Buchanan y Mises sobre el abandono de la austeridad fiscal antes y después de Keynes

James Buchanan y Richard Wagner escribieron un libro titulado “Democracia en déficit: el legado político de Lord Keynes”, publicado en 1977 y disponible gratuitamente acá: http://oll.libertyfund.org/titles/1097

El argumento central del libro es que el análisis y las propuestas de Keynes terminaron de relajar el espíritu “victoriano” de austeridad en la política fiscal y ya nunca más pudo frenarse el crecimiento del gasto público, los déficits y el endeudamiento si no es por el límite que impone el mismo mercado para financiar ese gasto, o en última instancia el colapso fiscal y monetario.

Era una idea compartida por otros autores, entre ellos Mises, quien escribe en “Restoring Europe’s State Finances”, una conferencia que dictara en 1924, señalando que ese cambio se había producido bastante tiempo antes:

“Hubo un tiempo en el que era sabiduría convencional que los impuestos son un mal a ser evitado en cuanto sea posible y que la única virtud de un ministro de finanzas era su frugalidad. En esos días los representantes del pueblo en el parlamento realizaban grandes esfuerzos para reducir las propuestas presupuestarias para ahorrarle a la población una excesiva carga impositiva. Desgraciadamente, este principio fue abandonado en las décadas previas a la guerra [Primera Guerra Mundial]. Una perniciosa doctrina surgió diciendo que había una diferencia fundamental entre el presupuesto público y el de cualquier familia. En los presupuestos familiares, se creía, los gastos estaban basados en el ingreso, mientras que en el presupuesto público eran los gastos los que determinaban los ingresos. Si bien ningún teórico fiscal se atrevió nunca a proclamar este principio abiertamente y sin reservaciones [Keynes entonces puede haber inaugurado la lista], sin embargo ha servido en general como la base de la discusión académica.”

“El principio fue reforzado por una singular interpretación de que solamente los impuestos indirectos sobre artículos de consumo masivo afectan a amplios sectores de la población, mientras que se creía que los impuestos directos castigaban solo a los ricos y a los propietarios, sin pesar sobre la economía en general.”

“Cuando sea que la discusión giraba sobre un gasto nuevo y popular, los representantes del pueblo se inclinaban a aprobarlo en tanto no fuera pagado por nuevos impuestos indirectos sino solamente por nuevos impuestos directos. Algunos de estos, por ejemplo el impuesto a la herencia o el impuesto a las ganancias de capital, se dirigen a la riqueza en la forma de capital como una fuente de ingresos fiscales. En el caso de impuestos sobre los ingresos y las ganancias, la idea original era que cayera solo sobre el ingreso real. Como resultado de la depreciación monetaria y la consiguiente imposición de ganancias “contables”, aun los impuestos sobre los ingresos y las ganancias se han convertido en impuestos a la riqueza. Una porción del capital existente ha sido consumido en impuestos, convertido en bienes de consumo y gastado. Por su misma naturaleza, la política fiscal ha reducido la riqueza de la economía. Pero tan grandes eran las ilusiones sociales y políticas que eso era considerado un rasgo deseable de la imposición directa que recaía sobre el patrimonio del país. Sentimientos de envidia como éste generaron la creencia que el empobrecimiento de los emprendedores y los dueños del capital era beneficioso para le economía. El hecho que la economía en su conjunto, no solo los dueños del capital, se volvía más pobre era totalmente olvidado.”

“El crédito fácil también cumplió un papel importante en la actitud desarrollada hacia un crecimiento del gasto público. En el pasado, aun los ministros de finanzas de estados grandes y ricos tenían serios problemas para tomar créditos aun modestos, y esos intentos muchas veces fracasaban. Esta situación cambió completamente en las décadas anteriores a la guerra.”

¿Una consulta popular para decidir si habrá un casino en nuestro municipio?

Pablo, lector de este blog en Neuquén, plantea un tema interesante para la discusión, y estoy seguro que los alumnos de Derecho, sobre todo, querrán opinar al respecto. Me dice lo siguiente:

“En la ciudad de Centenario, la cual es lindante a la de Neuquén capital se estaría por instalar un casino y diferentes asociaciones plantean juntar firmas y rechazar la instalación del mismo. El argumento que se esgrime es que no es el perfil de ciudad que se busca, porque los casinos fomentan la criminalidad, la prostitución etc, que no dejan o no invierten el dinero en la ciudad y que fomenta la ludopatía y el dispendio. En USA y acá, en Villa la angostura, han llegado a realizar referéndum para elegir si es conveniente tener un casino en la ciudad, sobre todo si esta es chica el peligro que se suele ver es mayor, en algún sentido el miedo se asemeja el existente con la explotación de la minería.”

“Por otro lado uno piensa que un casino no es una actividad ilícita, que la cuestión fiscal está asociada a la capacidad de recaudar del municipio, este tema es difuso por que en algunas ciudades se los acusa de estar en deuda con el fisco. Tampoco creo que es acertada la idea de crear un estado paternalista que vele por las «buenas elecciones de todos».”

Casino

La noticia puede verse aquí: http://www.rionegro.com.ar/diario/el-casino-magic-se-instalara-en-centenario-4410913-9701-nota.aspx

¿Qué opinar al respecto?

En primer lugar quiero señalar algo positivo: que el tema se defina a nivel local (aunque podría cuestionarse porqué tiene que haber licencias especiales para esta actividad, que no se les pida a otras). Imaginen si fuera el estado nacional el que tuviera la atribución de otorgar las licencias para casinos. De esta forma, puede decidir la comunidad local, y hacerlo de dos formas que se analizan en el libro: la voz y la salida. Según la primera, pueden juntar firmas y llamar a una consulta popular para que los vecinos decidan si mayoritariamente quieren el casino o no. Por la segunda, a quienes les desagrade vivir cerca de un casino podrán moverse a otro municipio donde no los haya, y quienes quieran vivir cerca de uno al revés.

En segundo lugar, no quiero opinar acerca de las bondades de tener un casino cerca o no. Puede que haya algo más de recaudación tributaria para el municipio; también que tiente a la gente a ir a jugar en lugar de producir, etc. Anticipo que habrá opiniones sobre la “bondad” o “maldad” de la actividad para lo cual simplemente voy a señalar que no parece ser una actividad que viole los derechos de nadie. La gente va allí voluntariamente y entrega su dinero (o recibe) de la misma forma. Puede que no nos guste dejar el dinero allí pero tenemos la posibilidad de no hacerlo. No es algo que podamos decir de los impuestos: puede que no nos guste como se despilfarran pero no tengo la misma oportunidad que me da el casino: no pagar. Si repudiamos al casino porque nos incita a dejar nuestro dinero allí, al menos habría que decir algo de los impuestos que nos obligan también a dejarlo, muchas veces para algo que no nos sirve ni interesa.

En tercer lugar, puedo entender que haya gente que no quiera saber nada de tener un casino cerca y para ellos debería haber también “municipios libres de casinos” de la misma forma en que yo quisiera municipios con bajos impuestos y amplias libertades.

Por último, algo que personalmente tendría en cuenta para opinar localmente sobre el tema tiene que ver con los fines de esa mayor recaudación que esto promete. Creo que ése sería el punto central a discutir. Por ejemplo: ¿van a eliminar las tasas municipales y financiaremos al municipio con lo que deje el casino? ¿al menos las reducirán? ¿O es que los políticos locales quieren tener más dinero para gastar más? Y en todo caso, ¿en qué están pensando en gastarlo? ¿En algún servicio importante que aún no tenemos en el municipio, o en la mejora de alguno que hoy no funciona porque el dinero no alcanza?

En fin, creo que la respuesta a esas preguntas definiría mi posición en la consulta.

Hace poco puse un post sobre la tribu de los Seminoles en Florida, quienes son los dueños del Hard Rock Café y varios casinos. También propondría que los distintos grupos aborígenes de la zona pudieran poner casino en sus tierras si es que así lo desean.

Europa se va de vacaciones de verano, luego ya pueden trabajar para sí mismos

El Institute Économique Molinari de Francia presenta la quinta edición de su estudio sobre la carga fiscal en los salarios medios. Ese país, que supuestamente viene llevando adelante un “ajuste” fiscal, en verdad se encuentra en la anteúltima posición en Europa, sólo superado por Bélgica, y este año tomará dos días más que el año pasado para pagar su gasto.

Recién el 28 de Julio un trabajador con un salario medio podría comenzar a trabajar para sí mismo, habiendo recién completado el pago de todos los impuestos. Las fechas para los distintos países de Europa son las siguientes (los nombres están en francés porque los he copiado directamente, aunque se entienden).

 

Julio no solamente es un mes de vacaciones en el continente europeo sino también el mes en el que la mayoría ha completado esos pagos y, tal vez, pueden dedicarse a descansar antes de retomar el resto del año para trabajar para sí mismos.

 

Mars  Avril  Mai  Juin  Juillet  Août
1 Roumanie
6 Portugal 6 Belgique
7 Danemark
8 Slovénie
10 Estonie
12 Espagne 11 Allemagne
12 Royaume-Uni 13 Croatie
14 Pologne 14 Grèce
18 Bulgarie 18 Lituanie 16 Hongrie
19 Rép. Tchèque
21 Chypre 20 Finlande
20 Lettonie
20 Slovaquie
21 Pays-Bas
23 Suède 25 Autriche
28 Irlande
28 Malte 30 Luxembourg 30 Italie 28 France

El alza más importante tuvo lugar en Grecia, con una tasa de presión fiscal y social que pasó de 45,98% a 53,33% y la baja más importante, que no es mucho, en Italia del 52,12% al 49,55%.

¿Quién aprueba el impuesto de la inflación? Impuestos con consentimiento dice Juan de Mariana

La inflación hace que muchos paguen impuesto cuando antes no pagaban. Peor aún, la inflación “es un impuesto”. La pregunta es: ¿quién lo votó? ¿No es que los impuestos se aprueban en el Congreso como parte de una larga tradición que dice que no pueden ponerse impuestos sin el consentimiento de los ciudadanos? Parece que eso no corre para la inflación. Pero el principio es claro, está en la Carta Magna (1215) y lo comenta Juan de Mariana (1536-1624):

Juan de Mariana

Si el rey puede cargar pechos sobre sus vasallos sin consentimiento del pueblo

Algunos tienen por grande sujeción que los reyes, cuanto al poner nuevos tributos, pendan de la voluntad de sus vasallos, que es lo mismo que no hacer al rey dueño, sino al común; y aun se adelantan á decir que si para ello se acostumbra llamar á Cortes, es cortesía del príncipe, pero si quisiese, podría romper con todo y hacer las derramas á su voluntad y sin dependencia de nadie conforme á las necesidades que se ofrecieren. Palabras dulces y engañosas y que en algún« reinos han prevalecido, como en el de Francia, donde refiere Felipe Comines, al fin de la vida que escribió de Luis XI de Francia, que el primero que usó de aquel término fue el príncipe de aquel reino, que se llamó Carlos VIl. Las necesidades y aprietos eran grandes; en particular los ingleses estaban apoderados de gran parte de Francia; granjeó los señores con pensiones que les consignó á cada cual y cargó á su placer al pueblo. Desde el cual tiempo dicen comunmente que los reyes de Francia salieron de pupilaje y de tutorías, y yo añado que las largas guerras que han tenido trabajada por tantos años á Francia en este nuestro tiempo todas han procedido de este principio. Veíase este pueblo afligido y sin substancia; parecióles tomar las armas para de una vez remediarse con la presa ó acabar con la muerte las necesidades que padecían, y para esto cubrirse de la capa de religión y colorear con ella sus pretensiones. Bien se entiende que presta poco lo que en España se hace, digo en Castilla, que es llamar los procuradores á Cortes, porque los mas de ellos son poco á propósito, como sacados por suertes, gentes de poco ajobo en todo y que van resueltos á costa del pueblo miserable de henchir sus bolsas; demás que negociaciones son tales, que darán en tierra con los cedros del Líbano. Bien lo entendemos, y que como van las cosas, ninguna querrá al príncipe á que no se rindan, y que seria mejor para excusar cohechos y costas que nunca allá fuesen ni se juntasen; pero aquí no tratamos de lo que se hace, sino de lo que conforme à derecho y justicia se debe hacer, que es tomar el beneplácito del pueblo para imponer en el reino nuevos tributos y pechos. No hay duda sino que el pueblo, como dice el historiador citado, debe siempre mostrar voluntad de acudir á la de su rey y ayudar conforme lo pidiesen las necesidades que ocurren; pero también es justo que el príncipe oiga á su pueblo y se vea si en él hay fuerza y substancia para contribuir y si se hallan otros caminos para acudir á la necesidad, aunque toquen al mismo príncipe y á su reformación, como veo que se hacia antiguamente en las Cortes de Castilla. Digo pues que es doctrina muy llana, saludable y cierta que no se pueden poner nuevos pechos sin la voluntad de los que representan el pueblo. Esto se prueba por lo que acabamos de decir, que si el rey no es señor do los bienes particulares, no los podrá tomar todos ni parte de ellos sino por voluntad de cuyos son. Item, si, como dicen los juristas, ninguna cosa puede el rey en perjuicio del pueblo sin su beneplácito, ni les podrá tomar parte de sus bienes sin él, como se hace por via de los pechos. Demás que ni el oficio de capitán general ni de gobernador le da esta autoridad, sino que pues de la república tiene aquellos cargos, como al principio señaló el costeamiento y rentas que le parecieron bastantes para ejercellos; así, si quiere que se las aumenten, será necesario que haga recurso al que se las dio al principio. Lo cual, dado que en otro reino se permitiera, en el nuestro está por ley vedado, fecha y otorgada á pedimento del reino por el rey don Alonso el Onceno en las Corles de Madrid, año de 1329, donde la petición 68 dice así: «Otrosí que me pidieron por merced que tenga por bien de les no echar ni mandar pagar pecho desaforado ninguno especial ni general en toda la mi tierra sin ser llamados primeramente á Cortes é otorgado por todos los procuradores que vinieren: á esto respondo que lo tengo por bien é lo otorgo.» Felipe de Comines, en el lugar ya citado, por dos veces generalmente dice en francés: «Por tanto, para continuar mi propósito no hay rey ni señor en la tierra que tenga poder sobre su estado de imponer un maravedí sobre sus vasallos sin consentimiento de la voluntad de los que lo deben pagar, sino por tiranía y violencia»; y añade poco mas adelante «que tal príncipe, demás de ser tirano, si lo hiciere será excomulgado », lo cual ayuda á la sexta «comunión puesta en la bula In Coena Domini, en que descomulga á los que en sus tierras imponen nuevos pechos, unas bulas dicen : «sin tener para ello poder»; otras «fuera de los casos por derecho concedidos»; de la cual censura no sé yo cómo se puedan eximir los reyes que lo contrario hacen, pues ni para ello tienen poder ni por derecho les es permitido esta demasía; que como el dicho autor fue seglar y no persona de letras, fácilmente se entiende que lo que dice por cosa tan cierta lo pone por boca de los teólogos de su tiempo, cuyo parecer fue el suyo. Añado yo mas, que no solamente incurre en la dicha excomunión el príncipe que con nombre de pecho ó tríbulo hace, las tales imposiciones, sino también con el de estanque y monipodio sin el dicho consentimiento, pues todo se sale á una cuenta, y por el un camino y por el otro toma el príncipe parte de la hacienda de sus vasallos, para lo cual no tiene autoridad. En Castilla de unos años á esta parte se han hecho algunos estanques de los naipes, del solimán, de la sal, en lo cual no me meto, antes los tengo por acertados; y de la buena conciencia del rey, nuestro señor, de gloriosa memoria, don Felipe II, se ha de creer que alcanzó el consentimiento de su reino; solo pretendo probar que lo mismo es decir poner estanques que pechos y que son menester los mismos requisitos.

Pongamos ejemplo para que esto se entienda. En Castilla se ha pretendido poner cierto pecho sobre la harina; el reino hasta ahora ha representado graves dificultades. Claro está que por via de estanque si el rey se apoderase de todo el trigo del reino, como se hace de toda la sal, lo podría vender á dos reales mas de lo ordinario, con que se sacaría todo el interés que se pretende y aun mas, y que seria impertinente pretender no puede echar pecho sin el acuerdo dicho, si por este ú otro camino se puede sin él salir con lo que se pretende. Por lo menos de todo lo dicho se sigue que si no es licito poner pecho, tampoco lo será hacer esta manera de estanques sin voluntad de aquellos en cuyo perjuicio redundan.

La «economía de la oferta»: impuestos e inflación

Al considerar a Jean-Baptiste Say y su famosa “ley” me preguntaron qué vigencia tenía ese concepto en la actualidad. Como Keynes la descalifica y busca desterrarla, pocos creen que alguien la defienda. Sin embargo, éstos no son pocos y entre ellos mencioné a los “supply-siders”, de quienes los alumnos no tenían ni noticia. Encontré aquí un relato sobre su impacto en las políticas económicas aplicadas en Estados Unidos, que traduzco: http://www.cato.org/policy-report/januaryfebruary-2014/tax-revolt-its-time-learn-past-success

El autor es Brian Domitrovic:

La “economía de la oferta” que culminó en la reducción de impuestos de 1981 surgió primero (el nombre se originó en 1976) en la corriente principal de la economía académica, en el trabajo de principios de los 60s del economista Robert A. Mundell. Éste trabajaba para el FMI durante los primeros años, recesivos, de la presidencia de John F. Kennedy. Desde 1961 publicó una serie de trabajos mostrando que la mejor forma en que Estados Unidos podía dejar atrás esos malos tiempos era fortaleciendo al dólar y reduciendo impuestos.

Mundell

Uno de esos trabajos de 1963 fue un modelo de análisis –en 1999, cuando Mundell obtuvo el premio Nobel de Economía, el anuncio citaba este trabajo. Su objetivo era mostrar que dinero fácil y altos impuestos conducían a la estanflación. En particular, si las ganancias se obtendrán en una moneda que se deprecia, y está sujeta a tasas impositivas cada vez más altas, los inversores no van a tener incentivos para tomar riesgos. El resultado de dinero fácil y altos impuestos es no crecimiento y desempleo. Por el contrario, un dólar sólido (particularmente contra su medida clásica, el oro), y apoyado por reducciones de impuestos generarían un boom de negocios y empleos.

En alguna medida el consejo de Mundell fue tomado, aunque sea por default, en los años de Kennedy. Las grandes reducciones de impuestos de 1962 y 1964 –junto con mayor vigilancia de la Reserva Federal sobre el dólar- resultó en ocho años de crecimiento al 5% anual. Pero luego el consenso desapareció. En 1968 y 1969 hubo aumentos de impuestos. Desde 1971 a 1973 la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro conspiraron con el presidente Richard M. Nixon para desligar al dólar del oro y también de las paridades fijas con otras monedas.

La era de la “estanflación” llegó. Luego de una doble recesión en 1969-70, hubo una doble más severa aún en 1973-75, y una aún más severa en 1980-82. Desde 1969 a 1982, en conjunto, el crecimiento anual fue un mediocre 2,4%, el nivel de precios casi se triplicó, y las acciones perdieron la mitad de su valor. Fue el peor desempeño extendido de la economía norteamericana desde la Gran Depresión de los años 30 –y aún se debate si nuestra propia época de la Gran Recesión excede en su magnitud la crisis de los años 70.

En el medio de estas dificultades, una transición intelectual se produjo. Las ideas de Mundell, olvidadas por la academia (ni mencionar por la política) en los 70s, comenzaron a resonar en el periodismo, particularmente en la página editorial de The Wall Street Journal. El economista Arthur B. Laffer, colega de Mundell en la Universidad de Chicago, llamó la atención de Jude Wanniski, de esa página. Los dos comenzaron extensas discusiones sobre cómo superar la estanflación vía estabilidad del dólar y reducciones de impuestos. El editor de Wanniski, Robert L. Bartley, tomó la iniciativa de organizar reuniones mensuales en una parrilla de Manhattan donde el grupo, incluido Mundell, ahora en la Universidad de Columbia y residente de Nueva York, discutían los temas.

Hacia el final de los penosos años 1973-75, de recesión y estanflación, cuando el desempleo alcanzó el 9% en el contexto de inflación de dos dígitos y un colapso de la bolsa del 45%, el Journal publicaba regularmente las visiones de Mundell y Laffer. Se había eludido a la academia. Si el establishment económico no iba a promover bajos impuestos y moneda estable, entonces el principal medio de negocios lo haría.

Mientras el Journal hacía esto, algunos rincones del Congreso, incluyendo el Comité Económico Conjunto desarrollaban nuevas ideas de política económica en esta línea. Jack Kemp, representando a Buffalo, Nueva York, que experimentaba desindustrialización frente a la estanflación, comenzó a preparar un proyecto de ley para llevarlo a la práctica. En 1977, Roth dio su apoyo como co-firmante y nació así el proyecto Kemp-Roth. La ley proponía tres cortes anuales del 10% al impuesto a las ganancias. El modelo era la reducción de 1964, que había reducido todas las tasas en un 30% y ocasionado la gran recuperación de entonces.

Los impuestos eran particularmente pesados en los 70s por la forma que se combinaban con la inflación. No estaban indexados, por lo que cada aumento anual de 7% en los precios, más contribuyentes alcanzaban tasas más altas si los ingresos subían en la misma proporción. Si uno tenía un ajuste por “costo de vida”, el ingreso real caía, y el gobierno se llevaba la diferencia.

La situación era peor en relación a impuestos sobre las ganancias de propiedad y bienes de capital. En los 70s el valor de las casas se disparó como forma de protegerse contra la inflación, y también las tasaciones sobre esas casas. Las acciones (y las casas) que subían por la inflación estaban sujetas a tasas de ganancias (que alcanzaban 49%) que eran irreales.

Así, sucedió lo inevitable, una rebelión fiscal nacional. En California, donde los precios de las casas habían aumentado hasta cinco veces pues la gente buscaba protegerse contra el dólar, los impuestos aumentaron proporcionalmente. El empresario de Los Angeles, Howard Jarvis, organizó un movimiento que culminó en una consulta popular aprobando una reducción de los impuestos sobre las propiedades. La Proposición 13 ganó holgadamente en Junio de 1978.

En el Congreso, ese mismo año, un representante poco conocido de Wisconsin, William A. Steiger (quien fallecería ese diciembre con 40 años) propuso una reducción de la tasa de impuestos a las ganancias de capital de 21 puntos. Fue tan popular que el presidente Carter la convirtió en ley, a condición de que se archivara Kemp-Roth.

Estos primeros movimientos electorales y legislativos en dirección a reducciones impositivas dieron paso a cuatro de los más extraños en la economía norteamericana. Desde 1979 a 1981 la inflación fue superior al 10% cada año, aun cuando hubo recesión y el crecimiento alcanzó solo 1.2%. En 1982 la inflación se moderó al todavía excesivo nivel de 6% pero el crecimiento fue negativo (-1,9%). Era más que estanflación, era una economía que se achicaba en el contexto de intolerables aumentos de precios.

En la última parte de este bastante terrible período, con el Journal proponiendo la reducción de impuestos y la estabilidad monetaria, Reagan impulsó la ley Kemp-Roth a los siente meses de su asunción en Agosto de 1981. Sin embargo, la reducción del primer año fue de solo 5%. Cuando llegó la del 10% a mediados de 1982 la economía cambió, y mucho, para el largo plazo.

Las acciones alcanzaron el fondo en Agosto de 1982, crecieron un 30% el resto del año, y en los siguientes 18 años aumentaron 11 veces. La inflación, intratable por 12 años con 8% de promedio, cayó al 3% inmediatamente y allí quedó. El desempleo cayó de 11% a 5%, luego a 4%, mientras la oferta de mano de obra aumentaba en 40 millones de personas. La cantidad de tiempo en recesión en los 18 años siguientes a 1982 fue un quinto de los que hubo en los 13 años de estanflación.

El costo de la redistribución vía las retenciones a productos agrícolas y carnes

Cuando vimos a John  Stuart Mill consideramos su argumento que las leyes de la producción no rigen la esfera de la distribución, que una vez producidos los bienes los seres humanos pueden distribuirlos como quieran. Y la crítica presentada fue que esto no es así, que inevitablemente al intervenir en la distribución se impacta en la producción.

Agropecuaria

Un caso típico de esto son las retenciones a las exportaciones de granos y carnes de la Argentina (impuestos a las exportaciones), claramente dirigidas a financiar la redistribución de ingresos. ¿Acaso no tuvieron ningún costo en términos de producción perdida? Un artículo reciente de La Nación nos da la oportunidad de estimar, muy  a grosso modo por supuesto, ese costo, y la suma total desde 2007 da nada menos que 23.779 millones de dólares de menor producción agrícola y ganadera como resultado del impacto de las retenciones entre 2007 y 2014. http://www.lanacion.com.ar/1687424-en-8-anos-la-produccion-del-campo-cayo-o-crecio-menos-que-en-otros-paises

 

Si la producción argentina hubiera crecido al mismo ritmo que el promedio mundial, hoy sería así:

Soja: 55,1 millones:    3,1 más

Maíz:  30,6 millones:      8,1 más

Trigo:    16,3 millones:      7,1 más

Carne:    770 millones:        570 más (tomando en cuenta que hubiera crecido según el promedio mundial en lugar de caer)

 

Tomar el promedio de aumento en el mundo es, además, y como se desprende del cuadro en el artículo, tomar la medida más conservadora. Nuestros países limítrofes han incrementado su producción mucho más que el promedio mundial.

Pero aun así, eso quiere decir que de haber alcanzado ese promedio, y tomando precios de hoy FOB puertos argentinos (asumiendo que todo el excedente se exporta), tendríamos más ingresos por estas sumas:

Soja: $1.615.000.000

Maíz: $1.879.000.000

Trigo: $2.662.000.000

El precio promedio de la carne es mucho más complicado porque hay de muy distintos tipos, pero según el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina, en su informe mensual de Enero (http://www.ipcva.com.ar/documentos/1249_informemensualdeexportacionesenero2014.pdf), el precio promedio iría desde $9.700 para cortes enfriados sin hueso y $5.800 para cortes congelados sin hueso. Tomemos un promedio, digamos $7.700 (por supuesto que esto es una gruesa aproximación). A ese precio sería:

Carnes: $ 5.390.000

Si asumimos que el resto del mundo no tiene retenciones, y asignamos la diferencia de resultados a la existencia de este impuesto (puede haber numerosos otros factores, por supuesto), esto quiere decir que el costo para este año sería de 6.161 millones de dólares, un poco más de lo que pagamos por Repsol.

El artículo compara el desempeño desde 2007. Tenemos que asumir que la diferencia se fue dando gradualmente durante esos años, digamos que un 14% anual para llegar al 100% en 2014.

Si mantenemos los mismos precios (que no fueron así, claro) para tener una muy simple mirada de este costo esto quiere decir que el costo por año fue:

2008: 862 millones

2009: 1725 millones

2010: 2587 millones

2011: 3450 millones

2012: 4066 millones

2013: 4928 millones

2016: 6161 millones

La suma total da 23.779 millones de dólares.

La inflación, el impuesto a las ganancias y el gasto

La inflación es un fenómeno monetario, ocasionado por un aumento de la cantidad de dinero más allá de su demanda. Ahora bien, muchas veces se la menciona como un “impuesto”, que es parte de la política fiscal, no monetaria. ¿A qué se refiere esto?

Inflación e impuestos

A dos cosas: una de ellas es que la emisión, al menos en el caso argentino actual, tiene como destino financiar el gasto público, cosa que debería hacerse mediante impuestos. La otra es que es una carga que cae sobre las tenencias en efectivo (billetes o cajas de ahorro en bancos), o en depósitos que no rindan una tasa de interés mayor a la de inflación (o mejor dicho la tasa a la que pierde poder adquisitivo la moneda). Aunque la inflación en este sentido golpea a todos, más lo hace a quienes no pueden ahorrar y proteger sus ingresos de alguna forma que evite esa pérdida: los trabajadores en general suelen ser parte de este grupo.

Pero la inflación tiene un impacto adicional, a través del impuesto a las ganancias. Como el mínimo no imponible crece menos que los salarios (impulsados a su vez por el objetivo de, al menos, no perder poder adquisitivo) entonces cada vez más personas están sujetas al pago de este impuesto, o cada vez pagan más si es que pasan de una categoría a otra mayor.

No es de extrañar que exista una extendida protesta gremial sobre esto, la que busca que se eleve ese mínimo de forma tal que muchos trabajadores queden exentos de ese impuesto.

Si bien esa queja es justificable, el argumento es incompleto y no va a la raíz del problema. Todos los sindicalistas demandan esa modificación pero ninguno de ellos dice nada respecto a la verdadera causa de lo que sucede: el gasto público. Es decir, ¿por qué el gobierno no eleva ese mínimo? Pues porque va a recaudar menos y necesita hasta el último peso para cubrir ese gasto ya que ahora incluso está en una situación de déficit fiscal.

Curiosamente, este punto surge, aunque en forma indirecta, de declaraciones de un sindicalista cercano al gobierno. La Nación trae una entrevista a Víctor Santa María, secretario  del sindicato de encargados de edificios: http://www.lanacion.com.ar/1687205-victor-santa-maria-este-gobierno-no-esimpositivamente-progresista

Comenta el sindicalista: “A mí el reclamo de Ganancias me parece justo. Personalmente y desde el lugar del trabajador, para mí, no debiera ni existir.”

-¿Qué le diría Cristina si usted se lo sugiriera?

-Me diría: «¿Y de dónde sacamos para la Asignación Universal, para la obra pública, para comprar YPF, para el plan Procrear.?».

Correcto. No sé si eso le diría Cristina, pero debería. Y los sindicalistas, y trabajadores, deberían comprender que tienen que pagar impuestos para pagar el gasto, no solamente el de esos planes sociales o el de YPF, sino también las pérdidas de Aerolíneas Argentinas, el Futbol para Todos y la propaganda oficial entre otras cosas.

Se puede protestar contra los impuestos, pero también habría que hacerlo contra sus causas.

Lo que se ve y lo que no se ve – Bastiat

Los alumnos de Historia del Pensamiento Económico, luego de haber leído a los Escolásticos, David Hume, Adam Smith, David Ricardo y Jean Baptiste Say, leyeron a Frédéric Bastiat (1801-1850), “Lo que se ve y lo que no se ve”, disponible acá: http://www.hacer.org/pdf/seve.pdf

Bastiat

A diferencia de los anteriores es un autor que no pretende desarrollar nueva teoría o algún “sistema” de leyes económicas, sino que toma de ellos las teorías y las defiende o promueve a través de la polémica y el debate, en términos que sean de fácil acceso y comprensión. Siempre ha sido importante esta función y no debemos menospreciarla. Las ideas se extienden como desde la cima de una pirámide. Allá arriba, están los que desarrollan nuevas teorías (en este caso, los antes nombrados), pero luego esas ideas pasan a profesores que las comentamos en clases o las damos para leer, y divulgadores y polemistas como Bastiat.

Y a medida que la ciencia se ha hecho más compleja, más se necesita de estos autores que permiten divulgarla a grupos más amplios de lectores. Hoy también vemos el florecimiento de libros de divulgación económica.

En fin, lo que trata de señalar Bastiat es que el mal economista menciona solamente aquellos efectos de corto plazo, usualmente positivos, y no los de largo plazo que pueden ser negativos y contraproducentes. Los primeros se ven, los segundos no se ven, pero hay que “preverlos”, de ahí el título de este texto.

Luego comienzan los ejemplos. El hijo rompe el vidrio del comercio del padre, y se dice que esto es bueno porque generará ventas y trabajo para los vidrieros. Es lo que se ve, lo que no se ve es que ese dinero que el padre ahora tendrá que gastar en el vidrio ahora no lo gastará en otra cosa, por lo que no se ha creado ninguna riqueza, a lo sumo hay uno que recibe algo (lo que se ve) pero otro que deja de recibirlo (lo que no se ve). El argumento es perfectamente extensible a opiniones que argumentan algo similar respecto a guerras o catástrofes naturales.

Pero la situación ni siquiera es equivalente, es incluso peor a la anterior. Comenta Bastiat:

“En la primera hipótesis, la del cristal roto, él gasta seis francos, y disfruta, ni más ni menos que antes, de un cristal. En la segunda, en la que el accidente no llega a producirse, habría gastado seis francos en calzado y disfrutaría de un par de buenos zapatos y un cristal. O sea, que como Juan Buenhombre forma parte de la sociedad, hay que concluir que, considerada en su conjunto, y hecho todo el balance de sus trabajos y sus disfrutes, la sociedad ha perdido el valor de un cristal roto.”

Los siguientes ejemplos podrían ser agrupados en una misma categoría. Se refieren a que el gasto público no genera nuevos puestos de trabajo ya que el dinero que en ellos se gasta (lo que se ve) sale de los bolsillos de los contribuyentes, quienes ahora no lo tendrán para gastar en otras cosas (lo que no se ve). O, uno podría agregar, podrían haberlo ahorrado y ese ahorro ser trasladado a la inversión (aquí hay un tema “keynesiano” obviamente).

El argumento se repite en varios de los ejemplos donde lo que está en discusión, en última instancia, es si corresponde que el estado haga ese gasto o no, es decir que se esté produciendo algo útil para los contribuyentes. Bastiat no niega que el estado haga cosas que los contribuyentes valoren, pero cuestiona estos ejemplos (soldados que no necesitan para cubrir la seguridad nacional, el fomento de las bellas artes y el teatro, las obras públicas), preguntándose que incluso si fueran necesarias está por verse si el estado sería el proveedor más eficiente.  Lo mismo con los intermediarios: sus funciones son necesarias (transportar, almacenar productos, etc.). ¿Las hará el estado más eficientemente?

Es cierto que no hay una teoría explícita que permitiera definir lo que el estado debería hacer y qué quedaría en manos del mercado, pero tampoco ha resuelto esto la teoría actual de las “fallas de mercado” ya que encontramos a los estados proveyendo todo tipo de “bienes privados” y a los mercados proveyendo “bienes públicos”. Así que Samuelson no avanzó mucho más que Bastiat.

Termina el texto con la protección arancelaria donde usualmente “se ve” el beneficio para la industria local y el trabajo que ésta crea, pero “no se ve” el mayor costo que pagan los consumidores. Conté en clase que me explicaron el negocio de los televisores en la Argentina: se compran en Asia, llegan a Nueva Palmira en Uruguay y se desarman, se trasladan en camión hasta Tierra del Fuego en el extremo sur, allí se arman de nuevo para aprovechar las ventajas impositivas y se vuelven a traer en camión al gran mercado de Buenos Aires. Se crean trabajos de transportistas y en las armadoras, pero los consumidores pagan el doble.

Por último, Bastiat trata el tema del reemplazo de trabajadores por maquinaria, explicando el proceso por el cual este proceso de inversión aumenta la productividad, reduce el precio de los productos, aumenta la riqueza y la capacidad de consumo y genera nuevos y mejores puestos de trabajo en definitiva. El proceso de crecimiento que recorriera Occidente y que ahora recorre Asia en particular.

Y por último, un interesante anticipo a temas como la manipulación del crédito y la tasa de interés que se verán luego como generadores del ciclo económico, las burbujas y los posteriores colapsos. Hay mucha sabiduría en esa simple opinión de que para que alguien preste alguien tiene que haber ahorrado. Es lo que distorsionan los bancos centrales con sus políticas expansivas.