Tener ventajas comparativas no significa solamente bajos salarios: Inglaterra compite con China

Con los alumnos de UCEMA completamos la materia sobre Empresas y Negocios Internacionales considerando las distintas circunstancias de la competitividad global:

Hemos escuchado tantas veces ya que los países asiáticos compiten en la economía internacional porque tienen muy bajos costos de su mano de obra que esto nos ha hecho olvidar que el trabajo es tan solo uno de los recursos necesarios en toda producción. Un estudio realizado por la consultora Boston Consulting Group (“The Shifting Economics of Global Manufacturing: How Cost Competitiveness is Changing Worldwide”, o “La cambiante economía de la manufactura global: Como está cambiando la competitividad de costos en todo el mundo”) presenta algunos resultados que sorprenden. https://www.bcgperspectives.com/content/articles/lean_manufacturing_globalization_shifting_economics_global_manufacturing/

Dice el trabajo: “Por la mayor parte de las últimas tres décadas, un doble concepto ha guiado las decisiones de inversión y abastecimiento de las empresas. América Latina, Europa Oriental y gran parte de Asia eran consideradas como regiones de costos bajos. Los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón eran vistos como países con altos costos.

Global manufacturing

Pero parece que esta visión del mundo está anticuada. Años de cambios en salarios, productividad, costos de la energía, valores de sus monedas y otros factores están modificando silenciosa y dramáticamente el mapa global de los costos de manufactura. Este mapa es más una mezcla de economías con bajos costos, con altos costos y muchas entre unas y otras en todas las regiones.

En algunos casos, los cambios de costos relativos son sorprendentes. ¿Quién hubiera pensado una década atrás que Brasil sería uno de los países con costos de manufactura más altos- o que México podría ser más barato que China? Mientras Londres sigue siendo uno de los lugares más caros para vivir y visitar, el Reino Unido se ha convertido en el productor manufacturero con menores costos de Europa. Los costos en Rusia y gran parte de Europa Oriental han llegado casi a la paridad con los Estados Unidos.”

En verdad las conclusiones son sorprendentes. El estudio analiza a los principales 25 exportadores del mundo, quienes producen el 90% de las exportaciones totales de productos manufacturados.

La ventaja de costos que tiene China sobre los Estados Unidos se ha reducido al 5%, en particular debido a la caída del costo de la energía en este último país. Brasil es más caro que casi toda Europa Occidental. Polonia, la República Checa y Rusia están casi a la par con Estados Unidos y tan solo un poco más baratos que el Reino Unido y España. Los países desarrollados que han perdido competitividad incluyen a Australia, Bélgica, Francia, Italia, Suecia y Suiza. Y las grandes estrellas parecen ser México y los Estados Unidos.

Dice el informe: “Las estructuras de costos en México y los Estados Unidos mejoraron más que todos los demás 25 principales exportadores. Debido a bajos incrementos de salarios, sostenidas ganancias de productividad, tipos de cambio estables y grandes ventajas en los costos de energía, estas dos naciones son actualmente las estrellas fulgurantes en la manufactura global. Y excepto por China y Corea del Sur, el resto de los diez principales exportadores de bienes son 10 a 25 por ciento más caros que los Estados Unidos.”

He aquí una muestra acabada del concepto de “competencia entre jurisdicciones” que analizamos en el capítulo de competencia institucional del libro.

Mi primer viaje con UBER: el futuro está cerca, pueden resistirlo pero va a llegar tarde o temprano

Estoy en San José de Costa Rica. Como es usual, para dar un par de conferencias. Me viene a buscar al hotel uno de los jóvenes que dirigen el capítulo local de Students for Liberty para ir a una radio. Uno de sus compañeros iba a buscarnos pero está atascado en el tráfico de la ciudad, tenemos que ir por nuestra cuenta.

Uber

Perfectamente podríamos ir en alguno de los taxis que esperan fuera del hotel, pero Steven (así se llama mi amigo), propone en cambio utilizar los servicios recientemente inaugurados de Uber que cuestan, además, un 25% del costo del taxi en el hotel. Abre su aplicación y se fija primero si hay algún auto de Uber dando vueltas por la zona y cuánto podría tardar en llegar hasta donde estamos. Cuando encuentra uno, realiza su pedido, ingresa la dirección del hotel y a la que queremos llegar. En tres minutos el auto llegará a buscarnos. Podemos ver en el mapa de la aplicación por dónde está y cómo está avanzando hasta nuestro hotel.

Como la señal se demora unos segundos aunque lo muestra a una cuadra Steven me dice que salgamos y apenas afuera del hotel para un auto con las luces de baliza. Steven tiene los datos del auto, el número de su patente y el nombre del conductor. No podemos equivocarnos.

Subimos y nos saludamos, no hay mucho más que decir, él ya sabe adónde vamos. Nos da la bienvenida y nos ofrece pastillas o caramelos. Steven tiene también, antes de subirnos, una estimación del costo del viaje. Le pregunto cómo se determina luego la tarifa y me explica que se toma en cuenta la distancia y el tiempo. También pregunto cómo se resuelve el viejo problema del taxi que lleva a un pasajero que desconoce la ciudad a dar vueltas por allí antes de dejarlo en el destino.

En primer lugar, uno puede ver el mapa en la app y seguir el rumbo del auto. Es más, nos marca el camino más directo, aunque puede ser que el conductor sugiera ir por otro si es que el más directo está más atascado. Esto, en verdad, se puede hacer con cualquier taxi gracias a otras apps como Google maps, Here y otras.

Pero hay una gran diferencia con los taxis normales. Cuando termine el viaje y nos bajemos, la app de Uber nos pide que califiquemos al conductor, y ellos solamente aceptan a los que tengan 4 o 5 estrellas. El incentivo para dar un buen servicio y para dejar al cliente satisfecho es enorme. La disciplina que eso ejerce es fundamental y no se encuentra en los taxis comunes. Y cada vez tenemos más poder como consumidores, ya conocemos el poder de nuestra opinión en otros servicios tales como EBay, Mercadolibre, TripAdvisor y otros por los que los proveedores tienen que ser calificados.

También el conductor nos calificará a nosotros, lo cual también nos impone disciplina, ya que una mala reputación significa que podemos ser rechazados en el futuro.

Nos bajamos y no hay que sacar dinero, ni siquiera una tarjeta de crédito. Uber nos cobrará en la tarjeta que podemos elegir, e incluso podemos pagar con Paypal. ¿Aceptarán el Bitcoin en el futuro?

Nuestro conductor, como muchos otros, es un emprendedor que aprovecha sus momentos libres para obtener algún ingreso adicional En este caso, nos cuenta que tiene un emprendimiento para producir  vegetales por hidroponía, con lo cual además del viaje tenemos una conversación interesante.

Por supuesto que los taxistas tradicionales de San José están que trinan y han tratado de todas formas de frenar esta competencia. Pero los consumidores sabemos que es lo mejor para nosotros. En verdad, da la sensación que están planteando una batalla perdida. Mucho mejor, para ellos mismos, sería que organizaran sus propias apps y que ofrecieran servicios incluso mejores que los de Uber. Estaríamos todos agradecidos.

La competencia como proceso de descubrimiento: la necesitamos porque no conocemos los hechos

Con los alumnos de Microeconomía de OMMA-Madrid vemos el significado de la competencia leyendo el artículo de Hayek “La competencia como proceso de descubrimiento”:

Hayek

“Es difícil defender a los economistas del cargo de haber discutido la competencia, por cerca de 40 o 50 años, basándose en conjeturas que si reflejaran la verdad del mundo real harían que la competencia fuera algo sin interés e inútil. Si alguien conociera efectivamente todo lo concerniente a aquello que la teoría económica llama datos, la competencia sería, en realidad, un método inútil para asegurar un ajuste a estos hechos. No es sorprendente, por tanto, que algunos se hayan visto inducidos a concluir que podemos prescindir totalmente del mercado, o que los resultados de éste sólo deberían usarse como un primer paso para garantizar una producción de bienes y servicios que podamos manejar, corregir o redistribuir del modo que queramos. Otros, cuya idea de la competencia pareciera derivar únicamente de los textos modernos, han concluido, naturalmente, que ésta no existe.

Contra esto es útil recordar que dondequiera que se pueda justificar racionalmente el uso de la competencia, ello será sólo sobre la base de que no conocemos anticipadamente los hechos que determinan las acciones de los competidores. Ya sea en los deportes como en los exámenes, y no menos en la adjudicación de contratos gubernamentales o de premios a la poesía, sería obviamente inútil organizar competencias si supiéramos de antemano quién será el ganador. Como se indica en el título de la conferencia, propongo que la competencia sea considerada como un procedimiento para descubrir hechos que, de no recurrir a ella, serían desconocidos para todos o, por lo menos, no serían utilizados.

Esto puede parecer tan obvio e indiscutible a primera vista como para que no merezca ninguna atención. No obstante, de la formulación explícita del aparente axioma anterior se siguen de inmediato algunas interesantes consecuencias, las que no son tan obvias. Una de ellas es que la competencia es valiosa sólo porque, y en tanto, sus resultados son imprevisibles y diferentes, en general, de aquellos que alguien pudiera haber perseguido deliberadamente. Y, aún más, que los efectos generalmente provechosos de la competencia deben incluir el desilusionar o derrotar algunas expectativas o intenciones particulares.

En estrecha conexión con esto hay una interesante consecuencia metodológica, la que es de gran utilidad para explicar el descrédito en que ha caído el enfoque microeconómico de la teoría. A pesar de que esta teoría, a mi juicio, pareciera ser la única capaz de explicar el papel de la competencia, ya no es comprendida ni siquiera por algunos supuestos economistas. Por consiguiente, vale la pena decir inicialmente algunas palabras acerca de la peculiaridad metodológica de la teoría de la competencia, cualquiera ésta sea, puesto que ella ha hecho que sus conclusiones resulten sospechosas para muchos de los que aplican habitualmente una prueba sobre-simplificada para decidir qué es lo que están dispuestos a aceptar como algo científico.

La consecuencia necesaria de la razón por la que utilizamos la competencia es que en aquellos casos en que es relevante nunca puede demostrarse la validez empírica de la teoría. Podemos someterla a pruebas en modelos conceptuales y podríamos examinarla en situaciones reales, creadas artificialmente, donde los hechos que deberían ser descubiertos por la competencia son ya conocidos por el observador. Pero en tales casos ello no tiene ningún valor práctico, de modo que llevar a cabo el experimento no justificaría su costo. Si no podemos conocer los hechos que esperamos descubrir por medio de la competencia, nunca podremos comprobar cuán efectiva ha sido ésta para descubrir aquellos hechos que podrían revelarse.

¿En qué medida son las instituciones el fruto de la ‘evolución espontánea’? Y la mano del legislador? (I)

Del libro «El Foro y el Bazar»

¿En qué medida son las instituciones el fruto de la “evolución espontánea”? ¿Acaso no hace falta una “mano visible” del político, del legislador, para modificar las instituciones? Es decir, el concepto de “espontáneo” puede a veces interpretarse como algo “que sucede” sin que nadie haga necesariamente nada. Por supuesto que esto no es así, la evolución espontánea, en palabras de Adam Ferguson es el resultado de la “acción humana, no del designio humano”. En otras palabras, el resultado no esperado o buscado de las acciones humanas. Por ejemplo, cuando nuestros ancestros comenzaron a utilizar ciertos bienes como medios de intercambio, no tenían idea que estuvieran creando la “moneda”, pero el resultado de sus acciones fue precisamente eso. Los primeros hombres de negocios que se asociaron y generaron los primeros acuerdos y contratos que dieron origen a las “sociedades comerciales” simplemente querían resolver los temas vinculados con su negocio en particular y no se planteaban generar una nueva figura jurídica que hoy se encuentra por millones en todo el planeta.

La idea del orden espontaneo que emerge como resultado de las acciones voluntarias de los individuos y no de las decisiones de un gobierno es clave en la economía y fue desarrollada principalmente por quienes fueron también precursores de esta ciencia. Esta visión fue luego abandonada en las ciencias sociales debido al predominio del constructivismo positivista del siglo XIX con una confianza ciega en la razón y en la capacidad del hombre de generar el tipo de sociedad perfecta, o el tipo de política económica perfecta. Esto resulto especialmente dañino en el ámbito de la economía donde los intentos de dirigir y planificar los mercados fracasaron repetidamente. La concepción evolutiva, sin embargo, se traslado a las ciencias naturales y floreció a partir de los aportes de Charles Darwin.

La teoría de los órdenes espontáneos se ocupa de analizar aquellas regularidades que encontramos en la sociedad que no se originan en acciones deliberadas ni son fenómenos naturales que suceden independientemente de las acciones humanas. Estos patrones de conducta originan órdenes que parecieran ser el resultado de alguna “mano visible” pero son en verdad la consecuencia no buscada, son procesos de tipo “mano invisible”.

Si bien algunos autores mencionan antecedentes de esta visión en los escolásticos de la Escuela de Salamanca, es Bernard de Mandeville (1670-1733) el que más impacto tuviera en los principales autores del “iluminismo escocés”. En su libro “La Fabula de las Abejas: o Vicios Privados, Beneficios Públicos” presento una osada idea para ese entonces demostrando los beneficios sociales que se obtenían de las motivaciones interesadas y la preferencia por ciertos “vicios” tales como el lujo, el pecado, la corrupción. Aunque presentada en forma agresiva, y aunque le discutieran porque tenía que considerarse un vicio cualquier consumo por encima de las necesidades más básicas de alimento, vivienda o abrigo, la importancia del argumento presentado por Mandeville era que presentaba a las pasiones del ser humano como no dañinas y que un orden podía existir sin la necesidad de reprimir los instintos humanos más básicos. Un orden era posible con las limitaciones de los seres humanos reales, sin necesidad de que todos llegaran a actuar desinteresadamente.

Precisamente, en la famosa frase de la “mano invisible” de Adam Smith hace referencia a eso, a que los individuos persiguen su propio interés y al hacerlo terminan contribuyendo al bienestar común, aun mas que si se hubieran puesto a este como propósito. No es de extrañar que Hume, siendo tan escéptico respecto a los fundamentos del conocimiento humano y la posibilidad de alumbrar principios morales a través de la razón, descreyera de la posibilidad que individuos razonables alcanzaran un contrato social y enfatizara el origen espontaneo de las normas.

¿El efecto ‘positivo’ de los ataques terroristas? Ridículo, incluso desde el punto de vista económico

Estuvimos, en estos días, participando de un coloquio donde discutimos el llamado “debate del siglo”, entre Hayek y Keynes, sobre los ciclos económicos, y cómo se ha extendido el debate hasta nuestros días a través de una discusión entre economistas “austriacos” y keynesianos como Krugman y Stiglitz. Por supuesto que el nivel de las discusiones, muy buenas por cierto, fue teórico y académico. Pero esas distintas visiones teóricas no pueden sino generar posiciones sobre temas coyunturales que se basan en ellas.

Con el énfasis keynesiano en que el motor de la economía es el consumo y el gasto, no es de extrañar que nos encontremos con opiniones como la que presente el diario El Economista, de España: http://www.eleconomista.es/economia/noticias/7157367/11/15/Roubini-y-Krugman-creen-que-los-atentados-de-Paris-podrian-ser-buenos-para-la-economia.html

Uno podría aprovechar el sentimiento de horror que se ha apoderado en toda persona tolerante del mundo y vilipendiar estas posiciones. Por cierto, y si tratamos de verlas desde su lado más benévolo, está claro que ninguno de los dos autores favorece esos atentados, y que simplemente estarían diciendo que, dado que han ocurrido, las consecuencias serán un aumento del gasto, que consideran, en particular Krugman, como positivo.

“Krugman explica en su blog del New York Times, que los atentados pueden supondrán (¿?) un aumento del gasto público en Francia y quizá en otros países de la Unión Europea. El Nobel de Economía no ha dudado en asegurar en varias ocasiones que un supuesto ataque de extraterrestres a la tierra «sería una solución para que el mundo emprendiese una política de estímulos», y de este modo acabar con el estancamiento.”

Sería muy fácil ahora, denostarlos por señalar que puede haber un efecto positivo de tanto horror, pero no es lo que quiero tratar aquí, sino su fundamento económico. La idea es tan vieja como errónea. El economista francés del siglo XIX Frederic Bastiat caricaturizó esta visión en su famoso artículo sobre la ventana rota, donde argumenta en forma satírica todos los beneficios que se generan a partir de que unos niños rompan el vidrio de una ventana (trabajo para el vidriero, etc.). Esto fue varias décadas antes que Keynes aconsejara a los gobiernos enviar a la gente a cavar pozos y enterrar botellas para luego desenterrarlas.

Su respuesta ha sido contundente: eso no agrega nada, es más resta un vidrio que prestaba un buen servicio. Lo que tiene que gastar ahora el dueño de casa en cambiar el vidrio es dinero que no gastará en otra cosa, con lo que lo único que ha ocurrido es un desvío del gasto. O puede ser que para hacerlo reduzca sus ahorros, con lo que se reducirá el consumo futuro y/o la inversión presente, frenando el progreso económico.

Bastiat tiene otra referencia a este tema, vista ahora desde otro lado: no ya los beneficios que generaría un daño ocasionado, sino los que resultarían de aprovechar un beneficio inesperado. Así, por ejemplo, cuenta que estaban Robinson Crusoe y Viernes en la isla desierta, trabajando, y de pronto Viernes ve que llega un excelente tronco a la playa, que podría ser utilizado en lo que estaban haciendo. Crusoe ordena a Viernes no tocarlo, señalándole lo perjudicial que podría ser eso ya que estaría destruyendo el trabajo que ellos mismos van a tener que realizar para llegar a tener una viga de la misma calidad. Ridículo, ¿verdad?

Alberdi y la libertad del trabajo como diferente de la organización del trabajo, que tenemos ahora

Con los alumnos de la UBA Derecho vemos a Alberdi, en su texto “Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina”, cuando habla de la libertad de trabajo y la organización sindical:

Alberdi

“La libertad del trabajo puede ser atacada en nombre de la organización del trabajo. Verdadero sentido de esta palabra alterado por los socialistas.

En general puede ser atacada la Constitución en sus libertades sobre la industria por todas las leyes, que, teniendo por objeto lo que la escuela de economía socialista ha llamado organización del trabajo, desconozcan que el trabajo no puede recibir otra organización, o más bien no puede ser organizado por otro medio, que por la legislación civil aplicada a los tres grandes ramos en que el trabajo y la industria se dividen: agricultura, comercio, industria fabril. En cualquiera de estos ramos, el rol orgánico de las leyes el mismo que en la materia civil; él consiste en establecer reglas convenientes para que el derecho de cada uno se ejerza en las funciones de producir, dividir y consumir el producto de su trabajo (agrícola, fabril o comercial), sin dañar el derecho de los demás.

En este sentido, organizar el trabajo no es más que organizar o reglamentar el ejercicio de la libertad del trabajo, que la Constitución asegura a todos los habitantes.

No hay más que un sistema de reglamentar la libertad; y es el de que la libertad de los unos no perjudique a la libertad de; los otros: salir de ahí, no es reglamentar la libertad del trabajo; es oprimida. – Los códigos comercial, agrícola y fabril tienen toda la misión de organizar el trabajo.

De lo dicho hasta aquí se infiere que la ley puede ser un medio, y el más temible, de derogar las garantías que la Constitución concede a la producción de las riquezas, con motivo o con pretexto de organizar su ejercicio; y que la Constitución misma pone en manos del legislador el pretexto de ejercer este abuso por ignorancia, inconsecuencia o mal espíritu, concediendo todas las libertades económicas que dejamos pasadas en revista, con sujeción a la ley en lo tocante a su ejercicio.

Por qué la Constitución sujetó a la ley el ejercicio de los derechos económicos.

Ni la Constitución argentina ni ninguna otra habría si do capaz de evitar este escollo, concediendo la libertad sin sujeción ni referencia a la ley. Este medio era imposible: porque, como hemos dicho arriba, ninguna Constitución se realiza por sus propias disposiciones y sin el auxilio de la ley reglamentaria u orgánica de los medios de ejecución. Si una Constitución se bastase a sí propia, no habría necesidad de otra ley que ella, y toda la legislación civil y penal carecería de objeto.

Era inevitable dejar a la ley el cuidado de hacer efectiva la libertad económica declarada por la Constitución, cualquiera que fuese el peligro. Este defecto no es de la Constitución argentina, sino de toda legislación humana.

Lo que debió hacer la Constitución en este punto lo hizo, y fue dar el antídoto, el contraveneno, la garantía para que el poder dado a la ley de hacer efectiva la Constitución, no degenerase en el poder de derogarla con el pretexto de cumplirla. En este punto la Constitución argentina excedió a todas las conocidas de Sud América, por la seguridad que dió al derecho privado contra el abuso del más temible poder, que es el poder del legislador.

En efecto, la Constitución argentina, como todas las conocidas en este mundo, vio el escollo de las libertades, no en el abuso de los particulares tanto como en el abuso del poder. Por eso fue que antes de crear los poderes públicos, trazó en su primera parte los principios que debían servir de límites de esos poderes: primero construyó la medida, y después el poder. En ello tuvo por objeto limitar. no a uno sino a los tres poderes; y de ese modo el poder del legislador y de la ley quedaron tan limitados como el del Ejecutivo mismo.”

Mercados por todos lados: McKinsey analiza organizar ‘mercados de talentos’ en grandes empresas

Con los alumnos de Managerial Economics, Swiss Management Centre, vemos el trabajo de Lowell L. Bryan, Claudia I. Joyce, and Leigh M. Weiss, “Making a market in talent”, The McKinsey Quarterly, 2006 Number 2.

En ese trabajo, como en otros de esa misma consultora, tratan un tema de carácter “hayekiano”: las limitaciones en el conocimiento, que se encuentra disperso entre todos los miembros de la organización, para lo cual hace falta algún mecanismo para obtenerlo, como lo hace el mercado. Recomiendan crear “mercados internos” para el descubrimiento y la asignación de los talentos entre el personal:

“Los grandes estudios jurídicos y otros grupos de servicios, academia y unidades de Investigación y Desarrollo, tienen mercados informales de talento donde la gente con más experiencia trata de encontrar a los mejores empleados jóvenes y éstos pueden elegir entre diferentes posiciones. Estos mercados generalmente siguen reglas informales de conducta y funcionan mejor cuando los participantes son menos de 100 y se conocen entre sí.

En el complejo mundo corporativo, que involucra a miles de profesionales y gerentes, la mejor alternativa es formalizar mercados de talento –esto es, un mercado creado para vincular los intereses de las personas con los intereses de la empresa. Un mercado formal de talentos no surge espontáneamente, una empresa debe invertir para asegurarse que ambas partes obtienen un resultado adecuado en la transacción. De otra forma, fracasará. Los mercados formales de talentos pueden desarrollarse alrededor de áreas funcionales o administrativas. Entre las grandes empresas con mercados formales de talentos encontramos a American Express e IBM.

Condiciones para el éxito

Un mercado de talentos no es para cualquier tipo de empleado. En la mayoría de los casos intervienen trabajadores en el sentido tradicional: individuos que tienen habilidades que se pueden intercambiar y pueden manejarse adecuadamente a través de una línea de supervisión. Estos empleados pueden operar un gran call center de un banco, trabajar en una cadena minorista, o manejar un camión para un proveedor de logística –trabajos donde la tarea es muy controlada en procesos específicos. Para esos empleados, los enfoques tradicionales de la línea de responsabilidad todavía funcionan. Los mercados de talentos puede que tampoco sean necesario en empresas pequeñas, que son menos globales y tienen menos ‘silos’ organizacionales, debido a que estas empresas tienen menos problemas para asignar el talento convenientemente.

Los mercados de talentos son más apropiados para empresas grandes, complejas, impulsadas por el tanto, y que crecen- empresas con una importante proporción de empleados ocupados en tareas complejas, que demandan análisis y juicios, lo que lo que los economistas llaman interacciones ‘tácitas’. Aun en estas empresas, los mercados de talentos pueden ser más apropiados en ciertas áreas limitadas (por ejemplo, en grupos funcionales como diseño de producto o ingeniería del software. Y son más apropiados para talentos de jóvenes o de nivel medio, no para los principales directivos de una empresa, donde se usa normalmente un sistema muy intermediado que es más apropiado para estos casos.”

La situación económica latinoamericana. Evo marca el camino: keynesianimo aymará o supply side?

Con los alumnos de UCEMA vemos la situación económica en América Latina leyendo el interesante informe que elabora FocusEconomics, con sede en Barcelona: http://www.focus-economics.com/ . Allí se observa que la actividad económica en la región continúa mostrando signos de debilidad pero la causa son principalmente propias:

“El deterioro que se observa al comienzo del segundo semestre refleja una debilidad extendida por toda la región y condiciones económicas que empeoran, particularmente en Brasil y en Venezuela. En Brasil crecen las turbulencias ocasionadas, principalmente por factores locales. El gobierno brasileño anunció recientemente nuevas medidas fiscales que requieren aprobación parlamentaria. Sin embargo, como la presidente Dilma Rouseff continúa enfrentando una fuerte oposición y su aprobación está en caída libre, esas medidas fiscales se diluyeron en el Congreso. Como una dura recesión está minando los ingresos fiscales y el gobierno continúa esforzándose para organizar las cuentas públicas, el resultado del ajuste fiscal sigue siendo incierto. Mientras tanto, en Venezuela la situación económica sigue siendo crítica y es probable que la inestabilidad política sea alta en el período cercano a las elecciones legislativas del 6 de Diciembre.”

Los países que más crecerían este año serían Bolivia, Paraguay, Colombia y Perú, y los que más caerían Venezuela y Brasil. En estos dos países cae la producción industrial, mucho más en el primero. También el consumo y la inversión. En Argentina, el consumo crece algo pero la producción industrial y la inversión se encuentran estancadas o con leve caída.

Lamentablemente, parece que Bolivia, que aparece como la economía de mayor crecimiento en la región, gracias a los buenos precios de los commodities, de sus exportaciones de gas a Brasil,  a una buena situación fiscal, y una buena acumulación de reservas continuaría creciendo pero deteriorando ahora sus ‘fundamentals’, volviendo a tener un déficit fiscal importante. El informe no aclara si ese deterioro fiscal se debe a una caída de los ingresos con gastos que se mantienen, por un aumento de los gastos para impulsar la demanda agregada o por una reducción de impuestos para impulsar el aumento de la producción y la oferta. El tema no se menor, ya que nos estaría indicando si Evo Morales, luego de haber dejado de lado el modelo económico bolivariano, ha asumido algo así como un keynesianismo aymará o nos va a sorprender como un supply-sider autóctono.

Ahora que parece habrá una nueva mayoría, Hayek dice que debe cuidarse de abusar ese poder

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austríaca) vemos a Hayek, no ya como economista sino como filósofo político , hablar sobre la democracia, del Capítulo XII de su libro “Derecho, legislación y libertad”:

Hayek4

OPINIÓN MAYORITARIA Y DEMOCRACIA CONTEMPORÁNEA

Pero la mayoría (de la Asamblea ateniense) gritó que sería monstruoso impedir que el pueblo hiciera lo que deseara… Entonces los pritanos tuvieron miedo y acordaron votar la propuesta, todos excepto Sócrates, hijo de Sofronisco, quien dijo que en ningún caso actuaría de manera contraria a la ley.

JENOFONTE

La creciente desilusión sobre lo democracia

Cuando las actividades del gobierno moderno producen resultados que pocos han querido o previsto, tal situación se considera como característica inevitable de la democracia. Sin embargo, es difícil sostener que tales desarrollos correspondan a los deseos de un grupo de personas fácilmente identificable. Parece claro que el particular proceso que hemos elegido para comprobar lo que llamamos la «voluntad del pueblo» conduce a resultados que poco tienen que ver con algo que merezca calificarse de «voluntad común» de una parte significativa de la población.

En efecto, nos hemos acostumbrado de tal manera a considerar como democrático sólo aquel particular conjunto de instituciones que hoy dominan en todas las democracias occidentales, y en el que la mayoría de una asamblea representativa emana leyes y dirige el gobierno, que consideramos que ésta es la única forma posible de democracia. Como consecuencia, tendemos a no afrontar el hecho de que semejante sistema no sólo ha sido origen de muchos resultados perniciosos, incluso en aquellos países en que en conjunto ha funcionado bien, sino también el que ese sistema se ha revelado inviable en la mayoría de aquellos países cuyas instituciones democráticas no estaban limitadas por fuertes tradiciones relativas a las funciones que debe desempeñar una asamblea representativa. Puesto que justamente creemos en el ideal fundamental de la democracia, nos sentimos generalmente obligados a defender aquellas instituciones que desde hace mucho tiempo han sido consideradas como su encarnación, y tenemos ciertos reparos en criticarlas porque ello podría minar el respeto hacia un ideal que queremos preservar.

Sin embargo, no es ya posible pasar por alto el hecho de que recientemente, a pesar de los continuos pronunciamientos verbales e incluso las demandas de ulterior extensión de la democracia, haya surgido entre personas sensatas una inquietud creciente y una seria preocupación por los resultados que con frecuencia produce. Todo esto no siempre toma esa forma de realismo cínico, característico de algunos pensadores políticos contemporáneos que consideran la democracia simplemente como otra forma de la inevitable lucha en la que se decide «quién tendrá qué, cuándo y cómo». Con todo, no puede negarse que prevalece una profunda desilusión y que surgen dudas sobre el futuro de la democracia, originadas en la creencia de que tales desarrollos que casi nadie aprueba son inevitables. Tal idea fue expuesta hace ya muchos años por Joseph Schumpeter, según el cual un sistema basado en la libertad de mercado está condenado sin remedio, aunque sea el mejor para la mayoría de la gente, mientras que el socialismo, a pesar de no poder mantener sus promesas, está destinado a triunfar.4

Tal parece ser el normal proceder de la democracia, que, tras un primer período glorioso en el que es concebida, y efectivamente opera, como salvaguardia de la libertad personal, en cuanto acepta los límites de un nomos superior, tarde o temprano llega a arrogarse el derecho a decidir cualquier cuestión particular según los acuerdos que adopte la mayoría, listo precisamente es lo que le sucedió a la democracia ateniense a finales del siglo V, como lo demuestra el famoso acontecimiento a que alude la cita que encabeza el presente capítulo; en el siglo siguiente, Demóstenes (y otros) se lamentaron de (367) que «nuestras leyes no son mejores que tantos decretos; más bien, las leyes que regulan la compilación de un decreto son más recientes que los propios decretos».

Los precios de los factores de producción (incluso salarios), también los fijamos como consumidores

Con los alumnos de OMMA Madrid estamos leyendo a Mises, La Acción Humana, Cap XVI, (apartados 3 y 4) sobre los precios de los factores de producción. Dice Mises:

“Los precios de los bienes de orden superior (esto es, los más alejados del consumo), son finalmente determinados por los precios de los bienes de primer orden, u orden inferior, esto es, los bienes de consumo. Como consecuencia de esta dependencia, ellos están en última instancia determinados por las valoraciones subjetivas de todos los miembros de la sociedad de mercado.”

Mises3

Ahora bien, luego plantea una diferencia entre “valoraciones” y “precios”: “Sin embargo, es importante comprender que nos encontramos con conexiones de precios, no con conexiones de valoraciones”. ¿Qué quiere decir con esto?

Entiendo lo siguiente: son las valoraciones de los consumidores respecto de los bienes de consumo los que determinan luego los precios de todos los bienes intermedios y de los factores de producción que intervienen en el proceso de producción hasta llegar a la etapa final de consumo. Es decir, son las valoraciones de los consumidores de cigarros y cigarrillos las que determinan el precio del tabaco, pero en todo ese proceso que va desde la semilla del tabaco, su siembra, recolección, secado, molido y elaboración del cigarro, los precios transmiten las valoraciones de los consumidores finales, no las de los participantes de cada etapa. Estos reflejan las valoraciones finales.

De nuevo, es porque los consumidores están dispuestos a pagar cierto precio por el cigarro que luego se justifican todos los precios anteriores en la cadena de producción, hasta los primeros pasos o, como diría Mises, las etapas más alejadas.

Sigue Mises: “Los precios de los factores complementarios de producción están condicionados por los precios de los bienes de consumo. Los factores de producción son valorados en relación a los precios de los productos, y de esta valoración emergen sus precios.”…”Los precios de los bienes de consumo engendran las acciones que resultan en la determinación de los precios de los factores de producción”.

Este breve párrafo podría plantear cuestiones de importancia central en nuestras economías actuales. Por ejemplo, se deduce de ello que el nivel de la remuneración del trabajo en una cierta área de la economía depende, en última instancia, de las valoraciones de los consumidores respecto al producto final.

Esto sería difícil de entender para los sindicalistas. Deberían aceptar que las remuneraciones no están estrictamente determinadas por los empresarios que los contratan sino por los consumidores que están dispuestos a pagar el precio de los bienes que esos empresarios producen. El empresario simplemente combina factores de producción.

Esto es fácil de ver, por ejemplo, en algunos deportes o en el entretenimiento. ¿Por qué ganan tanto algunos futbolistas si no es porque los consumidores están dispuestos a pagar por ello, ya sea entradas, productos, etc? Lo mismo con actores o actrices famosos. ¿Qué explica si no sus altos niveles de remuneración?

Claro. Imagino que un sindicalista sentado a negociar los salarios con un empresario, no vería con agrado que le digan que, si quiere salarios mayores a los que pueden pagarse, vaya a hablar con los consumidores para que estos, a su vez, estén dispuesto a pagar más por los productos que ese trabajo produce. Pero eso es, en definitiva, lo que sucede. Los consumidores somos los que determinamos, en definitiva, la remuneración de los distintos factores de producción, entre ellos el trabajo, y también.

Comenta Mises más adelante:

“Compitiendo en cooperación y cooperando en competencia toda la gente es instrumental en obtener el resultado, esto es, la estructura de precios en el mercado, la asignación de factores de producción a las distintas ramas de satisfacción de necesidades, y la determinación sobre la porción de cada uno”.

Comprando o absteniéndonos de comprar, no solamente decidimos sobre las cosas que tendremos o no, sino mucho más, toda la configuración del mercado.