Bienes públicos que justifican la provisión estatal, ahora «globales». Con Star Wars llegarían los «galácticos».

Con los alumnos de OMMA Madrid vemos el Cap. 2 del libro El Foro y el Bazar, sobre la teoría de las fallas de mercado. Luego de presentar brevemente las imperfecciones de la competencia, externalidades y bienes públicos, vemos algo sobre “bienes públicos globales”:

                El proceso de globalización, o la movilización de recursos por todo el planeta plantea, para algunos autores, no sólo la necesidad de bienes públicos nacionales, sino también “globales”. Sus características principales serían (Kaul et al, 1999, p. 2) las ya mencionadas de no exclusión y no rivalidad en el consumo y que sus beneficios sean “cuasi universales en términos de países (cubriendo más de un grupo de países), pueblos (llegando a varios, preferiblemente todos, grupos poblacionales) y generaciones (extendiéndose tanto a generaciones presentes como futuras o por lo menos cubriendo las necesidades de las generaciones actuales sin eliminar las opciones de desarrollo para generaciones futuras). En tales circunstancias, pocas cosas quedan fuera de esta definición y la lista de bienes públicos aumenta considerablemente.

                Estos autores clasifican a los bienes en públicos puros e impuros. Los primeros fueron definidos antes y a nivel global se presenta como ejemplos la paz, ya que “cuando existe, todos los ciudadanos de un país pueden disfrutarla y su gozo, digamos, por poblaciones rurales no reduce los beneficios de las poblaciones urbanas”. Ya hemos comentado antes sobre el grado de colectividad de la defensa, ahora se suman también en esta categoría la provisión de ley y orden y un buen manejo macroeconómico. En cuanto a los bienes públicos impuros serían aquellos que cumplen parcialmente con las características mencionadas, es decir son parcialmente no rivales o parcialmente no excluyentes. Como ejemplo, Kaul et al, plantean el caso del consumo de una comida nutritiva que a primera vista parece ser un bien privado pero que también brinda beneficios públicos ya que mejora la salud y ésta la posibilidad de adquirir habilidades que permitan un trabajo productivo, lo que beneficiaría no solamente a la familia sino a la sociedad en su conjunto pese a que los beneficios inmediatos sean mayormente privados.

                Está claro que con esta definición no hay bien o servicio alguno               que no tenga algún tipo de impacto en los demás. Y en tanto vivamos en sociedad parece que esto fuera inevitable. La discusión no es que tengan o no tengan algún tipo de impacto sino cómo considerar si ese impacto es negativo o positivo siendo que las valoraciones son subjetivas y si el estado es el único capaz de proveerlos. Así, “males” públicos demandarían soluciones colectivas que serían “bienes” públicos incluyendo, según Kaul et al,  las crisis bancarias, crímenes y fraudes en Internet, problemas sanitarios debidos al mayor comercio y transporte de personas y también de la extensión de actividades riesgosas como el abuso de drogas y el tabaquismo.

                Un programa de alivio de la pobreza en África, por ejemplo, sería un bien público global si, además de mejorar la situación de esa población también contribuyera a la prevención de conflictos o la paz internacional o redujera el deterioro ambiental o mejorara las condiciones sanitarias globales. Las organizaciones internacionales y las ONGs internacionales serían las que proveen este tipo de bienes públicos globales (Martin, 1999).

                Pero si todo bien o servicio que tenga efectos hacia terceros justificara con esa circunstancia su provisión estatal o a través de organismos internacionales financiados por estados y, en última instancia, contribuyentes nacionales, entonces prácticamente “todo” tiene características de bien público. Un bien público “puro” no sería ya un bien económico, tal el caso del aire puro; y todos los demás serían “impuros” y sujetos a la provisión vía decisiones políticas y no de los consumidores en los mercados.

                Stiglitz (1999), por ejemplo, considera que el “conocimiento sobre el desarrollo” es un bien público que debería ser provisto por instituciones como el Banco Mundial. Es cierto que las ideas tienen características de bien público, ya que una vez producida su costo de reproducción es mas bien bajo, y esto lleva a este autor a pensar que serán “sub-producidas” en el mercado, problema que se puede superar con la provisión pública. Sin embargo, el ejemplo no podría ser peor elegido, una gran cantidad de autores han escrito sobre el tema y propuesto enseñanzas sobre el tema desde Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones” hasta la gran cantidad de autores contemporáneos. ¿Por qué hacen eso si luego cuando un país se desarrolla, por ejemplo siguiendo las enseñanzas de Adam Smith, éste o sus sucesores no pueden excluir a quienes implementaron esas ideas y no pagaron por esos beneficios? En otros términos, una vez que dicen cómo se desarrolla un país nadie parece que les va a pagar por eso, entonces no habría propuestas y el mercado fracasaría en proveerlas.

                En verdad, nada de eso sucede en la realidad. Todo lo contrario, existe un sinnúmero de libros y artículos sobre las causas del desarrollo económico, un activo mercado de ideas donde compiten las propuestas de Stiglitz con muchas otras. ¿Por qué ofrecen los autores estas ideas sin luego no pueden cobrar por ellas? Es que existen gran cantidad de incentivos para hacerlo: el autor cobra un porcentaje de las ventas de sus libros, es invitado a conferencias donde recibe honorarios y viaja a lugares que nunca conocería de otra forma y se aloja en los mejores hoteles; puede llegar hasta recibir el premio Nobel lo que le garantiza no solamente un premio suculento sino un flujo de ingresos asegurado de ahí en adelante, como debería saber el mismo Stiglitz que lo ha recibido. 

El problema de la obesidad, los incentivos y los ‘leves empujones’ de los diseñadores de decisiones (II)

En buena parte del mundo el hambre ya no es un problema, lo es la obesidad. Michael Marlow, profesor de Economía de California Polytechnic State University y académico senior adjunto del Mercatus Center en George Mason University, analiza el tema en la revista Regulation, del Cato Institute, en relación a lo que se llama ‘behavioral economics’:  http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2014/12/regulation-v37n4-1.pdf

Comenta que esos ‘leves empujones’ (nudges) pueden ser también de ‘mercado’:
“No es secreto que a muchos nos preocupa nuestro peso. Una reciente encuesta de Gallup encontró que el 51% de los norteamericanos adultos quieren bajar de peso, aunque solamente el 25% trabaja hacia ese objetivo. La gente ya comía en platos más pequeños, evitaba los buffets y los postres muchos años antes que surgiera la behavioral economics. Aparentemente, los norteamericanos están reduciendo su ingesta de calorías; el Departamento de Agricultura informa que la ingesta diaria ha caído en 118 calorías (un 5%) entre 2006 y 2009 entre los adultos.

Los mercados ‘empujan’ todo el tiempo. Thaler y Sunstein reconocen esto en su libro del 2008, aunque aparecen favoreciendo mucho los del gobierno más que los del mercado cuando sostienen que ‘los mercados proveen fuertes incentivos a las empresas para atender las demandas de los consumidores, y compiten por ellos, sea que esas demandas sean las más inteligentes o no”. Más aún, dicen que “el punto clave es que por todas sus virtudes, los mercados dan a menudo fuertes incentivos a las empresas para atender las debilidades humanas más que para tratar de erradicarlas o minimizar sus efectos”.

“Esta visión sugiere que ofrecer productos ‘no saludables’ es la opción más rentable. Una visión alternativa es que los vendedores pueden obtener ganancias cuando ofrecen productos ‘más saludables’ para los clientes interesados en controlar su dieta. Que el 51% de los norteamericanos quiera bajar de peso indica que hay muchos consumidores potenciales buscando productos que los ayuden en eso. Los negocios de alimentos y restaurantes han aumentado sus experimentos con platos más pequeños y productos para satisfacer la demanda de control de peso. La demanda de platos pequeños y porciones pequeñas ha crecido 32% desde 2009. Por supuesto, pocos clientes indicaron que las calorías era el único atributo de su interés. Son uno de ellos, junto con el precio, el sabor, la conveniencia, la apariencia, el tamaño, su almacenamiento y otros. Aplican una táctica de mejorar la salud sin decirlo porque los consumidores suelen conectar “saludable” con “menos sabor”, especialmente cuando el alimento suele ser considerado una indulgencia. De otra forma, las empresas rápidamente muestran las mejoras en los alimentos para los consumidores preocupados por la salud.”

“Un estudio ampliamente citado, de Shu Ng y Barry Popkin concluye que 16 de las principales empresas de alimentación del país vendieron 6,4 billones de calorías menos en 2012 de lo que vendieron en 2007. Estas empresas se han comprometido a reducir las calorías y han excedido su objetivo para 2015 en más del 400%. Sin embargo, no resulta claro el efecto que esta reducción de calorías tiene en el peso de la población. Los consumidores pueden substituir unos productos por otros y alterar su conducta de forma tal que las predicciones sean al menos ambiguas.

La conclusión de Marlow es simple: puede haber ‘empujones’ (nudges) tanto en el mercado como en las políticas públicas, aunque en el caso del mercado no habría que llamarlos así ya que son una respuesta a las demandas de los consumidores por alimentos más saludables y que reduzcan el peso. Para que eso mejore es necesario que haya mucha experimentación, y eso es lo que el mercado ofrece: muchos experimentos motivados por el afán de los emprendedores de ofrecer a los consumidores lo que estén buscando. La política tiene muchas menos probabilidades de experimentar innovaciones, e incentivos mucho más débiles para hacerlo. Concluye:

“La experimentación es la clave para superar las imperfecciones de los ‘arquitectos de incentivos’, incluyendo errores en las decisiones, basar esos empujones en mitos sobre la reducción de peso y la incapacidad de conocer las preferencias individuales. Los ‘arquitectos de incentivos’ en los mercados tienen muchas ventajas sobre los del gobierno para superar esas imperfecciones. A diferencia de éstos, confrontan ‘pruebas de mercado’ en un mundo donde los consumidores rechazan los productos que no generan valor. Los mercados tienen también la ventaja que apelan al carácter no coercitivo de la teoría de los ‘nudges’”.

Artículo en el diario La Nación: ¿La libertad por decreto? Forma y contenido en las instituciones

Salió publicado un artículo mío en el diario La Nación del martes 12 de Enero: http://www.lanacion.com.ar/1861384-por-decreto-pero-en-favor-de-la-libertad

Imagine el lector una situación en la cual, siendo la libertad su valor fundamental, tuviera la oportunidad de imponerla mediante un decreto que derogara todas las restricciones existentes. ¿Lo haría? ¿O, conociendo que la libertad solamente florece dentro de un cierto marco institucional, buscaría fortalecerlo para que la libertad pudiera resurgir y avanzar en el futuro?

En el primer caso puede alcanzar su objetivo, pero con un instrumento que el día de mañana cualquier otro puede utilizar para volver a imponer las restricciones existentes e, incluso más, profundizar un modelo autoritario. No hay garantía de que eso no vaya a suceder, ya que, al utilizar ese instrumento, aquellos que defienden la libertad (quienes la denigran ya lo habían hecho) le dan legitimidad y poco podrán hacer para oponerse. La libertad conseguida puede resultar un beneficio temporal.

La nación

Sin embargo, tal vez eso sea mejor que respetar el estricto funcionamiento formal de las instituciones existentes, en las cuales predominan el abuso de poder, las restricciones y los controles, no se puede avanzar mucho y la libertad continúa languideciendo.

Una cosa es la forma y otra el contenido. Tuvimos un gobierno que durante doce años avasalló la libertad en su contenido y muchas veces en su forma. Es decir, obtuvo poder y control a través de medios formalmente legales y otras veces no. El contenido fue, casi siempre, contrario a la libertad, aunque puedan rescatarse algunos avances en términos de derechos civiles.

Ahora, el nuevo gobierno ha tomado algunas medidas que tienen como objetivo fortalecer la libertad, pero utilizando un instrumento que debilita la calidad institucional. El nombramiento por decreto de dos jueces de la Corte Suprema o la intervención a la Afsca son dos ejemplos, aunque en uno se haya dado luego marcha atrás, al menos por el momento. El contenido no era objetable en sí: el Gobierno no buscaba nombrar a sus militantes en la Corte, sino a prestigiosos abogados con los que parece no tener vínculo; la política de medios de comunicación busca eliminar el impulso sectario que tiñó a la gestión anterior, que buscó controlar a los medios para apuntalar el relato.

La libertad y la calidad institucional parecen contraponerse en esta instancia: es una o es la otra. Una difícil elección para todo el que valore la libertad y las instituciones que la garantizan.

El Gobierno parece haber elegido la primera opción. No quiso verse en una situación en la cual cumplía con todos los requisitos formales pero no lograba resultados y sólo le quedaba el honor de haber respetado los procedimientos, como debería suceder en todo país serio. Éste es un dilema político que se presenta a todos los gobiernos que quieren llevar cambios adelante: he recibido un enorme poder; ¿debo utilizarlo como un «dictador benevolente» (según lo llamamos en economía) para conseguir la libertad y luego tratar de reducirlo para que quienes me sucedan no tengan ese instrumento poderoso o debo reducirlo primero para dar el ejemplo?

Esta segunda opción tiene pocas chances en la política; para los políticos, sería como hacerse el harakiri. Persiguiendo los políticos sus propios intereses, como cualquier otro, va a ser muy difícil que acepten recortar su propio poder.

Por otro lado, las medidas liberalizadoras ya de por sí reducen el poder del gobernante y mejoran la calidad institucional, que no se refiere sólo a la calidad de las instituciones políticas y judiciales, sino también a las que permiten las acciones a realizar en los mercados: el respeto al derecho de propiedad, la mayor libertad para realizar contratos, para establecer precios, para importar o exportar, para elegir la moneda en que se realizarán los intercambios.

En el análisis institucional que realizan los juristas o los politólogos suelen reflejarse nada más que las instituciones políticas o jurídicas tales como la división de poderes, la independencia de la Justicia, la renovación de los mandatos, el respeto a los derechos civiles. Es muy correcto, pero deja afuera toda un área de suma importancia para los individuos. Todos tenemos, en verdad, dos caminos a través de los cuales buscamos satisfacer nuestras necesidades: uno de ellos es el gobierno, por supuesto, del cual buscamos obtener seguridad, resolución de disputas, protección de ciertos derechos; pero tal vez la mayoría de nuestras necesidades se resuelven a través de los mercados: trabajamos o producimos y luego, con el ingreso obtenido, aprovechamos la división del trabajo para conseguir todo lo demás. Al negar este aspecto de nuestro proceder, el análisis institucional jurídico/político lo menosprecia.

El levantamiento del cepo cambiario deja en mayor proporción que antes la decisión acerca del uso de la moneda en manos de las personas, no de los funcionarios. Por supuesto, los exportadores están todavía obligados a entregar sus dólares al Banco Central, aunque éste ahora no los castiga además después. Pero al menos la gente ya no tiene que esconderse para tomar decisiones respecto de su propiedad, en este caso, de dinero. La reducción y eliminación de las retenciones a ciertas exportaciones devuelven nuevamente a los productores parte de la propiedad que les había sido expropiada a través de ese impuesto. Estaría por cesar la discrecionalidad existente en las importaciones a través del otorgamiento de licencias DJAI, pero se mantienen otras no discrecionales en muchos rubros; cesaron también las licencias para exportar (ROE) que se utilizaban para autorizar o negar las operaciones, pero se mantienen como «registro».

Esas medidas amplían algo la libertad de acción de los argentinos, aunque se podría también plantear el mismo problema que generan los otros cambios a través de decretos: el control se modera, pero el instrumento persiste. Hoy la licencia de importación puede ser utilizada nada más que estadísticamente, pero lo cierto es que está ahí para que cualquiera pueda después utilizarla como control. Lo mismo puede decirse sobre las leyes de lealtad comercial o de terrorismo económico. Es como guardar el revólver en el sótano, pero todos sabemos que sigue existiendo.

En definitiva, la elección es difícil, las alternativas son imperfectas. Pero claro, uno no puede dejar de preguntarse si no es posible algún camino que busque conciliar la libertad y la calidad institucional. Uno de ellos parece que sería explorado: es obtener consenso sobre esas medidas a posteriori.

Sin embargo, si se va a instalar todo un debate institucional respecto de cierto tipo de medidas, tal vez sería mejor apelar a la población para alguna reforma «institucional» más profunda, que respete las formas para alcanzar un cambio más profundo en los contenidos.

Tomemos el caso de la Afsca. Se interviene, se desplaza a alguien que tenía mandato por un par de años más (aunque no para hacer lo que hacía). Se creará una nueva agencia. Pero quienquiera que sea nombrado en esa agencia estará sujeto al mismo antecedente por más que se lo nombre de por vida. Otro futuro gobierno podrá «intervenirlo». La cuestión que tenemos que plantearnos es si no resulta peligroso tener agencias de ese tipo. Tal vez mejorar la calidad institucional es desistir de que exista ninguna ley y ninguna agencia para controlar los medios (o los recursos de los que el Estado se ha apropiado, como las frecuencias). La experiencia de estos controles no ha sido buena. Además, hemos vivido décadas sin leyes de medios o agencias de control. Y en el mundo de hoy accedemos a los medios de todo el mundo: la competencia nos protege más que nadie.

Es cierto, esto no quiere decir que el día de mañana no venga otro gobierno y vuelva a crear la agencia de cero. Y eso dependerá, en definitiva, de los valores que quieran promover los argentinos: si valoran la libertad o están dispuestos a entregarla. Si ahora dieron una señal de que quieren el cambio, tal vez quieran también dar una señal de que quieren ser más libres.

Profesor de Economía de la Universidad de Buenos Aires

Nunca hubo un ‘estado de naturaleza’, las normas de conducta existieron ya antes que el ser humano

Con los alumnos de Economía e Instituciones de OMMA Madrid, vemos el primer capítulo de El Foro y el Bazar. Aquí, sobre el origen de las nornas:

La convivencia pacífica en sociedad es posible porque seguimos ciertas normas, formales e informales, que nos permiten determinar cuál va a ser la conducta de los demás. En ausencia de ellas, la vida en sociedad sería difícil. El filósofo inglés Thomas Hobbes pensaba que se asemejaría al “estado de naturaleza” donde rigen la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.

No obstante, parece que nunca ha existido tal cosa como un “estado de naturaleza” donde el ser humano viviera sin normas pues éstas serían anteriores al hombre mismo. Y éste nunca vivió en un paraíso de independencia individual sino que siempre, desde su origen, formó parte de grupos. Los estudios antropológicos muestran que los derechos de propiedad existieron mucho antes que el desarrollo de la agricultura hace unos diez mil años, lapso que es tan sólo un breve momento en la historia del ser humano quien ha cazado y producido herramientas en pequeños grupos de familias o tribus por unos dos millones y medio de años. El origen del comercio se remonta a unos cien mil años atrás.

Nuestros esquemas de normas éticas habrían surgido, no como el fruto del uso de la razón, sino al compás con su desarrollo.[1] Ciertas visiones enfatizan la necesidad de un acto formal que de origen a la norma. Por ejemplo, Buchanan (2009, p. 26) plantea este ejemplo: Robin Hood y el Pequeño Juan se encuentran frente a frente en un puente donde solamente pasa uno de ellos. No habría ninguna regla “natural” que se pudiera invocar para quien sigue y quien se retira[2]. Sin embargo, esto es muy dudoso, a esa altura de la evolución es más que probable que existiera ya una norma que es generalmente reconocida como tal: la establecida por el propietario del puente, o por quien lo construyera, la del que llega primero al comienzo del puente, la del que viene del Norte, o de Sur, la del que va a la ciudad, o el que regresa, etc.

Las normas fueron desplazando a nuestras respuestas instintivas porque los individuos comenzaron a ver los resultados positivos que obtenían respetándolas. De la misma forma en que los animales comenzaron a desarrollar sus propios instintos de “posesión” o “territorio”, los seres humanos desarrollaron tempranas normas de propiedad, muy probablemente en relación a sus propios “territorios” o a sus herramientas y utensilios. Las bandas de cazadores no tenían desarrollado un concepto de propiedad sobre la tierra, pero sin duda respetaban distintos territorios y sabían muy bien de quién era cada herramienta y el derecho que tenía para usarla.[3]

[1] Dice Hayek (1990, p. 55):“La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón o de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.”

[2] Una vez que salimos de las actividades que son en gran medida (si no completamente) internas de las personas, estrictamente privadas en el sentido real de éste término, hay pocos límites ‘naturales’ que puedan lograr de manera convincente un acuerdo general”. “En ausencia de fronteras ‘naturales’ entre individuos en las actividades que puedan emprender, surge la necesidad de una estructura definitoria, una imputación entre personas, en sí misma, sea arbitraria”. (Buchanan 2009, p. 27).

[3] Comenta Vernon Smith (2004, p. 124): “La clave para entender nuestra vieja “propensión al trueque e intercambio” se encuentra, creo, en nuestra capacidad para la re­ciprocidad, que fue seleccionada evolucionariamente y que cons­tituye la base del intercambio social, mucho antes que hubiera co­mercio en el sentido económico convencional. Todos los humanos, en todas las culturas, intercambian favores. Aunque la forma en que se expresa culturalmente la reciprocidad es infinita­mente variable, desde un punto de vista funcional, la reciprocacidad es universal. Hacemos cosas beneficiosas para nuestros amigos e implícitamente esperamos que nuestros amigos hagan cosas bene­ficiosas para nosotros. Es más, esta condición define esencialmen­te la diferencia entre amigos y enemigos. Evitamos relacionarnos con aquellos que no reciprocan. Tú me invitas a comer y dos me­ses después yo te invito a comer. Te presto mi auto cuando el tu­yo está en el garage y luego tú me ofreces tus entradas para el fút­bol cuando estás de viaje. Las amistades no necesariamente están conscientes de “llevar cuentas” de sus reciprocidades mutuas y el hecho que estemos en una relación de intercambio es tan natural como inconsciente, por lo que, en la práctica, la damos por senta­da. Sin embargo, una vez que dos amigos toman conciencia de una asimetría en la reciprocidad, la amistad se ve amenazada. Más aún, a las personas que persistentemente tienen problemas en es­tablecer o mantener amistades se les califica de sociópatas subclí­nicos (personalidad antisocial), que no poseen la capacidad in­consciente y la intuición para la reciprocidad”.

 

Douglass North (1920-2015): una evolución hayekiana sobre el origen y desarrollo de las instituciones

Con los alumnos de la materia “Economía e Instituciones” de OMMA Madrid vemos el aporte de Douglass North, economista e historiador, quien recibiera el Premio Nobel en Economía en 1993 junto a Robert Fogel, por sus aportes al desarrollo de lo que ahora se denomina “Economía Institucional”. North falleció recientemente, el 23 de Noviembre de 2015.

North

North, quien comenzara con una aproximación claramente “neoclásica” y economicista sobre el origen de las instituciones, basando su análisis en modificaciones “exógenas” a los incentivos económicos existentes en la sociedad, evolucionó hacia una visión que enfatiza el papel de las ideas, acercándose así a la visión clásica tradicional que sostuvieran Mises, Hayek y Milton Friedman. Veamos, por ejemplo, de su artículo con Robert Thomas, publicado originalmente en The Economic History Review, de 1970  y luego en castellano en Libertas 10: “Una teoría del crecimiento del mundo occidental”:

“En este artículo nos proponemos ofrecer una nueva explicación del crecimiento económico del mundo occidental. Si bien el modelo que presentamos tiene implicaciones igualmente importantes para el estudio del desarrollo económico contemporáneo, centraremos nuestra atención en la historia económica de las naciones que formaron el núcleo del Atlántico Norte entre los años 1100 y 1800. En pocas palabras, postulamos que los cambios en los precios relativos de los productos y los factores de producción, inducidos inicialmente por la presión demográfica malthusiana, y los cambios en la dimensión de los mercados, dieron lugar a una serie de cambios fundamentales que canalizaron los incentivos hacia tipos de actividades económicas tendientes a incrementar la productividad. En el siglo XVIII estas innovaciones institucionales y los cambios concomitantes en los derechos de propiedad introdujeron en el sistema cambios en la tasa de productividad, los cuales permitieron al hombre de Occidente escapar finalmente al ciclo malthusiano. La llamada «revolución industrial» es, simplemente, una manifestación ulterior de una actividad innovadora que refleja esta reorientación de los incentivos económicos”.

Y veamos ahora su visión en 2003, en un artículo publicado por Cato Institute: “Instituciones, ideología y desempeño económico”: http://www.elcato.org/instituciones-ideologia-y-desempeno-economico

“El argumento central de este ensayo es que las instituciones, junto con la ideología, dan forma al desempeño económico. Las instituciones afectan el desempeño económico al determinar (junto con la tecnología usada) el costo de transacción y de producción. Las instituciones se componen de reglas formales, restricciones informales, y características del cumplimiento de éstas. Mientras que las reglas formales pueden cambiarse de la noche a la mañana por la comunidad, las restricciones informales cambian muy lentamente. Ambas son moldeadas en última instancia por las percepciones subjetivas de la gente sobre el mundo que los rodea; a la vez, estas percepciones determinan opciones explícitas entre las reglas formales y las restricciones informales evolutivas. En las secciones siguientes desarrollaré esta estructura analítica, la cual utilizaré para diagnosticar el desempeño contrastante de las economías occidentales de mercado con las del tercer mundo y con las economías socialistas.”

El problema de la obesidad, los incentivos y los ‘leves empujones’ de los diseñadores de decisiones (I)

En buena parte del mundo el hambre ya no es un problema, lo es la obesidad. Michael Marlow, profesor de Economía de California Polytechnic State University y académico senior adjunto del Mercatus Center en George Mason University, analiza el tema en la revista Regulation, del Cato Institute, en relación a lo que se llama ‘behavioral economics’:  http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2014/12/regulation-v37n4-1.pdf

Se predice que para el 2030 el 42% de los norteamericanos serán obesos y el 11% severamente obesos. Las soluciones tradicionales propuestas por los economistas eran poner impuestos sobre las ‘malas’ comidas, subsidiar las ‘buenas’ y otras políticas que cambien los incentivos. Pero esta nueva disciplina propone que ciertos ‘diseñadores de incentivos’ creen ‘leves empujones’ (nudges) que lleven a la gente a tomar decisiones que mejoren su bienestar. Para  Thaler & Sunstein estas medidas suelen ser más bien gubernamentales que de mercado. Dice Marlow:

“Según los economistas conductistas los individuos no son siempre racionales. Individuos poco informados que siguen normas vigentes y tienen poco juicio toman decisiones inconscientes e irracionales. Estas contribuyen a un no deseado aumento de peso cuando las personas no saben cuánta comida en verdad ingieren. Un estudio de Brian Wansink y Jeffrey Sobal, publicado en Environment and Behavior, concluye que los participantes de un test subestimaron el número de decisiones diarias sobre alimentación en promedio por más de 221 decisiones, en lo que los autores llaman ‘comer inconscientemente’.

Sunstein y Thaler en un artículo en la Chicago Law Review de 2003 sostuvieron que no hay una clara diferencia entre elección y coerción debido a que esos estados son dos extremos de un continuo. Dice que alguien –un diseñador de incentivos- siempre decide la opción ‘default’ brindando la cantidad y calidad de información que determina las elecciones de la gente. Creen que estos diseñadores deberían cambiar esas opciones y proveer información cuando la gente toma decisiones irracionales.”

En este caso algunas opciones serían:

          Exponer comidas tentadoras en lugares más incómodos

          No dejar las fuentes con alimentos en la mea luego de haber servido

          Reducir la cantidad de alimentos almacenados, dejándolos en cajas o congelados

          Reemplazar vasos cortos y anchos por otros angostos y largos

          Reducir las porciones utilizando platos y fuentes más pequeños

          Usar cucharas más pequeñas

Su crítica:

“La evidencia empírica muestra que los ‘empujones’ no funcionan siempre como se planeó. Un artículo de 2007 en la revista Appetite por Barbara Rolls encontró que alterar el tamaño de los platos no tuvo un efecto significativo en el consumo de calorías para comidas en tres experimentos. Los participantes hacían más viajes hacia el buffet cuando tenían un plato más chico.

Agregar opciones ‘saludables’ a otras ‘no saludables’ también es problemático. Un artículo en el Journal of Consumer Research por Karen Wilcox encontró que la mera presencia de comida saludable parecía mostrar que el consumidor alcanzaba objetivos nutricionales y les daba entonces una carta abierta para comer más, con un ambiguo efecto en sus dietas. Sicólogos también informan acerca de la ‘ilusión de las calorías negativas’, por las que agregar una opción saludable a individuos que cuidan su peso reduce su percepción acerca del contenido total de las calorías que consumen. En un artículo de Alexander Chernex, en el Journal of Consumer Psychology de 2007, por ejemplo, participantes conscientes de los problemas dietarios estimaron que una hamburguesa sola contiene 734 calorías, pero cuando estaba acompañada de cortes de apio la estimaban en 619 calorías.”

Si el tema es la desigualdad, la Academia Sueca decidió por el que sabe de eso: Deaton, no Pikkety

Cuanto más avanzo en la lectura del libro “The Great Escape”, del último premio Nobel en Economía, Angus Deaton, más me parece que la Academia de Ciencias de Suecia (este premio es financiado por el Banco de Suecia, no por la Fundación Nobel como los otros), puede ser un intento de balancear el impacto que tuvo el libro de Pikkety. Es decir, si el tema en discusión a nivel global son las diferencias de ingresos, vamos a darle el premio a quien más ha estudiado el tema, y lo ha hecho más profesionalmente: Deaton.

Deaton

Deaton tiene un don: sabe analizar las estadísticas y saca todo tipo de conclusiones, todas ellas interesantes, aunque pueda uno no compartir todos sus juicios de valor. A diferencia de Piketty, Deaton no ve a las diferencias de ingresos como algo inherentemente malo (aunque puede serlo cuando son el resultado del lobby y el capitalismo de amigos). Así dice:

“Comenzando a mediados del siglo XVIII en Inglaterra, la longevidad comenzó a mejorar en todos los países del mundo. A medida que la gente escapaba de las enfermedades y la muerte temprana, los estándares de vida también comenzaban a mejorar y, en gran medida, la salud y el nivel de vida se movían en paralelo. Las ideas de la Revolución Científica y el Iluminismo produjeron eventualmente una revolución en el bienestar material, como también lo hicieron en la extensión de la vida. Estas revoluciones paralelas, impulsadas por las mismas causas finales, trajeron vidas mejores y más largas para muchos, pero también crearon un mundo de diferencias a través de lo que el economista Lant Pritchett ha memorablemente llamado “Divergencia, gran momento”. Le crecimiento económico trajo mejores estándares de vida como también una reducción de la pobreza. Es difícil medir todo esto en forma precisa pero un estudio minucioso estima que el ingreso promedio de todos los habitantes del planeta aumentó entre 7 y 8 veces entre 1820 y 1992. Al mismo tiempo, la fracción de la población mundial en extrema pobreza cayó de 84 a 24%. Este aumento sin precedentes de los estándares de vida llegó con enormes aumentos de la desigualdad de ingresos, tanto entre países como entre individuos dentro de los países. La naturaleza de la desigualdad también cambió. En el siglo XVIII, la mayor parte de la desigualdad se daba dentro de los países, entre los ricos aristócratas propietarios de tierras en un lado, y la gente común en el otro. Para el año 2000, en contraste, las mayores brechas se dan entre países, el resultado final de la gran divergencia.”

“La desigualdad puede, a veces, impulsar el crecimiento, si muestra a los demás una vía para beneficiarse con las nuevas oportunidades. Pero puede también menoscabar la mejora material e incluso extinguirla por completo. La desigualdad puede inspirar e incentivar a aquellos que quedaron atrás para alcanzar a los de adelante, generando mejores para ellos y para otros. O puede ser tan severa, y las ganancias tan concentradas en las manos de unos pocos, que el crecimiento económico se ahoga y se compromete el funcionamiento de la economía.”

Voy al médico. Veo su diploma en la pared. ¿Le cuento sobre el ‘cartel’ que genera el licenciamiento?

Vengo del médico. Mientras esperaba a ser atendido miraba su diploma colgado en la pared, y una serie de certificados de asistencia a distintos cursos en su especialidad. Curiosamente, también leía un artículo titulado “Beyond Medical Licensure”, de Shirley Svorny, profesora de economía de California State University y académica adjunta del Cato: http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/regulation/2015/3/regulation-v38n1-6.pdf

Comenta:

“Quienes apoyan el licenciamiento de los profesionales médicos enfatizan la presencia de asimetrías de información entre pacientes y médicos. El economista George Ackerlof este fallo de mercado en un artículo famoso de 1970 publicado en el Quarterly Journal of Economics, sosteniendo que la regulación gubernamental podría ser apropiada en situaciones donde los consumidores están en desventaja informacional en relación a quienes venden el servicio. Aunque no consideró los incentivos que resultan de la responsabilidad legal, identificó al nombre-marca y a la certificación como instituciones importantes que pueden resolver la incertidumbre respecto a la calidad. Señaló que los mercados educativos y laborales utilizan nombres y marcas para guiar a los empleadores y a los consumidores.”

“En lugar de “colegios” de profesionales aprobados por los gobiernos, los hospitales deciden, por ejemplo, quien practicará neurocirugía. Los miembros del staff de un hospital privado analizan las credenciales y determinan exactamente lo que cada individuo puede hacer. Verifican y evalúan la educación, habilidades, experiencia, historia de mala praxis y la competencia de cada profesional médico antes de realizar ciertas tareas. Las empresas dueñas de seguros médicos (HMOs en Estados Unidos) realizan procedimientos similares, verificando una amplia gama de información cuando establecen redes o paneles de médicos con los que sus pacientes se pueden atender. Hacen esto porque pueden ser considerados responsables de algún error que cometa algún proveedor acreditado, y porque su reputación es importante.”

“Las empresas que aseguran a los médicos contra riesgos de mala praxis también los supervisan. Evalúan a los médicos cada año nuevamente considerando su educación, habilidades, historia de mala praxis y competencia. Pueden denegar la cobertura para ciertos procedimientos si es necesario, o denegarla totalmente.”

“En lugar de controlar a los médicos, el aparato de “licencia” provee un camino para la influencia de los profesionales que ha sido utilizado para restringir la competencia y frenar la innovación en la provisión de cuidado médico. Solamente en estados como Alaska donde escasea el servicio médico en las áreas rurales se han dejado de lado los intereses médicos que limitan la competencia para experimentar con nuevas formas de cuidado. La buena noticia es que, liberada de esas restricciones, la innovación puede reducir costos y mejorar el acceso sin un efecto aparente en la calidad. Es una situación win-win para todos salvo para los médicos que quieren proteger su campo tradicional.”

“Las similitudes entre las acciones de las agencias estatales de licenciamiento y un cartel son llamativas. Las regulaciones gubernamentales facilitan el tipo de restricción a la entrada que un cartel privado tendría problemas en imponer. Dictando el nivel adecuado de entrenamiento las regulaciones estatales benefician a los médicos licenciados a expensas de los consumidores. El aparato regulatorio también permite que grupos de médicos políticamente influyentes limiten el ámbito de práctica de profesionales no médicos.”

“El licenciamiento estatal funciona mal para proteger pacientes, si es que lo hace. Es común encontrar médicos licenciados y con problemas de alcohol seguir practicando mientras participan de un programa de tratamiento aprobado. Pocos profesionales médicos son sancionados por las agencias de control. En realidad, la mayoría de los que están catalogados como de alto riesgo por las empresas de seguros de profesionales médicos jamás han sido sancionados por esas agencias. Una estimación señala que solo un cuarto de los médicos en el mercado asegurador de alto riesgo han sido alguna vez sancionados por las agencias en toda su carrera. La buena noticia para los pacientes es que los profesionales que no obtienen seguro contra mala praxis no podrán acceder a la práctica en hospitales y serán excluidos de redes y paneles.”

Me llama el médico para atenderme…, por las dudas no le comento el artículo.

Un emprendedor de otros tiempos: más que empresas creaba países, o estados como Pennsylvania

Américo Vespucio ha logrado que su nombre sea ahora el de todo un continente. Pero no es el único. William Penn fue una vez dueño de un estado, el cual lleva su nombre hoy en día. Un emprendimiento nada sencillo: convirtió deuda en activos, los hizo florecer al tiempo que aplicaba su filosofía de la libertad en ellos, y lo legó a su familia que terminó vendiendo, aunque con ciertos problemas de cobranzas.

A fines del siglo XVII los Cuáqueros eran perseguidos por Carlos II de Inglaterra, no por sus creencias religiosas sino por no querer pagar sus diezmos a los clérigos, por tutear a los magistrados, y por negarse a prestar los juramentos prescritos por la ley.

En ese entonces, surgió entre ellos un “emprendedor”, William Penn; así lo cuenta nada menos que Voltaire:

Penn

“Más o menos por ese tiempo apareció el ilustre William Penn, que estableció el poder de los cuáqueros en América, y que les hubiera hecho respetables en Europa, si los hombres pudiesen respetar la virtud bajo apariencias ridículas; era hijo único del caballero Penn, Vicealmirante de Inglaterra y favorito del duque de York, desde Jacobo II..

William Penn, a la edad de quince años, encontró un cuáquero en Oxford, donde hacía sus estudios; ese cuáquero le persuadió, y el joven, que era vivo, y de naturaleza elocuente, y que tenía nobleza en su fisonomía y en sus maneras, ganó pronto a algunos de sus camaradas. Estableció sin ser notado una Sociedad de Jóvenes Cuáqueros, que se reunían en su casa; de tal suerte que se encontró siendo jefe de la secta a la edad de dieciséis años.”

Como insistía en el tuteo su padre le pidió de no usarlo cuando viera al Rey, como también quitarse el sombrero en su presencia. Como no quiso hacerlo, lo echó de su casa. Penn continuó con sus atractivos sermones tanto en Londres como luego en Ámsterdam y al enterarse de la enfermedad de su padre volvió a verlo y a reconciliarse con él antes de su muerte.

“William heredó grandes bienes, entres los que se encontraban deudas de la Corona, por adelantos hechos por el Vicealmirante en expediciones marítimas. Nada era menos seguro entonces que el dinero debido por el rey; Penn se vio obligado a ir a tutear más de una vez a Carlos II y a sus ministros, para conseguir su pago. El gobierno le dio, en 1680, en lugar de dinero, la propiedad y la soberanía de una provincia de América, al sur de Maryland: aquí tenemos a un cuáquero hecho soberano. Partió para sus nuevos estados con dos barcos cargados de cuáqueros que le siguieron. Se llama desde entonces al país Pennsilvania, por el nombre de Penn. Allí fundó la ciudad de Filadelfia, que hoy es muy floreciente.”

“Apenas hubo establecido su gobierno cuando varios mercaderes de América vinieron a poblar esa colonia. Los naturales del país, en lugar de huir a los bosques, se conciliaron insensiblemente con los pacíficos cuáqueros: tanto como detestaban a los otros cristianos conquistadores y destructores de América, amaban a estos recién llegados. En poco tiempo, gran número de esos pretendidos salvajes, encantados por la mansedumbre de sus vecinos, fueron en masa a pedir a William Penn que los recibiera como vasallos suyos. Era un espectáculo completamente nuevo, ese soberano al que todo el mundo tuteaba, y a quien se hablaba sin descubrirse uno, un gobierno sin sacerdotes, un pueblo sin armas, ciudadanos completamente iguales, semejantes a la Magistratura, y vecinos sin envidias”.

Volvió a Inglaterra donde finalmente obtuvo la derogación de la legislación hecha contra los no-conformistas (respecto a la religión oficial) y luego de una última visita a Pennsilvania regresó a Londres donde murió en 1718.

“Se conservó a sus descendientes la propiedad y el gobierno de Pennsilvania, y ellos vendieron al rey el gobierno por doce mil piezas de oro. Los asuntos del rey sólo le permitieron pagar mil. Un lector francés creerá quizá que el ministro pagó el resto en promesas y se apoderó de todos modos del gobierno: nada de eso; como la Corona no había podido satisfacer en el tiempo marcado el pago de la suma completa, el contrato fue declarado nulo y la familia de Penn recuperó sus derechos”[1]

[1] Voltaire, Cartas filosóficas, (Barcelona: Ediciones Altaya, 1993), 25-30.

Angus Deaton, último premio Nobel en Economía: desde el Iluminismo, la vida derrota a la muerte

Angus Deaton, el ultimo premio Nobel en Economía, comenta sobre el futuro de la expectativa de vida, las ideas del progreso y la calidad de vida en su libro “The Great Escape”.

“¿Podemos esperar que la esperanza de vida continúe creciendo en los países de altos ingresos? La visión negativa, a menudo asociada con el demógrafo y sociólogo Jay Olshansky, comienza observando que se hace cada vez más difícil aumentar la esperanza de vida. Esto es algo que ya hemos considerado; cuando se salvan las vidas de niños esto tiene un efecto dramático en la esperanza de vida, porque tienen tantos años para vivir; pero una vez que casi todos los niños han sido salvados, salvar a los ancianos hace una diferencia mucho menor.

El gráfico siguiente muestra la desaceleración en el aumento de la esperanza de vida en los Estados Unidos desde los años 1950s, y podemos esperar algo similar en el futuro, aun si continúan las innovaciones, debido a que las vidas que se salven serán de ancianos cada vez mayores. Aun si se eliminara el cáncer en los Estados Unidos, la esperanza de vida se incrementaría solamente unos cuatro años. Los pesimistas también señalan que el aumento de la obesidad en la mayoría de los países ricos puede aumentar la tasa de mortalidad en el futuro. Tal vez, pero hasta ahora no hay evidencia de eso. Esto puede ser porque con mejore tratamientos para las enfermedades cardiovasculares –incluyendo remedios para controlar el colesterol y la hipertensión-, los riesgos de obesidad son menores ahora que cuando se comenzaron a estudiar.

Life expectancy

Por otro lado, los demógrafos Jim Oeppen y James Vaupel publicaron en 2002 un notable diagrama que calculaba la mayor esperanza de vida para las mujeres en cada año desde 1840, y mostraban que esta medida –que puede tomarse como la mayor esperanza de vida posible cada año-, ha aumentado en forma constante por 160 años. Por cada cuatro años calendario, la esperanza de vida aumenta un año. Oeppen y Vaupel no ven razones para que esta vieja tasa de progreso no deba continuar. Su diagrama también señala que muchas estimaciones previas sobre la mayor esperanza de vida ha sido superada por los hechos; muchos sabios predijeron que las ganancias en vida se iban a frenar o a parar, y todos se han equivocado. Además, en apoyo de la visión optimista de una creciente aumento de la esperanza de vida está el hecho que la gente no quiere morir antes de lo que deba; y que si se hacen más ricos tienen más ingresos para gastar tratando de evitar ese resultado y estarán dispuestos a dedicar más y más de sus ingresos para permanecer vivos; y no hay razón para suponer que no tendrían éxito ahora, como ya lo han tenido en el pasado.

Creo que el argumento optimista es más sólido; desde que la gente se rebeló contra la autoridad en el Iluminismo, y se puso a usar la razón para mejorar sus vidas, hay pocas dudas de que obtendrán nuevas victorias contra las fuerzas de la muerte. Habiendo dicho eso, es muy optimista pensar que la esperanza de vida en el futuro crecerá a la misma tasa que lo hizo en el pasado; las menores tasas de mortalidad infantil han hecho crecer la esperanza de vida muy rápido, y esa fuente de crecimiento ha pasado, por lo menos en los países ricos. Durante los 160 años en que la esperanza de vida creció un año cada cuatro, la contribución principal fue por salvar la vida de los niños, y eso no va a continuar. Una vez más, hay buenas razones para no enfocarnos en la esperanza de vida como medida del éxito. Eliminar el cáncer y otras enfermedades de los ancianos eliminaría mucho sufrimiento y mejoraría la vida de millones. Que tenga poco impacto en la esperanza de vida no es el punto.”.