente» socialistas, ninguno de ellos puede decirnos qué harían exactamente de otra manera. En lugar de proporcionar al menos un bosquejo de cómo «su» versión del socialismo funcionaría en la práctica, los autores escapan a la abstracción y hablan de aspiraciones nobles en lugar de características institucionales tangibles. «Trazar nuevos destinos para la humanidad» y «democratizar la economía» son buenas frases de moda, pero ¿qué significa esto, en la práctica? ¿Cómo manejaría «la gente» conjuntamente «su» economía? ¿Nos reuniríamos todos en Hyde Park y debatiríamos cuántos cepillos de dientes y cuántos destornilladores deberíamos producir? ¿Cómo decidiríamos quién recibe qué? ¿Cómo decidiríamos quién hace qué? ¿Qué pasa si resulta que en realidad no estamos de acuerdo? Estos no son algunos detalles técnicos triviales que podemos dejar hasta después de la revolución. Estas son las preguntas más básicas y fundamentales que un proponente de cualquier sistema económico debe poder responder. Han pasado casi tres décadas desde la caída del Muro de Berlín: tiempo suficiente, uno debería pensar, para que los socialistas «modernos» propongan algunas ideas para un tipo diferente de socialismo. Sin embargo, aquí estamos. Después de todos esos años, todavía no se han movido más allá de la etapa de la palabra de moda. En segundo lugar, los autores no parecen darse cuenta de que no hay nada remotamente nuevo sobre las elevadas aspiraciones de las que hablan y las frases de moda que usan. Darle al pueblo un control democrático sobre la vida económica siempre ha sido la aspiración y la promesa del socialismo. No es que esto nunca se le haya ocurrido a las personas que participaron en proyectos socialistas anteriores. Por el contrario: esa fue siempre la idea. Nunca hubo un momento en que los socialistas comenzaron con la intención expresa de crear sociedades estratificadas dirigidas por una élite tecnocrática. El socialismo siempre resultó de esa manera, pero no porque tenía la intención de ser así. Los socialistas contemporáneos no abordan por completo las deficiencias del socialismo en la esfera económica. Los socialistas generalmente reaccionan con verdadera irritación cuando un oponente político menciona un proyecto socialista anterior y fallido. No pueden ver esto como algo más que un hombre de paja, y un tiro barato. Como resultado, se niegan a abordar la pregunta de por qué esos intentos han resultado ser como lo hicieron. Según los socialistas contemporáneos, los líderes socialistas anteriores simplemente no lo intentaron realmente, y eso es todo lo que hay que saber. Están equivocados.

Piketty dice aportar un nuevo socialismo participativo. No es nuevo, ni es participativo, pero sí es socialismo

Paco Capella tuvo la paciencia de leer el último libro de Piketty, Capital e Ideología. (1248 páginas!).

Aquí concluye su crítica:

Frente a la posible pendiente resbaladiza que permitiría la redistribución de la riqueza al no tener límite y no saber dónde parar, Piketty asegura que “la historia muestra que, por medio de la deliberación democrática, se pueden encontrar límites a lo que es una propiedad privada razonable y lo que es una propiedad privada excesiva.” Es tan ingenuo que cree que en las democracias se delibera y se razona, y reconoce que democráticamente es posible confiscar tanta riqueza como la mayoría desee: la propiedad ya no es una protección del individuo y su libertad contra las agresiones ajenas sino el dominio exiguo sobre lo que la mayoría tenga a bien conceder al individuo minoritario.

Piketty propone un impuesto del 90% sobre el patrimonio de los más ricos: “El objetivo es hacer circular la propiedad, permitir que todo el mundo acceda a ella.” Que todo el mundo acceda a propiedad que han producido legítimamente otros, es decir que el parasitismo sea legal.

El impuesto sobre la propiedad permitiría financiar una herencia para todos de 120.000 euros a los 25 años.

Aparte de que los números quizás no salgan tan bonitos, se estaría diciendo a los jóvenes que tienen derecho a la riqueza por la cara, a cambio de nada, sin necesidad de producir ni aportar nada valioso a cambio.

Ahora la mitad de la población no posee patrimonio. Aunque uno tenga un buen diploma y un buen salario, puede que una parte importante del salario sirva para pagar toda la vida un alquiler a hijos de propietarios y carezca de medios para crear su propia empresa.

Los números redondos como “la mitad de la población” suelen tener trampa. A Piketty le parece mal que un padre deje un patrimonio a sus hijos en forma de propiedad inmobiliaria que les permita obtener rentas del alquiler. Los pobrecitos inquilinos, a pesar de tener “un buen diploma y un buen salario”, están pagando toda la vida un alquiler en lugar de comprar su propia vivienda como si estuvieran en las garras del malvado arrendador. Y además no tienen medios para crear su propia empresa, como si todo el mundo tuviera que tener su propia empresa y como si los mercados de capitales estuvieran cerrados a las buenas ideas.

Quiero una sociedad en la que todo el mundo pueda tener algunos centenares de miles de euros, y en la que algunos que crean empresas y tienen éxito tengan unos millones de euros, quizá a veces unas decenas de millones de euros. Pero, francamente, tener varios centenares o miles de millones no creo que contribuya al interés general.

Y yo quiero felicidad, amor y salud para todos y la paz en el mundo. También quiero que la gente tenga riqueza, pero tengo ciertos escrúpulos morales que me prohíben quitársela por la fuerza a unos para dársela a otros y que así la distribución sea más conforme a mis preferencias subjetivas.

Piketty es tan generoso que permite que los empresarios de éxito tengan incluso decenas de millones de euros: otros serían mucho más cicateros y querrían quitarles más o todo. Se saca los números del sombrero mágico, y le sale que cientos o millones de euros ya no contribuye a un indefinido interés general. Olvida mencionar el interés de todos aquellos que hicieron negocios o intercambiaron con estos millonarios, como clientes, trabajadores o proveedores, y se beneficiaron por ello.

Afirma que las liberalizaciones y reducciones de impuestos de la época de Reagan en los años ochenta han incrementado el número de milmillonarios pero han reducido el crecimiento y no han incrementado los salarios. Esto es esencialmente falso, y además es absurdo criticar a los milmillonarios ya que el mero hecho de serlo suele mostrar que ellos sí que han contribuido al crecimiento generando enormes cantidades de riqueza.

… la verdadera razón fue que se estancó la inversión en educación. El resultado es que hoy muchas personas van a la universidad sin los medios que necesitarían. La lección es que lo que llevará al crecimiento en el siglo XXI es, ante todo, la educación.

Obviamente no conoce la crítica contra el exceso de educación de Bryan Caplan (The Case Against Education) y no sabe cómo se (mal)gastan recursos en señalización social. No distingue la inversión privada de la pública, probablemente porque no quiere que la gente decida individualmente cuánto invertir en educación sino subsidiarla o dirigirla desde el poder central del Estado.

Respecto a la arbitrariedad del impuesto a la riqueza del 90%, Piketty nos informa, por si no nos habíamos dado cuenta, de que “Un 90% a quien tenga 1.000 millones de euros significa que le quedarán 100 millones de euros. Con 100 millones todavía uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida.” Tal vez se cree muy gracioso después de haber propuesto la confiscación de 900 millones de euros: calderilla que la pierdes y no duele. También con 10 millones de euros uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida, incluso con 1 millón solo. Piketty es generoso y deja a los milmillonarios que se queden un 10%. No explica a partir de qué nivel de riqueza se aplicaría este impuesto, qué pasaría con el efecto frontera (quedarse en el límite), cuándo se ejecutaría el impuesto, ni otros enojosos detalles seguramente sin importancia.

El objetivo es regresar a un nivel de concentración de la fortuna que era más o menos el de los años sesenta, setenta u ochenta en Estados Unidos y en Europa. Mi enfoque es empírico. Lo que queremos evitar es la sedimentación. Mark Zuckerberg tuvo una buena idea a los 25 años. Pero, ¿esto justifica que a los 50 o 70 años continúe decidiéndolo todo sobre una red social mundial?

Para un progresista resulta misterioso este regreso al pasado idílico en lugar de mirar hacia el futuro. No explica qué es eso de la sedimentación que quiere evitar. Sobre Mark Zuckerberg, olvida que Facebook tiene muchos más accionistas que son los que lo nombran para que dirija la empresa, quizás porque lo hace bien para obtener beneficios. Que la red social sea mundial no significa que pertenezca al mundo y que por eso pueda confiscarse la riqueza de su creador.

Si no se para el aumento de las desigualdades Piketty advierte de “una explosión de la Unión Europea, otros Brexit. O bien una toma del control por parte de movimientos xenófobos”. Según él hay que “regular el capitalismo, hacer pagar impuestos a los más ricos y tener una economía más justa”. Olvida que el capitalismo ya tiene reglas (la inviolabilidad de la propiedad, la libertad contractual y las normas generadas en los pactos contractuales), que los ricos ya pagan grandes cantidades de impuestos, y que conviene aclarar qué entiende uno por justicia si va a jugar a hacer juicios morales que van mucho más allá de su (in)competencia como economista. También asegura que “nos desatamos golpeando a los pobres de origen extranjero”, sin plantearse que es la anquilosada y empobrecedora socialdemocracia, con su constante redistribución coactiva de riqueza y la lucha por la misma, la que genera resentimientos contra los de fuera.

Piketty reconoce que es propietario (quiere decir muy rico) y lamenta que su presidente Macron “decidió exonerarme del impuesto sobre la fortuna”. Seguramente no lo hizo por él personalmente, y si Piketty quería pagarlo, como mendazmente dice, las haciendas estatales suelen aceptar todo tipo de regalos voluntarios en favor del tesoro público: como este regalo no ha sido recibido, muestra con su acción su preferencia revelada de quedarse con su fortuna. Lo que seguramente quiere no es pagarlo solamente él sino que tengan que hacerlo todos los que tienen tanto como él o más, que es muy distinto.

Cuando uno escribe un libro como El capital en el siglo XXI, del que se venden 2,5 millones de ejemplares, no significa que sea mil veces mejor que aquellos de los que se venden 2.500 ejemplares. En parte es la suerte. Y me beneficié de las ideas de colegas y del sistema educativo francés. Es una ilustración perfecta de que las rentas y la propiedad siempre tienen orígenes sociales. No lo inventamos todo nosotros solos. Desde el momento en que uno obtiene altos ingresos, se ha beneficiado de muchas otras personas. Mi experiencia ha confirmado mis convicciones.

Efectivamente Piketty no es mil veces mejor, y ha tenido mucha suerte de ponerse de moda como el economista de izquierdas del momento. Sobre que se benefició del trabajo de otros, olvida mencionar que ese trabajo ya fue pagado en su momento, que no se hizo gratis, y que las ideas son de consumo no rival. La riqueza tiene origen social en el sentido de que a menudo se consigue o se produce en equipo o mediante intercambios con otros, pero esos otros ya han sido compensados y no tienen derecho a estar reclamando más pagos de forma perpetua.

Piketty a menudo tiene una visión estática de la distribución de la riqueza para reconfigurarla a su gusto de forma más uniforme, y cuando añade un componente dinámico solo es para mirar de forma equivocada hacia atrás (todo lo hemos hecho entre todos), y olvida mirar al futuro y preguntarse qué pasará con los grandes creadores de riqueza si saben que les van a expropiar el 90% de la misma: no sabe, no contesta.

En este extracto de su libro resume sus análisis y propuestas:

… estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el federalismo social. Esto pasa principalmente por desarrollar un régimen de propiedad social y temporal que repose, por una parte, en la limitación y la distribución (entre accionistas y asalariados) de los derechos de voto y de poder en las empresas y, por otra parte, en una fiscalidad fuertemente progresiva sobre la propiedad, en una dotación universal de capital y en la circulación permanente de la riqueza. También pasa por la fiscalidad progresiva sobre la renta y por un sistema de regulación colectiva de las emisiones de carbono que contribuya a la financiación de los seguros sociales y de una renta básica, así como por la transición ecológica y un sistema educativo verdaderamente igualitario.

Quiere entrometerse en la dirección de las empresas dando derechos de voto a los trabajadores sin que estos tengan que aportar capital ni asumir los riesgos de los accionistas, y obviando la posibilidad de que los trabajadores cobren parte de su salario en acciones, o simplemente las compren con su propio dinero si así lo desean.

La fiscalidad sobre la propiedad y la renta no solo deben ser progresivas sino fuertemente progresivas, o sea machacar a impuestos a los más ricos en renta y riqueza. No importa si eso desincentiva la producción de riqueza y el ahorro hasta que no quede renta y riqueza que gravar.

Dar capital a todo el mundo suena muy bonito si se olvida que este se ha expropiado a unos para dárselo a otros, y que los receptores quizás no sean especialmente hábiles en el uso del mismo: algunos quizás lo usen productivamente mientras que muchos otros lo invertirán mal o simplemente lo consumirán.

El Estado debe disponer de recursos para seguros sociales y renta básica: nada de plantearse que los individuos podrían resolver sus propios problemas mediante asociaciones libres no parasitarias de la riqueza ajena.

El sistema educativo debe ser verdaderamente igualitario: nadie podrá ofrecer servicios de mejor calidad, y los progenitores no podrán dar mejores oportunidades a sus hijos.

La superación del capitalismo y la propiedad privada también pasa por organizar la mundialización de otra manera, con tratados de cooperación al desarrollo que giren en torno a objetivos cuantificados de justicia social, fiscal y climática, cuyo cumplimiento condicione el mantenimiento de los intercambios comerciales y de los flujos financieros. Una redefinición del marco legal como ésta exige la retirada de un cierto número de tratados en vigor, en particular los acuerdos de libre circulación de capitales puestos en marcha desde los años 1980-1990 y su sustitución por nuevas reglas basadas en la transparencia financiera, la cooperación fiscal y la democracia transnacional.

Para destrozar con éxito el capitalismo y la propiedad privada es necesario un gobierno mundial o un sistema de acuerdos de boicoteo contra quienes quieran mantener sociedades y mercados libres. El capital no debe poder moverse libremente para así poder confiscarlo más fácilmente.

Algunas de estas conclusiones pueden parecer radicales. En realidad, son una continuación del movimiento hacia el socialismo democrático que se inició a finales del siglo XIX y que ha supuesto una profunda transformación del sistema legal, social y fiscal. La fuerte reducción de las desigualdades observada a mediados del siglo XX fue posible gracias a la construcción de un Estado social basado en una relativa igualdad educativa y en un cierto número de innovaciones radicales, como la cogestión germánica y nórdica o la progresividad fiscal a la anglosajona. La revolución conservadora de la década de 1980 y la caída del comunismo interrumpieron este movimiento y contribuyeron a que el mundo entrase, a partir de los años 1980-1990, en un periodo de fe indefinida en la autorregulación de los mercados y casi de sacralización de la propiedad.

El socialismo democrático es bueno, justo y necesario: es la expresión del progreso natural, solo interrumpido por la revolución conservadora (junto con la incómoda caída del comunismo), que no tiene un pensamiento económico y social profundo sino solo “fe” y “sacralización”.

Piketty llega a afirmar que “la toma de conciencia de las limitaciones del capitalismo mundial desregulado se ha acelerado tras la crisis financiera de 2008.” Al parecer vivimos en un capitalismo puro sin interferencia estatal, o en la ley de la jungla sin ningún tipo de normas. Asegura que “el riesgo de una nueva oleada de competencia exacerbada y dumping fiscal y social es desgraciadamente real”: no está claro si acepta la competencia que no sea exacerbada; sí lo está que cree que los gobiernos que reducen impuestos y eliminan regulaciones están haciendo trampas.

 

Más sobre Piketty y su nuevo libro Capital e Ideología. Segunda parte de la crítica de Francisco Capella

Así sigue Paco la crítica a Piketty:

Piketty parece burlarse del capitalista del siglo XIX al mencionar la percepción de herejía: no se plantea en absoluto la posible ilegitimidad de las actuales limitaciones a los derechos de los propietarios, ni que sean un retroceso y no un avance progresista.

Hay una evolución hacia una mayor igualdad. Las desigualdades, aunque hayan aumentado desde los años ochenta o noventa, son menores que hace un siglo. El mundo del siglo XIX, con una propiedad concentrada en unos pocos, no solo era injusto, sino que producía menos crecimiento que el que hubo en el siglo XX con la clara reducción de las desigualdades.

Su concepción de la justicia es equivalente a la igualdad: no ante la ley, sino de resultados mediante la ley. Es más justa una sociedad si la propiedad está más uniformemente distribuida, independientemente de cómo se haya obtenido esa propiedad: mediante la producción y el intercambio, mediante el robo por uno mismo o mediante la redistribución coactiva por parte del Estado.

La lección de la historia es que la propiedad privada es útil para el desarrollo económico, pero únicamente si se equilibra con otros derechos: los de los asalariados, de los consumidores, de las diferentes partes. Yo digo sí a la propiedad privada, mientras se mantenga en lo razonable.

Reconoce la utilidad económica de la propiedad: “es un buen sistema para coordinar las acciones individuales y permitir a cada uno realizar sus proyectos”. Sin embargo no menciona su importancia ética como única norma justa universal, simétrica y funcional. Dice que debe equilibrarse con otros derechos, pero sin especificar cuáles son estos, y como si asalariados o consumidores no fueran también propietarios. Obviamente no sabe cómo justificar todos los auténticos derechos a partir de la propiedad y mediante contratos libres. No explicita qué entiende como razonable: tal vez lo que a él, mente privilegiada con altos estudios, le parezca bien decirnos desde su arrogancia tecnocrática disfrazada de sentido común.

Aunque reconoce que la propiedad es emancipadora y está ligada a la libertad, no le basta con “la igualdad formal ante el derecho de la propiedad sin ir hacia la igualdad real, hacia la verdadera difusión de la propiedad.” Es decir que no basta con que las leyes protejan la propiedad (contra el robo) y especifiquen cómo conseguirla de forma legítima, sino que además deben garantizar que todo el mundo tenga propiedad y sin grandes diferencias de riqueza. No ve problema en quitarles su propiedad a unos para dársela a otros y así garantizar que todos tengan algo que se llama propiedad pero en realidad no lo es porque otros pueden quitártela legalmente con la excusa de que es más justo que la tengan otros. Los límites de la propiedad ya no están en la propiedad ajena sino en lo que otros quieran y consigan quitarme mientras me aseguran que es que tengo más de lo razonable.

Defiende las reformas agrarias y la limitación de las propiedades individuales:

En el momento de la Revolución, no se hizo una gran reforma agraria en Francia. No se dio a los campesinos 10 hectáreas, ni se limitaron las propiedades individuales a 200 o 500 hectáreas. Otras sociedades lo hicieron. Cuando se ofrece a la gente la posibilidad de trabajar la tierra para sí mismos, se mejora la productividad. Lo mismo vale en general.

No ve que lo esencial no es trabajar la propia tierra, sino poder apropiarse legalmente de los frutos del propio trabajo sin que estos sean confiscados. No considera que cuando uno es más productivo y exitoso en el mercado quizás colonice o compre y acumule más tierras, y que si no puede hacerlo porque su propiedad individual está limitada por un máximo legal entonces seguramente deje de esforzarse. Lo mismo puede pasar con el empresario que sabe que le van a quitar su empresa si esta crece demasiado.

Exige “que haya acceso a la propiedad” como si ello estuviera prohibido o fuera imposible en un sistema de libre mercado. Tal vez ignora que es posible acceder a la propiedad mediante intercambios voluntarios o mediante primer uso de cosas no poseídas.

Afirma que “la sacralización del derecho de la propiedad convierte las relaciones sociales en algo brutal” y pone como ejemplo la propiedad de seres humanos por otros seres humanos. Ignora que la esclavitud es prácticamente siempre (salvo que se acceda a ella de forma voluntaria) una forma de posesión violenta e ilegítima incompatible con un mercado libre. Pone como ejemplo de “contradicción de la filosofía de la propiedad” a Alexis de Tocqueville (presunto intelectual liberal), que consideraba que con la abolición de la esclavitud había que compensar a los propietarios de esclavos, en vez de a los esclavos; también a los esclavos de Haití, que tuvieron que pagar a Francia por su emancipación. Como Piketty no conoce la fundamentación ética de la libertad y la propiedad ve contradicciones internas donde solo hay un error grave de un pensador (torpe o quizás no tan liberal) y un caso de injusticia que no reflejan realmente la filosofía de la propiedad sino su negación.

Capital e Ideología, el nuevo libro de Piketty, donde plantea un socialismo «participativo». Paco Capella lo critica

Mi buen amigo Paco Capella tuvo la paciencia de considerar los comentarios de Piketty sobre su nuevo libro. Aquí van los primeros párrafos:

El texto completo: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/thomas-piketty-contra-el-capitalismo-y-la-propiedad-privada

Cuenta Thomas Piketty en esta entrevista que en su libro Capital e ideología estudia las ideologías que han justificado las desigualdades, con especial atención a la propiedad privada como causante fundamental. Quiere “superar” el capitalismo y la propiedad privada: no “abolir” o “suprimir”, que suenan mal, sino “superar”, porque suena bien y sería retrógrado oponerse a algo que suena bien. No a lo negativo, sí a lo positivo.

Defiendo un sistema de socialismo participativo. También se puede hablar de economía participativa o circular. La idea es que necesitamos la participación de todos, no solo en la vida política, sino también en la económica. No puede haber una hiperconcentración del poder en un número reducido de personas. El poder debe circular.

Un socialismo participativo es un absurdo contradictorio. El socialismo se caracteriza por la propiedad pública (estatal) de los medios de producción: el poder se concentra de forma absoluta en los planificadores centrales, lo que casa mal con la participación de otros agentes no estatales, y peor con la participación de todos. Como mucho en un socialismo democrático se puede permitir a los ciudadanos elegir quiénes serán sus gobernantes, y una vez elegidos estos tendrán todo el poder. Piketty abusa del término “socialismo”, le añade un “participativo” y el engendro significa que todo el mundo tenga suficiente capital pero no demasiado, traspasándolo por la fuerza de quienes tienen más a quienes tienen menos.

Piketty se opone a la hiperconcentración del poder económico en unos pocos multimillonarios, pero no parece tener problemas con la hiperconcentración del poder político de los Estados en unos pocos gobernantes. Afirma que el poder debe circular, pero se refiere solamente a la riqueza, y oculta que lo que propone es una circulación forzada de quienes la han producido (o recibido como regalo) a quienes no lo han hecho.

… el capitalismo hoy es diferente al del siglo XIX. El capitalismo puro consistiría en concentrar todo el poder en los propietarios y los accionistas, poder despedir a quien uno quiera y cuando quiera, o triplicar el alquiler al inquilino de la noche a la mañana. Un capitalista del siglo XIX vería como una herejía las reglamentaciones actuales para limitar los derechos de los propietarios.

El capitalismo simplemente permite la propiedad privada de los medios de producción. El propietario concentra todo el poder sobre su propiedad, pero a cambio no tiene ningún poder sobre la propiedad ajena: el poder en realidad está diluido entre los individuos porque todos pueden ser propietarios, y todos lo son al menos de su propio cuerpo y su capacidad de trabajo. La propiedad privada es la mejor defensa contra los abusos de los poderosos porque en la propiedad manda cada dueño, y los demás pueden proponer intercambios pero no imponerlos. Algunos propietarios muy ricos pueden tener más bienes y riqueza que otros, pero en un sistema de mercado libre seguramente es porque son responsables de su producción y no se la han quitado a nadie.

El capitalismo no defiende poder despedir a quien uno quiera cuando quiera sino tener libertad contractual, y los contratos laborales voluntariamente pactados por las partes especifican las condiciones en las que se puede o no despedir a un trabajador. En algunos casos tal vez no sea necesaria ninguna justificación, notificación previa o compensación por el despido, igual que el comprador de un bien o servicio que no tenga ningún compromiso contractual no tiene por qué justificar al vendedor si deja de intercambiar con él.

Los precios de alquiler en el mercado libre se reflejan en contratos de cierta duración predeterminada, de modo que no pueden ser modificados sin más durante su duración; al terminar el contrato las condiciones deben ser negociadas de nuevo, y ninguna parte puede imponerle unilateralmente nada a la otra. Lo del aparente escándalo de triplicar el alquiler a un inquilino es algo entre raro o imposible de lo cual obviamente no ofrece ningún ejemplo real porque es demagogia torpe y barata.

Mises sobre el cálculo económico en el socialismo y la información que transmiten, o no, los precios

Con los alumnos de la UBA Económicas vemos a Ludwig von Mises sobre el cálculo económico. Aunque se refiere a la posibilidad de dicho cálculo en el socialismo, explica también las diferencias entre valoraciones subjetivas y precios, y siendo que los precios no reflejan la totalidad de las valoraciones, son sin embargo el mejor instrumento para calcular y tomar decisiones:

“En una economía de intercambio, el valor objetivo de intercambio de los bienes de consumo pasa a ser la unidad de cálculo. Esto encierra tres ventajas. En primer lugar, podemos tomar como base del cálculo la evaluación de todos los individuos que participan en el comercio. La evaluación subjetiva de un individuo no es directamente comparable con la evaluación subjetiva de otros. Sólo llega a serlo como valor de intercambio surgido del juego de las evaluaciones subjetivas de todos aquellos que participan en la compra y venta. En segundo lugar, los cálculos de esta índole proporcionan control sobre el uso apropiado de los medios de producción. Permiten a aquellos que desean calcular el costo de complicados procesos de producción, distinguir inmediatamente si están trabajando tan económicamente como otros. Si a los precios del mercado no logran sacar ganancias del proceso, queda demostrado que los otros son más capaces de sacar provecho de los bienes instrumentales a que nos referimos. Finalmente, los cálculos basados sobre valores de intercambio nos permiten reducir los valores a una unidad común. Desde el momento que las variaciones del mercado establecen relaciones sustitutivas entre los bienes de consumo, se puede elegir para ello cualquier bien de consumo que se desee. En una economía de dinero, el dinero es el bien elegido. Mas, los cálculos de dinero tienen su límite. El dinero no es una medida de valor o de precios. El dinero no «mide» el valor. Tampoco se miden los precios en dinero: son cantidades de dinero. Y aunque aquellos que describen el dinero como «standard de pago diferido» lo crean ingenuamente, un bien de consumo no es un valor estable. La relación entre el dinero y los bienes de consumo no sólo fluctúa en cuanto a los bienes de consumo, sino también en cuanto al dinero. En general, tales fluctuaciones no son muy violentas. No perjudican en forma importante a los cálculos económicos, porque en un estado de continuo cambio de las condiciones económicas, este cálculo sólo abarca períodos relativamente cortos, en los que la «moneda dura», por lo menos, no cambia su valor adquisitivo en forma importante.

Las deficiencias de los cálculos en dinero surgen, generalmente, no porque se hayan hecho en términos de un medio de intercambio general, sino porque se basaron en valores de intercambio más que en valores subjetivos de uso. Por ejemplo, si estamos estudiando las conveniencias de una planta hidroeléctrica, no podremos incluir en los cómputos el perjuicio que ella podría significar en la belleza misma de la caída de agua, salvo que tomáramos en cuenta la baja del valor que produciría la disminución del movimiento turístico en esa región. Sin embargo, tendremos forzosamente que tomarlo en cuenta cuando decidamos si se llevará a cabo la empresa. Tales consideraciones son frecuentemente juzgadas como «no-económicas». Aceptaremos la terminología, porque la discusión respecto a términos no nos llevaría a ninguna parte. Pero no se puede decir que todas las consideraciones de esa índole sean irracionales. La belleza de un lugar o de un edificio, la salud de toda una raza, el honor de los individuos o de todo un país, aun cuando no tienen relaciones de intercambio (porque no se comercian en el mercado), son otros tantos motivos de acción racional, siempre que la gente las considere significativas como aquellas llamadas normalmente económicas.

El que ellas no entren en los cálculos de dinero se debe a la naturaleza misma de tales cálculos. Pero eso no disminuye en absoluto el valor de los cálculos de dinero en los asuntos generales de la economía. Porque todos esos bienes morales son bienes de primer orden. Podemos valorizarlos directamente y luego no encontrar dificultad para tomarlos en cuenta, aunque no caigan dentro de la esfera de los cómputos de dinero. El hecho de que escapen de dichos cómputos no presenta mayores dificultades para tomarlos en cuenta. Si sabemos exactamente cuánto hay que pagar por la belleza, por el honor, por la salud, por el orgullo, etc., nada nos impide tomarlos en cuenta. La gente muy sensible sufrirá al tener que elegir entre lo ideal y lo material, pero no se puede culpar de ello a la economía del dinero. Está dentro de la naturaleza misma de las cosas. Cuando logramos llegar a juicios de valor, sin recurrir a cómputos de dinero, no podemos evitar esa elección. Tanto el individuo como las comunidades socialistas tendrían que hacer lo mismo, y las personas verdaderamente sensibles no lo encontrarían doloroso. Llamados a elegir entre el pan y el honor, sabrán siempre cómo actuar. Si no se puede comer el honor, se puede, por lo menos, dejar de comer por el honor. Sólo aquellos que temen la angustia de la decisión, porque saben en su fuero interno que no pueden prescindir de lo material, considerarán la necesidad de elección como una profanación.”

¿Quién entiende a los votantes? En USA, el 43% dice que el socialismo sería algo bueno, pero después prefiere hasta dejar la distribución en manos del mercado ¿?¿

Entender a los votantes no es algo sencillo, ni siquiera en la democracia más antigua del planeta, la de Estados Unidos. Veamos lo que muestra Gallup respecto a las opiniones de los norteamericanos en relación al socialismo, en primer lugar, y luego a las funciones que debería tener el estado.

El 43% de los estadounidenses dice que el socialismo sería algo bueno para el país.

El 51% cree que el socialismo sería algo malo para el país.

Los estadounidenses se dividen en ver la economía como libre mercado o controlado por el gobierno

WASHINGTON, D.C. – Hoy en día, los estadounidenses están más estrechamente divididos que en el siglo pasado cuando se les preguntó si alguna forma de socialismo sería algo bueno o malo para el país. Mientras que el 51% de los adultos estadounidenses dice que el socialismo sería algo malo para el país, el 43% cree que sería bueno. Esos resultados contrastan con una encuesta de Roper / Fortune de 1942 que encontró que el 40% describe el socialismo como algo malo, el 25% es algo bueno y el 34% no tiene una opinión.

Would some form of socialism be a good thing or a bad thing for the country as a whole?

1942 2019 Change
% % pct. pts.
Good thing 25 43 +18
Bad thing 40 51 +11
No opinion 34 6 -28
Net «good thing» -15 -8 +7
Note: 1942 data gathered by Roper Center for Public Opinion Research
Gallup

Pero luego le preguntan a la gente qué tareas debería tomar a su cargo el Estado y dice lo siguiente:

Would you prefer to have the free market or the government be primarily responsible for what happens in each of the following areas?

Free market Government Net «free market»
% % pct. pts.
Technological innovation 75 19 +56
The distribution of wealth 68 28 +40
The economy overall 62 33 +29
Wages 62 35 +27
Higher education 56 41 +15
Healthcare 53 44 +9
Protecting consumers’ privacy online 40 57 -17
Environmental protection 30 66 -36
GALLUP, April 17-30, 2019

¿Quién los entiende muchachos? ¿O el problema son los encuestadores?

https://news.gallup.com/poll/257639/four-americans-embrace-form-socialism.aspx