Una discusión que, por ahora, no parece terminar: el papel de las patentes en la innovación

El tema de las patentes siempre ha sido difícil y complicado. Pareciera que no podemos ofrecer un sistema ideal para hacer frente al carácter “público” de las ideas e innovaciones, y todo lo posible se limita a sistema que, por supuesto, tienen claras imperfecciones. Mucho se ha escrito al respecto y mucho más se escribirá. En un ensayo, que es la introducción a un libro y se titula THE BATTLE OVER PATENTS: HISTORY AND THE POLITICS OF INNOVATION, Stephen H. Haber, de Stanford, y Naomi R. Lamoreaux de Yale, lo tratan: Working Paper 28774: http://www.nber.org/papers/w28774

“Este ensayo es la introducción a un libro del mismo título, próximo a publicarse en el verano de 2021 de Oxford University Press. El propósito es documentar las formas en que los sistemas de patentes son productos de las batallas por el excedente económico de la innovación. Las características de estos sistemas toman forma a medida que los intereses en diferentes puntos de la cadena de producción buscan ventajas en cualquier forma que pueden, y en consecuencia, están llenos de imperfecciones. La pregunta histórica interesante es por qué los sistemas de patentes al estilo estadounidense con todas sus imperfecciones han llegado a dominar otros métodos de fomentar la actividad inventiva. Los ensayos en el libro sugieren que la creación de un comercio pero el derecho de propiedad temporal facilita la transferencia de conocimientos tecnológicos y, por lo tanto, fomenta una ecología descentralizada altamente productiva de inventores y empresas.”

Tal vez el día de mañana la tecnología permitirá generar un derecho de propiedad que no sea una creación legislativa. Mientras eso no suceda, la polémica seguirá.

China: que cien flores se abran. Ahora sí usaron esta política no para eliminar disidentes sino para descubrir el progreso

Cuando Mao lanzó una política denominada “que cien flores se abran, que florezcan cien ideologías”, en realidad fue una forma de que se auto-revelaran los disidentes para luego limpiarlos. Después, parece que se aplicó en mejor forma:

Una característica de las reformas en China que le ha permitido moverse hacia instituciones de mercado (aunque no las hubo en las instituciones políticas) es haber permitido el ensayo de nuevas ideas a nivel local, y aquellas exitosas se extendieron luego. Esta es una muy buena idea, que permitiría en nuestros países, por ejemplo, probar las bondades de bajos impuestos y regulaciones en una determinada región y mostrar luego su resultado.

Esto es lo que tratan Shaoda Wang y David Y. Yang en un paper titulado “Policy Experimentation in China: The Political Economy of Policy Learning” RESEARCH BRIEFS IN ECONOMIC POLICY NO. 294, publicado por el Cato Institute: https://www.cato.org/research-briefs-economic-policy/policy-experimentation-china-political-economy-policy-learning

Esto comentan:

“Muchos gobiernos se han involucrado explícita o implícitamente en la experimentación de políticas en diversas formas para resolver la incertidumbre política y facilitar el aprendizaje de políticas. La experimentación de políticas sofisticadas ha incluido secuencias de ensayo y error y rigurosos ensayos controlados aleatorios en subregiones de un país. Sin embargo, pocos experimentos de políticas pueden compararse con la experimentación sistemática de políticas en China en términos de amplitud, profundidad y duración. Desde la década de 1980, el gobierno chino ha estado probando sistemáticamente diferentes políticas en todas las regiones y, a menudo, en múltiples iteraciones de una o más políticas antes de decidir si implementar las políticas en toda la nación.

Este proyecto tiene como objetivo describir y comprender la experimentación política de China desde la década de 1980. Muchos académicos han argumentado que la búsqueda de una experimentación política amplia, continua e institucionalizada fue un mecanismo fundamental que condujo al ascenso económico de China en las últimas cuatro décadas. No obstante, sorprendentemente se sabe poco acerca de las características de la experimentación de políticas o cómo la estructura de la experimentación puede afectar el aprendizaje de políticas y los resultados de las políticas.

Nos enfocamos en dos características de la experimentación de políticas que pueden determinar si proporciona señales informativas y precisas sobre la efectividad general de las políticas. En primer lugar, en la medida en que los efectos de las políticas varían según las localidades, la selección representativa de los sitios de experimentación es fundamental para garantizar un aprendizaje imparcial de los efectos promedio de las políticas. En segundo lugar, en la medida en que los esfuerzos de los actores clave (como los políticos locales) pueden desempeñar un papel importante en la configuración de los resultados de las políticas, los experimentos que inducen esfuerzos excesivos a través de incentivos políticos locales pueden generar señales exageradas de eficacia de las políticas.”

 

 

¿Puede ser que el espíritu emprendedor esté relacionado con algún factor genético? ¿Además de la cultura y las instituciones?

¿Buena o mala noticia para los que quieren ser emprendedores? ¿El espíritu emprendedor estaría vinculado con algún tipo de rasgo genético? ¿Y lo aprendido culturalmente?  ¿Y el marco institucional? Difícil tema que tratan Sorin M.S. Krammer, University of Exeter Business School y  Erkan Gören, Carl von Ossietzky University Oldenburg, en un paper titulado WIRED IN? GENETIC TRAITS AND ENTREPRENEURSHIP AROUND THE WORLD; MPRA Paper No. 107309 : https://mpra.ub.uni-muenchen.de/107309/

Esto dicen:

 

“El espíritu empresarial es una piedra angular de la innovación tecnológica y el desarrollo económico. Nosotros postulamos que la composición genética de los países (poblaciones) afectará la extensión de su participación en actividades empresariales, además de los factores mostrados por la literatura previa (por ejemplo, instituciones, cultura, socioeconómico, demográfico o histórico). Para probar esta conjetura empleamos una medida genética a nivel de país que se asocia comúnmente con la novedad y comportamientos de búsqueda de riesgo utilizando la frecuencia de las variantes alélicas de 2 y 7 repeticiones del DRD4 gen del exón III. Nuestros resultados confirman una asociación sistemática y positiva entre la genética y actividades empresariales en 97 países utilizando un gran conjunto de controles y batería de pruebas de robustez. Estos hallazgos reconcilian el debate “naturaleza versus crianza” con respecto a actividades empresariales en todo el mundo y proporcionar algunos conocimientos valiosos sobre la importancia de los diferentes determinantes del espíritu empresarial.”

Hayek sobre la justicia «social». No existe, sólo hay justicia sobre las acciones individuales

Con los alumnos de la materia Escuela Austriaca, UCEMA, llegamos al final de la materia considerando la obra de algunos de sus autores en otros campos. En este caso, vemos a Hayek discutir el concepto de “justicia social”:

Hayek

“La justicia «social» (o, a veces, justicia «económica») se vio como atributo que debían poseer las «acciones» de la sociedad, o el «tratamiento» que los individuos o los grupos recibían de la misma. Como hace generalmente el pensamiento primitivo cuando observa por primera vez algunos procesos regulares, los resultados del orden espontáneo del mercado han sido interpretados como si estuvieran dirigidos por una mente racional, o como si los beneficios o los daños que las distintas personas recibían de ese orden estuvieran determinados por actos de voluntad y pudieran por tanto ser guiados por reglas morales. Esta concepción de la justicia «social» es, pues, una consecuencia directa de aquel antropomorfismo o personificación con el que el pensamiento primitivo trata de explicar todos los procesos de auto-ordenación. Demuestra nuestra inmadurez el hecho de que aún no hayamos abandonado estos conceptos primitivos, y se exija aún de un proceso impersonal que produce una satisfacción de los deseos humanos mayor que la que pueda obtenerse de cualquier ordenación deliberada que se conforme a los preceptos morales que los hombres han desarrollado como guía de sus acciones individuales.

El uso de la expresión «justicia social» es relativamente reciente, pues parece que se remonta a hace un siglo, poco más o menos. Esta expresión se empleó de vez en cuando en tiempos más antiguos para designar los esfuerzos organizativos destinados a observar las reglas de recta conducta individual; en la actualidad se usa a veces en discusiones eruditas para valorar los efectos de las actuales instituciones de la sociedad, pero el sentido en que hoy suele emplearse, y al que constantemente se recurre en las discusiones públicas y que será analizado en el presente capítulo, es esencialmente el mismo en que durante mucho tiempo se empleó la expresión «justicia distributiva». Según parece, empezó a hacerse habitual en este sentido en el tiempo en que (y acaso en parte porque) John Stuart Mill trató explícitamente ambos términos como equivalentes en afirmaciones como:

la sociedad debería tratar igualmente bien a todos aquellos que lo han merecido igual-mente, es decir, aquellos que lo han merecido igualmente en absoluto. Este es el más alto grado abstracto de justicia social y distributiva, hacia el cual deberían hacerse converger lo más posible todas las instituciones y los esfuerzos de todos los ciudada-nos virtuosos; o bien:

se considera universalmente justo que toda persona obtenga (tanto en el bien, como en el mal) lo que merece; es injusto que tenga que obtener el bien o sufrir el mal quien no lo merece. Tal vez sea ésta la forma más clara y enfática en que puede concebirse la idea de justicia. Puesto que implica la idea de méritos morales, surge la pregunta sobre en qué consisten estos méritos.

Es significativo el hecho de que estas dos citas se encuentren en la descripción de uno de los cinco significados de justicia que Mill distingue, cuatro de los cuales se refieren a las normas de recta conducta individual, mientras que ésta define una situación fáctica que puede pero que no necesita haber sido causada por una decisión humana racional. Parece, pues, que Mill no se percató de la circunstancia de que con este significado se refiere a situaciones completamente distintas de aquellas a las que se aplican los otros cuatro sendos, o de que esta concepción de «justicia social» lleva directamente a un socialismo en plena regla.

Tales afirmaciones, que asocian explícitamente «justicia social y distributiva» al «tratamiento» de los individuos por parte de la sociedad según sus ritos morales, demuestran claramente la diferencia con la simple justicia, y al mismo tiempo la causa de la vacuidad del concepto. La exigencia de «justicia social» se dirige no al individuo sino a la sociedad -pero la sociedad, en sentido estricto, es decir como distinta del aparato de gobierno- es incapaz de obrar por un fin específico, y la exigencia de «justicia social» se convierte por tanto en una exigencia dirigida a los miembros de la sociedad para que se organicen de tal modo que puedan asignar determinadas cuotas de la producción social a los diferentes individuos y grupos. La pregunta fundamental, pues, es la de si existe el deber moral de someterse a un poder que pueda coordinar los esfuerzos de los miembros de la sociedad en orden a obtener un modelo de distribución particular, considerado como justo.

Si la existencia de este poder se da por descontada, la cuestión sobre cómo deberían distribuir los medios disponibles para satisfacer las necesidades se convierte en cuestión de justicia, aunque no sea una pregunta a la que la (264) moral vigente dé una respuesta. Parece, pues, que estaría justificado el presupuesto del que parten la mayoría de los teóricos modernos de la «justicia social», esto es, que sería necesario asignar cuotas iguales a todos a menos que consideraciones particulares exijan no aplicar este principio.26 Sin embargo, el problema principal consiste en establecer si es moral que los hombres estén sujetos a aquellos poderes sobre sus acciones que deberían ejercerse para que los beneficios obtenidos por los individuos puedan definirse significativamente como justos o injustos.”

¿Hay emprendedores que primero tienen éxito en el mercado y luego buscan cerrarlo para otros?

Paradójicamente, podría ser que los mismos incentivos que promueven la innovación y el progreso en el capitalismo, luego trabajen para debilitarlo y bloquearlo. Esto porque una vez que un emprendedor tuvo éxito y tiene ahora una gran empresa, su incentivo es a cerrar la puerta a nuevos innovadores que puedan competir. Esto plantea Randall Holcombe, de Florida State University en un paper titulado Creative Destruction: How Capitalism Undermines Rule of Law. George Mason University Law & Economics Research Paper Series, 21-23. Available on the SSRN at ssrn.com/abstract= 3942914

“Joseph Schumpeter describió el capitalismo como un sistema de destrucción creativa. Ideas innovadoras, los nuevos productos y los nuevos métodos de producción desplazan a los antiguos. Esto funciona a la ventaja de individuos emprendedores que aportan innovaciones rentables al mercado, lo que les permite obtener ventajas produciendo más valor para los consumidores. Este mismo proceso que funciona en beneficio de los individuos emprendedores que traen innovaciones al mercado amenazan a los que han tenido éxito al hacerlo en el pasado. Sus éxitos pasados ​​pueden verse socavados por el mismo espíritu emprendedor, las fuerzas que emplearon para desplazar a los que vinieron antes que ellos. Algunas personas están en una posición de beneficiarse de las fuerzas de la destrucción creativa. Aquellos que se han beneficiado en el pasado de esos eventualmente se encuentran en una posición de ser amenazados por las fuerzas de la destrucción creativa.

 

El estado de derecho beneficia a las personas emprendedoras porque crea un campo de juego nivelado que da a los empresarios la oportunidad de introducir innovaciones que pueden desplazar los productos de firmas establecidas. Sin embargo, una vez que se establecen, esos mismos individuos tienen un incentivo para socavar el estado de derecho, porque la igualdad de condiciones permite a los rivales potenciales desafiar sus posiciones establecidas en el mercado. Una vez establecidas, las empresas tienen un incentivo para utilizar las conexiones que vienen con el poder económico que han acumulado para cambiar las reglas del juego para  favorecerse, para crear barreras de entrada a potenciales rivales. en el capitalismo, donde lo nuevo reemplaza a lo viejo, los nuevos se benefician de un entorno competitivo en el que pueden desafiar a las empresas establecidas, mientras que las antiguas buscan formas de cambiar las reglas para crear estabilidad en lugar de progreso. Quienes han llegado a lo más alto en el entorno competitivo de capitalismo quieren un marco legal que estabilice el statu quo, para mantenerlos en la cima, en lugar de instituciones legales que permiten la destrucción creativa que es una parte integral del capitalismo”

Somos cooperadores. ¿Cómo aprendemos a cooperar? Así lo hacen niños entre 3 y 6 años

Somos seres cooperadores. ¿Cómo es que aprendemos a cooperar? Zvonimir Bašić, Parampreet C. Bindra, Daniela Glätzle-Rützler, Angelo Romano, Matthias Sutter y  Claudia Zoller investigan este tema con niños entre 3 y 6 años en un paper titulado “The Roots of Cooperation” publicado en la serie CESifo Working Papers. https://www.cesifo.org/en/wp

“Comprender las raíces de la cooperación humana entre extraños es de gran importancia para resolver acuciantes dilemas sociales y el mantenimiento de los bienes públicos en las sociedades humanas. Estudiamos el desarrollo de la cooperación en 929 niños pequeños, de 3 a 6 años. En un experimento unificado marco, examinamos cuál de los tres pilares fundamentales de la cooperación humana -directa y la reciprocidad indirecta, así como el castigo de terceros, surge antes como un medio eficaz para aumentar la cooperación en un juego repetido del dilema del prisionero. Encontramos que el castigo de terceros exhibe un efecto sorprendentemente positivo en las tasas de cooperación al duplicarlas en comparación con un condición de control. Promueve el comportamiento cooperativo incluso antes de que se castigue a los desertores. Los niños también participan en la reciprocidad de los demás, lo que demuestra que las estrategias de reciprocidad son ya frecuente a una edad muy temprana. Sin embargo, los tratamientos de reciprocidad directa e indirecta no aumentar las tasas generales de cooperación, ya que los niños pequeños no anticipan los beneficios de la reputación edificio. También mostramos que las habilidades cognitivas de los niños y el entorno socioeconómico de los padres juegan un papel vital en el desarrollo temprano de la cooperación humana”.

 

Cuestiones de género: ¿las economistas uruguayas muestran diferencias en sus preferencias por mercados o intervenciones?

Las cuestiones de género han acaparado la atención en estos últimos tiempos, a veces para señalar que se establecen diferencias que no deberían existir, otras para, al contrario, señalar esas diferencias. En un reciente paper titulado “Gender differences in opinions about market solutions and government interventions: the case of uruguayan economists”, tres académicas uruguayas exploran este tema en relación con las preferencias en cuanto a la economía de mercado y la intervención del estado.

Amarante, V, Bucheli, M y Pérez, T. Gender differences in opinions about market solutions and government interventions: the case of uruguayan economists [en línea]. Montevideo : Udelar. FCS-DE, 2022. Documento de Trabajo / FCS-Decon, 02/22

https://hdl.handle.net/20.500.12008/30909

“Este documento explora las diferencias de puntos de vista entre hombres y mujeres economistas graduados en Uruguay, en relación a sus opiniones sobre las soluciones de mercado y las intervenciones del gobierno. Al igual que en la evidencia internacional, el apoyo a proposiciones más orientadas hacia el mercado es menor entre las mujeres, pero las magnitudes de las brechas son pequeñas. Examinamos el rol de la edad, el entorno familiar, la exposición a las discusiones económicas (aproximadas por la educación de posgrado, lectura de blogs o prensa y entorno académico) y rasgos de personalidad (aversión al riesgo, optimismo y preferencias por competencia) para explicar las brechas de género. Nuestros resultados indican que hay una relación positiva entre las diferencias en las preferencias por competencia y las opiniones pro-mercado. Sin embargo, las diferencias de género se mantienen después de controlar por las variables explicativas, aunque sus magnitudes son muy pequeñas. De todas maneras, los resultados indican que un balance de género, i.e. la inclusión de mujeres en los debates públicos y en la toma de decisiones, mejoraría la diversidad de perspectivas en economía.”

Un poco de sensatez: alguien que piensa que para reducir la informalidad hay que bajar el gasto y los impuestos

Tenemos muchos lazos con Italia y también muchas cosas en común. Entre otras, elevado gasto público, endeudamiento y economía informal. Maria Ferrara, Elisabetta Marzano y Monica Varlese de la Universidad de Nápoles, publican un artículo titulado “Fiscal Consolidation Plans with Underground Economy”, en el cual señalan un camino que parece interesante. Al menos alguien que dice que en vez de introducir más controles, lo que hay que hacer es bajar el gasto y los impuestos. Esto dicen:

“La literatura sobre consolidación fiscal a menudo pasa por alto que hay economías con un sector clandestino considerable y que la mayor parte del tiempo se contabiliza en las estadísticas del PIB. Esto produce efectos no despreciables sobre los multiplicadores fiscales. Este documento explora un plan de consolidación fiscal que también exige una reducción del tamaño del sector subterráneo. El análisis se refiere a la economía italiana que, entre los países europeos, es la segunda en mayor deuda pública y tiene una de las mayores dimensiones de evasión fiscal. Los resultados muestran que es posible reducir tanto la deuda pública como la evasión fiscal mediante un recorte temporal del gasto público asociado a una reducción permanente de las tasas impositivas. En este contexto opera una reasignación de recursos del sector subterráneo al mercado.

CESifo Working Papers: https://econpapers.repec.org/scripts/redir.pf?u=https%3A%2F%2Fwww.cesifo.org%2FDocDL%2Fcesifo1_wp9622.pdf;h=repec:ces:ceswps:_9622

Nos preocupa la seguridad personal, pero también que se condene a inocentes

Nuestra preocupación por la seguridad es bien fundada, los estados modernos se dedican a todo tipo de cosas que no deberían y desatienden la seguridad de los ciudadanos. Pero pocas veces pensamos en el error contrario. El Cato Institute ha otorgado el Milton Friedman Prize for the Advancement of Liberty a The Innocence Project, una Fundación que busca liberar convictos que han sido condenados erróneamente: https://www.cato.org/events/milton-friedman-prize-2021

Los motivos:

“Ninguna privación de libertad es más total que la que puede imponer el sistema de justicia penal. Trágicamente, el sistema de Estados Unidos tiene fallas profundas, lo que produce en cantidades asombrosas el último error judicial: condenas injustas de inocentes.

Desde 1992, el Proyecto Inocencia ha luchado para exonerar a los condenados injustamente e implementar reformas diseñadas para reducir el número de condenas injustas e imponer responsabilidades a un sistema que las produce regularmente. Desde entonces, el Proyecto Inocencia ha liberado a 232 personas que fueron falsamente condenadas y colectivamente pasaron 3555 años tras las rejas por delitos que no cometieron.

Los fundadores de The Innocence Project, Barry Scheck y Peter Neufeld, se dieron cuenta desde el principio de que si la tecnología del ADN podía probar que las personas eran culpables de delitos, también podía probar que las personas que habían sido condenadas injustamente eran inocentes. Desde entonces, la organización ha sido pionera en el uso de pruebas de ADN para revocar condenas injustas, incluso para muchas personas condenadas injustamente por asesinato y enviadas al corredor de la muerte.”

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Hayek entre el instinto y la razón, vincula a los austriacos con Darwin y el Iluminismo Escocés

Con los alumnos de la materia Escuela Austriaca de UCEMA, vamos llegando al final del curso a toda orquesta, con un capítulo de Hayek sobre la evolución de las normas,  titulado “Entre el instinto y la razón”, donde consolida el vínculo entre los escoceses (Hume, Smith, Ferguson), las teorías evolutivas (Darwin) y la escuela austríaca (Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek y otros). Así comienza:

Hayek

“Como queda dicho, nuestra capacidad de aprender por imitación es uno de los logros más fundamentales del largo proceso de evolución de nuestros instintos. Tal vez la cualidad más importante del legado genético de cada individuo, aparte las respuestas innatas, sea la posibilidad de acceder a ciertas habilidades a través de la imitación y el aprendizaje. De ahí la importancia de precaverse, desde el primer momento, contra cualquier planteamiento proclive a lo que he denominado «la fatal arrogancia»: esa idea según la cual sólo por vía de la razón pueden alcanzarse esas nuevas habilidades. La realidad no puede ser más opuesta, pues también la razón es fruto de la evolución, al igual que nuestros esquemas morales, aunque con un distinto desarrollo evolutivo. No podemos, por tanto, instituir a la razón en árbitro supremo ni sostener que deben ser consideradas válidas tan sólo aquellas normas que logren superar la prueba de la razón.

Abordaremos luego más detalladamente todas estas cuestiones, por lo que en el presente contexto me limitaré a anticipar algunas conclusiones. Entiendo que el título «Entre el instinto y la razón» de este capítulo debe ser interpretado casi literalmente. En efecto, quisiera llamar la atención del lector sobre el hecho de que las cuestiones que ocupan nuestra atención deben quedar ciertamente situadas entre el instinto y la razón.

Por desgracia, la trascendencia de estos problemas suele ser minimizada por entenderse que sólo hay un espacio vacío entre uno y otro de los indicados dominios. La conclusión fundamental a la que, en mi opinión, deberá concederse especial atención es que esa evolución cultural que, según hemos señalado, desborda por completo al instinto –al que frecuentemente contradice– tampoco es, como más adelante veremos, fruto del ejercicio de la razón.

Mis opiniones al respecto, expuestas en anteriores trabajos (1952/79, 1973 1979), pueden resumirse como sigue. La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón– a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de los hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.

Todo ello hace que no podamos por menos de tener que sonreír al constatar cómo ciertos trabajos científicos sobre la evolución –algunos realizados por expertos de la mayor solvencia–, tras admitir que el orden existente es fruto de algún pretérito proceso ordenador de carácter espontáneo, conminan, sin embargo, a la humanidad a que, sobre la base de la razón –precisamente en momentos en los que las cosas se han vuelto tan complejas– asuma el control pleno del proceso en cuestión. Contribuye a nutrir tan ingenua pretensión ese equivocado enfoque que en anteriores ocasiones he denominado «racionalismo constructivista» (1973), enfoque que, pese a carecer de todo fundamento, tan decisiva influencia ha ejercido sobre el pensamiento científico contemporáneo, hasta el punto de quedar explícitamente recogido en el título de una obra ampliamente difundida de cierto famoso antropólogo de inclinación socialista. Man Makes Himself (v. Gordon Childe, 1936) –tal es el título de la obra de referencia–, se ha convertido de hecho en lema que ha inspirado a una amplia familia de socialistas (Heilbroner, 1970:106). Semejantes planteamientos se basan en la noción científicamente infundada –y hasta animística– según la cual en algún momento de la estructuración evolutiva de nuestra especie se instaló en nuestro organismo un ente llamado intelecto o alma, que, a partir de entonces se convirtió en rector de todo ulterior desarrollo cultural (cuando lo que en realidad sucedió fue que el ser humano fue adquiriendo poco a poco la capacidad de aprehender el funcionamiento de esquemas de elevada complejidad que le permitían reaccionar más eficazmente a los retos de su entorno). Ese supuesto, que postula que la evolución cultural es cronológicamente posterior a la biológica o genética, hace caso omiso de los aspectos más fundamentales de una evolución, a  lo largo de la cual nuestra capacidad racional fue adquiriendo su actual estructura. La idea de que la razón, fruto de ese proceso, pueda hoy determinar el curso de su propia evolución (por no aludir a las muchas otras capacidades que infundadamente le suelen ser también atribuidas) es inherentemente contradictoria y fácilmente refutable (véase, al respecto, los capítulos V y VI).

Es más inexacto suponer que el hombre racional crea y controla su evolución cultural que la suposición contraria de que la cultura y la evolución crean la razón. En cualquier caso, la idea de que, en determinado momento, surgió en la humanidad la posibilidad de establecer racionalmente el curso de su propio destino, desplazando así la incidencia de los procesos evolutivos, intenta simplemente sustituir una explicación científica por otra de carácter casi sobrenatural. La ciencia evidencia que no fue esa realidad psíquica que denominamos mente lo que originó la aparición del orden civilizado, y menos aún que, llegada a cierto grado de desarrollo, asumiera el control de su evolución futura. Lo que realmente sucedió fue que tanto la mente como la civilización alcanzaron simultáneamente su potencial actual. Eso que llamamos mente no es algo con lo que el individuo nace –como nace con un cerebro– ni algo que el cerebro produce, sino una dotación genética (p. ej. un cerebro con una estructura y un volumen determinados) que nos permite aprender de nuestra familia, y más tarde, en el entorno de los adultos, los resultados de una tradición que no se transmiten por vía genética. En este sentido, nuestra capacidad racional no consiste tanto en conocer el mundo y en interpretar las conquistas humanas, cuanto en ser capaces de controlar nuestros instintivos impulsos, logro que escapa a las posibilidades de la razón individual, puesto que sus efectos abarcan a todo el colectivo. Estructurada por el entorno en el que para cada sujeto transcurre la infancia y la pubertad, la mente va a su vez condicionando la preservación, desarrollo, riqueza y variedad de las tradiciones que otras mentes más tarde asimilarán. Al ser transmitidos en el contexto del entorno familiar, ese conjunto de hábitos queda sometido a la influencia de una pluralidad de condicionamientos morales a los que pueden ajustar su comportamiento quienes, ajenos a la colectividad en cuestión, se incorporan a ella más tarde. De ahí que pueda plantearse seriamente la cuestión de si alguien que no hubiese tenido la oportunidad de estar en contacto con algún modelo cultural habría podido acceder verdaderamente a la racionalidad.

Así como el instinto precedió a la costumbre y a  la tradición, así también estas últimas son anteriores a la  propia razón. Tanto desde el punto de vista lógico como desde el psicológico e histórico, la costumbre y la  tradición deben, pues, quedar ubicadas entre el instinto y la razón. No derivan de lo que solemos denominar «inconsciente»; no son fruto de la intuición, ni tampoco de la  aprehensión racional. Aunque en cierto modo se  basan en la experiencia –puesto que tomaron forma a lo largo de nuestra evolución cultural–, nada tienen que ver con algún comportamiento de tipo racional ni surgen porque se haya advertido conscientemente que los hechos evolucionaban de determinada manera. Aun cuando ajustemos nuestro comportamiento a los esquemas aprendidos, en innumerables ocasiones no sabemos por qué hacemos lo que hacemos. Las normas y usos aprendidos fueron progresivamente desplazando a nuestras instintivas predisposiciones, no porque los individuos llegaran a constatar racionalmente el carácter favorable de sus decisiones, sino porque fueron capaces de crear un orden de eficacia superior –hasta entonces por nadie imaginado– a cuyo amparo un mejor ensamblaje de los diversos comportamientos permitió finalmente –aun cuando ninguno de los actores lo advirtiera– potenciar la expansión demográfica del grupo en cuestión, en detrimento de los restantes.”