Marx se equivoca y Böhm-Bawerk lo corrige: ¿en todo intercambio hay algo que se iguala? No, error

Con los alumnos de la UBA Económicas, Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos ahora a Böhm-Bawerk, y de éste prolífico autor y dedicado economista, la polémica que llevara adelante con la obra de Marx y, en particular, con su teoría del valor-trabajo y la plusvalía. BB realiza muchas críticas a los dos primeros tomos de El Capital, y a la supuesta respuesta que tendría que haber llegado en el tercero. Aquí una de ellas en relación a la cuestión de que en todo intercambio se igualan cantidades de trabajo. Curiosamente, y pese al supuesto ‘rechazo’ de los austriacos con la verificación empírica, BB hace énfasis en que es Marx quien deduce sus teorías sin hacerlo.

Bohm Bawerk

De “Una contradicción no resuelta en el sistema económico marxista”:

“En vez de probar su tesis mediante la experimentación o la motivación de los actores —esto es, empírica o psicológica— Marx prefiere el método de prueba puramente lógico, una deducción dialéctica de la misma naturaleza del intercambio.

Marx ha encontrado en el antiguo Aristóteles la idea de que el «intercambio no puede existir sin igualdad, y que la igualdad no puede existir sin conmensurabilidad». (I, 35). Comienza con esta idea y la amplía. Concibe el intercambio de dos mercancías bajo la forma de una ecuación y de ésta infiere que «un factor común de la misma cantidad» debe existir en los bienes intercambiables (y por lo tanto considerados equivalentes) y luego procede a buscar este factor común al cual se deben «reducir» los dos bienes equivalentes como valores intercambiables. (I, II).

La igualdad en intercambio es una idea completamente falsa Me gustaría recalcar que la primera suposición, de acuerdo a la cual una «igualdad» debe ser manifestada mediante el intercambio de dos cosas, me parece muy pasada de moda, lo que no importaría si no fuera porque es muy irreal. Dicho en palabras simples, me parece una idea equivocada. Si la igualdad y el equilibrio exacto no producen ningún cambio es probable que se altere el equilibrio. Por lo tanto, en el caso del intercambio, al efectuarse un cambio de dueño en una mercancía, se produciría alguna desigualdad o preponderancia causada por variación.

Los cuerpos compuestos, que entran en contacto estrecho entre sí, producen nuevas combinaciones químicas ya que alguno de los elementos constituyentes de un cuerpo se une con aquellos del otro cuerpo, y no porque ellos tengan un grado exactamente igual de afinidad química, sino porque tienen una afinidad mayor con el elemento con el cual se unen que la que tenían con el elemento del cuerpo al que originalmente pertenecían. A propósito, los economistas políticos modernos están de acuerdo en que la antigua teoría escolástica-teológica de la «equivalencia» en las mercancías que se intercambian es insostenible. Sin embargo, no seguiré tratando este punto, sino que procederé a realizar una investigación crítica de los procesos lógicos y sistemáticos de afinamiento por los cuales Marx obtiene el buscado «factor común» en la mano de obra.

Como ya lo he mencionado antes, estos procesos constituyen el punto más vulnerable de la teoría de Marx. Exhiben tantos errores cardinales cuantas son las materias tratadas en los argumentos —de las cuales no hay pocas— y llevan huellas evidentes de haber sido ocurrencias tardías, sutiles y artificiales, ideadas para hacer que una opinión preconcebida aparezca como el resultado natural de una larga investigación.”

El caso de Cordera, ¿se parece al de Charlie Hebdo? ¿Tenemos derecho a decir lo que querramos?

No tengo especial simpatía por Gustavo Cordera, quien fuera líder de la banda Bersuit Vergarabat: no me atrae tanto su música y nada en absoluto sus posiciones políticas. Pero me pregunto si lo que pasa con él ahora es lo que pretendemos que pase en una sociedad libre, respecto a la libertad de expresión. La noticia respecto a lo ocurrido la presenta La Nación de esta forma:

“El fiscal federal Ramiro González imputó ayer al músico Gustavo Cordera por apología del delito e incitación a la violencia colectiva, a causa de sus polémicas declaraciones durante una charla con alumnos de la escuela de periodismo Taller Escuela Agencia (TEA), el 8 de agosto de este año.

La denuncia que dio origen a la causa fue presentada por Fabiana Tuñez, presidenta del Consejo Nacional de las Mujeres (CNM), luego de que Cordera manifestó: «Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo, porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente». Posteriormente, Javier Buján, interventor del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), se presentó y adhirió a la denuncia realizada por el CNM y pidió ser parte querellante en la causa.”

Lamentablemente, Cordera respondió tratando de mostrar que había dicho eso como parte de un “ejercicio” retórico con estudiantes de periodismo.

Cordera

¿No debería haber dicho simplemente que tiene derecho a decir lo que quiera? Porque valoramos la libertad de expresión, aunque repudiemos lo que diga. Si así fuera, no cabrían imputaciones, fiscales, denuncias o institutos contra la discriminación. Solo nuestro repudio con acciones tales como muchas de las que ocurrieron: cancelación de sus conciertos por los organizadores y otras. No lo saludaríamos ni nos juntaríamos con él. No compraríamos sus CDs ni iríamos a sus conciertos o conferencias.

¿Por qué lo de Cordera no nos cae simpático pero lo de Charlie Hebdo sí?. ¿no se relacionan estos dos casos? ¿Y se diferencian en que uno nos es simpático y el otro antipático?

Al respecto, un informe del Cato Institute sobre el tema trae algunas consideraciones interesantes: Robert Corn-Revere, “Hate Speech Laws: ratifying the Assasin’s Veto”, Policy Analysis 791: http://www.cato.org/publications/policy-analysis/hate-speech-laws-ratifying-assassins-veto

“En la mañana del 7 de Enero de 2015, Cherif y Said Kouachi, dos hermanos profundamente ofendidos por los dibujos satíricos de profeta Mahomma, publicadas en la revista francesa Charlie Hebdo, impusieron su castigo por supuesta blasfemia. Entraron por la fuerza a la reunión del staff de la revista y masacraron a 12 personas. Fue un nuevo y desgraciado hito en el conflicto inter-cultural ilustrado por eventos como la fatwah del Ayatollah Khomeini en 1989 contra Salman Rushdie por escribir “Los versos satánicos, el asesinato del director de cine Theo van Gogh en las calles de Amsterdam por supuestos insultos al Islam y la reacción violenta a los dibujos sobre Mahomma publicados en el diario danés Jyllands-Posten en 2005. Y ésta es tan sólo una lista parcial.

El fenómeno de matar o de amenazar con la muerte a aquellos que te insultan, o a tu forma de vida, se ha dado llamar el “veto del asesino”. Es una versión más oscura y siniestra del “veto del objetante”, que las leyes de libre expresión tratan de prevenir. Como lo ha descripto el profesor Timothy Garton Ash: ‘donde el veto del objetante dice simplemente ‘te voy a callar’, la versión del asesino es ‘anímate a decir eso y voy a matarte’. Pero, ¿qué debería decir la ley sobre esto? ¿Debe la ley defender la libertad de expresión a toda costa sin importar cuán inflamatorio sea el lenguaje o quién sea el ofendido? ¿O debe el poder coercitivo del estado silenciar a quienes insultan o lanzan diatribas?”

En definitiva, ¿debe la sociedad tolerar a los Cordera…, y a los Charlie Hebdo?

Las privatizaciones (oh, tan políticamente incorrectas!) no fueron una moda de los 90s en Inglaterra

Las privatizaciones se han convertido en una palabra ‘políticamente incorrecta’, a la cual se le han asignado todo tipo de fatales consecuencias. No obstante, la razón por cual fueran propuestas (la clara ineficiencia del estado para manejar ciertos servicios), no ha desaparecido. Algunos se animan a seguir hablando del tema. Tal es el caso de este estudio de Chris Edwards, del Cato Institute “Options for Privatization and Reform Lessons from Abroad”, donde propone privatizar en los Estados Unidos el correo (US Postal Service), ferrocarriles (Amtrak), represas hidroeléctricas (Tenessee Valley Authority), el control aéreo (ATC), la venta de tierras propiedad del estado, edificios, etc. http://www.cato.org/publications/policy-analysis/options-federal-privatization-reform-lessons-abroad

La idea de las privatizaciones es usualmente atribuida al gobierno de Margaret Thatcher en los años 80s y luego copiada en todo el mundo en los ahora malditos años 90s. Pero este trabajo trae un gráfico interesante, que muestra las privatizaciones en el Reino Unido comenzando en 1979 con British Petroleum, pero que prosigue en forma continua hasta nuestros días, tanto sea en manos de gobiernos laboristas como conservadores. Es decir, allí no hubo una ‘década de los 90s’, sino un proceso continuo que llega hasta nuestros días.

En fin, las privatizaciones serán para nosotros una moda pasajera, pero donde comenzaron no ha sido así, sino más bien parece un proceso continuo de traspaso de ciertas funciones al sector privado, dada su mayor eficiencia en la provisión de esos servicios.

Aquí el cuadro con las privatizaciones británicas:

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Apertura comercial y consecuencias distributivas: la diferencia entre desigualdad de ingresos y pobreza

Con los alumnos de UCEMA, vemos el Informe sobre el comercio mundial de la OMC 2008, que presenta un completo análisis de las teorías del comercio internacional, y en la sección E considera las consecuencias distributivas del comercio.

Por supuesto que todo cambio en el comercio internacional genera consecuencias distributivas, si un país se abre algunos van a ganar otros van a perder respecto a su situación anterior; si un país se cierra lo mismo. En definitiva, todo cambio en la economía tiene su impacto en la distribución del ingreso. ¿Con qué criterio vamos a evaluar si alguno de esos cambios son positivos o negativos y para quién?

Por supuesto que este es un tema enorme que nos lleva desde el campo de la economía hacia el de la filosofía moral. El informe de la OMC no trata este tema, aunque debería. En principio presenta ciertas teorías “descriptivas” de los efectos redistributivos. Las primeras consideraron los efectos de la apertura comercial tomando en cuenta el diferente impacto entre trabajadores muy cualificados y poco cualificados pero las teorías más modernas, que ya no analizan las ventajas comparativas entre “países” y ni siquiera entre industrias, sino entre empresas.

Dice así: “Según este método clásico quienes se benefician y quienes se perjudican a corto plazo de la reforma del comercio dependerá del sector de empleo. La “novísima” teoría del comercio impugna esa predicción. Según esta teoría, los sectores que sean exportadores e importadores netos se caracterizarán por la existencia de empresas de gran productividad en expansión y de empresas de baja productividad que se contraen. En consecuencia, según esta teoría, la reforma del comercio impulsará la creación y la destrucción de empleos en todos los sectores. Para los responsables de las políticas, esto significa que habrá una considerable redistribución de empleos en cada sector. Este puede ser un dato positivo, pues se considera en general que para los trabajadores es más difícil trasladarse de un sector a otro que una empresa otra dentro de un mismo sector.”

Ahora bien, el estudio, al igual que gran parte de los analistas de estos temas, cae en el error de considerar a la desigualdad y la pobreza como lo mismo. Por ejemplo: “La primera cuestión es la relación entre comercio y desigualdad en los países en desarrollo. Al principio se pensaba que el comercio conduciría a una disminución de la desigualdad en esos países. Esto era algo positivo, ya que contribuiría a reducir la pobreza por medio de dos mecanismos: su efecto positivo en el crecimiento y su efecto favorable en la distribución de los ingresos. Sin embargo, los estudios empíricos han demostrado que la reforma del comercio no siempre ha puesto en marcha el segundo de estos mecanismos.”

Este es un gran error. Un proceso de crecimiento económico acelerado puede inicialmente aumentar las desigualdades y al mismo tiempo reducir la pobreza. Tal es el caso de China luego de tres décadas de apertura económica y comercial. Hay cientos de millonarios ahora en ese país, las diferencias se han ampliado, antes eran todos pobres (salvo los jerarcas del Partido, por supuesto). Pero los pobres están mucho mejor que antes, pese al aumento de la desigualdad. Antes de las reformas el PBI per cápita no superaba los 150 dólares!. Hoy es de 9.800 según el FMI y $11.900 según el Banco Mundial!!!

¿Cómo se hace una revolución «teórica» en la economía? Carl Menger y la teoría subjetiva del valor

Así comenzó la “revolución marginalista” en la economía. Con los alumnos de la UBA Económicas vemos el libro de Carl Menger, Principios de Economía Política. Dice el autor en su capítulo III:

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“El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Según varíen las circunstancias, puede modificarse también, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningún valor a pie de manantial.

Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacción de una necesidad concreta depende de la disposición sobre una determinada cantidad, esta última adquiriría inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecería apenas se restableciera la antigua situación y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurriría en el caso de que el número de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicación del número de consumidores, podría incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar.

Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia. Y así, es completamente erróneo llamar “valor” a un bien que tiene valor para los sujetos económicos, o hablar, como hacen los economistas políticos, de “valores”, como si se tratara de cosas reales e independientes, objetivando así el concepto. Lo único objetivo son las cosas o, respectivamente, las cantidades de cosas, y su valor es algo esencialmente distinto de ellas, es un juicio que se forman los hombres sobre la significación que tiene la posesión de las mismas para la conservación de su vida o, respectivamente, de su bienestar.

La objetivación del valor de los bienes, que es por su propia naturaleza totalmente subjetivo, ha contribuido en gran manera a crear mucha confusión en torno a los fundamentos de nuestra ciencia.”

Y luego ya se encarga de demoler la teoría del “valor trabajo”:

El valor que un bien tiene para un sujeto económico es igual a la significación de aquella necesidad para cuya satisfacción el individuo depende de la disposición del bien en cuestión. La cantidad de trabajo o de otros bienes de orden superior utilizados para la producción del bien cuyo valor analizamos no tiene ninguna conexión directa y necesaria con la magnitud de este valor. Un bien no económico, por ejemplo, una cantidad de madera en un gran bosque, no encierra ningún valor para los hombres por el hecho de que se hayan empleado en ella grandes cantidades de trabajo o de otros bienes económicos. Respecto del valor de un diamante, es indiferente que haya sido descubierto por puro azar o que se hayan empleado mil días de duros trabajos en un pozo diamantífero. Y así, en la vida práctica, nadie se pregunta por la historia del origen de un bien; para valorarlo sólo se tiene en cuenta el servicio que puede prestar o al que habría que renunciar caso de no tenerlo. Y así, no pocas veces, bienes en los que se ha empleado mucho trabajo no tienen ningún valor y otros en los que no se ha empleado ninguno lo tienen muy grande. Puede ocurrir también que tengan un mismo valor unos bienes para los que se ha requerido mucho esfuerzo y otros en los que el esfuerzo ha sido pequeño o nulo. Por consiguiente, las cantidades de trabajo o de otros medios de producción empleados para conseguir un bien no pueden ser el elemento decisivo para calcular su valor. Es indudable que la comparación del valor del producto con el valor de los medios de producción empleados para conseguirlo nos enseña si y hasta qué punto fue razonable es decir, económica, la producción del mismo. Con todo, esto sólo sirve para juzgar una actividad humana perteneciente al pasado. Pero respecto del valor mismo del producto, las cantidades de bienes empleados en conseguirlo no tienen ninguna influencia determinante ni necesaria ni inmediata.”

Cuando se habla de ‘emergencia aduanera’, Alberdi sobre promoción de la industria y proteccionismo

Ahora que se puso en discusión una “emergencia aduanera”, sobre todo propuesta por la industria local, es bueno recordar lo que decía Alberdi respecto a cómo se podía promover a la ‘industria fabril’. De su libro “Sistema Económico y Rentístico…”:

“Para ello, ¿cuál será el sistema que debemos adoptar? – Se presentan dos: el de las prohibiciones y exenciones, y el de fomentos conciliables con la libertad. – La historia fabril puede estar dividida en este punto, aunque no lo esté la ciencia económica de nuestros días, cuyas verdades son de todas las edades como los fenómenos de la química.

Esta cuestión ha dejado de serlo para la República Argentina, cuya Constitución ha determinado los únicos medios de intervención de parte del Estado en la creación y fomento de la industria fabril.

Esos medios son:

La educación e instrucción.

Los estímulos y la propiedad de los inventos.

La libertad de industria y de comercio.

La abstención de leyes prohibitivas y el deber de derogar las existentes.”

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Más adelante:

“Las leyes protectoras, las concesiones temporales de privilegios y las recompensas de estímulo son, según el artículo citado, otro medio que la Constitución pone en manos del Estado para fomentar la industria fabril que está por nacer.

Este medio es delicadísimo en su ejercicio, por los errores en que puede hacer caer el legislador y estadista inexpertos, la analogía superficial o nominal que ofrece con el aciago sistema proteccionista de exclusiones privilegiarías y de monopolios.”

Y, finalmente, respecto a las prohibiciones o restricciones para importar:

“En efecto, los medios ordinarios de estímulo que emplea el sistema llamado protector o proteccionista, y que consisten en la prohibición de importar ciertos productos, en los monopolios indefinidos concedidos a determinadas fabricaciones y en la imposición de fuertes derechos de aduanas, son vedados de todo punto por la Constitución argentina, como atentatorios de la libertad que ella garantiza a todas las industrias del modo más amplio y leal, como trabas inconstitucionales opuestas a la libertad de los consumos privados, y, sobre todo, como ruinosas de las mismas fabricaciones :nacionales, que se trata de hacer nacer y progresar. Semejantes medios son la protección dada a la estupidez y a la pereza, el más torpe de los privilegios.

Abstenerse de su empleo estorbado en todas las tentativas legislativas para introducirlo, promover la derogación de la multitud infinita de leyes proteccionistas que nos ha legado el antiguo régimen colonial, son otro medio que la Constitución da al Estado para intervenir de un modo nega-tivo, pero eficacísimo, en favor de la industria fabril de la República Argentina.

Se puede decir que en este ramo toda la obra del legislador y del estadista está reducida a proteger las manufacturas nacionales, menos por la sanción de nuevas leyes, que por la derogación de las que existen.”

Las cuotas de género: ¿y por qué no las miles o millones de otras cuotas a las que pertenecemos?

Hay ciertos temas que son políticamente muy correctos, aunque plantean serias dudas sobre su solidez. Uno de ellos es el de las ‘cuotas femeninas’ para ciertos cargos electivos. La cuestión ha sido presentada en estos días en un artículo de Lorena Moscovich, politóloga y profesora de la Universidad de San Andrés, con el título “Cuotas de género” ¿y si discutimos con evidencias?: http://www.lanacion.com.ar/1933735-cuotas-de-genero-y-si-discutimos-con-evidencias

Al respecto dice: “… .la discusión sobre la posible ampliación de la cuota de género en el Congreso está mostrando que aquello está lejos de ser obvio para mucha gente. Periodistas, académicos y legisladores, formadores de opinión rechazan la ampliación de esa cuota sin dar razones claras para hacerlo.”

Borges

Tratemos de ofrecer una.

Los seres humanos, tanto hombres como mujeres, dada nuestra característica ‘social’, pertenecemos a todo tipo de grupos. El problema que se presenta con la cuotificación femenina es determinar si esa clasificación de grupo es más importante que las casi infinitas otras que existen.

Por ejemplo, supongo, aunque no conozco, que la autora pertenece también al grupo de las/los profesores universitarios, también al de las/los profesores de universidades privadas, obviamente al de cientistas políticos, y, tal vez, al de casadas o solteras, madres o tías, hinchas de RIver o de Boca, altas o bajas, y así sucesivamente. ¿Cuántos de todos esos distintos grupos merecerían tener una representación proporcional en el Congreso?

Porque. Incluso si de sexo se trata, el tema no para en la representación de las mujeres. ¿Deberían también tener un cupo los gays y lesbianas? ¿Y otro los transexuales? ¿Por qué no?

El problema es insoluble. Ya lo había planteado Jorge Luis Borges en “El Congreso”:

“Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?”

Jorge Luis Borges, El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 24.

Hayek introduce a Carl Menger, quien aportó mucho más que la teoría de la utilidad marginal y precios

Con los alumnos de la UBA Económicas vemos a Carl Menger, su libro Principios de Economía Política. Comenzamos con la Introducción, escrita por F. A. von Hayek, quien dice, entre otras cosas:

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“El hecho de que William Stanley Jevons, Carl Menger y Léon Walras descubrieran casi al mismo tiempo y cada uno por su lado el principio de la utilidad límite es tan conocido que no  es necesario insistir en ello. Hoy se admite, en general, y con buenas razones, que el año 1871, en el que se publicaron la Theory of Political Economy de Jevons y los Principios de Menger, es el punto de partida de una nueva época en el desarrollo de la política económica. Jevons había expuesto ya sus ideas fundamentales nueve años antes, en un artículo (publicado en 1866) que apenas llamó la atención. Walras no inició la publicación de sus teorías hasta 1874. En todo caso, está bastante bien comprobada a mutua independencia de los trabajos de los tres fundadores.

Aunque sus propósitos centrales —es decir, aquella parte de sus sistemas a que mayor importancia dieron sus contemporáneos— son los mismos, el carácter general y el telón de fondo de sus trabajos son tan esencialmente diferentes que se plantea de forma inevitable la pregunta de cómo es posible que por caminos tan distintos se llegara a resultados tan parecidos.

Para comprender el transfondo intelectual de la obra de Carl Menger conviene hacer algunas observaciones sobre la situación general de la economía política en aquella época. Si bien es cierto que el cuarto de siglo que media entre la aparición de los Principles de J. St. Mill (1848) y el nacimiento de la nueva escuela fue, bajo muchos aspectos, testigo del gran triunfo de la política económica clásica en el ámbito práctico, sus fundamentos, y más en concreto su teoría del valor, fueron cada vez más discutidos. Tal vez la exposición sistemática de los Principles del propio J. St. Mill contribuyó en parte, a pesar o a causa de su autocomplaciente satisfacción por el alto grado de perfección alcanzado por la teoría del valor, a una con su posterior refutación de otros puntos importantes de esta teoría, a poner al descubierto las lagunas del sistema clásico. Fuera como fuere lo cierto es que en la mayoría de los países se multiplicaron los ataques críticos y los esfuerzos por conseguir nuevos puntos de vista.

Pero en ninguna parte se registró tan rápido y tan total ocaso de la escuela clásica de la economía política como en Alemania. Bajo los ataques de la escuela histórica, no sólo se abandonaron enteramente las teorías clásicas — que, por lo demás, nunca habían tenido profundas raíces en esta parte del mundo—, sino que toda tentativa de análisis teórico era saludada con profunda desconfianza. Esto era en parte el resultado de una serie de reflexiones metodológicas. Pero era, sobre todo, el producto de la acentuada animosidad con que el impulso reformista de los nuevos grupos, que se autodenominaban orgullosamente “escuela ética”, se oponía a las consecuencias prácticas de la escuela clásica inglesa. En Inglaterra se estancó el progreso de la teoría económica. Mientras tanto, había surgido en Alemania una segunda generación de economistas políticos históricos, que nunca había llegado a familiarizarse con el único sistema teórico bien estructurado y desarrollado y que había aprendido, además, a considerar inútiles, si no abiertamente perjudiciales, todo tipo de especulaciones teóricas.”

La Tragedia de los Comunes y la Ley de Gresham en un simple almuerzo luego de un juego de golf

Un día de golf puede ser una distracción para relajar una pesada semana de trabajo, pero también puede ser una oportunidad para encontrarse con todo tipo de leyes económicas y conceptos de esta ciencia.

Comencemos por las reglas del deporte mismo. Son un claro ejemplo de normas sociales resultado de un largo proceso evolutivo, con un alto componente de tradición y, luego ya de muchos años, alguna agencia que se dedica a ordenar las reglas y a dictar nuevas. En el caso del golf esas agencias son dos entidades privadas: The Royal and Ancient Club of St. Andrews para todo el mundo y US Golf Association para Estados Unidos y México.

Emisión pesos

El club mismo donde jugamos es un emprendimiento privado, resultado de la iniciativa emprendedora de algunos pioneros, allá por los comienzos del siglo XX, quienes dedicaron muchos esfuerzos y recursos para que tengamos hoy esta cancha. En buena medida, somos “free riders” de sus esfuerzos, sin embargo, ellos los hicieron igual, aun sabiendo que no iban a tener la oportunidad de cobrarnos por esos tan importantes servicios que nos han dado.

El club provee lo que en economía denominaríamos como un “bien público” y resuelve en forma bastante fácil sus dos características distintivas: la no exclusión, y la no rivalidad en el consumo. Para la primera utiliza un sistema bastante sencillo, una casilla en la puerta y un carnet con el nombre del socio; para la segunda determina una cuota básica con la que financia los servicios generales a todos los socios y luego un pago específico para cada deporte, ya sea la amarra de un barco, el golf, o jugar al tennis. El club soluciona una gran cantidad de problemas para los que normalmente se nos dice que el mercado falla y solamente el estado los puede resolver.

Durante el transcurso del juego no hace falta ninguna policía, los jugadores se controlan entre sí, con el simple procedimiento de intercambiar las tarjetas y cualquier disputa se resuelve por consenso entre los jugadores o, a lo sumo, y sobre todo en caso de un torneo, apelando a la autoridad de la cancha. Hasta ahora, el gobierno no existe. Será por eso que algunos disfrutamos este deporte.

Terminan los 18 hoyos y el grupo se reúne para un almuerzo liviano. Quien nos atiende es un concesionario privado, no es parte del club. Está allí para ganar dinero, aunque ya nos conocemos, no pensamos en eso.

Y entonces aparecen dos conceptos económicos que llamaron mi atención. El primero es bien conocido: la tragedia de los comunes. Como cada uno pide lo que quiere comer y beber, pero luego la cuenta se reparte entre todos por partes iguales, existiría un claro incentivo para no cooperar, pidiendo lo más caro y luego que se pague entre todos: un equilibrio de Nash negativo en un juego tipo dilema del prisionero. Pero eso no sucede, estamos en un juego repetido, nos encontramos todas las semanas: quien actúe de esa forma tarde o temprano no será considerado un buen miembro del grupo. Los juegos repetidos llevan a la cooperación: aquí nadie se excede en sus pedidos, y muchos proponen aportar más por haber pedido algo distinto.

Los miro y no parecen ‘homo economicus’, parecen buenos amigos. Por eso la economía experimental ha mostrado que en juegos del tipo “dictador” los participantes de carne y hueso, no individuos ‘ideales’, no buscan maximizar su propia utilidad.

Finalmente llega el momento de pagar. Sacamos las billeteras. Sin que haya dicho nada, observo la Ley de Gresham en notable acción: todos seleccionan entre sus billetes de 100 (tampoco son tantos), y entregan los de Evita. Claro, tal vez será un grupo anti-peronista, o más bien anti-K pero, bueno, los K harán lo inverso, se guardarán esos billetes y entregarán primero los de Roca.

Entre los dos billetes existen un ‘tipo de cambio fijo’, y, dice Wikipedia al respecto: “La Ley de Gresham es el principio según el cual, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como «buena» y la otra como «mala», la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena. En definitiva, cuando es obligatorio aceptar la moneda por su valor facial, y el tipo de cambio se establece por ley, los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago.” Una ley del siglo XVII.

En fin, para terminar un consejo: no piensen en esto cuando juega porque les aseguro que les va a ir muy mal.

Cristina F. de Kirchner sobre la inflación y el desempleo. Contesta Ravier sobre la curva de Philips

Comentaba Marcelo Longobardi en la radio una de estas mañanas, una frase atribuida a Cristina Kirchner diciendo que es mejor la inflación que el no-consumo. Su crítica fue correcta.

Pero un programa de radio no es para tratar mucho de teoría económica. Lo cierto es que la frase de CFK expresa algo que conocemos como ‘curva de Fisher”, la que, en términos muy simples, planteara un dilema supuestamente inevitable para la economía: o más actividad económica con inflación o menos inflación con más desempleo.

Este supuesto ‘dilema’ cayó ante la evidencia de lo que luego se llamó ‘estanflación’, que fue, precisamente, lo que tuvo Argentina durante los últimos años de CFK: inflación y desempleo, ambos a la vez, y ambos creciendo. Para analizar el tema, recomiendo este trabajo de Adrián Ravier, aunque tiene varios sobre el tema: https://puntodevistaeconomico.files.wordpress.com/2012/03/pm_ravier.pdf

Unos párrafos:

“Así como en los años sesenta la evidencia empírica demostró la carencia de sustento teórico de la Curva de Phillips keynesiana dando lugar a la contrarrevolución monetarista, desde los años setenta y hasta la actualidad la misma evidencia empírica vuelve, pero esta vez para contraponerse a la Curva de Phillips vertical monetarista —y también a aquella sustentada en las expectativas racionales—.

En el mismo artículo donde Friedman (1976) ofrece la síntesis del debate, plantea que «en los últimos años una inflación más alta a menudo ha sido acompañada por mayor y no menor desempleo, especialmente si se toman períodos de varios años de duración. Una curva de Phillips estadística simple para tales períodos parece de pendiente positiva, no vertical.»

Denominaremos a este dilema, «la observación de Friedman», entendida como aquella en la que Friedman observa una realidad empírica diferente a la ya señalada Curva de Phillips vertical. Observa Friedman que la inflación genera mayor desempleo, sin embargo su modelo basado en expectativas adaptativas o racionales, sumado al supuesto de neutralidad del dinero en el largo plazo, sólo le permite formular una Curva de Phillips vertical. Observa Friedman, sin embargo, una curva de Phillips de pendiente positiva en la que el efecto real de largo plazo no sería neutral.”

Y cita a Hayek:

«En conclusión puedo decir que la inflación tiene, por supuesto, otros efectos deficientes, mucho más penosos de lo que la mayoría de la gente comprende cuando no ha pasado por ella, pero el más serio y, a la vez, el menos comprensible, es que a la larga inevitablemente produce la desocupación extendida.»